martes, 3 de mayo de 2011

Daniel Peces Ayuso.

Danzas y bailes tradicionales




Sonsoles de La Adrada co su traje de Serrana



           La riqueza de ritmos, pasos, coreografías o contextos, en los que las danzas tradicionales forman parte del sentir popular, en la península Ibérica, son tan ricos y variados, como los paisajes y culturas que la componen. Culturas y pueblos que han mantenido y transmitido de generación en generación, buena parte de esta herencia y arte popular. Pero antes de continuar me gustaría definir las palabras claves, Danza, baile y música. Y para ello me voy a servir de la definición que D. Juan Eduardo Cirlot hace en su diccionario de símbolos:


Danza.- Imagen corporeizada de un proceso, devenir o transcurso. Así aparece, con este significado, en la doctrina hindú  la danza de  Shiva en su papel de  Natarâjâ (rey de la danza cósmica, unión del espacio y el tiempo en la evolución) Creencia universal de que,  en cuanto arte rítmico, es símbolo del acto de la creación. Por ello, la danza es una de las antiguas formas de la magia. Toda danza es una pantomima de metamorfosis (por ello requiere la mascara para facilitar y ocultar la transformación) , que tiende a convertir a quien la interpreta en dios, demonio u otra forma existencial anhelada. Tiene, en consecuencia, función cosmogónica. La danza encarna la energía eterna. El circulo de llamas que circunda al <<Shiva danzante>> de la iconografía hindú. Las danzas de personas enlazadas simbolizan el matrimonio cósmico, la unión del cielo y de la tierra  (la cadena) y por eso facilitan las uniones entre las hembras y los varones.

Baile.- la inmensa variedad de bailes imposibilita darles otro sentido general que el de <<rito rítmico>>, intento de modificar por el movimiento y la sacudida una situación estática. Los bailes en ronda o circulo exponen un simbolismo colectivo, probablemente solar.

Música: El simbolismo de la música es de suma complejidad, y solo podemos dar aquí unas ideas generales. Penetra todos los elementos de la creación sonora: los instrumentos, ritmos, sonoridades o timbres, tonos de la escala natural, organizaciones seriales, procedimientos expresivos, melodías, armonías y formas. El término de simbolismo puede entenderse en dos sentidos principales: dentro del orden cósmico de las antiguas culturas megalítica y astrobiológica, o como fenómeno de correspondencia ligado al de la expresión y comunicación. Otro de los fundamentos del simbolismo musical es su relación con el metro y con el número, desde la especulación  pitagórica. El significado cósmico de los instrumentos  musicales, su pertenencia dominante a uno u otro elemento, fue estudiado primeramente por Curt Sanch, en Geis und Werden der Musikinstrumente (Berlín 1929). En este simbolismo instrumental debe distinguirse forma y timbre, existiendo con frecuencia <<contradicciones>> que expresarían a caso el papel mediador del instrumento y de la música en general (forma de relación sustancialmente dinámico, como la voz y la palabra). Por ejemplo la flauta es fálica y masculina por la forma y femenina por el timbre agudo y ligero, plateado (lunar). Mientras el tambor  es femenino por  su forma de recipiente y masculino por el tono grave de la voz. El simbolismo, en su conexión  con la expresión (y aún con la representación gráfica) de la música, lo tenemos en evidencia en el arte primitivo de los sonidos, con frecuencia imitativo hasta lo literal  de ritmos y movimientos, de gestos e incluso formas animales. Narra Schneider que, al oír cantar a unos senegaleses el cantar de la cigüeña, la empezó a ver al escucharlos, pues el ritmo correspondía  exactamente a los movimientos de ave.  Al pedir explicaciones sobre el canto, la respuesta confirmó sus observaciones. Por el sistema analógico, podemos encontrar la transición  de lo expresivo a lo simbólico; es decir, un movimiento conjunto, en una melodía expresa sentimientos coherentes y, simbólicamente, corresponde a formas coherentes. Por el contrario, la alternativa de lo grave y agudo expresa salto, angustia, necesidad de inversión, lo cual es analizado por Shneider  como resultado de la idea de vencer al espacio que media entre el valle y la montaña (tierra y cielo). Dice el autor citado que en Europa, hasta el Renacimiento perdura la designación de música alta o aguda, y música baja o grave con significado místico equivalente.  La asimilación de ciertas notas a colores o a planetas dista de presentar la seguridad de otras correspondencias simbólicas. Sin embargo, no dejaremos de indicar la profunda relación serial de los fenómenos; por ejemplo, con la escala pentatónica suelen darse ordenaciones  en grupos de a cinco; con la diatónica y modal, de siete notas, se corresponden  la mayor parte de sistemas astrobiológicos, e indudablemente es la más importante de las ordenaciones; con el paso a la serie de doce tonos, la asimilación pudiera referirse a los signos zodiacales. Pero, hasta el momento de redactar estas líneas, no encontramos base suficiente para esta faceta del simbolismo musical. A pesar de ello, damos a continuación las correspondencias establecidas por el ocultista francés Fabre d´Olivet; mi (Sol), fa (Mercurio), sol (Venus), la (la Luna), si (Saturno) do (Júpiter),  re (Marte). Una correlación más verdadera, cuanto menos en el aspecto expresivo, es la que relaciona los modos griegos con planetas y con aspectos particulares  del  “ethos”, en la línea siguiente; Modo de mi (dórico), Marte (severo, patético). Re (frijio), Júpiter (estático). Do (lidio), Saturno (doloroso, triste). Si (hipodórico), Sol (entusiástico). La (hipofrigio), Mercurio (activo). Sol (hipolidico), Venus (erótico). Fa (mixolidio), Luna (melancólico).

           Shneider ha estudiado aspectos profundos del simbolismo musical, que nos parecen fundamentales. Así considera como tetracordo mediador entre la tierra y el cielo, al constituido por las notas; do, re, mi, fa, con el león (valentía, fuerza) el buey (sacrificio, deber), el hombre (fe encarnación) y el águila (elevación, oración). Por el contrario el tetracordo; sol, la si, do, podría representar una suerte de doble divino. De otro lado fa, do, sol, re, son considerados por el citado autor  como elementos masculinos, correspondientes a los elementos fuego y aire y a los instrumentos de piedra y de  metal. Componentes femeninos son; la, mi, si, relativos a los elementos agua y tierra. El intervalo si-fa, denominado tritono en teoría musical, expresa con su disonancia el contacto doloroso de los elementos fuego y agua, es decir, la zona de la muerte.. Nos hemos limitado a dar algunos aspectos de la teoría del simbolismo musical de Shneider, de inmensa amplitud, al extremo de que, según comunicación verbal, el autor de “el origen musical de los animales-símbolosd...,  cree también que toda significación simbólica es de raíz musical o cuando menos sonora.  Esta comprensión resulta más comprensible si recordamos que el canto, como realización  de la armonía de los elementos sucesivos y melódicos, es una imagen de la conexión natural de todas las cosas, a la vez que comunicación, delación y exaltación  de esa relación interna de todo. Por ello, según Plantón, no puede modificarse el sentido de la música de un pueblo sin que se transformen las costumbres y las instituciones del estado.


Mari Bel de La Adrada con su traje de Gala.
                                                                             
           Una vez definidas  las palabras a mi criterio, claves, pasaré a hacer un poco de historia, a cerca del sentido y origen de las mismas, en nuestra península Ibérica. Ardua tarea que se remonta al mismo origen de nuestra especie, y controvertida evolución. Ya que al menos desde tiempos prehistóricos (paleolítico, 20.000 a 5.000 años antes de Cristo) los antiguos habitantes de la península dejaron constancia de tales manifestaciones artísticas. Sirva como ejemplo algunas de las más representativas pinturas rupestres del arte ibérico, como las de las cuevas y abrigos rocosos de Cogul (Lérida), Vallorta (Castellón), Alpera (Albacete) o las múltiples representaciones difíciles de interpretar tanto en cornisa Cantábrica, como en el centro-oeste peninsular. Cuyas representaciones pictóricas parecen aludir a danzas corales relacionadas con desconocidas  significaciones  magico-religiosas, relacionadas con la caza, la recolección, la guerra, el cortejo, la fertilidad, el culto a la muerte o simplemente con rituales o ceremoniales religiosas, que se escapan a nuestra compresión.  Estando, en tales contextos, el origen y sentido de la danza y la música (aunque no sepamos su liturgia, forma, media y uso determinado de las mismas).
     
           Más información nos dejaron, los hombres y mujeres que poblaron nuestra península en el neolítico (5.000-2.000 años antes de Cristo). Añadiendo a las pinturas anteriormente referidas, otras (como las de Peña Tu, cueva Ahumada, etc.) en las que se muestran más evidentes  ciertas formas coreográficas, al estar las figurillas antropomorfas y zoomorfas representadas y dispuestas en círculos, por parejas. Incluso en algunas de ellas se puede observar un personaje  con un “bastón” en la mano, que parece querer “guiar” o presidir la danza. Y en otras, como las de la cueva Ahumada, en la que se puede interpretar las cinco figuras “femeninas” danzando entorno a un símbolo evidente relacionado con la fertilidad.  A estas manifestaciones pictóricas hay que añadir las representaciones grabadas o pintadas en las cerámicas indígenas de la edad del cobre, bronce hierro. Y sobre todo las creaciones de las culturas prerromanas, como puedan ser las cerámicas Iberas del levante español (como las valiosas cerámicas de IIliria en Valencia). Las célticas del norte y oeste peninsular (con sus interesantes petroglifos). Las Celtiberas, entre las destaco las cerámicas Numantinas. O las protocelticas Vettonas (sirva como ejemplo el vaso ritual Vetton hallado en Villanueva de la Vera, en el que se puede observar en borde superior, estampillados y dispuestos  en un círculo, un nutrido grupo de hombres, danzando con los brazos en alto y enlazados por las manos). Culturas todas ellas, de las que parten no pocas formas, usos, costumbres y creencias, algunas de las cuales nos han llegado, más o menos adulteradas, hasta nuestros días. Costumbres paganas que revelan ciertos cultos a las fuerzas naturales (árboles, piedras, fuentes, montes, animales, etc.) y por supuesto astrales. Mostrando  todas ellas ciertas influencias orientalizantes, de carácter indoeuropeo y norteafricano. Siglos después, y a las puertas de nuestra entrada en la historia, fenicios, griegos y sobre todo romanos, fueron los primeros en dejar constancia escrita, de la afición y  alto grado de perfección, que los pueblos peninsulares mostraron en relación  con estas artes, en principio sagradas.  Cronistas como Diodoro, Marcial, Estrabón, Plinio el joven, Sílio Itálico, Juvenal, Tito Livio, etc. Dejaron  reflejados en sus escritos descriptivos, la importante presencia y valor que para aquellos hombres y mujeres tenían la música y la danza.  Sirva de ejemplo las referencias escritas  dejadas a cerca de las danzas fúnebres que se hicieron por ejemplo en el ritual de incineración de Viriato. O la afición de danzar y tañer instrumentos las noches de plenilunio, dedicadas a agradar a una divinidad principal, cuyo nombre era tabú, y que estaba representado por la plenitud del satélite terrestre. O el caso de las afamadas bailarinas Beticas, reconocidas y requeridas más allá de esta península. Por todo lo dicho no es dificil observar y comprobar, como es en esta época (2.000-200 años antes de Cristo) de transición entre nuestra prehistoria e historia, cuando se certifica una intensificación, perfeccionamiento y generalización de las danzas en nuestra península. No habiendo cultura indígena sin que tal manifestación pasara desapercibida. No solo por su fuerza o belleza, si no por la importancia que para aquellos hombres y mujeres tenía. Pudiendo observar las más variadas formas coreográficas (procesiones rituales, danzas de parejas mixtas o del mismo sexo, danzas individuales, colectivas.  Así como algunos de los instrumentos que utilizaban (trompetas, crótalos, liras, flautas, etc.) aunque nada sabemos de los ritmos y melodías que interpretaban, ni de los pasos o coreografías que ejecutaban.

           Lo que sí sabemos, es que de igual modo que las bailarinas Tartesas de la Betica ibérica, entre otras, salieron  fuera de la península, exportando nuestra cultura, e influyendo en las costumbres  clásicas de Roma. Estas culturas influyeron de forma determinante en las costumbres de los diferentes pueblos preromanos, adoptando de ellos, nuevos, ritmos, melodías, movimientos coreográficos, instrumentos, indumentarias, etc. Que lejos de borrar las antiguas y genuinas formas tradicionales, vinieron a enrriquecerla aún más. Hasta la caída del imperio y la llegada e invasión bárbara de manos Visigodos, Alanos, Vándalos, ausvingios, Suevos, etc.  A partir de mediados del  siglo V de nuestra era.

Rosa de Piedraves con su traje de Serrana bordado por ella misma...
                                                                                  


           Entramos pues en una oscura etapa proto medieval tras la llegada de los paleocristianos. Cuya rápida dominación por parte de una poderosa minoría Visigoda (que en Iberia pretende heredar y continuar la labor comenzada por el imperio romano, del que se sienten herederos directos), tras una lenta y desigual romanización del territorio. Dominando a una amplia mayoría de poblaciones hispanorromanas y pueblos, como los Cántabros entre otros, que mantenían su cultura y área de influencia, en una etapa convulsa y obscura que nos adentra en la Alta edad Media hispánica.  Dichos pueblos vinieron a aumentar y sobre todo modificar todos los aspectos de la vida cotidiana peninsular, incluyendo la danza y la música. Aunque y a pesar de la falta de datos disponibles, si  podemos afirmar tras aquella “incipiente cristianización”, que estas artes y formas de expresión musical y coreográfica, además de modificarse como es lógico,  se reforzó. Tomando nueva savia y vitalidad, renovándose sin llegar a desaparecer las formas primitivas tradicionales, con las que se fundieron y enriquecieron. Por ejemplo sabemos que la liturgia protocristiana se sirvió de tales manifestaciones para reforzar y solemnizar dicha nueva liturgia. Manteniéndose  los arcaicos contextos de divertimento, conmemoración o simplemente placer, tanto individual, como colectivos.  Sin embargo tras la mutación del arrianismo al cristianismo, mucho se preocuparon los sucesivos diligentes religiosos en marcar y recortar, con severas prohibiciones algunos usos y costumbres musicales, y sobre todo coreográficas, que se realizaban dentro o en las proximidades de los templos, en determinados cultos, o ritos. Y que no eran otra cosa más que ciertas reminiscencias de las creencias y ritos paganos anteriores y muy arraigados en el sentir de las diferentes culturas precristianas. Como pudieran ser las fiestas y ritos  relacionados con el paso a la  mayoría de edad, las fiestas saturnales o de carnaval, la entrada del nuevo año o los solsticios, las defunciones, conmemoraciones o las uniones matrimoniales por poner algunos ejemplos. Y que muchas molestias se tomaron los sucesivos concilios eclesiásticos en erradicar sin obtener demasiado éxito por su parte. Pues muchas de las formas paganas antiguas, se disimulan, disfrazan u ocultan, bajo los nuevos ritos litúrgicos impuestos por el cristianismo.

           A todo esto hay que añadir la importante influencia de la cultura hebrea, que arribó a la península ibérica, en tiempos antiguos, con la dominación romana, tras la destrucción del templo (antes de la crucifixión de Cristo), y que con el paso del tiempo se extendió y multiplico ocupando todo el territorio peninsular. Al que influyo de forma determinante. Dándose las primeras noticias de tal importancia, poder e influencia, a través de las diferentes y crueles leyes antijudias, que los sucesivos reyes visigodos impusieron a aquellos judíos hispanos. Persiguiéndolos en un intento vano de cristianizar por el uso de la fuerza, a todos los habitantes de la península que pretendían gobernar las elites visigodas.  Facilitando con tan cruenta represión,  la posterior alianza entre judíos y árabes, a las puertas de la invasión sarracena.  Frente a la intolerancia cristiana. Y que dio como resultado a partir del siglo VIII de nuestra era, una de las etapas históricas, sociales y culturales, más ricas e importantes  del mundo antiguo. El califato de Córdoba.

           Los judíos que se establecieron y enraizaron en la península Ibérica, nunca perdieron sus costumbres y religión. Se establecieron en un principio  en las principales ciudades (Toledo, Segovia, Ávila, Gerona, Valencia...) donde formaron grandes y poderosas comunidades sefarditas, a modo de ciudades, dentro de las propias ciudades. Desarrollando una cultura destinada al estudio de las ciencias y de las artes, en las que siempre sobresalieron. Siendo los intermediarios y traductores, entre el mundo islámico y el cristiano. Asentando las bases de una cultura tolerante y cultivada. Sirva como ejemplo la persona y legado, del ilustre judío afincado en Ávila, Mosé ben Sem Tob de León. Ciudad en la que escribió una de las obras cumbres de la mística cabalística hebraica, “El Séfer ha-Zóhar”, o libro del esplendor, escrito en  entre los años 1.280-1.286. Libro que junto a la Biblia y el Talmud, constituyen aún en nuestros días, la trilogía  sagrada de la mística cabalística (dentro de la cábala teosófica, el Sefér ha-Zóar, es el único texto canónico de la literatura rabínica postalmúdica, considerado como el monumento más destacado de la literatura judía después del Antiguo Testamento . Libro en el que relató  el dialogo, mantenido  entre el rabí Simón ben Yohai y su hijo  Eleazar (siglo II después de Cristo) analizando y desentrañando los misterios de la Torá. Contribución que se tiene y entiende como una enciclopedia de la sabiduría hebrea, desentrañando y comentando los misterios de la Torá, un tratado de astrología, de la creación del mundo, o comentario a cerca de los ángeles y demonios, sin olvidar su carga numerológica, al tratarse de una obra mistico-ocultista anti Maimonica. Y una critica a la vida relajada de ciertos judíos sefarditas, y sus conductas “libertinas”) Con este panorama, no es de extrañar que posteriormente, fuese Ávila el centro “espiritual” no solo de los judíos sefarditas, sino de la cristiandad (como S. Juan de la Cruz, Sta. Teresa de Jesús o S. Pedro de Alcántara, entre otros)

           Pero volviendo al tema que nos ocupa, baste con mencionar siquiera, el valioso e ingente cancionero sefardita que hasta nosotros ha llegado y el uso de determinados ritmos, instrumentos, indumentarias y coreografías, que forman parte integral del folklore español. Curiosamente en no pocos pueblos del antiguo reino de Castilla, especialmente en las provincias de Ávila y Segovia, los judíos sefarditas participaban de las fiestas litúrgicas cristianas, “tañendo sus panderos y danzando junto a los cristianos, en la procesión del Corpus Christi”, la fiesta principal de la cristiandad, hasta el siglo XV. Danzas, instrumentos, usos, costumbres, formas o contextos festivos que se han mantenido y transmitido de generación. En generación, hasta nuestros días. De tal modo que en no pocos casos es muy dificil dilucidar el origen cristiano o judío de algunas manifestaciones tradicionales (sirva como ejemplo la fiesta del “Pero Palo”, aparentemente antisemita, pero que no es otra cosa más que una exaltación de sus costumbres). Por otro lado el amor que este pueblo ha mostrado y manifestado siempre hacia estas artes, quedó impreso en quienes somos en la actualidad. Pues el pueblo hebreo sefardita contó con importantes poetas y músicos que ofrecían su arte en las cortes principales de toda Europa.  Poniendo las bases de futuros juglares medievales.

Yedra de La Adrada con su traje de serrana bordado por ella misma...

                                                                                    
                                                                                 
           Sin embargo, y a pesar de la valiosa aportación social, cultural, científica, económica, etc. que los judíos sefarditas aportaron a las sociedades de las diferentes culturas ibéricas, la persecución hacia este pueblo fue brutal y despiadada. Culminando con su conversión o expulsión  “forzosa” y masiva en el año trágico de 1.492.  Sin que con tales medidas opresoras injustificables hoy en día se lograra borrar, por fortuna para nuestro acerbo cultural, la huella profunda y remota de su presencia en esta península pluricultural y multiracial de la que somos orgulloso resultado.

           Pero volvamos a la invasión árabe de la península y su influencia en el folklore hispánico. Pues si en la cultura Sefardita los músicos obtuvieron un papel preponderante, muy respetado y requerido en las principales cortes cristianas. Lo mismo podemos afirmar de la cultura islámica. Ellos introducen nuevos instrumentos (como el rabel, el laúd, atabales, adufes, chirimias, etc.) que vinieron a enriquecer aún más el panorama musical y coreográfico de las diferentes comunidades peninsulares. Costumbres relacionadas, como siempre, con los ritos religiosos y festivos.  Mezcla de las tres culturas, que no supieron convivir en paz, excepto en contados espacios de tiempo. Y que mantienen curiosamente en si mismas la trilogía imprescindible de la danza. Quiero decir, ritmo-canto-molvimiento armónico (La cristiandad a través del ritmo sonoro de las campanas, la judaica a través de la danza hassidika y la islámica con los cantos del almohaicin, que siguen llamando a la oración de sus fieles) ritmos, melodías, instrumentos, pasos, coreografías, elementos del vestir tradicional, etc. de cuya mezcla resultó nuestro valiosísimo patrimonio cultural. Patrimonio que abarca e interviene en todos campos, ciencias, costumbres, etc.  de los pueblos que compusieron esta península ibérica, multiracial y cultural. Influencias y manifestaciones culturales que se observan con mayor intensidad en las comarcas y regiones mediterráneas o levantinas y más intensamente en la mitad sur y Andalucía.  Pues y aunque el poder cristiano dominante, mucho se molesto en erradicar, expulsando primero a los hebreos sefarditas y posteriormente a los moros hispanos, no debemos olvidar, que muchas de aquellas personas cruelmente perseguidas,  jamás abandonaron sus tierras solares, aunque para ello se vieran obligados a abandonar sus religiones, influyeron de forma decisiva en quienes somos en la actualidad. Sirva por ejemplo la cantidad de platos tradicionales o costumbres culinarias hebreas y moriscas, que no solo se mantuvieron si no que aún hoy forman parte de la idiosincrasia y folklore de nuestros pueblos.

           Canciones y danzas que aún manteniendo la raíz ancestral o prehistórica, anteriormente referida, tienen su contexto cultural íntimamente ligado a esta etapa alto y bajo medieval hispana, dando pìe al inicio de la juglaresca tradicional española. Temas cultos que al llegar al ámbito rural, se personaliza y transforma, adaptándolo a sus propias necesidades, perdiendo en muchos casos la autoría personal, pasando a pertenecer al conjunto o grupo que las adopta e interpreta. 


DANZAS, PASOS, MODOS Y ESTÍLOS EN EL BAILE DE LA VERA ALTA DE GREDOS.

Pilar de la Adrada con su traje Pikao de Serrana...
                                                                              


           Desde que tengo uso de razón, me he sentido atraído intensamente por las manifestaciones más representativas del folklore  Serrano-Verato. No había fiesta, o representación popular en la que no me estuviese horas observando todos yc ada uno de los detalles que se expresan en “los bailes y rondas”. Detalles que son ni más ni menos que los sentimientos más profundos y ancestrales, y las emociones más verdaderas y sinceras. Dándose en instantes que cómo estrellas fugaces se hacen irrepetibles. Dificil es relatar y transmitir, la intensidad de esos momentos en los que cantaores, bailaores, personas de todas las edades y condiciones, al fin y al cabo, y que se conocen y reconocen como parte de una comunidad viva e interrelacionada.  Que actuaba como una piña ante los diferentes problemas que les surgían a estas pequeñas comunidades rurales.

           Cantar y bailar en esta tierra va unido a todas y cada una de las fiestas y celebraciones importantes, tanto del calendario natural, como del humano. Y junto a estas manifestaciones, íntimamente unidas a ellas, una serie de alimentos y bebidas con las que se relaciona y potencia la exhibición necesaria para poder permitir sacar, todas las emociones que llevamos por dentro.

           El los valles de la vertiente sur de Gredos, se observan diferentes estilos y formas de hacer e interpretar la música y los diferentes ritmos, así como en el uso del las diferentes indumentarias tradicionales y por supuesto a la hora de danzar, de manera individual o en colectivo. Estas formas y diferencias, parten todas de la misma raíz o substrato cultural de comunidades de pastores y recolectores de frutos por un lado y las comunidades eminentemente agrícolas por otro. Pudiéndose distinguir ciertas diferencias entre dichas comunidades agrícolas más estables (viticultores, olivareros, hortelanos, comercio de guindas, cerezas, higos, naranjas, uvas, peraigos, alberchigos, melocotones, sandías), con respecto a las ganaderas más móviles y aisladas (cabreros, vaqueros, borregueros, porqueros, paveras y porroneras)

           Las pautas vienen condicionadas directamente por las consecuencias de sus diferentes estilos de vida, estilos de vida enfrentados en sus intereses y opuestos en su concepción del tiempo y del espacio entre otras cosas.  Diferencias que parten de dos clanes culturales por otra parte complementarios. Los grupos de pastores de cabreros y vaqueros trasterminantes, mantuvieron y aún mantienen, la herencia cultural más arcaizante de cuantas nos han llegado y han quedado registradas en anteriores trabajos de recuperación.  Su obligada vida en constante movimiento y aislados con sus ganados, entre lo más profundo de las dehesas, a lo más alto y quebrado de la sierra, le dio un merecido carácter de autogestión integral, y fama de hombres y mujeres libres. La dificultad de asistir a los oficios religiosos o administrativos de las aldeas y villas. Cuyas visitas se veían reducidas a determinados adultos, que se limitaban a bajar los quesos, leche, chivatos o hatos a los diferentes y más cercanos mercados y a ciertas fiestas patronales o romerías, que ejercían sobre ellos un extraño poder de atracción, echando la casa por la ventana durante esos días de estancia en los pueblos y aldeas. Las horas de asueto que tiene el trabajo de pastor, les hizo adquirir increíbles habilidades musicales, tanto en instrumentos de cuerda (laudes, guitarras, rabeles y a posteriori bandurrias) como de viento (gaitillas o dulzaina castellana, y caramillo) y por supuesto de la percusión (calderos, cántaros, yerros o triángulos, castañuelas) instrumentos que no en pocas ocasiones se fabricaban ellos mismos. Y junto a los pastores las cabreras y vaqueras, celebres y memoradas secularmente por el cancionero y coplero tradicional serrano. Si los hombres tienen fama de hombres libres y anárquicos, las mujeres no les van a la zaga. La pastora es una mujer que gestiona todos los asuntos comerciales de la familia. Ella es la que dice lo que hay que comprar o vender y cuando hay que ir a los “puestos” o pastos serranos, o bajarse a los de los valles y dehesas. Obligada a permanecer en la majá, enrramá, o chozo, buena parte del día, e incluso a veces de la noche, la hizo una mujer fuerte y valiente. La mujer de los pastores suele dejar que sus maridos y “hombres” den la impresión y se crean que son ellos los que “mandan en casa”, pero en realidad y en la mayoría de los casos son ellas, como decía antes las que llevan los pantalones. Aunque como en todos los casos siempre hay excepciones. Y son ellas las que han mantenido y transmitido el gusto y orgullo de sus propias manifestaciones culturales. Encargándose además de perpetuar y confeccionar los diferentes trajes y formas del vestir tradicional.  El mismo nombre con el que designan los diferentes trajes tradicionales, conocido como “de serrana o de serrano” indican el dominio cultural de estos grupos de pastores, que son los únicos que solían aprovechar los pastos de estos lugares, durante unas pocas estaciones al año.

           Para nosotros llamar serrano a un hombre o serrana a una mujer, sigue siendo un piropo bonito. Indica que la persona  tiene “gracia”, un aspecto saludable y airoso, cierta arrogancia u orgullo e incluso cierta chulería. Si los hombres destacaban como constructores y tañedores de instrumentos, las mujeres competían con ellos tañendo ciertos instrumentos relacionados con su sexo. Así nadie como ellos tocarían la sartén, el almirez, las panderetas, las tenazas de la lumbre, o las tapaderas de los pucheros...  en lo que ambos sexos empataban era en la gracia y arte de cantar y bailar. Muchos de mis maestros y maestras ensayaron pasos  “bailando con sus propias sombras” mientras guardaban sus ganados en los “sesteaderos”.  Cuando los cabreros de Guisando bajaban a su pueblo o a ver a San Pedro de Arenas, antes de vérselos se les oía  los sones de sus castañuelas y vigüelas, que les precedían y acompañaban para recreo de los vecinos de estos pueblos. Los cuales se arremolinaban en torno de ellos, solo por verlos y verlas cantar y bailar. Cuando recuerdo estos momentos me viene a la cabeza la frase que mis paisanos me decían y que expresa muy bien lo que intento explicar; “Bailando y cantando (los cabreros y vaqueros) eran únicos” “Cómo ellos nadie”.


Angelines de La Adrada con su traje pikao cosido por ella misma

                                                                                 
      Y es que los cabreros y pastores, además de conocer el repertorio musical de los pueblos cercanos, disponían y disponen del suyo propio, al que añadir ciertas formas y creaciones personalizadas. Esta personalización del repertorio coreográfico-musical,  viene dada como es lógico pensar, gracias a la herencia personal recibida de sus procreadores y referentes personales y el aislamiento al que determinados individuos se veían sometidos por gusto personal o por imposiciones externas.

           Sin embargo el otro gran grupo humano que compone la cultura serrana de este valle, los agricultores, mantiene un sistema patriarcal, en el que el padre de familia suele ser el jefe y amo del clan, al que somete sus  criterios y decisiones. El contacto de estas comunidades con agentes externos, debido a la necesidad de comerciar los excedentes, por un aparte y por otra la necesidad de contratar grandes bolsas de mano de obra para recolectar las cosechas, hace que las manifestaciones folklóricas de estos grupos, estén sometidas a más influencias, como mejor receptoras de las posibles y sucesivas novedades. En las aldeas, pueblos, villas y lugares, de estos pagos aunque solían tener casa los pastores, la vida se organizaba en torno al ciclo natural agrícola y al humano artesanal. Los hombres rondan y bailan a las mozas y estas nunca rondaban ni bailaban a los mozos. Pero sin embargo en determinadas ocasione esto no era así, como por ejemplo en las fiestas matrimoniales o “Casorios”, cuando las mozas cantaban y rondaban a la novia su amiga o pariente. Y la otra en las fiestas principales religiosas o paganas, en las que jamás faltaba el consabido y sagrado festejo taurino. Siendo temerosas en el tiempo del carnaval, y sobre todo en los días “del remate”, cuando las numerosas cuadrillas de envalentonadas mujeres, se convertían en el terror de los hombres y mozos, por los olivares y viñedos.

           Las mujeres de los grandes, medianos y pequeños agricultores en estos valles, realizaban todas las tareas agrícolas, cavaban, sembraban, binaban, regaban, segaban, recolectaban, trillaban, arneaban, venteaban,  y transformaban gran parte de los productos agrícolas recolectados. Incluso araban si les era necesario y no disponían de hombre en la casa o de posibles para pagarlo. E incluso parían en los mismos campos de labor, si el parto coincidía con los tiempos de más faena. Del mismo modo que los cabreros, los grandes agricultores  y terratenientes, solían disponer de cómodas Quinterías y Alquerías, en las que las faenas agrícolas se compatibilizaban en total armonía  con las faenas ganaderas. Pues  durante el tiempo que va de la siembra a la cosecha, los ganados se sacaban de los campos y se les iba subiendo hacia los altos pastos serranos. Tornándolos de nuevo para aprovechar los rastrojos y abonar la tierra. Estas Quinterías, solían instalarse en medio de las grandes dehesas. Disponían de una gran,  y cómoda casona donde residían los “Amos de la dehesa”, cuando hacían sus visitas, ya que por lo general vivían en las principales villas y pueblos del valle. Y una sería de pequeñas casitas donde vivían los quinteros o empleados a su servicio. Familias enteras y que iban heredando su puesto de generación en generación, y que compartían su espacio con las familias de ganaderos que subían y bajaban sus ganados trasterminantes.  En las Quinterías había de todo, horno para cocer el pan, dulces, carnes, etc. era, lavaderos, potro para herrar, pozo, manantial o fuente, sequeros, casillos para el heno, cuadras y cerraderos para la yeguada, las vacas, las cabras o las ovejas, zahurdas para los cerdos, grandes paveras para las aves de corral, abrevaderos para el ganado, bodegas, colmenas... en algunas Quinterías suele haber incluso hornos de cal o caleros. Disponiendo por lo general de prados para la siega de hierba, algunos árboles frutales para el autoconsumo, como limoneros, naranjos, laureles, granados, higueras, perales, manzanos, camuesas, perales, peraigos, achufaifas, melocotoneros, alberchigos, acerolos, caquis, membrillos, cerezos, guindos, castaños, nogales, que en ocasiones excepcionales se convierten en grandes extensiones dedicadas a monocultivos intensivos.

           Otro tipo de agricultor es el olivarero y el casi extinto pero hasta no ha mucho, intensivo viticultor. Del mismo modo que en el caso anterior la mayor parte de los olivares y viñedos eran propiedad de  una minoría que vivía y ejercía su influencia en las grandes villas del valle. De ellos dependían en buena medida los puestos de trabajo de los que dependía la subsistencia de buena parte de los jornaleros y sus abultadas familias, que alrededor de estos grandes propietarios se agrupaban. Estableciéndose cierta dependencia y relación de amor y odio entre los abusos de los amos y la indefensión de los trabajadores. Problema que también se refleja en el cancionero tradicional en no pocas e interesantes muestras por mí recogidas. Sirva esta copla recogida del cancionero de Arenas de San Pedro como ejemplo ilustrativo: “...Tengo ganas. Tengo ganas. Tengo ganas, no de pan. Tengo ganas de comerle, las tripas del capataz...” - Este era el mismo problema que solían tener y reflejar los zagales que trabajaban para su amo, guardando ganado ajeno. Haciendo el trato anual puntualmente cada mes de junio, el día de San Pedro-

           Sin embargo en las pequeñas aldeas y lugares del valle, pequeños viñedos y olivares de propiedad y uso familiar ayudaban a mantener la precaria economía, así como para su autoconsumo y venta de los pocos o muchos excedentes resultantes.  Pues sus expectativas estaban a expensas y expuestas a los muchos caprichos meteorológicos de esta amplia comarca. En todos los casos existió una ancestral costumbre que se extendía a todos los cultivos,  hablo del “rebusco”, toda una fiesta para los que no poseían tierras ni cultivos. Ya que una vez realizado el “remate” o dada por finalizada la cosecha, cualquiera podía ir y rebuscar los frutos que hubiesen quedado olvidados o sin recoger. “Antes de que se los coman los pájaros, se los coman mis hermanos”. Todas estas faenas y costumbres están ampliamente representadas en el folklore de la comarca de Arenas de San  Pedro y su extenso y variado partido judicial. Hago uso ahora del refranero tradicional serrano para ilustrar esta costumbre solidaria del rebusco; “Este vino (aceite, pimentón, fruto, etc..) es de rebusco. Él me busca y yo le busco, Sube a cuestas y baja cuestas. Bebe (come) cachorro, que poco te (me) cuesta”.

           Por otro lado estaban las huertas y los hortelanos y hortelanas. Solían ser estas familias con sus propias tierras, y que vivían de vender los excedentes de sus huertos. Aunque estaba muy generalizado tener cada familia su propio huertecillo, en el que cultivaban, patatas, judías, garbanzos, nabos, coles, berzas, lechugas, tomates, pimientos, cebollas, ajos, lino... y los hombres y mujeres que podríamos llamas protoindustriales –como los molineros de pimentón, aceite, cereales. Los tasqueros y espadadoras del lino, etc. así como los artesanos que elaboraban los diferentes productos agrícolas, viticultores, apicultores, maceración y conservación de frutos, etc.

           En todos estos casos tanto los hombres como las mujeres se repartían el trabajo, ocupándose de las tareas más duras los miembros masculinos, mientras que el mantenimiento del hogar y todas sus tareas, solía caer sobre las feminas. Aunque esto no impedía que en las labores agrícolas más penosas, como pudiera ser la cosecha, colaboraban todos los miembros de la familia, por igual sin distinción de sexo.

           En el siglo XVIII se instala en la vecina y cercana ciudad de Talavera de la Reina, la real fábrica de sedas y tapices. Fecha a partir de la cual, se plantan numerosas extensiones de terreno público y privado de morales y moreras, que abastecerían de materia prima a dicha fabrica hasta su decadente y fatal ruina. De tal cultivo y del cuidado de los gusanos, se encargaban exclusivamente las mozas o mujeres jóvenes y solteras, con cuya venta de los capullos, obtenían un  sobresueldo con el que ir completando el ajuar de su futura o inminente boda. Este tipo de sobre sueldo que las mozas recibían e invertían en las diferentes telas y joyas con las que ir haciéndose  un buen ajuar, se amplía a otras faenas relacionadas con la recolección con cuyos jornales las mozas iban haciéndose  con “unas buenas vistas”. Así pasaba por ejemplo con las “cogedoras” de aceitunas, con cuyo jornalillo se iban comprando poco a poco, y año tras año, ya desde niñas, las bolitas de oro llamadas tradicionalmente “Estrellas” o “Soles”. Que irían insertando en un cordoncillo de seda , a cuyos extremos y para que no se salieran las bolitas de oro, se cosía al cordón en el que estaban insertadas, dos cintas anchas de seda finamente bordada en ricos colores, con motivos geométricos y florales, cinta que se ata en la nuca, dejando la lazada caer por la espalda, con gracia y aire, y a la que llaman “Siguemepollo”. Pues muchos mozos seguían a las mozas y contaban los lazos que de su cuello colgaban, de este modo calculaban una buena o mala dote. Pues cada lazo se corresponde con un collar completo y a más lazos, más poder. De ahí el nombre popular de esta pieza “Siguemepollo” - actualmente en algunos pueblos del valle llaman Siguemepollo a la Porreta o lazo más o menos adornado con el que se suelen adornar los moños de Picaporte y Escarolaos, las serranas los días de fiesta y toros-  Y una vez compuesto el collar tradicional, comprarían “la su Venera grande o chica, la Temblera o el Galápago” dependiendo del dinero y del gusto personal de cada mujer. Y junto al “Aderezo” los pendientes, de herradura, en sus múltiples variantes – Gajolimon, Picosierra, Flor de Azahar, Africanas, etc. o los pendientes de Lazo, Calabaza o Pilón. Luego vendría un número par de horquillas de plata para sujetar los trenzados o rizos laterales, la botonadura del Jubón, las ebillitas para los zapatos y un bonito broche para el pañuelo. Por suerte para la mayoría de las mozas, algunas de estas piezas no tenían que comprarlas pues las iban heredando de sus mayores, acumulando en algunas familias verdaderos tesoros.  En los trajes de novia es donde más lujo se solía infundir al vestir. Pero por desgracia la costumbre de amortajarse y enterrarse con el traje de novia, nos ha  vedado buena parte de tal información. Sin embargo, antes de amortajar a la difunta, se quitaban de las mangas la botonadura de plata u oro, que se guardaba para hacer nuevos trajes de novia. Del mismo modo que en el caso de los chalecos, chaquetillas y calzones heredados, del traje de novio tradicional, y que solían ser de plata. De tal modo que cuando se hacía un traje nuevo para una novia o para un novio, por un lado se compraban elementos nuevos, sobre todo telas, pero lo  más valioso ya lo tenían en herencia de sus mayores. No faltaba quien no tuviera tales bienes para el día de su boda, en ese caso se lo dejaba la madrina o lo pedía prestado a alguna amiga o familiar, y devueltos el día de la tornaboda. He de aclarar que la posesión del  Aderezo tradicional completo, con el que las mujeres de este valle, se adornaban y mostraban su estatus social, era por lo general muy común. En noventa por ciento de las cabezas  femeninas de familia poseían para el uso diario, un par de pendientes del tipo Africana, una gargantillita con su venera, y alguna medalla y anillito. Y para los días grandes de fiesta mayor; pendientes de Herradura o de Lazo, gargantilla con temblera, cruz o galápago, las consabidas – de dos a doce-  horquillas de plata u oro, la botonadura del jubón, el broche, alguna pulserilla, relicario y en los zapatos hebillas argénteas.


Silvia de La Adrada con su traje de Artesana...
                                                                                 
           Del mismo modo que la presión de los ganados intervenía directamente en la transformación del medio natural. Las labores agrícolas, abancalaron, desarbolaron, desecaron y transformaron  radicalmente y de una forma más intensa en las inmediaciones o cinturones montañosos de las aldeas, pueblos, villas y ciudad de la jurisdicción arenera. Pero ambas sociedades culturales serranas, mantuvieron sus repertorios y características esenciales de sus tradiciones. A continuación doy paso al cancionero de esta Vera Alta de Gredos, para ilustrar con algunos ejemplos dichos repertorios musicales.

           Otra subdivisión viene condicionada directamente por los diferentes alfoces que se les atribuyó a las cuatro villas principales las por entonces sus aldeas y lugares. División que tiene su origen en el nombramiento y entrega a los más poderosos nobles castellanos del año 1393. Y de las comarcas con las que limitan a partir de entonces. Siguiendo el sentido del caminar del sol por el cielo, la primera villa relevante es;

          La Adrada, con los pueblos de Casillas, Higuera de las Dueñas, Sotillo de la Adrada, Piedralaves, Casavieja. En esta que también pudiéramos llamar Cabecera del Tiétar, por nacer este caudal en su alfoz, la sierra no ofrece grandes alturas, que en raras excepciones sobrepasan los 2000 m. Unas pocas cumbres. Aunque la verticalidad y lo abrupto del terreno hace de estas tierras un lugar apto para la cría del ganado, en los altos prado, reservando la llanura para cultivar árboles frutales y cavar las huertas a la vera de los muchos arroyos, y caudales hidrográficos. Las gentes de estos pagos han mantenido desde su fundación un fuerte vinculo con las poblaciones del Alberche, concretamente con la abadía del siglo XI de Ntra. Sra.  del Fondo, en Burgohondo. Lugar desde el que se vino a aparecer la imagen de la patrona de la Villa, la Virgen de la Yedra. Por aparecerse esta entre unas ruinas donde esta planta crecía, hasta que en aquel mismo lugar de sus apariciones se la construyó una ermita, en la que todavía hoy se la sigue dando culto. Esto se ve reflejado en las manifestaciones musicales tradicionales de estos pueblos. Que gustan y mantienen antiguas costumbres agropecuarias, en las que en determinadas noches rondan sin descanso desde la caída del sol o “abrikecer” hasta la llegada del alba  o “a jaiñikin”. Rondas en las que no es extraño escuchar coplas cultas de escritores del siglo de oro (Lope de Vega, Gongora, etc.) versionadas, con más o menos acierto por las voces populares y llanas. Romances que se mezclan muy oportunamente y de forma armónica, elegante, bella y natural, con las más variadas jotas y seguidillas. Piezas estas que son como un tesoro en nuestro repertorio folklórico serrano. Seguidillas muy del gusto de las poblaciones del  Alto y Bajo Valle del Alberche y que se refuerza con la influencia de las otras seguidillas manchegas, llegadas de la vecina Sierra de San Vicente y  comarca Talaverana.

           De echo es en estas poblaciones en donde han conservado y transmitido las Seguidillas como danza y música principal o más representativa de cada población. Hasta el punto que cada pueblo dispone de sus propias seguidillas, muy parecidas, delatando un origen común, pero tan personalizadas, que es facil descubrir su lugar de origen, con solo escucharlas. Si hubiera una pieza representativa de estos pueblos esta sería sin lugar a dudas la llamada “La Ronda o El Romance”, que ya mencionaba anteriormente. Y que encierra en si misma el espíritu y carácter de sus gentes, honestas e incansables.

          La Villa de Mombeltran (antiguamente se llamaba El Colmenar de las Ferrerías. Con los pueblos de. Cuevas del Valle, Villarejo del Valle, San Esteban del Valle, Santa Cruz del Valle, La Higuera, Lanzahita, Pedro Bernardo 8antiguamentete se llamaba Nava la Solana), Gavilanes y Mijares, con los despoblados de Arroyo Castaño, Los Molinos, Las Majadas y las Torres.

           La Ciudad de Arenas de San Pedro (Por aquel entonces se llamaba Arenas de las Ferrerías) con los pueblos de,  Ramacastañas, Hontanares, La Parra, Guisando, El Hornillo, El Arenal, Poyales del Hoyo (antiguamente se llamaba Aldea Nueva del Poyal) y los despoblados de Los Llanos, El Hoyo de Arriba.

           La Villa de Candeleda (Por aquel entonces se la conocía con el nombre de Candevera) y las aldeas despobladas de La Corchuela y Enaciados (Posteriormente llamado Santiago de Arañuelo) las gentes de estas tierras de nuestro poniente se funden y confunden con las poblaciones y gentes de la vecina y hermana Vera Baja o de Plasencia.
        

EL APRENDIZAJE DEL BAILE Y LA DANZA TRADICIONAL EN LA COMARCA DE ARENAS DE S. PEDRO, ANTIGÚAS FERRERÍAS, ALTA EXTREMADURA CASTELLANA O LA VERA ALTA DE GREDOS

           El amplio panorama coreográfico de estas tierras, se prendía dentro de todos y cada uno los contextos en los que se desarrollaban. Algunos de estos contextos eran individuales, otros se restringían al ámbito familiar, otros al sexo... aprendiéndose progresivamente desde el momento mismo del nacimiento y las necesidades y capacidades propias de las edades del hombre y de la mujer.

           Lo primero que aprendíamos, era a reconocer y “repetir” los diferentes ritmos de las músicas folklóricas. Para ello nuestros mayores se servían del rico cancionero infantil. Recuerdo los sonidos perfectos de muchas “Vettonas manos” – utilizando la palabra “Vettonas” en referencia exclusiva a su etimología, “antiguas”- de ellas descubríamos como “eran los andares de los caballos”, repitiendo con los más variados sistemas e ingenios, el sonido que los cascos equinos hacen “sonar a danzas” al golpear la tierra. Primero “ir al paso”, luego “al trote” y al final  “a galope, a galope, a galope. Esta primera etapa del aprendizaje dependía y se veía restringida, casi exclusivamente, al ambiente familiar. Estas primeras lecciones se recibían de padres, madres, hermanas, hermanos, tíos, tías,  primas, primos y sobre todo de los abuelos y de las abuelas.

           A medida que el niño o niña iban desarrollándose, se abría el abanico de posibles nuevos maestros o referencias, a  los vecinos y amigos de los que se rodeaban y con los que iban creciendo. Así hasta llegar a la postpubertad, en la que la forma de vida elegida o impuesta a cada individuo, conformará el propio repertorio musical y coreográfico  heredado por una parte y adquirido por la otra. A esto hay que añadir las características propias, y peculiaridades propias  de cada aldea, villa, pueblo o la pequeña ciudad serrana de Arenas.……………………
         
Grupo Alfoz de La Adrada
                                                                                       

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