domingo, 2 de marzo de 2014

Las Fiestas de Invierno en la jurisdicción de Arenas de San Pedro.
De La Moragá, hasta el Carnaval.
Daniel F Peces Ayuso

La  fiesta del Carnaval en nuestro Valle, aun estando absolutamente cristianizada, ha mantenido rasgos de antiguas ceremonias y rituales, relacionados con el mundo pagano antiguo. Cuando el carnaval representaba el final de un año, y el comienzo de otro nuevo más esperanzador, a medida que las horas de luz solar aumentaban… y con ello el final del frío invierno, asociado a la muerte, el hambre o a las enfermedades… siendo sin lugar a dudas, una de las fiestas agrícolas por excelencia desde la más remota antigüedad.

Poco o nada sabemos acerca, de si las culturas indígenas ibéricas, celebraban el carnaval, hace más de cinco mil años… hemos de esperar a las publicaciones de los trabajos arqueológicos realizados en próximo oriente, concretamente los de la cultura sumeria, para tener los primeros datos o cuanto menos indicios, del carnaval en sus formas más arcaicas. Junto a los sumerios, los antiguos egipcios también celebraban el carnaval, fuentes de las que bebieron griegos y romanos, adaptándolas e integrándolas como propias. A estos últimos sin lugar a dudas les debemos la  incorporación de ciertas costumbres que trataré más adelante. Y como no podía ser menos también los antiguos Vettones, celebraban a finales del otoño hasta la entrada de la primavera, diferentes fiestas.

Costumbres que además abarcan un amplio repertorio de festejos, costumbres o rituales, sucedidos desde el uno de noviembre, hasta mediados del mes de marzo. Dándose cita durante todas esas semanas, una sucesión de manifestaciones festivo-religiosas que en nuestros carnavales tradicionales se presenta de forma aislada. Y digo aislada porque todas esas creencias en su conjunto, han quedado marcadas a retazos, funcionando cada localidad como islas que guardan y mantienen cada una, una parte de lo que he dado en llamar, Las Fiestas de Invierno. Celebraciones que no son todas de carácter religioso, ya que en estas tierras las fiestas de Invierno, han sido ante todo las fiestas de los Quintos, o lo que es lo mismo la fiesta de la mayoría de edad masculina, desde un punto de vista no solo sexual, sino desde el militar o belicista.

Costumbres estas de la mayoría de edad masculina, que se mezcla con buena parte de las Fiestas de Invierno, e incluso con las fiestas del resto del año. Al ser en muchas de ellas los quintos, los verdaderos protagonistas de las mismas. Fiestas y costumbres soldadescas, que en estas tierras tienen un muy profundo arraigo. Ya en tiempos prerromanos, cuando por aquí andaban nuestros antecesores, los Vettones, celebraban con grandes festejos la mayoría de edad de los nuevos guerreros… incluyendo un renacer simbólico, a través de una sauna ritual por la que entraban como niños, y salían convertidos en hombres… costumbres tan arraigadas, que en estas tierras no se puede comprender el Carnaval tradicional, si no se une a él las fiestas, costumbres y banquetes de los Quintos entrantes y salientes….

Junto al despertar de la naturaleza, la mayoría de edad, no faltan en las Fiestas de Invierno los rituales que están relacionados con la purificación y protección en general, y ante determinadas enfermedades típicas del invierno en particular. Tales como las relacionadas con el aparato respiratorio… creencias que se mantienen ocultas pero vivas, muy vivas entre nuestros paisanos, ocultas bajo el manto  impuesto por el catolicismo, principal enemigo de estas fiestas tan arraigadas en nuestros pueblos…

Las Fiestas de Invierno comenzaban a partir del uno de noviembre día de todos los difuntos. Fiesta de los Calbotes o de La Moragá, que se celebra con un banquete campestre, a base de carne de cerdo, vino, embutidos y sobre todo castañas –para saber más acerca de la Moragá, podéis entrar en mi blog, ahí hay un artículo que trata de este tema exclusivamente-  el resto del mes se pasaba trasegando el vino nuevo, arreglando los aperos rotos, afinando cencerros, cortar leña, pero sobre todo preparar la matanza del cerdo. El sacrificio de tipo familiar, que sigue en menor medida proporcionando a nuestras gentes, la oportunidad de seguir unidos a una tierra de la que queramos o no dependeremos siempre. Junto tareas relacionadas con el olivar, sobre todo el laborioso ordeño de las aceitunas de mesa, o bien el “uñate o averao” para aceite –del mismo modo que en el caso de La Moragá, hay en Blog otro artículo titulado Camino del Olivar, en el que trato con profundidad el tema…- Con todo, las verdaderas fiestas, comenzaba a mediados de diciembre, y terminaban a mediados de marzo. Fiestas que causalmente se celebraban de forma parecida desde muy antiguo y por muchas culturas del mundo.

De tal modo y como es lógico pensar, las Fiestas de Invierno lejos de ser algo fijo o constante, se convierte en un almacén al que se van incorporando más y más ritos a medida que pasa el tiempo y las culturas del mundo atlántico y mediterráneo entran en contacto mezclándose en nuestra península. Dando como resultado una gran cantidad y variedad de fiestas religiosas o paganas con paralelismos de las culturas indoeuropeas y orientales.  Una de las culturas que más información nos ha dejado al respecto fue sin duda la romana clásica, que bebió de la mitología griega… y esta a su vez de la egipcia…. Y estos de los sumerios….. y estos de… Roma entró en la península Ibérica el año 218, y en el 197, tenía controlada gran parte de la península estaba bajo el control de roma, y la franja mediterránea romanizada. No así estas tierras, aliadas con Celtiberos y Lusitanos, que plantaron cara al invasor, por eso la romanización de los pueblos indígenas prerromanos, tubo diferente intensidad dependiendo de la respuesta de cada cultura en particular, ante las normas de Roma. De esta tierra nuestra sabemos, que finalmente los vettones pactaron con roma su independencia y sistema de vida tradicional, a cambio de fuertes tributos… siendo la presencia de estos escasa, como los restos arqueológicos que quedan al sur de Gredos. No hay que olvidar que los vettones eran un grupo fuerte, bien armado, con abundante ganado –caballos- y recursos naturales de todo tipo, incluyendo  buenas minas de hierro y otros minerales..

Sin embargo y a pesar de mantener su “independencia”, los vettones terminaron por romanizarse, o lo que es lo mismo, adoptaron como propias algunas de las costumbres romanas, como por ejemplo, y no es poco, el alfabeto o escritura, lo que implicaba la transformación o enriquecimiento del leguaje indígena, y con ello todos los demás aspectos. Todo esto lo sabemos por las fuentes históricas, y el resultado de los trabajos, escasos, en nuestros yacimientos arqueológicos, sobre todo en los Castros. Ninguno de los castros vettones de la zona y la mayoría de la provincia, muestran señales de destrucción. Casi todos fueron abandonados y dejados tal cual, instalándose la población en otros lugares sin defensas militares. Condición ineludible para la paz romana, el hecho de que los pueblos sometidos no construyesen ningún tipo de fortificación, no de armamento sin su consentimiento… este fue el motivo de una de las guerras más célebres de nuestra historia antigua, la destrucción de la indómita Numancia.

Con todo, estas tierras a partir del  asesinato de Viriato, y con el de la resistencia Celtibera, Lusitana y Vettona, allá por el año 139 antes de nuestra era, se  fueron asimilando e incorporando a su cultura algunos ritos y fiestas de la “civilizada” Roma. Ritos y costumbres que no variaban mucho entre ambas culturas, cuyos extensos panteones, poseían dioses y diosas con diferentes nombres, pero con las mismas atribuciones divinas o demoniacas. Por lo que la asimilación entre ellos era algo más que común. Más aun entre los antiguos romanos, tan supersticiosos, y siempre dispuestos a adoptar cualquier divinidad extranjera que considerasen poderosa o protectora.
Con todo lo dicho, no estaría mal recordar, como celebraban los antiguos romanos y con ellos los hispanorromanos, el Carnaval, una de las primeras y más importantes Fiestas de Invierno, que a su vez se celebraban durante meses,  con una sucesión de festejos mayores o menores, perfectamente estudiados y organizados. Celebraciones que salvando la distancia temporal, seguimos celebrando “religiosa y en absoluto casualmente” cada uno de noviembre, día de los difuntos. O cada Sta. Bárbara, el 4 de diciembre. O en la Navidad antiguo solsticio de invierno, fiesta principal vettona… sin olvidarme de los ritos relacionados con San Silvestre cada 1 de enero. Los de San Antón, “gallinita pon”. Las Candelarias el día dos de febrero, la “fiesta de la Luz”. San Blas 3 de febrero, “abogado infalible contra las afecciones de garganta”… Santa Águeda el 5 de febrero, la trasgresora que quita el poder a los hombres para dárselo a las mujeres, cambiando los roles de ambos durante unos días…  o el Valeroso Capitán San Sebastián el 20 de febrero, glorioso ante cualquier enfermedad o mal… Santos y Santas, elegidos cuidadosamente por la curia romana, para suplantar la fe católica, ante los antiguos ritos y creencias paganas. Logrando con ello únicamente un sincretismo cuyo resultado es, una peculiar forma de santificar los días de fiesta.  Y eso a pesar de haber transcurrido más de dos mil años.  

Pero antes de reparar en estas costumbres de nuestra tradición oral, me gustaría como os comentaba, recordar siquiera como explicaba el mundo romano clásico, esta parte del año, en la que la inactividad de los campos, permitía cierta relajación y con ello tiempo para la diversión. Empezaré por la Navidad que es la primera fiesta del año relacionada con el carnaval antiguo. Fiesta que insisto, mucho le costó cristianizar a la curia romana, y que como veremos, no lograron borrar del todo los antiguos rituales paganos, al estar profundamente arraigadas en el subconsciente colectivo, muchos años antes de lo que os voy a recordar. Roma basaba la existencia humana a los caprichos de una serie de dioses y diosas, acompañados por otros seres considerados como dioses menores, genios, sirenas, faunos, ninfas, etc. creando una serie de mitos que daban explicación “poética” a todas las dudas existenciales posibles. Dioses y diosas a los que se les dedicaban los días de la semana Lunes – Juno. Martes – Marte. Miércoles –Mercurio. Viernes – Venus… O los principales planetas… o los meses, esto es lo más curioso e interesante. Ya que ellos del mismo modo que los antiguos pueblos prerromanos, ajustaron el calendario cíclico de la naturaleza, al propio y por lo tanto a sus diferentes momentos de paz, guerra, cosechas, festejos, etc.

¿Y a qué dios eligieron como patrón de estas celebraciones del año nuevo? Efectivamente, a Saturno, el Cronos griego… Saturno era hijo del dios Caelus –el Cielo- y de Cibeles –la Tierra- Era el menor de dos hermanos, pero pactó con su hermano mayor Titán, y logró quedarse con el reino de los cielos, con la condición de no tener descendencia masculina que continuase su linaje. Saturno así lo hizo. Pero su esposa, la diosa Ops se las ingenió con la ayuda de su hija Juno para salvar a tres de sus hijos varones, Júpiter, Neptuno y Plutón. Cuando Titán descubre el engaño de su cuñada, encierra a su hermano y Ops en una cárcel, hasta que Júpiter ya adulto lucha contra su tío. Le vence y devuelve a su padre el reino de los cielos. Pero Saturno quería más y lucha para quitarle poder a su hijo Júpiter. Júpiter lo vence y lo destierra como mortal al Laccio, donde gobernó dando a la humanidad el mayor y mejor tiempo de prosperidad y abundancia. Viviendo todos en igualdad de condiciones sin soberanía alguna…

Hasta ahí el mito, a partir de él los antiguos romanos celebraban entre el 17 al 23 de diciembre las Saturnales, o fiestas en honor a Saturno, el dios que trajo el orden a la humanidad. Emulando al dios organizando grandes banquetes comunes que solían acabar en animadas orgias… juegos, danzas y el cabio de rol. Una de las principales características de  estas fiestas, en las que todo estaba permitido, ya que en las Saturnales, todos eran iguales, por lo tanto no había que diferenciar clase social alguna. Siendo los amos los que servían a los esclavos, o los generales a los soldados, a los que incluso podían decirles todo lo que pensaban de ellos, sin que los amos pudieran tomar represaría alguna contra ellos. Eran las Saturnales… otra de las costumbres romanas asociada a las Saturnales, era el regalar presentes a las personas queridas, sobre todo amigos y familiares… para ello se  visitaban u organizaban banquetes abiertos a todo el que quisiera unirse a ellos. Banquetes en los que no faltaba la música y las máscaras.

Las Saturnales eran unas fiestas que antecedían a las del año nuevo romano. Por lo tanto era un tiempo incierto en el que “era normal” que el caos se apoderaba del mundo, antes de volver el sol primaveral revitalizante a imponer su justicia. Pasados los excesos y diversiones de las Saturnales, a principios de enero celebraban las Fiestas de la Strena o Entrada del año nuevo romano, fiestas estas que no faltaban concurridas y animadas carreras de caballos llamadas “Equina”. Entre los días once y quince se celebraban la fiesta de la Compitania dedicada al dios Juno, dios que abría y cerraba las puertas del año romano. Dios de dos caras muy venerado en toda la antigua Roma, ya que cerraba el calendario o ciclo natural por el que se regían. Era el que traía la luz…

La llegada del mes de febrero - Februus o Plutón – traía consigo todo tipo de ceremonias y rituales relacionados con la purificación en el más amplio sentido de la palabra. Plutón hijo de Saturno y hermano de Jano y Júpiter era considerado como el dios más respetado por sus súbditos, ya que nunca jamás sufrió rebelión contra su persona acatando todos sus ordenes, de ahí su fama de severo incluso cruel. Y de nuevo para entender mejor nuestras costumbres voy a referirme de nuevo a la mitología con el relato o mito de Plutón.

Plutón se enamoró de su sobrina Proserpina -hija de su hermano Júpiter y su esposa Ceres diosa de la fertilidad y los campos – Plutón rapta a Proserpina, se casa con ella y se la lleva a vivir al Hades –inframundo - Ceres desesperada la busca por toda la tierra, pero no la encuentra. Enloquecida devora todo lo que hay en los campos, dejando tras de si nada más que desiertos y muerte… Júpiter enterado de lo sucedido, envía a Mercurio a hablar con su hermano Saturno, para que devuelva a Proserpina a su madre Ceres. Este al final accede, pero antes le hace comer a su mujer Proserpina, seis granos de granada, al ser considerada una máxima expresión de la fidelidad conyugal, dejándola volver con su madre seis meses del año, pero regresando al Hades otros seis meses donde es reina consorte con Plutón…

De este modo explicaban los romanos la ausencia de frutos y la abundancia de los mismos, ya que Ceres días antes de que retorne su hija del inframundo con ella, adorna la tierra con todo tipo de frutos, y flores y recentales, y miel y fuentes de leche… mientas que poco antes de que su hija volviera con su esposo, Ceres cubría la tierra con un manto de colores  ocres muy del gusto de su hija Proserpina.

Durante el mes de Plutón o Februus, se festejaban al menos otras cuatro fiestas importantes en el calendario romano; el día quince las Lupercales. Entre los días trece y veintiuno la Feralia y el veintitrés la Terminalia. Concluyendo el día veintisiete con la repetición de la Equina o carrera de caballos celebrada el mes anterior en las fiestas de la Strena de igual modo y manera..

La fiestas lupercales estaban dedicadas a un dios menor, genio o fauno llamado Pan Liceo, o Fauno Luperco. Termino que proviene de dos palabras latinas lupo que significa lobo y hirous, que significa macho cabrío… Se le representa la parte superior como humano, con cuernos, pelos y barbas de chivo y la mitad inferior de macho cabrío. Hijo de múltiples padres, fue un gran cazador, músico y curandero. Fue venerado por representar la potencia sexual masculina en su máxima expresión, y la fertilidad de los campos. Su apetito sexual era insaciable, persiguiendo hombres y mujeres, o espantando los rebaños y pastores que se adentraban en su bosque, aterrorizándolos. Contaban de Pan Liceo que si era molestado cuando dormía la siesta, su ira lo convertía en “el Demonio del medio día”… mostrando aquí su carácter ambivalente como ser protector o diabólico según el caso. Del mismo modo actuaba cuando alguien entraba en sus dominios sin su licencia, les perseguía como animales de presa produciendo tales encuentros un estado llamado desde entonces, pánico. Palabra esta “pánico” que proviene del miedo que Pan Liceo provocaba cuando acechaba una víctima.

Este semi dios, contaba con una casta sacerdotal dedicada a su culto, llamados los Lupercos. Eran los encargados de organizar la procesión. Procesión a la que acudían desnudos, como buena parte de los participantes, armados con tiras de la piel de un macho cabrío sacrificado e inmolado en honor a Pan Liceo o el Fauno Luperco –el amigo de los lobos- con las que azotaban a cuantas mujeres se encontraban a su paso. A estos azotes rituales se les daba el poder de la fertilidad, y con esa intención eran dados y bien recibidos por las asistentes. Además del macho cabrío, se sacrificaba un perro en su honor. Esa noche las mujeres vestidas con pieles de lobo, se retiraban a los campos dando rienda suelta a sus fantasías sexuales, ya que era considerado uno de los más propicios días para concebir y gestar una nueva vida. Según la mitología romana, el día de Pan o Luperco, salía del infierno una corte de acompañantes entre ellos los Equites, simulando a la tropa de elite romana del mismo nombre, solo que en vez montar caballos, estos montaban machos cabríos, atacando con pieles de lobo a todo el que se encontraban la noche de Luperco, ya que a la mañana regresaban al infierno poniendo fin al ataque esperado.

Tras las Lupercales, el día veintiuno de febrero, festejaban la Feralia, o “inferís et ferendo”. Dicho de otro modo “llevar comida a los  difuntos de la familia”. Estas fiestas estaban dedicadas a los Manes o espíritus de los difuntos, para ello hacían todo tipo de rituales relacionados con la purificación, incluyendo libaciones y lustraciones individuales y colectivas. Siendo obligada la visita a la necrópolis y ofrenda a los muertos. Ofrendas entre las que no faltaba el vino, la leche, la miel, la sangre, cereales o flores.

Tras la Feralia, el veintitrés de febrero, celebraban la Terminalia. Estaban dedicadas al dios Termino, protector de los límites fronterizos. Representado como un busto sobre un pilar a modo de hito, sirviendo una vez colocado, para diferenciar los limites no solo del imperio, sino de los agricultores, grandes, pequeños o medianos…  cuando colocaban un hito de este tipo dedicado al dios Termino, sacrificaban un codero o un lechón, cuyos restos calcinados eran depositados en el hoyo en el que se clavaría. Dicho hito, llegado el día de su fiesta era decorado con flores y frutos. En la decoración participaba toda la familia, que acudía vestida de blanco. El patriarca de la familia preparaba una pira u hoguera a modo de ara, y la matriarca portando el fuego del hogar familiar la prendía fuego. Una vez la pira estaba encendida  los hijos y especialmente el o la menor de ellos, vertían sobre las llamas diferentes ofrendas. Como vino, leche, cereales, flores o alimentos elaborados especialmente dulces… a continuación el patriarca sacrificaba un cordero o una marrana, que formaría parte del banquete con el que concluían estas fiestas, de carácter funerario

Tras las Terminalias, el uno de marzo llegaban las fiestas en honor a Juno Lucida. Literalmente, “la que trae a los recién nacidos hacía la luz del sol”.  La Matromae Feriae, Juno Lucida era la protectora y benefactora de las parturientas, y por lo tanto una diosa importante, que gozaba de mucha veneración.  Ese día las madres daban el día libre a sus esclavos, preparando ellas la comida y cena, de forma similar a las Saturnales. Mientras que eran visitadas por sus familiares y agasajadas con presentes, especialmente de los hijos y del marido, el cual incluso tenía que orar por ella… ese día se les estaba permitido a las mujeres algunas licencias reservadas a los hombres, como el participar de algunos ritos en los templos principales. Al tiempo que llevaban el pelo suelto en señal de rebeldía, y ningún cinturón ajustado a parte alguna de sus cuerpos…

Tras la Matromae Feriae el catorce de Marzo se repetían la fiestas Equina, con las carreas de caballos, bailes, banquetes y demás diversiones asociadas. El diecisiete de marzo festejaban la Liberalia en honor a Padre Liber y su esposa Libera, dioses de la fertilidad y sobre todo del vino… esta fiesta duraba casi un mes, en ella se organizaba una procesión con un carro bajo palio, ante el cual se acometían todo tipo de excesos incluidos los escatológicos y sobre todo los sexuales. Las gentes acudían con máscaras, colgándolas incluso de los árboles por donde transcurría la esperpéntica procesión. En cierto punto de la procesión, una mujer, la matrona, representando las virtudes femeninas y con ellas la fertilidad, coronaba el palio, y con ello protegía de posibles hechizos las semillas que empezaban a germinar por los campos. Base de su economía y alimentación. Durante ese tiempo las mujeres jóvenes más hermosas, coronadas  con ramos de yedra se apostaban a las puertas del templo de Baco ofreciendo a los transeúntes un licor a base de miel, con el que hacer brindis o mejor dicho libaciones a Baco. Dios al que estaba muy vinculada esta celebración, sin que tenga nada que ver con las Bacanales en honor a Baco, son cosas diferentes. Sin embargo durante ambas celebraciones, se gozaba de una libertad inusitada, al poder expresar lo que se quisiera, ya que durante esos días, lo más importante era divertirse, pasarlo lo mejor posible.

El día quince de marzo, era considerado por los romanos como uno de los días más propicios para hacer augurios y previsiones futuras. Las cuales se realizaban no solo en los templos, sino en los propios domicilios familiares. Ese día era llamado, Idus de Marzo, gozando de tal privilegio propiciatorio los días quince de mayo, de julio y de octubre de cada año.

Tras los Idus de marzo y el mes de fiestas de la Liberalia el diecinueve de marzo, llegaba la fiesta de Quinquatrus en honor a Minerva, diosa de las artes, de la arquitectura, etc. esta diosa tenía dos fiestas las Quinquatrus minores del trece al quince de junio y las Quinquatrus Maiores que son las que corresponden al tiempo que estaos tratando. Se celebraban cinco después de los idus de marzo, de ahí el nombre –aunque hay otras fuentes que apuntan a otra etimología diferente y muy posible del término “Quinquare” que significa, purificación- era una fiesta de tipo militar, se celebraba con juegos de gladiadores y competiciones de caza. Sin que faltaran oradores, poetas, contadores de historias, cantantes, músicos, etc. Durante los cinco días que duraba esta fiesta en honor a Minerva, se purificaban no solo las armas, sino los ejércitos enteros, sirviendo por lo tanto como una puesta a punto o preparación, ante el inminente tiempo de las batallas, coincidente con la primavera y el estío estacional. Ya que durante buena parte del otoño y sobre todo del invierno, buena parte de los caminos, puertos de mas y de montaña, etc. permanecían impracticables a causa del barro, nieve, o la falta de alimentos disponibles al paso de las legiones.

Estas fiestas del mes de marzo dedicadas a la diosa Minerva, sin embargo se sincretizaron con otras dedicadas a Marte, al que está dedicado el mes del que hablamos, marzo. Dios cazador y amante de la guerra, pero también de la fertilidad de los campos y de los animales en general… Marte era hijo de Júpiter y Juno, por lo tanto un dios principal. Cada cinco años las fiestas en honor a Marte se celebraban de forma excepcional, con danzas guerreras y el sacrificio de un cerdo, una oveja y una vaca. Estas fiestas purificatorias, concluían el día  veintitrés de marzo, con el Tubilistrium, ceremonia en la que se “purificaban” todas las trompetas y demás instrumentos musicales utilizados en las batallas. Ese día los sacerdotes de Marte y generales de los ejércitos encabezados por los salios, entonaban un canto misterioso llamado Carmen Saliare, al tiempo que danzaban ante el dios de la guerra, purificando  de este modo las trompetas rituales cargadas con un enorme poder simbólico, del miso modo que determinadas flautas usadas con los mismos fines belicistas.

Hasta aquí las fiestas de invierno, con sus rituales y mitología asociada, y compartidas entre romanos e hispanos o iberos. Cuyas culturas y más aún creencias religiosas se asimilaron y sincretizaron, dando forma a las fiestas  de invierno. Al ser para gran parte de los pueblos y culturas que cohabitaron aquellos tiempos, algo común. Un hecho milagroso que se reproduce todos años, y que gracias a él, la naturaleza muerta y estéril, se vuelve fértil y generosa. Marcando los fundamentales ciclos de muerte y renovación, de los que dependían directamente su subsistencia y que quedó plasmado en el mito egipcio de Osiris. Asesinado y destronado por su hermano Shet, dios de los infiernos, usurpándole el trono e instaurando un tiempo de injusticia y quebranto en la tierra. Isis, esposa de Osiris busca a su marido y lo encuentra poco a poco descuartizado. Finalmente reúne todos los miembros menos en pene que lo hace con unas cañas del Nilo, hace el coito con su esposo y concibe a Horus. Este cuando se hace adulto planta batalla a su tío, le vence devolviéndole a los infiernos. Termina con el proceso de devolverle la vida a su padre Osiris y comienza un tiempo de paz, esplendor y justicia en el mundo… os suena la historia verdad, no difiere mucho de los mitos posteriores grecorromanos. Pues todos se centran en el culto a la muerte,  y al mismo tiempo y con la misma intensidad, a la vida, relacionando alegóricamente ambos estados con las estaciones del año. Así la muerte estaría representada por el otoño e invierno. Y la vida  con la primavera y el verano. Aun hoy en día cuando nos queremos referir a una persona joven, decimos que tiene “pocas primaveras”. Mientras que los mayores les encasillamos en el “otoño de la vida”…

Resumiendo un poco, decir que junto con este carácter eminentemente agrícola de las fiestas de invierno, relacionado con los rituales funerarios y de purificación, se encuentra otro elemento consustancial a dichas fiestas no menos importante. Y que servía para soltar la tremenda presión a la que estaban sometidos, fruto de las continúas e injustas tensiones, y de las grandes diferencias entre aquellas clases sociales. Se trata de los cambios de roll, o el uso de disfraces y máscaras, para ser lo que no se puede ser ni decir, durante el resto del año. Pues la finalidad era divertirse todos por igual. Eligiendo para ello un “rey con su reina consorte”. Todo ello macerado en un ambiente militarizado, en el que los jóvenes varones, celebraban su mayoría de edad, con todas las licencias y obligaciones que conllevaba este hecho.

Pues bien en mi tierra, El Valle de la Tierra de los Rebeldes, o del Tiétar, como decía al principio ha  quedado vestigios que bien pudieran ser fruto de la causalidad, sin embargo y ante la cantidad de casualidades, personalmente creo que muchos de ellos son causalidades debidas al mantenimiento de costumbres y ritos ancestrales. Como por ejemplo los Machurreros de Pedro Bernardo, que salían a partir de San Silvestre uno de enero, tras la misa mayor, disfrazados con ropas militares, cencerros en la cintura, una tosca pero aterradora máscara de madera, y una vara con una vejiga hinchada con la que iban dando a cuantos salían al paso, especialmente mozas y chiquillos… y esto lo repetían todos los domingos hasta el martes de Carnaval, siendo su presencia fundamental en la antigua procesión de San Sebastián, a la que los y las cuchareras acudían “disfrazados con mojigangas”, hasta que se prohibió bajo pena de excomunión a mediados del siglo XVIII… personajes diabólicos que me recuerdan a las descripciones del dios Pan Liceo, y más aún a los Equites lupercales que por estas fechas salían del infierno a lomos de machos cabríos, armados con varas con vejigas hinchadas y pieles de macho cabrío con las que propiciaban la fecundidad o febrilidad femenina. Seres mitad humanos, mitad dioses, con aspecto antropomorfo y zoomorfo, pues no es el único caso de este tipo de personajes, llamemos protagonistas del carnaval tradicional en estas tierras.
En Arenas de San Pedro los quintos se vestían de Jarramachos, con ropas antiguas puestas todas al revés, esto es la parte interior por fuera, lo de adelante atrás, y  lo de arriba abajo. En la cabeza se ponían pieles con cuernos a modo máscaras, e iban con varas de mimbre persiguiendo a las mujeres. En Guisando actuaban del mismo modo los Jarramaches, añadiendo estos cencerros y esquilas insertadas en el cinturón… En la cercana Navalosa, al otro lado de la Sierra, aun salen los Cucurrumachos, personajes de similares trazas a los anteriormente expuestos, pero con más riqueza de personajes, ya que los hay de varios tipos, unos incordian y molestan y otros van “echando hecho obre el pecho de las mujeres”. Cuando lo vi y le pregunté a una señora mayor que acababa deponer su pecho para recibir el heno, por qué lo hacían. Ella me respondió con rotunda naturalidad, porque es una buena señal y libra de males…

Personalmente creo que los Jarramachos, Jarramaches y Machurreros, siguen siendo representaciones de aquel cortejo funesto que precedía a la llegada de la renovación de la vida, en las Saturnales y Lupercales romanas en honor a Pan Liceo y sus Equites. Con una connotación añadida de carácter personal, y es la vinculación de estos, con la fiesta de mayoría de edad masculina, los Quintos. Ya que son ellos en todos los casos los que tienen el honor de representar a estos seres mitológicos cada año. Para ello se ayudan de ropas, adornos y máscaras con la que es más fácil perder la identidad personal, y de este modo adquirir la identidad que se quiera, en este caso ambivalente, al ser mitad ángeles, mitad demonios. Por lo que esta tradición aunque paralela al carnaval, realmente es un añadido a la misma con sus propios rituales y momentos álgidos, como este de transformarse en Machurreros…

Y es que el verdadero sentido de las fiestas de los quintos, coincide con el del carnaval, pasarlo lo mejor posible, con libertad absoluta y sin responsabilidad civil subsidiaria. Ya que a los quintos se les permitía todo tipo de excesos durante el tiempo que duraban sus fiestas, como regalo al niño que pronto iban a dejar de ser, para asumir las responsabilidades de la vida adulta. Por eso los festejos de los quintos, que solían comenzar el día de San Silvestre, o en las fiestas religiosas principales de estos meses entre diciembre y marzo, como S Blas, S. Sebastián o Las Aguedas, por poner algunos ejemplos. Siendo ellos los encargados de ir a por la leña al monte para encender las enormes hogueras – piras – luminarias en honor a sus santos patronos. Como es el caso de Ramacastañas o de Hontanares cada  veinte de enero día de San Sebastián. En cuyo honor se hornean unos “bollos de anís”, con virtudes mágicas, ya que protegen contra las afecciones respiratorias o pulmonares, y guardado en cajón sirve para alejar el rayo y sanar enfermedades comiendo un poco “ensopao en agua o aceite”. En Poyales del Hoyo van un paso más allá, ya que la noche de San Sebastián, a las nueve en punto, cada familia reunida en “el límite” de sus casas, esto es en la puerta principal, entre la calle y el interior de la vivienda. El patriarca colocaba ramos de romero silvestre de los montes cercanos cortado para este efecto, quemándolo mientras el humo del romero entraba en la casa a modo de incienso benefactor. Mientras se prendía el romero, el patriarca y los presentes recitan la siguiente oración “Arde romero, queme lo malo, y entre lo bueno”. Costumbre que se  mantiene con fuerza hoy en día cada veinte de enero, pues para los hoyancos y hoyancas es una forma de protegerse ante todo tipo de contrariedades, males o enfermedades. No contentos con las luminarias  familiares, los quintos encienden una grande, muy grande en la Plaza Mayor junto a la única torre exenta de nuestras parroquias monumentales como lo es la de Poyales del Hoyo.

Durante los días que duraban las “Quintas”, los vecinos de nuestros pueblos se cuidaban mucho de guardar las aves de corral, especialmente los gallos, ya que los quintos solían robarlos para hacer banquetes entre ellos, sin que los perjudicados pudiesen reclamar nada… y en caso de reclamar pues pagaban la multa entre todos y asunto terminado. Pero no solo reparaban en los capones, pollos tomateros. Ya que los días de quintas se solía “cazar perros y gatos”. Animales con cuyas pieles harían regalos a sus novias, como por ejemplo faltriqueras. En Arenas de San Pedro en Navidad es tradicional el uso de grandes panderos tocados tradicionalmente por hombres, algunos de ellos hechos con la pies de estos animales. Ya que también se daba el caso, de perros muy estimados por sus amos,  especialmente pastores, que una vez muertos de muerte natural, eran despellejados, para hacer un pandero y de este modo seguir teniendo al fiel amigo resonando junto al corazón. En el mejor de los casos a los perros se les ataba a la cola latas y trastos varios, haciendo que entraran en pánico, sin dejar de correr asustados por ellos mismos…

La verdad es que en las fiestas de invierno los animales tienen una importancia enorme. De hecho San Antonio Abad, San Antón, sigue siendo en muchas de nuestras localidades, un Santo muy venerado, siendo pocas las parroquias que no dispongan de un altar en su nombre. En su honor se llevaban los animales para ser bendecidos antes, durante o tras la procesión, según los usos propios de cada localidad. Ese día los chiquillos iban por las calles “pidiendo para San Antón”, las gentes les iban dando lo que tenían más a mano, productos de la matanza, frutos secos y huevos… en Arenas y sus anejos se solía dar una mano del cerdo sacrificado. Estas una vez terminado el día eran llevadas a la iglesia “para decir misas a los difuntos”. En otras localidades más prácticas, al día siguiente se volvían a reunir la chiquillería, para comerse juntos en un banquete lo que habían logrado recolectar el día anterior. Una de las coplas más repetida en estos días por las pandillas infantiles, era la siguiente: “San Antón, gallinita pon”. Los pastores que cruzaban el puerto del Pico, al pasar junto a la ermita, a las afueras de Cuevas del Valle de San Antón, entran y le rezan, no sin antes de salir hacer sonar la campanilla que lleva el cerdo, para pedir y logar de este modo, un buen viaje y regreso al valle, tanto para los pastores, como para los ganados.

Podríamos pensar que las condiciones climatológicas invernales son idóneas para los procesos de conservación de la carne, pero lo mismo podemos decir del humo y del sol del estío. Sin embargo es en este tiempo invernal cuando se reproducen los sacrificios de animales domésticos de forma ritualizada y ceremoniosa. El más importante sin duda es la matanza del cerdo a partir de la Inmaculada, o Virgen de la Matanza, nombre con el que se la conoce por estas tierras. El cerdo o cerda que hasta ese día ha gozado de todo tipo de mimos y cuidados, como un miembro más de la familia, es llevado por el patriarca a la mesa donde se le va a sacrificar, “la mesa matancera” siendo tradicionalmente él el encargado de clavar el cuchillo desde la garganta al corazón, cortando la aorta, haciendo sufrir lo mínimo posible al animal. Mientras tanto la matriarca armada con un barreño y un cucharón de madera, recoge la abundante sangre del animal, removiéndola sin cesar para evitar su coagulación hasta la última gota. No está bien visto dejar caer la sangre al suelo, además con ella se hacían algunos manjares como las morcillas de arroz con piñones, las de acelgas, las de calabaza, o la sangre frita con bien de cebolla.

Aunque se ha perdido esta costumbre, hasta hace unos años era normal matar o solo un cerdo, sino con él una cabra vieja –en menor medida oveja-  la carne de la cabra serviría en gran parte para hacer tasajos, otra para chorizos mezclados con la carne del cerdo, ciervo, o jabalí, y el resto para comer asada a la “diabla” –esto es directamente sobre las brasas- o guisada con patatas. Siendo la carne de este animal la que se consumía preferentemente los días de fiesta, dejando la carne del cerdo curarse, para ser consumida más allá  del verano. Los huesos eran aprovechados para hacer badajos para las esquilas y cencerras, castañuelas, pitos, recogepelos, peines, botones… tanto la piel, como los cuernos de la cabra, se utilizaban para hacerse los trajes de Jarramachos, panderos o diferentes útiles prácticos como las mencionadas faltriqueras o los sobre decorados morrales, chalecos o zajones de nuestros pastores.  Con las vejigas hacían zambombas que solo se utilizan en Navidad.
Estos sacrificios rituales además de precisar de una gran organización y participación previa, que incluye la consecución de todo lo que se va a necesitar para el sacrificio y adobo de la carne. No se organizaban cualquier día de la semana, ya que dependiendo del sexo del animal había días considerados nefastos, en los que no se debían sacrificar. Teniendo que esperar a otros más propicios. Como es el caso de las cerdas a las que no se la debe matar los viernes en ningún caso. De hacerlo su carne se perderá malograda… con las cabras sin embargo sucede lo contrario… también es bonito, creo yo, reparar en como las tareas están perfectamente distribuidas por edades y sexos, pero entre miembros de la familia. Ya que las matanzas son fiestas ante todo de tipo familiar, servían para unir a todos los miembros del clan que se ayudaban y ocupaban cada uno el lugar que les correspondía, funcionando como una cadena perfecta, en la que no faltaba un ambiente festivo en el que todos trabajaban pero también se divertía. Las bromas de todo tipo son una constante, incluyendo las escatológicas y sexuales… En La Adrada había un personaje que acudía a las matanzas, y cuando menos se lo esperaba se colocaba un papel de periódico en el culo a modo de rabo o cola, lo prendía fuego y salía corriendo entre la apretada concurrencia, al tiempo que decía caturreando; Un papel me arde en el culo, y no me lo apaga ninguno”… claro los presentes se afanaban en apagarlo, provocando risas, sustos y todo tipo de comentarios. En Arenas cuando las morcillas estaban listas para ser subidas a los sobraos para curarse, se bailaban en la lata al Son de las Nochebuenas, si alguna morcilla se rompía y caía al suelo, iba a sartén y a los estómagos en ese mismo momento… por lo que el baile solía ser un momento muy esperado por los participantes, vecinos y amigos de los matanceros.

Los que no podían faltar a la matanza, para “ayudar” eran las novias y novios. Siendo eta una de las primeras cosas que hacían en público una vez que habían declarado y había sido aprobado por las familias su noviazgo. Junto la recolección de la aceituna, era esta la mejor  forma de entrar en la familia de sus respectivos en la más absoluta intimidad, y momento en el que poner sobre la mesa su disposición y utilidad laboral al nuevo clan familiar al que se van a unir. A estos se les reservaba los trabajos más pesados, ellas lavar tripas y los mondongos en la fría corriente…. Ellos a picar la carne con dos cuchillos para hacer embutidos. A los más pequeños para mantenerlos lejos del fuego, cuchillos y demás peligros, les daban una oreja o el rabo del cerdo, para que se lo asaran sobre una teja o sobre las brasas… cuando lo habían asado y repartido les mandaban a la casa de algún vecino o amigo a por “un kilo de tardanza” o “la cesta para meter los sesos”…. Frases claves que todos conocían su significado; entretener a los niños y niñas. Entonces los metían en las casas y los ponían a limpiar lentejas o cualquier otra cosas, entreteniéndolos una o dos horas. A la noche cuando se descolgaba el cerdo, la soga de la que había estado colgado se convertía en un columpio. Columpio en el que de forma ordenada se iban columpiando todos, generalmente durante el tiempo que tardaba en recitarse esta canción infantil, de la que he recogido varias versiones en nuestros pueblos, esta es la versión de Arenas mi lugar de nacimiento, dice así:

Tira y tira, que está mala mi tía, con qué la curaremos
Con palos que la demos, dónde están los palos
La lumbre los ha quemado. Donde está la lumbre
El agua la a apagado. Dónde está el agua
El buey se la ha bebido. Dónde está el buey
A sembrar un poco trigo. Dónde está el trigo
La gallina se lo ha comido. Y dónde está la gallina
En el gallinero, encima la tierra y debajo del cielo
A la de una, a la de dos, a la de tres, se apeé usted.


Tras la matanza o entretanto, las canciones, danzas y banquetes familiares o de amigos se suceden día y noche… sigue siendo costumbre cantar, comer y beber por las calles, visitar a la familia y amigos en sus casas, ser agasajados y también agasajar dando regalos a los seres queridos, como se viene haciendo al menos desde estos últimos dos mil años y pico.

Otra tradición hermosa de estas tierras, era la de conservar un de las piezas más importantes  de la matanza como el Chorizo de Cagalar, reservado para comer con la familia reunida en el hogar, el día de fiesta principal, especialmente las patronales. Lo que se decía “decentar” y compartir entre toda la familia este alimento especial, asociado simbólicamente con el sexo masculino por su  forma fálica. También se reservaban las morcillas más pequeñas o las “empapelás” para regalar el día de Navidad en el aguinaldillo. Aguinaldo que era consumido al día siguiente entre todos los participantes, en animados banquetes equitativos. Otras piezas de la matanza eran reservadas para dar el día de San Antón, como era el caso de manos de cerdo en Arenas y Ramacastañas… o para los ofertorios del martes de ánimas o del carnaval. Ya que el empeño de la iglesia católica hizo que buena parte de los festejos se centrasen en el culto a los muertos. Con ese fin se organizaban los ofertorios, en los que no faltaban ofrendas producto de la matanza y demás labores agropecuarias, cuya finalidad era sacar dinero para decir misas a los muertos del año.

Sin embargo en los ofertorios aparecen una serie de personajes que nada o poco tiene que ver con los dogmas católicos. Ya que antes de realizarse el ofertorio en la plaza mayor partía una procesión con “El Capitán y La Capitana” –en algunas localidades los llamaban Generales- acompañados en todo momento por el solemne resonar de los tambores, detrás de La Bandera de Ánimas. La bandera abría la procesión, la portaba el abanderado que la hacía bailar al son de los tambores, tras él los tambores, tras los tambores el Capitán con la capitana a lomos de su mejor montura, y tras es la corte de quintos. Ya que el Capitán debía ser un quinto, con novia y fecha de boda, elegido entre todos los demás democráticamente. Los quintos que tenían novias como el Capitán las llevaban delante de ellos, como era costumbre, ya que las casadas  iban a las ancas…

En esta procesión los quintos llevaban consigo cada uno su propio gallo. Gallo que se había criado especialmente para ese día, y que solía ser el mejor del corral. Y es que junto a cerdos. Cabras, perros y gatos, el gallo es otro de los animales tradicionalmente propiciatorio. Su sangre ayuda a la tierra a ser más fértil y productiva, según la tradición oral. Con este fin corrían los gallos los quintos… y con ese fin en la Plaza del Castillo y en los lienzos del mismo, durante todo este tiempo, era costumbre colgar gallos boca abajo, o enterrarlos dejando solo la cabeza fuera, para que desde cierta distancia y con la ayuda de unos cantos recogidos en el río, el que diera en la cabeza al animal se lo llevaba a casa. Eso si a cambio de una pequeña cantidad de dinero, ya que no dejaba de ser un juego. Juego en el que la sangre del gallo cumplía un papel revitalizador, que ahora al menos a mí se me antoja bárbaro y cruel. Como la antigua costumbre de una vez arrancada la cabeza del pobre gallo, tirarla sobre el mandil de la novia o moza pretendida, en señal de fertilidad y prosperidad. Pues el gallo ha sido considerado el símbolo de las virtudes y resistencia sexual masculina. Por eso en algunas localidades, los quintos lucían chalecos de piel de oveja o cabra curtida, usando los espolones de los gallos a modo de botones, de  forma similar a los botones de las trencas… solo ellos los usaban, y se los ponían junto a los zajones y mejores arreos de montar a caballo, para el día o mejor dicho la tarde en la que corrían los gallos. Carrera en todas nuestras localidades tenía un lugar concreto a las afueras de las poblaciones, donde se reunía todo el vecindario en busca de diversión. Tras la procesión de la Bandera de Animas, el Ofertorio y la Carrera de Gallos, se abría el baile, y lo hacían los Capitanes, al son de una alegre jotilla cuyo estribillo dice así; Que salga la dama, que salga a bailar, que salga la dama, con su Capitán. Que salga la dama, que salga otra ve, que salga la dama, que la quiero ver y tras el baile alrededor de la gran hoguera común, otro banquete abierto a todo el que se quisiera acercar a él… aunque no en todos los pueblos del Valle funcionaban realmente así las cosas. Había localidades en las que cada barrio hacía su propia hoguera, estando vetados todos los demás vecinos o forasteros, excepto aquellos que fuesen expresamente invitados, como las amistades, familiares o las novias o los novios. Por lo que mucho se cuidaban de ir a estas hogueras si no estaban invitados, a no ser que se quisiera provocar algún altercado, cosa que también sucedía… de hecho podemos diferenciar entre tres tipos de piras o fuegos ceremoniales; los de tipo familiar, como el caso del romero en Poyales del Hoyo. Los de tipo colectivo como las hogueras de San Silvestre o San Sebastián… y las de los barrios como es el caso último que os he contado. De hecho la rivalidad entre los diferentes barrios, era tal que se hizo necesario encontrar alguna válvula de escape. Una de ellas consistía en que una vez reunidos los vecinos cada cual entorno a su hoguera, desde un barrio comenzaban un cantar. Al terminar eran respondidos por otro barrio y así sucesivamente, el barrio que más claro y fuerte se hacía oír era el vencedor… otra costumbre consistía en organizar fiestas organizadas por y entre los vecinos de los barrios, ganando aquel que más gente hubiera atraído por sus ofertas gastronómicas y sobre todo lúdicas. Ese es el caso de Arenas de San Pedro, con sus antaño animadas y concurridas Fiestas de los Barrios, en la octava del Corpus Cristi… También se competía entre los barrios, por ver cuál de ellos montaba el altar callejero más monumental, en la procesión del Corpus… Las carreras de gallos también suponían un orgullo para el barrio de aquellos que habían destacado como buenos jinetes y arranca cabezas… siendo estos festejos de los Barrios de las primeras Fiestas del Estío.

Volviendo a las Fiestas de Invierno, y una vez pasados los divertidos días navideños, se suceden en cascada una serie de fiestas en absoluto casuales, todas ellas relacionadas con la llegada de más horas de luz solar y todo lo que eso conlleva, tras la oscuridad yerma del invierno, pero también con la salud física y espiritual. La primera de ellas el día dos de febrero, la Candelaria, o lo que es igual, la fiesta de la luz. En el mismo tiempo que se celebraban la Matromania, en honor a Juno Lucida, “la que trae a la luz a los recién nacidos”.
En la mayoría de las localidades dispone de altar propio o compartido. Aunque su antiguo boato se ha perdido en la mayoría de nuestros pueblos. En Arenas los más mayores recuerdan que ese día se llevaban a la iglesia pichones y bollos que eran venditos y después consumidos pues se consideraban alimentos con poderes mágicos… antes de hacía una procesión dando tres vueltas en torno al templo colegial. Tanto la talla de la Virgen, como los asistentes portaban una vela encendida. Si la vela se apagaba durante la procesión se consideraba mal augurio. Sería un mal año de tormentas o sequías... la procesión terminaba con la entrada de la Virgen por la Puerta del Sol –hoy oculta para instalar la calefacción…- y antes de llegar al altar mayor hacía tres reverencias… esta procesión se hacía al medio día… a la noche acudían a la ermita del Cristo de San Sebastián en los Reajales o Reagajales, para bajarle a la colegiata, donde permanecería hasta el día de su fiesta el veinte del mismo mes. La costumbre de buscar a San Sebastián, para bajarle a la parroquia, se hacía de forma similar en la mayoría de los pueblos.

Los antiguos pueblos ibéricos prerromanos y los romanos del mismo modo, adoraron al sol de forma especial, relacionándolo siempre con la deidad  principal, como máxima expresión alegórica de la divinidad protectora y benefactora por excelencia. Por eso los solsticios solares tenían tanta importancia, sobre todo el del invierno, entre los días veintidós y veinticinco de diciembre. Fecha en la que los romanos honraban a uno de sus dioses más importantes, el Sol Invictus o el sol jamás derrotado por nada ni por nadie. El que cada año regresa con fuerza imparable a partir del veinticinco de diciembre alargando los días y dejando germinar las cosechas y embriones de todo tipo… tal era la fuerza de esta creencia, que ni siquiera los primeros cristianos pudieron erradicar su culto y celebraciones. Tuvieron que pasar unos trescientos años tras la muerte de Cristo, para que Constantino, primer emperador romano cristiano, situase el nacimiento de Dios, coincidiendo con las celebraciones del Sol Invictus. Y eso a pesar de que no existe pasaje alguno en la biblia en el que especifique la fecha exacta del nacimiento de Jesús… por lo tanto fue un claro intento de imponer una creencia sobre otra con la que mantiene relaciones o analogías como es el caso.

Antes de continuar con las antaño importantes Fiestas de Invierno, me gustaría hablar de otro aspecto que en absoluto pasa inadvertido en nuestros carnavales. Se trata de total libertad de la que gozaban las mujeres durante estas Fiestas. No solo en el o durante el carnaval, sino en todas las demás celebraciones invernales. No de forma continuada, sino en determinados días, por ejemplo el día del Remate. Cuando se recogen las últimas aceitunas de los olivares, se organizaba una fiesta, en la que las mozas “escarmentaban a los gallitos” que se metían con ellas durante todo el año. Para ello solían hacer varias cosas; El Maculillo, que consistía en inmovilizar entre un grupo de mozas resabiadas a un mozo, cogiéndolo por las piernas y brazos, al tiempo que se le zarandea como un títere o pelele, de arriba abajo, dejando que el culo golpeé con fuerza sobre alguna piedra o canto, buscado adrede… Otra costumbre consistía en abriles las bragueta y meter en salvase la parte tierra, estiércol agua, pajas, hojas, piedrecillas, todo lo que se tuviera a mano, a esto se le conoce con el nombre de “esterolárselas”. ¿Grosería escatológico, o rito de fertilidad masculina?...

También durante las fiesta del Remate, se solía  “dar en la(s) Guinda(s)”, para esto servían un par de mujeres o mozas, ya que consiste en ponerse disimuladamente  una moza por delante del mozo, y otra por detrás. La de delante lo entretiene “dándole coba”. Mientras que la moza de atrás, armada con un palo grueso, se lo mete entre las piernas al desprevenido galán mientras la de adelante agarra el otro extremo del palo subiendo al sorprendido antes ambas para arriba… hay y había muchas más costumbres de este tipo asociada a estas Fiestas. Por otro lado durante los días que duraban estas fiestas de excesos carnavaleros, las mujeres desatendían sus tareas diarias, sin que nadie las pudiera reprochar nada. Cierto es que la mayoría de ellas, días antes dejaban abúndate comida precocinada y lista, y que cuando llegaban a sus casas tras los días de su fiesta, las solía esperar un fregadero generoso y una casa “manga por hombro”. Otro de esos momentos de “liberación femenina” lo suponía la llegada de Santa Águeda el día cinco de febrero, día de Las Aguedas.

 Y para mejor entender, todo lo que estas fiestas representaban para nuestros antepasados directos, me serviré con Las Aguedas de la muy generosa y noble Villa de La Adrada. Ya que en dicha Villa el carnaval como tal nunca se ha celebrado. Su carnaval, el día en que se disfrazan y carnavalean es precisamente el día de Las Aguedas. Ese día algunos hombres ataviados con los mandiles y demás trastos de fregar, salían de sus casas por la mañana a primera hora, se dirigían a las fuentes para  fregar los morillos de la lumbre, las espeteras, cacharros de todo tipo, etc. Mientras sus esposas se tomaban el día libre para estar con sus amigas, sin que en sus fiestas y reuniones estuviera bien vista la presencia masculina. Por otro lado pocos eran los hombres que se atrevían a entrar solos “en semejante corro de Aguedas”. Por eso me resulta causal el hecho constatado que en nuestros carnavales, las mujeres en raras ocasiones se disfrazaban de hombres. Mientras que para la mayoría de los hombres, vestirse con las ropas  de mujer, solía ser el disfraz más recurrente y común, adoptando con él todos los gestos y ademanes que conlleva.... La explicación viene dada por la tremenda represión sexual, en la que todo o casi todo era cuanto menos pecado. Por eso la mayoría de nuestras abuelas les bastaba con salir en ropa interior, esto es en camisa y con las enaguas blancas. Se ponían el colorido mandil al revés esto es lo de atrás adelante delante y lo de adelante detrás. Y el pañuelo o toquilla del mismo modo que el mandil. Las mozas de Guisado remataban adornando su belleza natural, con coronas hechas de ramas de hiedras, y esto me recuerda a las doncellas que vestidas de blanco, y tocadas con coronas de yedra, ofrecían un licor de  miel para hacer libaciones ante el templo de Baco, en las fiestas romanas de las Terminalias.

Como curiosidad informativa comentaros que eso de disfrazarse fuera del contexto del Carnaval, no es nota exclusiva de la Adrada. Hasta mediados del siglo diecisiete  hubo localidades como Montesclaros, Las Torres o Pedro Bernardo entre otras, cuyos parroquianos acudían a misa y acompañaban a la solemne procesión “vestidos de mojigangas, con pieles, cuernos, y mucho escándalo para el decoro del momento”. Se prohibieron como os dije anteriormente bajo pena de excomunión…

Tres días antes de Las Aguedas, como os comentaba anteriormente, tenía lugar otra Fiesta de Invierno muy importante, la fiesta de la Luz, la Candelaria o la Virgen de la Candela. Y justo un día después otro de los Santos junto con San Antón y San Sebastián, con más altares, devoción y ritos en casi todos los pueblos del Valle. Hablo de San Blas el tres de febrero. Santo ligado a los augurios a través de innumerables símbolos. Uno de ellos el más representativo, sin duda es la cigüeña. La llegada de esta ave era algo esperado, y más aún vigilado. Ya que por ejemplo el ayuntamiento de Arenas daba una pequeña cantidad económica a la primera persona que viera a la cigüeña. Ya que según el lugar, maneras o formas en la que ha sido vista la primera cigüeña, se hacían las “cábalas” de cómo iba a ser el año meteorológicamente hablando. Lástima que antigua ermita dedicada a este Santo se destruyese totalmente cuando se puso sobre ella la nueva y ahora ruinosa plaza de toros arenense. Sin embargo la mayoría de las demás localidades no solo han respetado sus altares, sino que mantienen con fuerzas valiosas muestras, que como huellas aisladas nos llevan de nuevo hacia un pasado imperecedero como los ciclos de la naturaleza cambiante.

En La Adrada es Patrón junto con el Salvador y Ntra. Sra. De La Yedra. Tras la misa los asistentes pasan por el manto cintas de seda de rico colorido bendiciéndolas. Acto seguido se las anudan o simplemente pasan por la garganta, de este modo evitan caer enfermos con gripes, catarros, etc. luego todos juntos se van a la Plaza a comer el Bollo de San Blas cargado del mismo modo que las cintas del Santo, de una gran importancia no solo como acto social que es, sino porque los bollos del Santo “son especiales”. Entregando los y las más animadas prearan en sus casas unas cuantas patatas partidas a la  mitad y tiznadas al rebozarlas con el hollín de las lumbres y chimeneas. Con estas salían a la calle para festejar “la  tizne” o el mancharse la cara especialmente unos a otros.  Aquel que no quisiera ser tiznado, no podía salir de casa… de todos modos esto era considerado como una señal de buena suerte y sobre todo motivo de risas y diversión, al ver como se ponían de tizne unos a otros. Hoy en día ha degenerado un poco la fiesta, ya que a las tradicionales patatas tiznadas, se las ha sustituido por harina de trigo y huevos… que arrojan poniéndose “golos@s”. De todos modos y ahora que lo pienso, lo de la patata tubo que incorporarse a partir de su llegada a estas tierras, tras el descubrimiento de América, de dónde es originaria esta planta. Por lo que me pregunto antes con que lo hacían. Lo que sí parece seguro es pensar que la tizne no variase, hasta su cambio por la harina de trigo… ya que la costumbre  de tiznarse unos a otros la cara, era algo  común a los habitantes del Valle, la mayoría lo hacía tras asar los Calbotes, el día uno de noviembre día de Todos los Santos o la Moragá, para asustar a los posibles espantos y muertos que les salieran al paso de regreso a sus pueblos… otros en las matanzas, cuando a la noche se embutía a la luz de las teas, candiles, quinqueles y lumbres… los quintos etc.…

En Arenas de San Pedro las mozas que se dedicaban a servir, los días de Carnaval se vestían de “jalbegaoras” o lo que es lo mismo encaladoras. Vestidas con las ropas de encalar o enjalbegar, tapada buena parte de la cabeza por un pañuelo anudado al cuello, y con dientes falsos hechos con “patatas” salían a la calle armadas con las badanas o pieles de carnero sin deslanar, e impregnadas de cal. Ya que eran las brochas que tradicionalmente se usaban para esas labores,  pasados unos días después de San Juan Bautista, solsticio de verano. Pues bien llegado el carnaval se reunían en grupos atacando a cuantos mozos u hombres las saliera al paso… cuando se encontraban un grupo de Jalbegadoras, con otro de quintos, la mayoría de las veces acababan todos metidos en las fuentes de la ciudad. Ya que los quintos tenían por  costumbre “tirar al pilón” a las mozas, por eso cuando llegaba el Carnaval eran ellos los que acababan en los pilones helados.

Los niños más mayorcitos, cogían un calderillo viejo o roto, echaban en el unas brasas, y sobre estas guindillas, cuernos, lana y todo aquello que pudiera producir en su lenta combustión un olor repugnante. Una vez preparado “el invento” lo llevaban como si se tratase de un incensario, hasta que encontraban las víctimas apropiadas como pudiera ser una matanza, una reunión de quintas y quintos, o una simple reunión de amigos y familiares, para que tirasen dentro del zaguán o por la ventana o por balcón el calderillo, puchero o lata, para “saljhumar” o ahumarlos. A esta  costumbre se la conoce con varios nombres Saljhumerio, Sanjhumerio, etc. dependiendo de cada localidad, haciéndose en todas ellas. Del mismo modo para San Antón en algunas localidades se les hacía pasar por entre el humo de las luminarias puestas en honor a dicho Santo, mientras que en otras se les hacía cruzar el cauce poco caudaloso de algún arrollo, utilizando el agua en vez de el fuego como elemento purificador.

Cerca de la Adrada, en la serrana Villa de Casavieja se  sigue realizando una de las tradiciones más curiosas e interesantes de nuestras tierras, los Zarramaches. El nombre os resulta familiar verdad. ¿Recordáis lo que os comentaba de los Jarramachos de Arenas, los Jarramaches de Guisando, los Machurreros de Pedro Bernardo o los Cucurrumachos de Navalosa…? Pues bien en Casavieja los Zarramaches salen el día de San Blas, fiesta mayor casavejana. Para mí sin lugar a dudas se trata de una manifestación más de los espíritus invernales que hay que alejar para dejar paso a la primavera, interpretada con matices propios, como vienen siendo común entre los pueblos de este Valle arcaico. Parece ser que en origen eran los pastores trasterminantes locales, los que llevaban a cabo una fiesta para San Blas, en la que además de bajar al pueblo para estar con sus familiares y amigos, recibían de los amor agasajos en forma de productos de la matanza… y seguramente fuera así, ya que dicha localidad ha sido eminentemente ganadera, viviendo muchos de sus vecinos lejos en los pastos de alta montaña, o en las distantes dehesas, dependiendo de los pastos disponibles… según la tradición oral, tras esas visitas los pastores adoptaron el papel de divertir a los más pequeños con una serie de juegos, de los que derivó esta  costumbre… puede ser.

¿Pero entonces por qué los Zarramaches se ocultan la cara tras un capuchón blanco adornado con cintas de seda de vivos y llamativos colores y rematado por un ramito de “claveles”, al cuerpo usan medias de lana, calzón y camisa blanca, una sábana a modo de manta, dos esteras de esparto a la espalda sujetas con un cinto, en el que a  su vez van insertados unos cencerros o zumbos grandes? ¿Y qué sentido tiene llevar en la mano una naranja para atraer a  los chiquillos, y en la otra una vara de fresno con la que les pegan al acercarse… cuando todos los chiquillos están esperando a los Zarramaches, armados con naranjas amargas que les tirarán sin piedad? De hecho es el personaje llamemos Mítico Invernal, que más difiere del resto. Comparte con el resto dos cosas,  el uso de cencerros que delatan su situación o aproximamiento, y una arma en forma de vara de fresno con la que acosa. Pero aporta elementos totalmente diferentes, como el uso de un capirote, en vez de máscara propiamente dicha, capirote que al menos a mi me indica cierta relación con otros personajes arcaizantes de otras poblaciones españolas como pudiera ser el caso del relativamente cercano Jarramplas de El Piornal, en la provincia de Cáceres. Ser con capirote y cuernos que recibe una lluvia de nabos, a diferencia de los dos Zarramaches bombardeados por naranjas amargas. In embargo a diferencia del vecino extremeño, nuestros Zarramaches no se quedan impasibles ante el ataque generalizado. Ya que por una parte utilizan las dos esteras de esparto que llevan a la espalda, a modo de escudo con el que defenderse de los naranjazos. Mientras que con la vara de fresno se defienden corriendo tras la chiquillería… por lo que estamos ante un ambivalente ser de la naturaleza que da y que quita.

Por otro lado me llama poderosamente la tención de que no usen máscaras para perder la identidad personal y poder adoptar y comportarse como un Zarramache. Sin embargo usan un capirote similar a los usados en Semana Santa por las cofradías procesionales. Lo que indica que no se trata simplemente de un roll en el que perder la  identidad personal. Para mí que se trata de una ocultación por vergüenza o pudor, pues los capirotes son símbolos de represión, castigo, humillación, o incluso humildad…  con ese fin al menos se siguen usando en las mencionadas procesiones de Semana Santa… Por otro lado la incorporación de la naranja como reclamo o engaño también merecería un apartado, por el gran simbolismo que encierra esta fruta para nada ajena a estas tierras, al menos últimos seiscientos años, si no son más. Fruta que aparece en infinidad de Carnavales por toda Europa, uno de ellos es el que se celebra en la hermosa ciudad de Ivrea –y digo hermosa porque bien la conozco- en el Piamonte, no muy lejos de Turín, uno de los carnavales más famosos para los italianos, en el que se organiza una verdadera batalla de naranjazos… si fuera valenciano diría Naranjatina, por lo de la Tomatina de Buñol…

En la histórica Villa de Mombeltran el día antes de San Blas los vecinos llevan a la parroquia un poco de aceite en una tarra, alcuza o jarrita. Aceite que depositan en otro contenedor más grande que para tal fin se dispone en lugar bien visible del hermoso y monumental templo de esta villa serrana. Al día siguiente tras la misa en honor a San Blas, cada cual recoge del recipiente común, el aceite depositado la noche anterior. Atribuyendo a dicho aceite poderes curativos,  especialmente los relacionados con la garganta… en Lanzahíta y mi querida Candeleda también se celebra con procesión y bendición de cintas, además de bollos todos ellos con poderes sobrenaturales atribuidos a la intercesión del Santo obispo Blas, abogado especializado en las afecciones de garganta. Santo al que el cancionero tradicional le guarda especial devoción como muestra valgan estas coplas  de Villarejo del Valle y de Arenas de San Pedro Respectivamente;

Como repiquetea, como revolotea. Como le tiende el ala, sobre la arena
Pica en el verde, pica en la arena. Pica en los picos, de mi morena.

La primera cigüeña, que vino al mundo
La trajo el Santo San Blas, el día uno
La primera cigüeña, que vide ogaño
Ya andaba en la torre, al lao del gallo
La cigüeña esta mala, con calentura
De coger ranacuajos, de la laguna
La cigüeña esta mala, que la daremos
Una sopa de bichas, la sanaremos
La cigüeña esta mala, y no va al nido
Porque no quié contagial, a su marío

Si vas a San Blas, tráeme un Sanblasín,
Que no sea mu grande, ni mu chiquitín
Ni mu chiquitín, que sea regula
Tráeme un Sanblasín, si vas a San Blas

Por desgracia en la actualidad, algunos de nuestros más afamados y hermosos Carnavales han pasado a representar la sociedad consumista y competitiva en la que intentamos desarrollarnos… sirvan de ejemplo las Jalbegadoras, y Jarramaches de Arenas. O el hasta hace poco Carnaval más peculiar del Valle, el Maquilandrón de Piedra laves. Costumbre consistente en la confección de un pelele, el Maquilandrón propiamente dicho, personaje que parece encarnar todos los vicios y lucha frente a las virtudes masculinas, especialmente las relacionadas con el sexo y la fuerza física bruta o abusiva. Fiesta en la que intervienen un gran número de personajes, que durante esos días actúan como si de una obra de teatro común a la los vecinos de Piedralaves, representándose puntualmente cada año, sin tener que organizar nadie nada, ya que todo el mundo sabía, elegía o tenía su propio lugar.

Como por ejemplo los quintos, ataviados con trajes especiales blancos y cintas de colores, danzaban los tradicionales “Paligoteo” o danzas de espadas, siendo la danza paligoteo del Maquilandrón el punto álgido de esta fiesta tan singular. En ella ocho parejas mistas representan la batalla épica de la fuerza bruta, contra la fuerza de la inteligencia. Para ello dos danzantes asumen los papeles protagonistas. Uno generalmente grande y fuerte, tocado con una corona real adornada con cintas de seda de varios y brillantes colores. Va armado con una espada representa al Maquilandrón. Y otro danzante, generalmente el más pequeño vestido del mismo modo que el resto va armado con una honda, el Pastorcillo… los demás danzantes van “luchando contra el Maquilandrón”. El primero sale con su espada es vencido y al morir su pareja queda arrodillada en señal de luto… entonces sale a luchar  el segundo danzante, tras una invitación o provocación del Maquilandrón. Coge el danzante nuevo la espada del compañero muerto y lucha hasta ser derrotado y llorado por su pareja... y así hasta llegar al danzante con la honda, al Pastorcillo. Ambos luchan en la danza, y el Maquilandrón recibe tres trallazos figurados de la honda del danzante, cayendo a la tercera al suelo tras hacer gestos el Maquilandrón de haber sido dado en el medio de la frente. Acto seguido una vez muerto el Maquilandrón, todos los danzantes muertos “resucitan” y danzan otro alegre Paligoteo, llamado “Que no son palomitas”. Copla atribuida a Góngora, pero creo era anterior –estoy preparando un trabajo sobre la aportación del os escritores de Oro español al folklore de estas tierras, cuando esté os lo paso, ahora no hay tiempo es muy extenso e interesante como para tratarlo de forma superficial…-

Hay quienes se han quedado en la interpretación más obvia, simplificando este ritual, con la conmemoración de la lucha bíblica de David contra Goliat. Sin duda el relato es el mismo en ambos casos, un gigante-rey-déspota-tirano, es vencido por la onda o tralla de un Pastorcillo. Sobre todo si se quedaran ahí las costumbres… pero la danza no es más el momento álgido de sus fiestas carnavaleras. Tras días soportando los mozos sobre todo, que el Maquilandrón les estorbase cuando estaban en el baile con sus novias, sin poder ser recriminado… convirtiéndose en una especie de “Rey del Carnaval”… mientas que por otro lado, las mozas especialmente y las mujeres y hombres  más mayores, en lugar secreto y restringido, confeccionaban el Pelele llamado del mismo modo Maquilandrón. Pelele que sufriría todo tipo de vejaciones y humillaciones por un lado y halagos por otro.  Pues este personaje despertaba del mismo modo los odios, como las pasiones. Al tener este muñeco de paja un fuerte contenido sexual. Siendo para unas mujeres poco menos que un sátiro ladrón, y para otras todo un Don Juan o perfecto amante. Este Maquilandrón del mismo modo que el danzante acaba muerto, para alivio y regocijo del resto. Incluso de sus admiradoras, pues sabían que al próximo volvería de nuevo el Maquilandrón a Piedralaves. Sin embargo el pelele no moría por el acero, era quemado en una hoguera en la misma plaza donde se desarrollaba su ancestral danza. Terminando con un animado baile, una vez liberados de la tiranía del Maquilandrón.

Hay otra localidad de nuestro Valle en la Tierra de los Rebeldes, situado en lo que hoy llamaos la Vera de Plasencia. Se trata de Villanueva de la Vera, donde se sigue festejando con la misma, sino más fuerza, la fiesta del Pero Palo. Fiesta llena de ritos que giran en torno a otro pelele, EL Pero Palo, y una corte de personajes –por supuesto los quintos, La Capitana y el Capitán, los tamborileros, los alabarderos, la Bandera, la Judiá… fue allí donde me abrieron los ojos, descubriendo otra interpretación de esta costumbre que me dejó perplejo.
Ya que se trata de la representación de un importante ritual de regeneración agraria, mucho más antigua. Regeneración de la naturaleza, que en sus orígenes no volvería con la sangre de los animales domésticos, como los gallos, los cerdos, las cabras, perros o gatos, sacrificados… siendo común los sacrificios humanos. Sacrificio que va unido a la resurrección, pero sin el cual esta jamás retornaría para dar vida a los seres vivos de esta tierra (la costumbre de matar a una persona en el carnaval, puede parecernos primitiva. Sin embargo gracias al celo de las gentes de Villanueva de la Vera, sé que en la edad media, fueron llamados por la Santa Inquisición a Llerena, acusados de “matar un hombre cada año en el carnaval, el Pero Palo”. Entonces acudió medio pueblo para representar la fiesta delante del tribunal, cuando estos vieron que lo que se mataba y después quemaba  era un pelele, les dejaron ir libres, dándoles alabardas de plata, para defenderse en el camino de regreso de Llerena a  Villanueva. Ya que en la ida los vecinos de algunas localidades, creyendo que mataban un hombre cada año, les salieron al paso agrediéndolos…. Y esto no es leyenda, es historia que podéis comprobar en Villanueva de la Vera…-

Sin embargo fue otra cosa la que me terminó por abrir los ojos. La forma ceremonial de conformar o componer estos muñecos. Todo estaba y está perfectamente organizado. Lo primero que se busca es un lugar secreto en que reunirse un grupo determinado y excluyente de personas, eminentemente mujeres… La reunión no se celebra hasta pasada la media noche. Cada cual ocupa su lugar, unos trenzando el heno, otras aguja en mano cosiendo a medida que se iban rellenando los ropajes, en ambos casos servía un traje de hombre de la época. Todo esto se hace y hacía en el más absoluto silencio, con el sonido del tambor en el caso de Villanueva, y de un gran cencerro en el de Piedralaves. Recitando una serie de coplas –salmos que desgranan la historia del personaje de forma grotesca y sobre todo sarcástica. Sin que esto en ningún momento provoque las risas de los allí reunidos, en tan singular ceremonia. Durante este ritual la confección, colocación del sexo era la parte final, lo último que se rellenaba, guardando para este momento los momentos de más fuerza o carga simbólica. En Piedralaves el Maquilandrón Pelele solía lucir orgullo “un buen bulto entre sus piernas” pese a las reticencias parroquiales… en Villanueva más sutiles, recurrieron a meter una de las manos del Pero Palo por debajo de la faja y bragueta del calzón, en un claro gesto de estar “tocándose impúdica pero solapadamente, sus partes nobles. Y entonces caí en la cuenta de que estaba ante la interpretación local, del mito de Isis y su esposo el descuartizado Osiris. El cual tras ser recogido por su esposa, pieza a pieza, y ser recompuesto, no puede devolverle a la vida, porque la faltaba el falo… entonces trenza unas cañas, se lo pone a su esposo, se une a él, y  engendra a Horus –dios solar benefactor- con cuya ayuda termina de completar la resurrección de su padre Osiris. Historia que se repite cada año por estas fechas, renovándose la tierra gracias a luz solar. Giovanni Ciappelli, historiador de la Universidad de Trento, va un paso más allá, y nos hace pensar en otra interpretación etimológica de la palabra Carnaval, o lo que es lo mismo carne adiós. Par él la etimología de esta palabra, puede devenir de los términos “carrus navalis”, palabras que hacían alusión directamente a uno de los símbolos asociados a la diosa Isis, ya que su carro-barco sobre el que buscó por todo el mundo los despojos de su marido, recibía ese mismo nombre, “El Carrus Navalis de Isis…

Personalmente creo que ambas etimologías son compatibles, la primera hace alusión a la renovación y vuelta al ciclo de las labores agropecuarias. La segunda a un tiempo de privación en el consumo e ingesta de carne. Esta penitencia lleva impresa y vigente en el calendario litúrgico cristiano desde el siglo IV. Lo que explica los excesos y la gran ingesta de productos cárnicos de todo tipo durante el tiempo del carnaval. Explicándose de ese modo la gran cantidad de lo que podíamos llamar banquetes, organizados en estas Fiestas de Invierno. Como los banquetes del Remate de la aceituna, el Sopetón, las Matanzas, la Nochebuena, Los aguinaldos, los Quintos, los Carnavales, S. Silvestre, S Antón, S. Sebastián, Sta Águeda, S. Blas… días estos en los que las familias, con los vecinos y los amigos, se reunían y aun reunimos, para compartir lo poco o mucho de lo que disponemos, en un ambiente divertido y sobre todo cordial, en el que de nuevo cada persona ocupa, porque tiene, su propio lugar en el grupo.

Uno de los rituales más generalizado en todo el Valle, eran los Ofertorios. Heredero de los antiguos rituales paganos, en los que los fieles llevaban al templo o pira –altar, ofrendas en honor a los dioses y diosas. Ofrendas que en estas tierras eran producto de las labores agropecuarias; vino, aceite, miel, bandejas con dulces tradicionales , aves de corral, huevos, leche, quesos, recentales, reses adultas… compitiendo entre ellos por ver quién ofrecía la mejor ofrenda. Sobre todo entre aquellos que se dedicaban y lo tanto ofrecían los mismos productos. En Arenas de San Pedro, las Cebollas eran objeto de este pique entre sus sembradores… lo mismo sucedía con los dulces caseros, embutidos o quesos… en Arenas, y en el noventa por ciento de los pueblos del Valle, el Ofertorio se celebraba en la Plaza Mayor, tras la  misa Mayor, a la que acudía todo el pueblo, tras una singular costumbre. Ya que a la mañana antes de los gallos cantar, los quintos se reunían en la Plaza del ayuntamiento, en La Ventana de la Virgen ,del Pilar de Arenas- luciendo sus mejores galas,  a lomos de sus mejores monturas, igualmente engalanadas para la ocasión, con una moza delante de la grupa. Allí les esperaban los tamborileros y el abanderado. Tras un desayuno ritual a  base de aguardiente, chocolate, churros y dulces, se dirigían todos a la parroquia, donde el párroco les esperaba con la bandera de ánimas. Primero se daban tres golpes secos a la puerta parroquial. Se esperaba unos segundos y se daban dos, al poco daban otro golpe seco y fuerte más y entonces abría el cura las puertas, entregando al abanderado la “Bandera de Ánimas”, no sin antes bendecir a la misma y a  todos los acompañantes.

A partir de ese  momento la comitiva encabezada por el abanderado, con el los tamborileros, y detrás la Capitana con su Capitán, recorriendo en procesión toda la ciudad. En dicho recorrido lo vecinos tenían preparadas cosas para ofrendar a la Bandera de Ánimas. Por lo que cada vez que se abría una puerta con ofrendas, la procesión paraba, los tambores redoblaban de forma especial, y el abanderado junto a los quintos que quisieran y supieran,  bailaban la bandera en señal de gratitud, y como señal de pertenencia a una misma entidad personal y social tradicional. Así pasaban toda la mañana, posesionando por todo el pueblo, recogiendo ofrendas, que iban custodiando otros personajes de confianza, elegidos por la justicia municipal y parroquial, por lo que no faltaban monagos o monaguillos que con grandes cestos o varas de pino –latas- iban almacenando y guardando todo lo que les daban.  Lo que implicaba paseos constantes al ayuntamiento, donde se iban depositando todo. Allí en el ayuntamiento las autoridades locales, y religiosas, mandaban colocar una gran mesa justo a la puerta del ayuntamiento, en la Plaza Mayo y de los Toros… la cubrían con un paño negro adornado con tres cintas doradas, y un crucifijo presidiendo dicha mesa. Tras la mesa tantas sillas como autoridades se sentasen en ellas, siendo por lo general no menos de doce y más de trece.

Tras la misa todo el pueblo se reunía en la citada plaza. Del templo salía el abanderado con los tambores que sonaban nada más salir del bello e insólito templo arenense. Tras ellos las autoridades, tras estas los quintos y tras ellos el resto de vecinos y vecinas. Todos iban hacia la cercana Plaza ocupando cada cual su sitio. En cada una de las seís esquinas o calles que desembocan en la plaza esperaban con sus mejores galas los vecinos y vecinas con sus ofrendas bien presentadas, en bandejas, cestillos…mantelitos finamente bordados para el efecto, y que posteriormente recogían… ordenados según iban llegando, iban a guardando su turno los vecinos, así los de la Plazuela, la Carrellana, Cruz Verde o el Cristo, esperaban su turno en la calle Mesones, mientras que los de la Nava, Triana o las Víctimas lo hacían por el Altozano… cada barrio tenía su propia entrada en el Ofertorio y por supuesto su turno. Los primeros productos a ofrecer eran los logrados por los Quintos con la Bandera de Ánimas.  Ya que eran los que más cosas tenían para ofrecer… tras ellos iban desfilando lo mejor década casa, con lo mejor de cada casa, vágame la redundancia. El desfile era algo muy concreto ya que todos los que ofrecían primero daban una vuelta a la plaza, mostrando a los allí presentes  lo que iba a ofrecer. Luego lo llevaba a la mesa  presidencial, depositándolo en ella. Acto seguido un hombre “con salero, abría  la subasta fijando con una cantidad más baja de lo que realmente estimase la mesa que valiese el producto ofrecido, el que más diese se lo llevaba a su casa. Lo que provocaba que hubiera productos más valorados, por los que se picaban dos o más interesados, pagando por ellos finalmente, un precio muy superior al real. En medio de esta subasta pública, de vez en cuando, para animar a los presentes resonaban con fuerza los tambores, bailando los hombres la bandera. Tirándola por los aires, metiéndosela entre las piernas, incluso tirados sobre el suelo… cada vez que se pasaban la Bandera de Ánimas unos a otros, el que la recibía daba una vuelta en el sentido contrario a la agujas del reloj, pasando la bandera sobre las cabezas de los allí presentes. Estos se agachan para que de este modo pase mejor sobre ellos. Cuando pregunté por qué se hacía esto, me decían que era “la jura de la bandera” ... y esto lo sé bien porque uno de los últimos abanderados o danzadores de la Bandera de Animas, fue un primo hermano de abuelo paterno. Mi tío Pedro Pecci.

El dinero que se sacaba de esta subasta popular, que no era grande, pero tampoco desdeñable, se entregaba a la parroquia para que dijera misas a los muertos. Especialmente a los muertos durante ese año. Regresando a la tarde a la primera misa por los difuntos. Al final de la cual el abanderado devolvía al párroco la bandera, custodiándola hasta el  año próximo. Los tambores por parte regresaban al ayuntamiento, excepto los que eran propiedad particular, como el tambor que tocaba “El Tío Fileto” cada martes de Carnaval en su ciudad natal… esta ceremonia y danza de la Bandera, se llevaba a cabo, como os decía en la mayoría de los pueblos. Al Ofertorio antiguo además acudían los Jarramachos y las Jalbegadoras con su “aguilín aguilín, con la boca no, con las manos si”… o los de La Potra el Hombro… junto a otros vecinos y vecinas igualmente vestidos “de mojigangas”, y las mozas solteras más hermosas luciendo los trajes tradicionales de Serrana y Artesana según su estado social… Por lo que a pesar del sentido funerario que se le intentó dar a través de la iglesia católica española y romana, este acto era ante todo un momento de transgresión, diversión, espontaneidad, e incluso libertades inexistentes durante el resto del año.

Sin embargo y  a pesar de tales generalidades, lo cierto es que el carnaval se ha venido celebrando en estas tierras, de forma totalmente independiente dependiendo de cada localidad. Como es el caso del anteriormente mencionado carnaval de La Adrada, a primeros de febrero el día de Las Aguedas y San Blas… O Los Machurreros de San Silvestre y San Sebastián en Pedro Bernardo… O los Zarramaches de San Blas en Casavieja… Carnavales con sabor a lo nuestro, que conviven con los otros carnavales como decía consumistas y competitivos que nada tiene que ver. Aunque si se han transformado en esto, en algunas localidades, será por algo que ahora no alcanzo a comprender. Lo que no me impide seguir quejándome, pues me duele ver como poblaciones como en la que nací, Arenas de San Pedro, no conforme con haber perdido gran parte de su patrimonio cultural, sigue apostando por una imagen que no se corresponde con la este pueblo de la sierra de la Gredos. Sin importar, e incluso ignorar a nuestros Jarramaches, Jhalbegaoras, Los de la Potra, los quintos, El Ofertorio y tendida de la Bandera de Ánimas, y tantas y tantas costumbres perdidas en nuestras Fiestas de invierno, por fortuna son muchas las localidades que contrariamente a la actitud arenense, apuestan por lo suyo.  Sirvan de ejemplo los Machurreros de Pedro Bernardo, que este año tras unos cuantos de ausencia,  volverán a salir el próximo día dos de marzo por las calles de Pedro Bernardo… lo que me hace pensar que a pesar de todo en la Tierra de los Rebeldes, vamos por el buen camino.

Para terminar he dejado una de las tradiciones más bonitas y compartidas por otras localidades, todas ellas causalmente dentro de lo que fue territorio Vetton –como es el caso de la Alberca en la vecina provincia de Salamanca o Navamorcuende en la análoga de Toledo- Se trata de la costumbre de subastar un cerdo, el cerdo de San Antón, tras la procesión del mismo, y la subasta de los banzos en caso de ser fiesta principal… cerdo que se compraba de diferentes formas dependiendo de cada localidad. Así en unas localidades lo compraba la parroquia o cofradía del Santo. En otras localidades se compraba por cuestación popular, entre todos los vecinos. Y en otras el que le tocaba el cerdo, tenía que comprar el cochinillo… este animal estaba destinado al sacrificio, pero era considerado un cerdo muy especial, que vivía en “los corrales municipales”, abriéndole cada mañana y cerrándole cada noche un empleado municipal o un miembro de las cofradías de S. Antón. Este cerdo era alimentado por todos los vecinos de la población, dejándole las sobras que considerasen oportunas siempre a la misma hora y en el mismo lugar. Por lo que el Cerdo de San Antón tenía una pauta de comportamiento my marcada, paseando las calles e incluso llamando a las puertas todos los días a la misma hora... el sorteo se llevaba a cabo también de forma diferente dependiendo de cada localidad. Así unos organizaban una rifa, cuyos números había que comprar a un precio muy bajo… en otros lugares se  metía en un saco los nombres de aquellos vecinos que habían “puesto dinero para comprarlo” quedando fuera del sorteo los demás, un niño metía la mano sacando a la primera, la papeleta con el nombre del ganador el ganador… mientras que en otras localidades, las menos, se subastaba en una especie de Ofertorio público.

En Arenas de San Pedro, entre otras localidades del Valle, hay memoria viva de esta costumbre del Cerdo de San Antón. Muchas personas le recuerdan paseando por las calles y plazas. Y eso a pesar de la severa prohibición de tener a estos animales sueltos por las calles. Sobre todo a partir de un terrible incidente en el siglo XIX, en el que un cerdo mordió de tal modo a un niño, que este murió a causa de las heridas. Con todo solo hay que ver algunas fotografías y postales, para comprobar que esta ordenanza municipal no se cumplía, ya que tanto cerdos como gallinas suelen aparecer como parte del mobiliario urbano de nuestro pasado más reciente… desde la tiempos remotos en los que este animal era más un tótem representado en piedra junto al despertar de la humanidad sedentaria, como indican los Verracos de piedra que identifican a la cultura Vettona. Toscas figuras que representan cerdos –y toros- que aunque están asociadas a dicha cultura protoceltica de los vettones, lo cierto es que parecen ser anteriores, una especie de transición del neolítico a la edad de los metales, y toda la revolución intelectual que supuso tales descubrimientos… monumentos enigmáticos pues aparecen en diferentes contestos, como ejemplo antiguos templos o lugares, fuentes, ríos, etc. consagrados a deidades paganas. Otros aparecen asociados a rituales funerarios al ayarse dentro de las necrópolis… otros como los famosos Toros de Guisando, parecen ser simples monumentos conmemorativos… Enclavándose otros en lugares estratégicos al lado de las principales cañadas y caminos pastoriles, indicando una también más que posible asociación de estos monumentos con hitos que demarcaban o indicaban límites entre los territorios que debían atravesar.

Quizás la maltratada por despreciada tradición oral, arroje un poco de luz, ante el verdadero sentido simbólico de este animal, rey de las fiestas de invierno. Del que se aprovecha todo, y del que se comparten determinadas partes con el resto de familiares, vecinos y amistades.  Siendo tan apreciado y querido, que llegaba incluso a formar parte de la familia, hasta el día de su inevitable sacrificio. Y todos estos cuidados e incluso caricias y mimos, tienen su explicación a través de las supersticiones que en torno a él había tramadas desde muy antiguo. Ya que según nuestra tradición oral, los cerdos más aún los verracos –junto al macho cabrío- eran los animales preferidos para tomar cuerpo “los demonios”, apareciéndose en los cuentos y leyendas, de tal modo cada vez que las brujas y nigromantes los llamaban… también hay abundantes datos recogidos en los archivos de la inquisición, en los que aparecen relatos de demonios que se aparecían cada vez que una bruja los llamaban tomando la apariencia de cerdo –si queréis saber más en un artículo  titulado Las Romerías en Arenas de San Pedro, en mi blog, hablo de este tema en más profundidad…- pues los cerdos por sus costumbres y morfología eran símbolo de los instintos más bajos y sucios de la condición humana. Según Juan Eduardo Cirlot, el cerdo era símbolo de “los deseos impuros, de la transformación de los superior en lo inferior y del abismamiento amoral en lo perverso…”

Si a esto añadimos la “insaciable disposición y potencia sexual” de este animal, podemos comprender la compleja simbología de este animal tan generoso y poco exquisito a la hora de alimentarse… con todo esto no es extraño que al unirse la predisposición innata “a las perversiones” de este animal con una población muy supersticiosa, no es extraño saber porque los cerdos vivían con las familias en su zahjurda, lejos de la mirada de las brujas siempre al acecho y dispuestas a malograr los cerdos. De hecho hasta el siglo XX, muchas de las enfermedades de estos animales, entre ellas la más común la triquinosis, eran achacadas por que los cerdos habían comido alguna planta o raíz, en la que había “meado una bruja la noche anterior”…  por eso dormían protegidos, debajo del techo familiar yendo de montanería con uno o varios porqueros dependiendo de cada piara.

Otro ejemplo que resume “el espíritu de las Fiestas de Invierno”, lo representa simbólicamente otro elemento de la naturaleza en este caso perteneciente al reino vegetal. Hablo del olivo y más aún del aceite. Producto que del mismo modo que la carne del cerdo, era destinado una parte proporcional del mismo, para ser dado en un acto de solidaridad con los más necesitados. Costumbre esta que recibe diferentes nombres pero que en la mayoría de las localidades se llevaba y lleva a cabo, al  finalizar el carnaval y entrar en la cuaresma. En Arenas se pide “la gotita de aceite para el potaje”. En Pedro Bernardo se llamaba “Aguinaldo” el nombre que recibe la cuestación de embutidos, frutos secos y vino el día de Navidad. Pero lo que realmente marcaba el momento de pedir aceite de casa en casa, era el final de la molienda en las almazaras, ya que hasta entonces nadie podía disponer de su aceite. El día que se  molían las últimas aceitunas de cada cosechero, se reunían trabajadores, amigos y familiares en la almazara con una gran hogaza de pan blanco.  Pan que sumergían varias veces en el aceite empapándolo bien. Lo que se hacía a continuación dependía de las necesidades y gustos de cada persona. Unos lo metían en un puchero, en casa lo escurrían bien para aprovecharlo, comiéndose el pan en sopas. Otros exprimían una naranja y echaban azúcar comiéndolo en el momento o en casa con la familia y amigos… a esta costumbre se le llama “El Sopetón”.

Hasta hace poco tiempo aquellas familias menos afortunadas, o que simplemente carecían de olivares y dineros para comprar el aceite, al finalizar el carnaval y comenzar la cuaresma, iban puerta por puerta con una jarrita, pucherillo o alcuza en las manos, pidiendo “la gota de aceite” en aquellas casas donde sabían que habían cosechado y molido la aceituna en la almazara. Siendo agasajadas en casi todas, siempre hay excepciones, con un generoso chorro de aceite que depositaban en la alcuza o pucherete que llevasen las interesadas… siendo por lo general agasajadas con unas pocas patatas, judías, garbanzos “para poner el puchero con el potaje” –también se las daba huevos de las gallinas…- para tal efecto llevaban una cesa de mimbre… cuando llenaban el puchetere o la cesta, regresaban a sus casas vertiendo el aceite en una cántara que solían llenar, regresando a la tarea hasta la caída de la tarde y bien entrada la noche.

Junto al olivo la vid y más aún e vino también era uno de esos “alimentos especiales” de los que se reservaba una parte significativa para regalar o compartir con familiares, vecinos y amistades. De hecho el día que se estrujaba la uva era una verdadera fiesta, consumiéndose buena parte del vino del año pasado, en caso de quedar en las bodegas algo de él. Uniendo a todos los miembros de la familia en un ambiente festivo, en el que tampoco faltaban banquetes a base de productos del cerdo, cuando no carne de oveja o cabra guisada con patatas, o lo que es lo mismo en Caldereta.  Lo mismo sucedía el día que se corría el vino nuevo. En Villarejo del Valle ese día suelen colocar en las puertas de las casas donde se está corriendo el vino, ramas de aliso. De este modo todos los que por allí pasan saben que si en dicha casa hay fiesta, por lo que si hay confianza o amistad entrarían para salir con más de dos vasos de vino de pitarra o embocao. Del mismo modo cada familia solía dar a su Quinto dinero para comprar el vino. Vino que para ellos solía estar a un precio inferior al marcado oficialmente.

Tanto en los olivares como en los viñedos, se daba cita otra costumbre  muy arraigada, a pesar de las diferentes críticas y ordenanzas municipales obsesionadas incomprensiblemente en su erradicación, se trata del Rebusco. La costumbre de la tradición oral daba permiso a cualquiera para una vez dada por “Rematada” la cosecha de las uvas o de las aceitunas, cualquier vecino tenía derecho a entrar en dichas fincas particulares, para rebuscar el fruto que había quedado escondido o abandonado a los pájaros. Recurso económico al que solían recurrir sobre todo mujeres viudas y gentes necesitadas de esta o cuantas oportunidades se les presentasen en su duro día a día. La mayoría de estas personas que acudían al Rebusco como forma de vida, vendían el fruto cosechado a las almazaras  o grandes terratenientes, estos los compraban para aumentar aún más los beneficios, ya que solían pagar muy bajos precios. En otros casos eran consumidas por los mismos rebuscadores y rebuscadoras, para ello  machacaban las aceitunas en morteros de mármol o en molinillos de café, realizando todo el proceso de extracción del aceite en casa. Ya que una vez lograda la pasta amalgamada se metía en un saquito de tela exprimiéndolo por torsión, como si estuvieran escurriendo la ropa sobre un barreño lleno de agua caliente. Barreño en el que el aceite quedará flotando separándolo de este modo más fácilmente del agua… con las uvas pasaba los mismo, desde consumirlas directamente, a venderlas o transformarlas en un poco de vino era algo que dependía de las necesidades y gustos  de cada persona en particular.

En Arenas hay un dicho tradicional que habla  del Rebusco, os lo paso ya que creo ilustra muy bien el carácter generoso, práctico y en absoluto consumista de nuestros antepasados. Dice así; “Este vino –o aceite- es de Rebusco. El me busca y yo le busco. Sube cuestas y baja cuestas. Bebe cachorro que poco te cuesta”. O esta otra recogida en el Raso al buen amigo el cabrero de La Vejiga, Ángel un verdadero maestro del laúd, él me recitó esta otra hablando del mismo tema que nos ocupa, dice así; “Este vino es de Rebusco, sube al púlpito y predica, y luego sale por la pipa”. Vino y aceite que hasta hace no muchos años ocupaban buena parte de nuestro territorio. Siendo muy apreciados los caldos de Arenas en la Corte madrileña hasta la decadencia de los viñedos, a partir del siglo XVIII. Fruto de la filoxera y otras enfermedades que arruinaron por completo el noventa por ciento de nuestros viñedos. Actualmente es el Barranco de las Cinco Villas el que mejores y más extensas fincas destina a la producción de uva para la obtención de vino. En Pedro Bernardo conservan una clase de uva autóctona en peligro de extinción, llamada Ligeruela, la cual produce un vino clarete dulce exquisito muy particular. Esta subespecie se cría en lugares pedregosos y escarpados, dando racimos con muy poco fruto, por lo que el producto final suele ser bastante más caro que el vino de Pitarra o el  Embocao. De hecho la mayoría de los productores que hoy en día se dedican a su cultivo y producción, lo hacen para el consumo propio, vendiéndose una mínima parte de la producción entre amigos, familiares o compromisos varios. 

Junto al vino los diferentes aguardientes, orujos y licores de frutos… cuya elaboración al prohibirse a partir  del siglo XIX, se vio relegada a la clandestinidad. No se abandonó nunca realmente, ya que los productores guardaban el orujo, y una vez almacenada la cantidad suficiente, acudían a un espeso pimpollar, aprovechando las espesas nieblas de los lugares más sombríos, del húmedo otoño entre el río Tiétar y la sierra de Gredos. Allí escondidos y ocultando el humo las espesas nubes, se hacía el aguardiente, no sin el correr el riesgo de ser descubiertos. Para evitarlo contaban con la ayuda de otros que actuaban de  vigilantes,  mientras realizaban estas tareas, y más en los trayectos desde los alejados pimpollares a las seguras bodegas. Tarea que solían realizar amparados por la oscuridad de la noche. De ser descubiertos además de la multa correspondiente, se les requisaba el alambique, por lo que muchos optaron por fabricar alambiques caseros, cuya pérdida era menos valiosa… lo mismo sucedía con los picos con los que cavaban los hoyos y guango para hacer el aguardiente, generalmente de madera en vez de hierro, ya que los de hierro eran caros,  muy caros, y se los podían requisar en cualquier momento, mientras que los de madera se los fabricaban ellos mismos con un palo del monte… el aguardiente en su más  diversas formas, pues en cada localidad y casi cada productor tiene sus propias  fórmulas y resultados, se consumía los días principales del año, tanto mayores como menores. Así todas las fiestas de tipo familiar como bautizos, comuniones, quintas, bodas, funerales, matanzas, cosechas, comenzaban con un traguito de aguardiente. Del mismo modo que las Ferias y Fiestas Patronales junto al resto de las fiestas de guardar marcadas por el santoral tradicional de estas tierras. También era considerado un buen calmante de los dolores menstruales, por lo que no pocas mujeres lo tomaban como remeció medicinal… junto con el vino y el aguardiente, en nuestros pueblos se elaboran otros licores como el Rosoli de San Esteban del Valle, o la Angélica de Cuevas del Valle.  Del vino podemos decir otro tanto, ya que últimamente se está viendo una cierta recuperación de nuestros vinos, como el rico Clarete de Mombeltran, base fundamental de su merecidamente afamada Limonada del Castillo o de La Soledad…

Vino que estará presente en todos y cada uno de los momentos más importantes de las fiestas del invierno, corriendo por las jarras de boca en boca… desatando las lenguas, y desinhibiendo las pesadas vergüenzas y complejos cotidianos. Para poder gozar apenas unos días del placer que supone romper las responsabilidades, ocupaciones y más aun las preocupaciones que impone el sistema social en el que vivimos. Ese es el verdadero sentido de estas Fiestas de Invierno, que nos dan la oportunidad cada año de volver a aquel mundo perfecto, en el que todos éramos iguales, nada faltaba, todo era armonía y abundancia… mundo inverso al que vivimos el resto del año, y que nunca borrará de nuestras memorias colectivas a aquel Mundo del Caos Primigenio del reinado de Saturno en la Tierra. Ese tiempo perfecto que lejos de las enormes diferencias e injusticias sociales de nuestro mundo actual, no puede ser simplemente una utopía.  Es una necesidad otra realidad posible más humana, justa y equitativa… feliz Carnaval

Daniel F Peces Ayuso en Arenas de San Pedro, 23 de febrero de 2014