martes, 3 de mayo de 2011

Daniel Peces Ayuso.

TRADICIONES DEL VALLE DEL TIETAR PARTE 1



EL MEDIO FÍSICO, GEOGRÁFICO E  HISTÓRICO;

      Las comarcas de las Sierra de Gredos, tienen en el Valle del Tiétar todos los  espacios naturales y ecosistemas peninsulares, a los que hay que añadir varias zonas con microclimas y endemismos claramente difenciables. Las comarcas de la vertiente sur de la sierra de Gredos ponen  en contacto el Levante Mediterráneo con las tierras extremeñas, además de servir de puente o bisagra entre ambas mesetas castellanas, a las que se accede siguiendo los pasos naturales y puertos secos como el milenario de El Pico, por el que aún discurre la antigua calzada romana, utilizada aún en nuestros días por grupos de pastores trashumantes y trasterminantes.  De este modo  los valles de la vertiente sur son en sí un espacio diferencial y complejo cuyo centro esta circunscrito a  las estribaciones de la Sierra abulense de Gredos. Recibiendo las lógicas y recíprocas influencias históricas, culturales, socioeconómicas, etc. de las comarcas vecinas de la Vera de Plasencia, Campo Arañuelo, la Campana de Oropesa, Sierra de San Vicente y Comunidad de Madrid.

         El Valle del Tiétar tiene una extensión de 19.522 hectáreas, en las que se distribuyen los 24 términos municipales del Valle, siendo Arenas de San Pedro cabeza de Partido (subdividido a su vez en cuatro  mancomunidades, la del Tiétar Alto, Medio,  Bajo, y el Barranco de las cinco Villas). La  población está en torno a los 33.000 habitantes. Es una comarca de un gran valor y riqueza biogeográfica y cultural, mezcla de condiciones naturales  y factores antrópicos que han interactuado  en cierto equilibrio a lo largo  de la historia en la configuración  del paisaje. Esta armonía  hombre-medio  está en constante  distensión  en las últimas décadas por la puesta en marcha de nuevos procesos de cambio como son: la desarticulación de las estructuras rurales tradicionales, el urbanismo incontrolado, el monocultivo en las reforestaciones o el  turismo incontrolado, por poner algunos ejemplos. Aún hoy en día siguen sin existir planes globales  que pongan orden en este marco territorial.

       El Valle del Tiétar, desde el punto de vista morfo-estructural, es una fosa tectónica recorrida de NE-SO por el río Tiétar al sur y las altas cumbres al norte. Todo el Valle está rodeado  por un gran círculo montañoso; al norte  la Sierra de Gredos, al SE, la Sierra de San Vicente y de la Higuera y al SO  los Montes de Toledo y Sierra de Guadalupe y la Estrella. De este modo se produce en la zona una mercada disimetría altitudinal de norte a sur, entre el fondo del valle y las elevadas cumbres de Gredos, y surge el desnivel topográfico más fuerte de la península Ibérica. En tan sólo 13 kilómetros las diferencias altimétricas oscilan entre los 340 m. de los llanos y dehesas de las riberas del Tiétar a los 2.595 m. del Pico  del Moro Almanzor. También existe un escalonamiento en altitud de la Sierra de Gredos en dirección OE, un descenso altitudinal desde el macizo Oriental de Gredos (1.500 m.). La altitud media de las tierras de estas comarcas se encuentra entre los 700 y  los 800 metros sobre el nivel del mar.

      Los suelos en general son ácidos o ligeramente ácidos, desarrollándose sobre complejos granito/gneis, sobre pizarras y  depósitos terciarios y cuaternarios. Son suelos poco evolucionados, que desde el punto de vista de los aprovechamientos agrarios presentan escasas ventajas: poca profundidad, mermada capacidad de retención de aguas, y escasez de nutrientes. Estos rasgos edafológicos orientan pues hacia una clara vocación forestal. Eso no excluye la existencia de un importante recurso mineral, explotado desde la prehistoria, como lo atestiguan la abundancia de cuevas-minas, donde se sacaron ingentes cantidades de hierro, (no en vano toda la comarca del Tiétar era conocida hasta la Edad Media como la Comarca de las Ferrerías e Avila),  y en menor medida cobre, plata, oro, cuarzo, sílex, etc.

  Los suelos aluviales del Tiétar medio, sus terrazas, así como los conos de deyección de las gargantas y torrenteras, de textura areno-arcillosa, con contenidos medios/bajos en nutrientes y con un horizonte superficial bien desarrollados son buenos para ser destinados a cultivos  hortofrutícolas. Son estas zonas de excelentes resultados  agrícolas a poco que se las enriquezca de forma natural con abonos y otros nutrientes. De hecho los expertos en la materia califican a esta zona como una de las de mayor riqueza botánica y florística de la Europa del Mediterráneo. En este reducido espacio geográfico encontramos casi todos los ecosistemas existentes en la Península Ibérica, además de un amplio número de endemismos, como ya dije anteriormente y que iré mostrando a continuación.

   Esta aparente barrera geográfica que es Gredos, está jalonada de diversos pasos, puertos, portillos, portezuelos, etc. como  el Puerto de Candeleda, la Portilla de las Vacas, la de los Machos, el Puerto el Pico, de Serranillos, de Mijares, de El Peón, de La Cabrilla, de El Arenal, de El Alacrán, etc. Estos pasos y puertos han sido de gran importancia,  para las comunicaciones entre las tierras del norte y del sur de Iberia desde tiempos remotos. Adquirió una mayor importancia e intensidad de tránsito durante la organización de la red medieval de caminos de la Mesta; hoy la carretera nacional 503, remonta la Sierra y la cruza por el Puerto el Pico, donde aún podemos ver parte del trazado de antigua calzada romana.  Es ésta una carretera vital para poner en contacto  el norte con el sur.

    En Gredos no se puede hablar de un único paisaje humano histórico y cultural, sino de paisajes.

 De este modo podemos distinguir tres grandes unidades biológicas y orogénicas:


Vista de la vertiente Sur desde el Puesto Pío.
                                                                               
A.- Las altas cumbres de la sierra. Entre los 1.500 y 2.595 m. Son paisajes naturales, de cumbres graníticas, de cabeceras las gargantas y ríos, en los que la mano del hombre no ha intervenido. Abundan los derrubios de ladera y accidentalidad topográfica, reflejo del gran poder erosivo de las torrenteras y barrancos. Las pendientes alcanzan una media del 40% de desnivel. Son áreas de dominó con pisos Crioromediterráneo y Oromediterráneo, con prados de cambrionales, cerbunales, piornales, sabinas, tejos. En ellos encuentran refugio el autóctono Ibex o Capra Hispánica Victoriae, conocida por los naturales como Macho Montés o Monteses, compartiendo este hábitat riguroso y extremo con águilas reales e imperiales, buitres leonados y negros, con la endémica salamandra Almanzoris, el sabroso y asalmonado Sabelino, etc.

     Los ganaderos de los Valles de Gredos aprovecharon los altos prados construyendo las tradicionales majadas con sus chozos, covachos, queseras, hornos y enramadas, a donde subían con los ganados y  la familia al completo  en busca de los verdes pastos de la Sierra en verano.

     Amplias zonas de las altas cumbres han sido tradicionalmente consideradas como lugares tabú, cuando la rica tradición oral popular hizo creer que  los agudos picos de las cresterías que forman los circos glaciares más elevados e inaccesibles o en las aguas de sus lagunas rodeadas de las más altas cumbres, estaban habitados por espíritus, seres mitológicos o animales fantásticos a los que no había que molestar jamás, pues ellos eran los que devoraban los ganados perdido y provocaban grandes tormentas y tempestades que asolaban los campos y ganados de los pueblos del valle.  De este modo permanecieron amplias zonas sin que el hombre interviniese hasta la llegada de los primeros alpinistas y escaladores en el siglo XIX.

     En  estos últimos tiempos esta área deshumanizada está sufriendo la presión turística y deportiva, común a todas las sierras y montañas españolas.

  Desde el punto de vista tradicional, la Sierra ha servido secularmente para establecer y mejorar las relaciones sociales y económicas entre los núcleos de ambas vertientes de la Sierra, siendo muy comunes los matrimonios mixtos que asegurasen pastos tanto de invierno en las dilatadas dehesas del valle, como de verano en los frescos cerbunales del estío.

  La vida semi aislada de los pastores en la Sierra, y el  tiempo libre del que disponían, junto con las habilidades artesanales a punta de navaja siguen proporcionando espléndidos trabajos en madera de bog, raíz de fresno, enebro, olivo o brezo entre otras con las que fabricaban almireceros, botijeras, cucharones y cucharas, morteros, cuchareros, escurreplatos, cajas, cerilleros, etc. ricamente decorados con motivos florales, geométricos y animales, en los que no falta alguna referencia amorosa, pues solían ser regalos a las novias o personas queridas, cuando no una forma de hacerse con un dinero extra en los mercados semanales a los que acudían desde las altas cumbres puntualmente a vender el queso, recoger noticias y aprovisionarse de todo aquello de lo que se carecía.

  La dureza de los inviernos en estas latitudes hace que durante más de medio año se encontraran deshabitadas, limitándose al tráfico comercial a los puertos más accesibles.


A la Sierra me he de subir, a vivir entre la leña, por ver si los pájarillo, alegran algo mis penas...
                                                                           
B.- Laderas y vertientes. Entre los 500 a los 1.500 m. con paisajes discontinuos y no uniformes. Existen diferencias entre las zonas de la alta ladera con paisajes modificados por la intensa actividad ganadera y sus áreas de medias y bajas laderas donde la presión del hombre sobre el territorio es mucho más intensa, en el que se mezclan y confunden los diferentes usos (agrícolas, ganaderos, forestales, hidráulicos, cinegéticos, industriales, artesanales, urbanos, minerometalúrgicos…), dando lugar a un amplio y variado mosaico paisajístico de sumo interés botánico. A medida que descendemos por las laderas de estas latitudes, notamos la influencia y presión humana del medio natural. Interactuando en su paisaje y organizando los cultivos en laboriosos bancales y terrazas, donde se realizan las labores agrarias, especialmente el cultivo de frutales.

  Incluye una amplia e interesante farmacopea natural con especies como: digitales, belladona, estramonio, datura, cola de caballo, cicuta, fresas silvestres, gordolobo, arrayán, tomillo, loro, almeces, aceres, jaranzo, saúco, sauce, toronjil, hinojo, menta, poleo, romero, aliaga, beleño, jara, jaguarzo,  burujilla, berros, espárragos silvestres, brezo, espino, escaramujo, enebro, amapola blanca, cáñamo, tabaco, etc. Este amplio espacio natural está poblado de bosques en los que abundan diferentes tipos de pináceas, robles, melojos, rebollos, quejigos, encinas dulces y amargas, alcornoques, fresnos, alisos, chopos, almeces, álamos, castaños, nogales, avellanos, madroños, cornicabras, bog, sabinas, camuesas, alchufaifas, acerolos, cerezos, guindos, manzanos, perales, melocotoneros, alberchigos, ciruelas, higueras, naranjos, limoneros, laureles, palmeras, olivos, parrales, membrillos, caquis, y toda clase de productos de huerta, incluyendo melones, sandías, cidras, y todo tipo de calabazas.

  En cuanto a la fauna, que es igualmente rica y variada, hay que incluír algunas especies autóctonas: culebra: bastarda, de escalera, de herradura y de agua; víbora, eslabón, chichicabra o salamanquesa, salamandra, rana, escuerzo, caracol de tierra y de agua, mejillón del Tietar o bibalbo, tortuga, galápago, trucha, barbo, cachuelo, boga, carpa, cangrejo de río, nutria, cigüeña blanca y negra, garza real, común y azul, garceta, ánade, ganso, gruja, águila ratonera, perdicera, culebreras, lagunera, calzada, real e imperial, eranio azul, azor, gavilán, alcotán, cernícalo, halcón, milano real y negro,  búho real y chico, lechuza, cárabo, mochuelo, cabra montés, lince ibérico, ciervo, corzo, jabalí, zorro, tejón, comadreja, marta, garduña, jineta, lirón común y careto, conejo, liebre, perdiz, paloma torcaz, tórtola, ardilla, oropéndola, alcaudón, mirlo, ruiseñor, jilguero, verderón, chirivía, cuco, petirrojo, lavandera, vencejo, avión roquero, urraca, corneja, cuervo, grajo, tordo, etc.

  Toda esta área fue zona de ganadería intensiva, lo que ha traído no pocos conflictos entre ganaderos y agricultores, aún hoy en nuestros días. Actualmente siguen siendo destinadas grandes extensiones abancaladas al cultivo del olivo, cerezo, higuera y  vid, aumentando del mismo modo las explotaciones apícolas y colmeneras. La tierra en esta zona está repartida en pequeños minifundios familiares destinados al autoconsumo, siendo a la vez la franja en la que se encuentran la mayoría de los núcleos  urbanos actuales.

  Pero sin lugar a dudas, son los recursos forestales los que han sustentado a gran parte de las familias que tradicionalmente han ido sucediéndose en los pueblos de esta sierra y valle. La abundancia de maderas y su explotación ha sido, y aún  sigue siéndolo en algunos casos, el recurso más importante de varios municipios. La mayor parte del suelo público está dedicado al cultivo del pino. En un pasado reciente los centenarios bosques de pinos hábilmente protegidos proporcionaban sustento a gran número de familias que de él vivían, como los resineros, pegueros, serraderos, arrastradores, carreteros, madereros etc.  Junto a los bosques de pino, los bosques mixtos, en los que abunda el castaño, el nogal, el roble, el madroño, el enebro, avellano... y de los que aún se siguen sacando pingües beneficios, especialmente del castaño y su fruto. El bosque además ofrece frutos temporales y silvestres de gran valor, no solo gastronómico, también alimenticio, como son la gran variedad de setas y hongos y frutos silvestres: endrinas, madroños, moras, fresas, camuesas; diferentes tipos de espárragos que por aquí reciben el nombre de tarallos, sin desdeñar la abundancia cinegética de caza mayor y menor, o la pesca de cachuelos, barbos, y truchas.

 Hasta hace poco las aguas de algunos arroyos como el  Avellanea en Arenas de San Pedro criaba finos cangrejos del país, y hasta la construcción de los grandes embalses del Tajo y del Tietar, por las gargantas subían las escurridizas anguilas a desovar, hoy extinguidas.


Señorita de lo verde, tiene que ser mi pastora, que el ganado que yo guardo, de lo verde se enamora...
                                                                            
C.- Las dehesas y el llano. Comprenden las tierras por debajo de los 300 a los 500 m. sobre el nivel del mar de la cuenca sedimentaría  del Tiétar. Su orografía es suave, con bajas pendientes y diferentes calidades edíficas. Predominan los espacios abiertos, poblados de encinares y pastizales, en los que la agricultura y la ganadería se complementan. En el tramo medio del río Tiétar  puja con fuerza el labrantío, en el que se incluye un complicado y remoto sistema de riego y derechos de agua.  Es en esta zona donde se recogen los productos de regadío y huerta destinados al autoconsumo, dejando las grandes vegas para los escasos y valiosos cultivos de secano, dedicados a la producción de  cereal, algo de trigo, avena, mijo, maíz, etc. destinados tanto para el consumo humano como para pienso para el  ganado en el invierno.

  Pero sin duda la recogida de bellotas en el otoño es la mayor labor que proporciona  la dehesa. En un pasado reciente, ingentes cuadrillas de mujeres cargadas con sus cestas de mimbre acudían a jornal a las dehesas a recoger bellotas, con las que se alimentaba a los animales en el invierno. Las bellotas dulces eran separadas y apartadas para el consumo humano, llegando en tiempos de escasez a ser tostadas y molidas para con su harina cocer pan.

  El aprovechamiento de las dehesas esta regulado por un  complicado sistema de quinterías de sólida construcción en las que hay instalaciones  confortables para varias familias con sus ganados así como todo lo necesario para el autoconsumo: eras, molino, horno, enramada, queseras, zahurdas, bodegas y fuentes. Es sin duda el área, si no más humanizada, más transformada por la acción directa del hombre, donde se encuentran los grandes latifundios y las dehesas ganaderas dedicadas principalmente a la cría de ganado de cerda, vacuno y lanar, a las que hay que añadir algunas dehesas dedicadas a la cría de ganado bravo como Valdeolivas.

  El delicado equilibrio del sistema antropizado  en las dehesas se ha mantenido gracias al uso racional y respetuoso del medio por parte de los habitantes de la comarca. Es además el área  de mayor valor cinegético donde encuentran alimento y refugio  especies como el corzo, el ciervo, el jabalí,  el águila imperial, la grulla, ganso, ánades cigüeña negra y aún campean los últimos linces ibéricos sobre la fértil dehesa bajo la abundante cobertura de las encinas, robles, quejigos y alcornoques que mantienen con sus frutos el delicado sistema natural. En esta área se encuentra además amplias zonas calcáreas y arcillosas, en las que abundan las cuevas naturales con poderosas corrientes subterráneas que les han ido moldeando y dando formas increíbles, como las hermosas Cuevas del Águila en el termino de Arenas de San Pedro, a tres kilómetros del anejo Ramacastañas. Cerca de estas cuevas naturales hay una zona conocida como Castañarejo, con la mayor concentración de cuevas naturales. Algunas sirvieron de refugio en la prehistoria a los primeros pobladores de la zona, allá por el Paleolítico,  junto a otras convertidas posteriormente en minas- de dónde se extrajo hierro desde la Edad del Hierro, valga la redundancia, el Imperio Romano y gran parte de la Edad Media, hasta que se agotó en mineral. 

  Otro de los recursos que ofrece esta área es la cal. Un sistema de hornos para cocer la cal atestigua la importancia de este trabajo tradicional desaparecido. La abundancia de cal daba dos tipos diferentes de material, una para construir y armar los muros y otro más blanco para enlucirlos por el exterior, lo que tradicionalmente se conoce con el nombre de jalbegar o enjalbegar. Los hornos de cal daban trabajo a varios hombres, unos cortando la piedra en la cantera, otros  acarreándola a los hornos, otros para llevar la leña que haría cocer las piedras... el experimentado calero que sacaba la cal en costales y los arrieros que la exportaban fuera de la comarca allá donde escasea, tanto en los pueblos del partido de Talavera de la Reina en el sur, como a los de los valles del Alberche, Tormes y Amblés al norte.

Las palomitas torcaces, cuando tienen mucha sed, ciernen el vuelo pa Arenas, y al cauce van a beber...
                                                                                
Hidrografía:

        Toda esta riqueza geográfica, cinegética y natural  se debe a los caprichos orográficos, la erosión, la impronta de la humanización, unido a la impresionante y caprichosa naturaleza de Gredos, sustentada por una ingente red hidrográfica, tanto a nivel terrestre como subterráneo.

        El río Tiétar hace de gran colector de todas las aguas que bajan de la Sierra con dirección N – S, mientras el río se desplaza siguiendo la dirección E – O.

        En esta parte de nuestra geografía los ríos son los márgenes de los limites de provincias y comunidades autónomas. El mismo Tiétar en su caudal alto y medio, hace de frontera entre las provincias de Ávila y Toledo, mientras que la garganta de Alardos hace de puerta de entrada a la Vera de Plasencia.

       El curso bajo y medio del río Tiétar destaca por su escasa torrencialidad, por lo que dominan los procesos de transporte de sedimentación (recurso que es aprovechado por las extracciones de áridos  para  la construcciones del entorno). El régimen del río es pluvio-nival, cuyos máximos caudales coinciden con los meses otoñales del deshielo. En cuanto a las muchas gargantas, sufren un terrible e intenso poder erosivo en la cabecera, acumulando depósitos  en los niveles medios y bajos  y constituyendo pequeñas terrazas propicias para el cultivo de huertas, prados o frutales. Estas abundantes y continuas corrientes de agua, junto a numerosos  manantiales y fuentes son la base del éxito de la agricultura de regadío para la que se tuvieron que realizar azudes, redes de derivación, regaderas, albercas, estanques, acequias, etc. de origen remoto en el control y distribución de las aguas.

     La vertiente noroeste recoge los caudales que dan vida al Tormes afluente del Duero  y las aguas del noreste forman el río Alberche que rodea toda la sierra viniendo a afluir al Tajo, ambas corrientes están  separadas por  el puerto del Pico.

           La fuerza hidráulica fue aprovechada desde la antigüedad para instalar industrias de los más diversos usos. Utilizan este  recurso abundante como motor  de las industrias  de transformación de la zona los molinos de grano, los molinos de pimentón, las almazaras de aceite, los batanes, los martinetes, las tenerías, fábricas de luz, los linazares, la pesca, etc., aunque con algunas limitaciones, dependiendo del caudal de los arroyos y gargantas en cuestión, algunas de las cuales, las menos,  durante los meses del estío no llevan caudal suficiente como para mover las máquinas. La abundancia de agua hace que se desperdicie mucha, que usada de una forma más racional daría mejores resultados, sin mermar los caudales de estos acuíferos.

       Cerca de los ríos y cauces principales se haya los restos religiosos y funerarios de culturas prehistóricas, como el dolmen de Lanzahita, el de Navalcan, etc. abundando los templos y ermitas construidas sobre  acuíferos como  la ermita protoceltica o Vettona de San Bernardo de Candeleda en Postoloboso, o el convento de San Andrés del Monte en Arenas de S Pedro, o la ermita de la Virgen de la Fuente Santa en Parrillas. Uno de los anejos de Arenas de San Pedro, se llamaba Fontanares, en honor a las muchas fuentes de las que disponían en aquel lugar y que hoy por deformación fonética se ha transformado en Hontanares, nombre con el que se le conoce en la actualidad.

      Las aguas y los ríos han formado parte de las vidas y creencias de los serranos de la Vera Alta, muchas familias complementaban su economía con las artes de la pesca.

La abundancia de pesca en los ríos, (truchas, barbos, cachuelos, carpas, cangrejos, ranas, tortugas, culebras, “anguilas y salmones antes de construir los grandes pantanos en el Tajo y Tietar que les impiden el paso a las cumbres de Gredos”), hacía que la pesca se especializara. Las principales artes eran con trasmayos, con nasas de juncos, con anzuelo, “acatacueba”, con retel y por envenenamiento.

         Para pescar con trasmallos y nasas esperaban a los meses del estío en los que los ríos llevan el caudal más bajo. Desviaban los cauces con piedras y arena del fondo  formando una serie de embudos, en cuya boca instalaban sus nasas y trasmallos empujando la pesca hacia ellos. Para pescar con anzuelo había dos modalidades, una  con caña recorriendo las orillas de los ríos o dejando los anzuelos con el cebo en la corriente a la tarde atados a estacas o ramas de los árboles de las orillas, que se recogían a la mañana siguiente.

       Para envenenar se usaban diferentes sistemas. En unos casos se cogía gordolobo y cargadas de cabras secas mezclándolo y machacándolo  dentro de un saco. Otro sistema era machacando raíz de cicuta en un saco. Estas mezclas se metían y removían enérgicamente en un tramo del río sin corriente, atontando a la pesca que sale a la superficie boca arriba atontada.

      La técnica más extendida entre los chiquillos era  “acatacueba” esto consistía en meter las manos lentamente bajo las cuevas del río donde estas acuevaos los peces cogiéndoles por las agallas.

       Las anguilas se cogían “acatacueva” atándose grandes anzuelos en el dedo corazón en los que se ensartaban tras palparlas con la mano la barriga. Los cangrejos se cogían con reteles, en los que a menudo caían tortugas y galápagos muy apreciados en las casas serranas pues ni los gatos espantan mejor las ratas y ratones que una tortuga.

Vista de la Barrera de Arbillas desde el Cerbunal.
                                                                           
EL CLIMA.

  En cuanto al  clima, varía considerablemente dependiendo de la altitud y o latitud en la que nos encontremos. Por lo general  en la zona donde se levantan los pueblos, villas y ciudad del valle el clima es mediterráneo templado y húmedo, con inviernos suaves y poco fríos y veranos calurosos, en los que son normales algunas tormentas en julio y o agosto. Como ya se ha dicho, la altitud influye determinantemente en la intensidad y reparto de las abundantes precipitaciones, de modo que las máximas pluviométrias  se registran en el entorno de los Galayos, con lluvias orográficas superiores a los 2.000 mm. anuales, para descender en orlas elipsoidales  hasta el fondo del Valle, donde se alcanzan precipitaciones  próximas a los 1.000 mm.. El ritmo medio  de las precipitaciones oscila entre la máxima de otoño e invierno y un fuerte mínimo estival. Estamos en el espacio más húmedo de la España del interior, (no en vano el observatorio meteorológico del Risquillo, en Guisando recoge una media anual de 2.200mm. como mínima), aspecto que otorga a estos paisajes una ingente riqueza geobotánica de gran interés, como ha quedado reflejado en las escuetas referencias a algunas especies animales y vegetales mencionadas.

  La temperatura media anual oscila entre los 10ºde Casillas y los 16º de Candeleda, reduciendo sus valores a medida que nos alejamos hacia el este. En verano las temperaturas son elevadas, sobre todo en los meses de julio y  agosto, con medias que oscilan entre los 18ª y los 26ª, estas últimas en las zonas más meridionales  y occidentales. Los inviernos, como queda apuntado, son suaves, con pocas heladas que se reparten las noches de octubre a marzo y generalmente tienen una corta duración con temperaturas medias  superiores a los 6ª. Los meses más fríos son diciembre y enero. Durante los meses de mayo a julio pueden formarse fuertes tormentas, a veces capaces de arruinar cosechas y cabañas de ganados enteras, o cuanto menos produciendo cuantiosas perdidas. En verano cuando todas las áreas se van secando o agostando y el pastoreo se hace imposible en los fondos del valle, ganados y ganaderos trasterminan en busca de los pastos frescos que ofrece la alta montaña. Se pone entonces en marcha el ancestral mecanismo de regulación ecológica en el uso y aprovechamiento del territorio y su conservación: la trasterminancia.

   Aunque el Valle del Tiétar y la Sierra de Gredos se nos muestran a la vista como una tierra de contrastes enfrentados, realmente no es otra cosa que el conjunto de ecosistemas autosuficientes que se complementan haciéndola tener de todo y  ser de  todos un poco.


Rollo o Picota del despoblado de Anaciados.
                                                                                  

PREHISTORIA E HISTORIA.


    Desde el punto de vista histórico, la fisonomía antropica del los habitantes de la Vera Alta en el Valle del Tiétar es también el complejo resultado de la plasmación de la huella histórica en su organización territorial, humanización y económica. El rico patrimonio arqueológico existente nos muestra todo un campo de trabajo por hacer, a pesar de los abundantes hallazgos arqueológicos que van desde el paleolítico hasta el presente y de los que hay desperdigados y expoliados por toda esta amplia geografía bellas muestras, como testigos mudos de una temprana humanización en esta área peninsular. 

       Poco podemos aportar respecto al pasado prehistórico, salvo argumentar con los numerosos restos hallados en las manos el paso y legado de aquellas culturas arcaicas, que habitaron o cruzaron la zona dejando a su paso sus tesoros liticos y metalúrgicos, dando paso en el neolítico a los constructores de los túmulos, dólmenes, menhires, estelas, molinos, raspadores, joyas, poblados y necrópolis que se asientan en el calcolitico en las terrazas fluviales del río Tietar y las desembocaduras de algunos afluentes como la garganta de Alardos y el río Guayerbas.

        Culturas que dieron origen a uno de los pueblos más misteriosos e interesantes de la península: los protocelticos Vettones. (Vettones viene del latín vetusto y quiere decir los antiguos). Estos grupos indígenas se  organizaban por jerarquías, a cuya cabeza estaban los jefes de la elite guerrera, después estaba el poder de los ancianos y los guerreros,  los artesanos y sacerdotes, las mujeres gozaban de gran reconocimiento y autonomía practicando el matriarcado, vivían en oppidas y castros, no temían a la muerte y para ellos la lealtad y la hospitalidad eran sagradas. Los Vettones tenían un elaborado  panteón de dioses indígenas. Se les conoce también por la cultura de los Berracos por la construcción de toscas figuras de toros y cerdos cuya función y sentido aún esta por determinar, algunos apuntan a estelas que señalan caminos y que están relacionadas con determinadas constelaciones, para otros se trata de dioses protectores de los ganados y para otros simples monumentos funerarios. Manejaban a la perfección las artes metalúrgicas, la cerámica, la cantería, la cestería, el trabajo de los telares, cultivaban la tierra (higos, aceitunas, cerezas, uvas, trigo, centeno, mijo, bellotas, etc.) y guardaban grandes rebaños de animales domésticos, en especial vacas, cabras, ovejas, cerdos y aves de corral. Cultura prehistórica que tiene su máximo esplendor durante la edad del hierro, cuyas  huellas se suceden y mezclan con el paso de los pueblos indoeuropeos llegados en el primer milenio antes de Cristo, así como con los pueblos y culturas del norte de África y del mediterráneo, como los fenicios, griegos, cartagineses, etruscos, romanos, hebreos, egipcianos, etc.

  Tras romanizarse la zona a partir del II siglo d.C. tras las guerras celtiberas y lusitanas a cuya cabeza se hallaba Viriato, cuyo nombre significa el que porta la Viria, o el collar sagrado, todo el territorio Vetton queda bajo la influencia del convento Emeritense formando parte de los pueblos celtiberos Lusitanos, cuya pacificación fue larga e incompleta, por el carácter natural de los Vettones y lo abrupto del territorio. Quedando en la tradición oral un substrato cultural arcaizante muy fuerte debido a una tardía romanización y a una especial orografía y situación geográfica no deseada por las fuerzas invasoras que se limitaban a asegurar los pasos, vados y puertos principales.

     Desde niño me resultó muy curiosa una expresión muy extendida entre los serranos de la Vea Alta, al referirse a los que ellos consideraban como los primeros habitantes de estas montañas y valles, Los Antiguos. Para ellos “Los Antiguos” son sus antepasados lejanos, los que habitaron los cerros que aún se llaman “los Castillejos”, y “clavaron grandes piedras en la tierra pa sujetarla”, diferenciándolos claramente de las leyendas y mitos Romanos y “del rey o la reina Mora”.

        Cuando Roma decae invaden la península grupos de origen Bárbaro (Suevos, Alanos, Vándalos, Austrigones, etc.) toda la zona de la Vera Alta queda bajo el control visigodo a partir del siglo IV-V d.C, administrando el poder desde la ciudad de Toledo. Poco sabemos de estas etapas de nuestra historia antigua, pendiente como dije anteriormente de un estudio más exaustivo. Tampoco sabemos mucho de la etapa en la que esta zona quedó bajo el control e influencia de los pueblos árabes del norte de Africa. Salvo que toda la vertiente sur de la sierra de Gredos quedó bajo el control de las elites Arabes y Beréberes instaladas en la cercana y floreciente Villa de Talavera de la Reina, a la que desde siempre ha estado económica y socialmente vinculada.

  Hemos de esperar a la toma de Toledo por las tropas cristianas de Alfonso VI en el año 1.086  para conocer algo más de nuestro pasado, cuando las elites guerreras de los caballeros de Avila toman por las armas y el fuego la comarca Verata Serrana o Alta que devastan y arrasan en una política de no dar oportunidades. Las crónicas castellanas nos cuentan  quiénes y cómo se repobló esta zona, bajo qué casas nobles quedó su administración, lo que permitió el asentamiento definitivo y seguro de todos los núcleos actuales que absorbieron a otros más antiguos en  decadencia. 

        Aldeas, pueblos y Villas que surgen de las repoblaciones llevadas a cabo por los caballeros de Ávila bajo el mando y coordinación del galo Conde  Raimundo de Borgoña, cuñado del rey niño, Alfonso. A partir de entonces la ambiciosa y pujante nobleza y el clero se reparten estas tierras, quedando pequeñas islas de hombres libres, poseedores de sus propias tierras y ganados. Durante el siglo XIV se intensifica la ocupación con buen numero de contingentes hebreos y moriscos en toda la vertiente sur de la Sierra de Gredos, apareciendo los más importantes núcleos de población como Arenas de San Pedro, Jaraiz, Candeleda, Mombeltrán o La Adrada, pueblos que pronto adquirirán el titulo de villas independientes con sus propios fueros y privilegios que acabarían convirtiéndose en cabeceras de los señoríos que controlarán  el valle del Tiétar durante  toda la Edad Media y  gran parte de la Moderna ejerciendo como centros de intercambios y cambios mercantiles de vital importancia para dar salida a los exentes en las ferias y mercados semanales, mensuales y anuales.

   La repoblación consolida la formación de un grupo de pequeños propietarios libres, como apunté anteriormente, que toman posesión de sus tierras cuando las roturan y labran. Las  no cultivadas permanecerán en propiedad de la corona. Los primeros terrenos cultivados se ubicaban en torno a los núcleos urbanos, aprovechando ciertas regularidades  topográficas y abancalando las pendientes y laderas. Los cultivos destinados a los olivos, viñas, linares, huertos, centenares y castañares serán los principales cultivos, base de una economía de autoabastecimiento y policultivos, con la que se sacaban un dinero extra conseguido por la venta del excedente, especialmente aceite, vino, miel, frutas y ganados.

   Durante  toda Edad Media, toda la comarca natural del Valle del Tiétar, estuvo bajo la tutela de cuatro señoríos jurisdiccionales sesgado del señorío del Condestable de Castilla don Ruy López Davalos, señor de toda la Vera Alta. Tras caer en desgracia sus posesiones son repartidas por el rey entre sus amigos y favoritos, de tal modo que Candeleda es cedida a los Zúñiga, Arenas quedará bajo la tutela de los Mendoza bajo el poder de la casa Infantado, Mombeltrán y La Adrada se convierten en Villas del ducado de Albuquerque. Levantando en cada Villa una casa fuerte o castillo que aún conservan en Arenas de San Pedro, Mombeltran y la Adrada, en Candeleda se desmanteló a principios del siglos XX el ultimo lienzo de su castillo o casa fuerte, quedando el recuerdo del  castillo en el nombre de la plaza que lleva su nombre hoy en día.

         El cancionero tradicional tiene buenas muestras que hacen referencia a sus castillos, sirvan estas como ejemplo;


Ya se murió la culebra, la que estaba en el castillo,
                         La que por la boca echaba, sierpes, lagartos y grillos. (Mombeltran).

Ya se murió la culebra, la que estaba en el castillo,
                            La que por la boca echaba, rosas, claveles y lirios. (La Adrada).

¿Cómo quieres castillo, que te levante,
                              si te encuentro caído, por todas partes?. (Arenas de S. Pedro).

A la esquina del Castillo, me quisieron dar la muerte.
                              Saqué mi puñal dorado, y huyeron los valientes. (Candeleda).

       Con la división de Floridablanca en el siglo XVIII, la administración de esta amplia área es compartida por las intendencias  de las provincias de Ávila y Toledo. Perteneciendo varias décadas gran parte de la Vera Alta al alfoz de Talavera de la Reina. Dice una copla;

                                            Talavera con ser Vera, Arenas y Navalcan,
                                       Candeleda y Lagartera, Oropesa y Mombeltran.

De nuevo con la reestructuración  provincial de Javier de Burgos en 1.833, todas las tierras del Valle del Tiétar, quedan sujetas  y adscritas a la jurisdicción de Avila, hecho que perdura hasta nuestros días. No pasó lo mismo con la administración del obispado abulense, que ejerció poder en varios pueblos de la Provincia de Toledo hasta finales del siglo XX. Como fue el caso de los pueblos del Pielago, con Navamorcuende a la cabeza, los pueblos del valle del Guayerbas con Parrillas y Navalcan a la cabeza y con los pueblos y villas de la campana de Oropesa.

   Los pueblos del valle del Tiétar, han  operado prácticamente como células  económicas autónomas, por contar con la fortuna de la complementariedad entre agricultura de subsistencia, ganadería intensiva y mixta, junto con los ingentes recursos naturales. Unido a esto,  la pervivencia de un artesanado local que cubría las necesidades básicas de la población -alfareros, herreros, boticarios, médicos, temporeros, tejedores, arrieros, cazadores, pescadores, madereros, cereros, etc.

Machos Monteses en los Galayos


Area del trabajo. La Vera Alta de Gredos.

        Este trabajo esta ceñido a un área concreta cuyo centro está en el partido judicial de Arenas de San Pedro, actualmente divido en Valle del Tiétar Alto, Medio, bajo y el Barranco de las Cinco Villas.  El nombre lo he retomado del pasado histórico y cultural de estas tierras de la Alta Extremadura castellana para indicar el carácter castellano-extremeño de su geología y herencia cultural humana. Del mismo modo incluyo comarcas limítrofes como la comarca del Pielago o Sierra de San Vicente al sur, campo Arañuelo, la vera de Plasencia o Baja  en el oeste y las cabeceras del Tormes y del Alberche en la Sierra situadas al norte, por formar parte vital del complejo sistema social, cultural y económico basado en la especialización y el intercambio de los productos básicos excedentes entre los serranos y los habitantes inmediatos entre ambas mesetas castellanas y la Extremadura.


Como ladrón de caminos, la honra tu la quitaste, permita el cielo divino, que la libertad te falte, y a la mitad del camino.


Caminos y medios de transporte.

        Los caminos, muchos de ellos carentes de puentes hasta el siglo XVIII, se hacían impracticables, sobre todo en los meses invernales y durante las  crecidas del otoño y la primavera,  quedando poblaciones enteras incomunicadas durante varias semanas e incluso meses. Este hecho obligaba a sus moradores a estar preparados para poder resistir gracias a una autosuficiencia admirable y un sistema social solidario y hospitalario tradicional. Las comunicaciones con el norte se cortaban dependiendo de las nieves caídas en los meses más duros del invierno.

        Pero cuando el sol da paso al estío, los caminos y veredas vuelven a la vida, se reparan y arreglan para subir con los ganados en busca de los verdes pastos de verano, del mismo modo se restauran los pontones y vados que comunican el norte con el sur, cuyo ritmo lo imponía los rigores de la sierra y del caudal del Tiétar.

        No  pasa lo mismo con los caminos que ponen en comunicación el este con el oeste, mejor cuidados,  ya que tan sólo veían interrumpido su tránsito cuando la crecida de algún río o garganta  impedía que durante unos días o semanas se pudieran cruzar, teniendo que buscar otros vados naturales.

        En los vados principales de los ríos más caudalosos a falta de puentes disponían de barcas que cruzaban gentes, ganados y mercancías de una orilla a otra durante todo el año. Las barcas pertenecían a los concejos, se arrendaban  al mejor postor y el barquero se quedaba con un tanto del dinero que le pagaban por cruzar de una orilla a la otra. En los términos de las principales villas de la Vera Alta hubo varios puntos del Tiétar donde había barcas como la  de Barcapeña en Arenas de San Pedro que la comunicaba a sus habitantes con las villas del Guayerbas (Navalcan, Parrillas, Velada, Oropesa, Lagartera  o Talavera de la Reina), o la barca de Casagata  comunicaba el Barranco de las Cinco Villas  con el área de Talavera de la Reina.

        Había varios dichos, coplas, refranes y cantares que hablaban y aconsejaban a cerca de los pueblos por los que cruzaban en sus viajes como esta retahíla recogida en Arenas pero que esta muy extendida por toda la Vera Alta Serrana:

“En Ramacastañas, carga.
                                                            En Hontanares, no te pares.
                                                              En Montesclaros, un rato,
                                                              En Segurilla, una horilla,
                                                                   En Sartajada, nada.
                                                   En Velada, ni poco, ni mucho, ni nada.
                                                     En Lagartera, cuidado con la cartera.
                                                          En Oropesa, descansa la bestia.
                                                          Y en Talavera, había y de vuelta.”

“Si vas a la Moraña, apreta el culo,
                                                      si te tiras un peo, cobran un duro”.

                                                 “¿Cómo quieres serrana, que valla verte?.
                                                      Viene el río crecido, no tiene puente.”

Al pasar el arroyo, la vi los bajos,
                                                Yo pense que eran pelos, y era un colgajo.
                                                  El molino que muele, en la Barcapeña,
                                                    Muele los corazones, que tienen pena.

        Con la aparición de la Mesta los caminos en toda la comarca resurgen y se aseguran, construyéndose algunos puentes  reafirmándose sus trazados. Estableciendo caminos para los viajeros, otros para los ganados y un sinfín de veredas, trochas, etc. como por ejemplo la cañadas real leonesa occidental, que recorre la Vera Alta Serrana de norte a sur por el puerto del Pico, poniendo en contacto los ganaderos del norte de castilla con los extremeños y con los del valle del Guadiana. O los cordeles, y caminos arrecifes destinados al transito comercial humano. Camino prehistórico sobre el que los romanos levantaron y trazaron su afamada calzada aún visible y transitable.

        En el siglo XIV surgen los primeros portazgos, donde los nobles medievales cobraban los derechos de pasos por cruzar  los puertos y o puentes de los alfoces serranos, enriqueciendo las principales villas de la comarca situadas estas siempre en lugares estratégicos. Gracias a  la gran revolución lanera castellana, la organización de la Mesta y la masiva afluencia de ganados trashumantes que cruzaban por los puertos y puentes de  estas sierras y valles para acceder  de unos pastos a otros, villas como Arenas de San Pedro (antigua Arenas de las Ferrerías), la Adrada, Candeleda (antigua Candevera), Mombeltran (antigua Colmenar de las Ferrerías) se fortifican, consolidan y crecen,  apareciendo nuevos núcleos que no se independizarán hasta el siglo XIV.

        No olvidemos que estas tierras fueron para muchas personas tierras de paso,  transición  en el eje norte – sur, por donde discurren los caminos y pasos que cruzan la Sierra, cuyos puntos estratégicos son pasos naturales  en los que ha interactuando el hombre desde la más remota antigüedad como el Puerto el Pico, la Venta el Cojo, Puerto de la Reina, Puerto de Candeleda, etc. que no eran otra cosa que grandes y cómodos circuitos para los ganados trashumantes y trasterminantes. Caminos enlazados y entrelazados entre sí por infinidad de cordeles, trochas y veredas de gran importancia para una sociedad eminentemente ganadera. 

        El cancionero tradicional tiene hermosas coplas que hacen referencia a los rigores de los caminos y las fatigas de las nieves para cruzar la sierra. Los de Arenas tienen un cantar religioso en el que se cuenta el milagro que hizo Dios con San Pedro de Alcántara cuando a este le sorprendió una tremenda ventisca cerca del puerto el Pico dice así:

“San Pedro por el Pico,  iba subiendo.
                                                      La nieve que caía, le iba cubriendo.
                                             Que serenita cae la nieve. El airecito la detiene.

Abundan también las coplas de los cabreros y pastores, que sufrían directamente los rigores del tiempo, siendo los encargados de arreglar los desagües y hacer los empedrados caminos que llevan a la sierra, sirvan las siguientes recogidas en el Barranco de las Cinco Villas:

No cruces mozo la sierra, que esta toita nevada.
                                 Y un cabrerillo se ha muerto, por dar de comer las cabras.

                                        El camino de la sierra, con mis manos lo empedré,
                                         Para que suban tus cabras, a lo más alto a comer.

No temo subir el puerto, ni tampoco pisar nieve.
                                     Lo que siento es mi morena, que otro chulo se la lleve.

La sierra con ser sierra, no tiene nieve,
                                                    Pero tu cara  serrana, si que la tiene.

                                                 Tu y yo nos parecemos, mucho a la nieve.
                                            Tu en lo blanco y en lo fino, yo en deshacerme.

Un pastor me da veces, de lo alto el cerro,
                                           Que se le ha muerto un chivo, de mal postrero.
                                              Un pastor me da voces, desde las cumbres,
                                                   Que le lleve tabaco, papel, y lumbre.
                                               Un pastor me da voces, de lo alto un burro.
                                            Que se le ha muerto un chivo, y me ponga luto.

                                “…al pie de una sierra nevada, un cabrerillo niña te aguarda.
                                  Dile que no voy, que estoy mala, dile que no voy que se valla.
                                   Cabrerillo quinto, mala suerte te toco, si te vas a la guerra.
                                Contigo me iré yo, que no me quedo sola que no me quedo no.
                                             Que no me quedo sola, que me voy con mi amor.”

        Este contacto permanente con el exterior es también fruto de la práctica de la arriería, en especial por los habitantes de los pueblos de la comarca de Arenas de San Pedro y el Barranco de las Cinco Villas, los cuales  se encargaban de dar salida a los excedentes (vino, aceite, fruta, paños, seda en bruto, lino, miel, pimentón, orégano, etc.), al tiempo que traían todos aquellos productos y elementos necesarios  de los que  carecían. -Sobre todo cereales (trigo), que se molían en los molinos hidráulicos de la comarca, legumbres y tubérculos.

        Los arrieros y carreteros veratos eran muy conocidos en la corte de Madrid donde sabemos gracias al insigne historiador Don Eduardo Tejero Robledo, vendían sus guindas garrafales y el buen vino verato. Los peligros de los caminos y las aventuras que corrían los arrieros, enfrentándose a ladrones, animales salvajes y algún que otro “asunto de cuernos” se ven reflejados en no pocos cantares y romances como el que se canta en Villarejo del Valle, “Por las ventas de Aragón”. Dice así:

Por las ventas de Aragón, se paseaba un arriero.
                                       Buen zapato, buena media, buen bolsillo de dinero.
                                            Siete caballos llevaba, ocho con el delantero,
                                        Nueve se pueden contar, con el de la silla y freno.
                                      Al revolver de una esquina, siete quintos le salieron.
                                  ¿Pa donde camina el majo, pa onde camina el arriero?.
                                       Camino para la Mancha, con un recado que llevo.
                                   Pa la Mancha vamos todos, como buenos compañeros.
                                        A la mitad del camino, dijo el capitán de ellos.
                                        De los siete que aquí vamos, ninguno lleva dinero.
                                      Por dinero no apurarse, y adelante compañeros.
                                  Que llevo yo más doblones, que estrellitas tiene el cielo.
                                        Ellos como eran ladrones, se miraron se rieron.
                                    Y en las ventas de Aragón, piden vino y se lo dieron.
                                    Y el primer baso que sacan, dan de beber al arriero,
                                           El arriero no lo bebe, por si tenía veneno.
                               ¡Que lo beba el rey de España, que yo no quiero beberlo!.
                                      Se salieron para afuera, y estas palabras dijeron.
                                       Sacaremos nuestros sables, mataremos al arriero.
                                        El arriero saco el suyo, que corta como el acero.
                                De los siete mato a cinco, los otros dos por que huyeron.
                                     La tabernera gritaba, por ver si la oía el pueblo.
                                 No gritaba por las muertes, si no el vino que bebieron.
                                   Le toman declaración, me meten preso al arriero.
                                   Mandan una carta al rey, contándole aquel suceso.
                                        Y el rey según la lega, así se estaba riendo.
                                    Mandan la contestación, alivio para el arriero.
                              Si como ha matado a cinco, hubiera matado a un ciento.
                                Un real pa la tabernera, y cuatro para el arriero.
                           Y aquí termina la historia, la historia del buen arriero.

        Y es que el oficio de arriero y el de carretero era muy común en la Vera Alta Serrana, pueblos como Arenas y sobre todo los pueblos del Barranco (Villarejo del Valle, San Esteban del Valle y especialmente Serranillos), tenían en este oficio la base de su economía, pues como he dicho eran los encargados de dar salida a los excedentes e importar los productos de los que se carecía. Pero los arrieros además eran los encargados de llevar y traer noticias o los más diversos  “encargos”. Eran hombres serios en los que se depositaba toda la confianza por lo que la característica del arriero era la honestidad. Muchas familias de agricultores, viticultores, apicultores, aceiteros o especieros dependían económicamente de los arrieros que vendían sus productos a cambio de un tanto por ciento de la venta o cobrando un dinero por los “encargos”. En Arenas recogí otra bonita canción muy extendida en toda la comarca. Dice así:

Para el carro carretero, carretero para el carro.
                                           Para el carro carretero, bebe vino de mi jarro.
                                                          Carreterito y arria la vela,
                                                    que esta la noche tranquila y serena.
                                            Noche tranquila y serena, es mala para rondar,
                                            Por que a los enamorados, les gusta la oscuridad.
                                                  Carreterito por donde has venido.
                                                   Serrana mía por el puerto el Pico.
                                               Lleva mi mula de alante, debajo del collerón.
                                            Toda la sal de la Vera, de Castilla y de Aragón.
                                                             Carreterito arria la vela
                                                   Que esta la noche tranquila y serena.
                                             Carretera de la Vera, camino de mis amores.
                                           Cuando llegó a la ribera, me reciben mis amores.
                                                    Carreterito, por donde has venido,
                                                     Serrana mía, por donde he podido.
                                              Carreteras en la Vera, cuando yo las paseaba.
                                            Que era de noche y llovía, pero yo no me mojaba.

        En toda la Vera Alta se cantan algunas coplas, sirvan las siguientes como ejemplo:

Avila amurallada, ¿Quién te mantiene?.
                                                   Cuatro carreteritos, que van y vienen.

Arrierillo le quiero, que valla y venga.
                                                  Y me traiga las sobras de la merienda.
Arrierillo es mi amante, con cinco mulas,
                                                 Tres y dos son del amo, las demás suyas.

Déjame subir, al carro carretero.
                                                Que déjame subir, que yo de pena muero.
                                                Déjame subir al carro, carretero, carretero.
                                         déjame subir al carro, que de amores yo me muero.
                                                   Que déjame subir, al carro carretero.
                                                 Que déjame subir, que yo de pena muero.
                                                Carretera de Madrid, cuando yo las paseaba,
                                             Que era de noche y llovía, pero yo no me mojaba.
                                                       Que déjame subir, al carro carretero.
                                                    Que déjame subir, que yo de pena muero.

        En San Esteban del Valle tienen una hermosa canción de ronda que habla de los arrieros en una villa afamada por la elaboración de carros. En los pueblos vecinos se cuenta como broma que hace mucho tiempo en San Esteban un carretero se hizo un carro muy bonito, otro carretero entonces se pico i empezó ha hacer otro carro más bonito que el de su vecino, pero para que lo viera lo hizo en el amplio sobrao de su casa, lejos de las miradas curiosas. Pero cuando lo hubo terminado no podía sacarlo por las estrechas escaleras de la vivienda, por lo que tubo que  esperar al verano desmontar el tejado y sacar el carro ayudado por poleas, ahora eso sí, no hubo un carro más bonito que aquel. Esto es lo que se cuenta para indicar la determinación de la que hacen gala  las buenas, honradas y trabajadoras gentes de San Esteban del Valle una de los cinco pueblos del Barranco. Allí cantan muchas coplas dedicadas a los arrieros y carreteros como estas coplas de una hermosa tonada en la que se realza la honestidad y reservado del carácter de los carreteros veratos:

Carretero, carretero, si pasas por el molino.
                                       Dile, dile al molinero. Que me muela pronto el trigo.
                                                  Que yo iré a buscarlo, cuando salga el sol.
                                               Que iré con mi amante, que iré con mi amor.
                                            No le digas nunca a nadie, lo que te dije al oído.
                                    Hombre que no es reservado, no merece estar conmigo.
                                                 ¿Quién sabe morena, lo que ayer pasó?.
                                                     Ya sabes morena, que te quiero yo.

        Otros caminos había de gran importancia para las relaciones sociales, como por ejemplo el caminito a la Fuente  “que va entre ríos y flores, donde sale a recibirme, los brazos de mis amores”. “Caminito de la fuente, las mozas vienen y van, se dicen unas a otras, mi novio también esta.” Pongamos otros ejemplos en los que queda reflejado en el cancionero tradicional las relaciones que se establecían en los “ires y venires” de determinados caminos locales. Las más usuales son:

Amor mío, amor mío, solo por verte.
                                             Vierto el agua en la calle, vuelvo a la fuente.

Todos los enamorados, se enamoran en el baile.
                                          Yo me enamoré de ti, yendo por agua una tarde.

A la fuente la Nava, te llevaría,
                                                    Solo por darte un beso, serrana mía.

                                              Caminito de la fuente, las mozas diciendo van.
                                             Mi novio no esta en la fuente, donde coños estará.

            Hay madre que me lo han roto, hija no me digas que.
                                             El cantarillo en la fuente, madre que pensaba usted.

                                                  “A la orilla de una fuente, a una serrana vi.
                                          Y con el ruido del agua, yo me acerque hasta allí.
                                     Y oí una voz que decía, hay de mi, hay de mi, hay de mi.
                                          Yo me acerque hasta ella y la declare mi amor…..”

        Otros caminos famosos eran los que llevaban a determinadas ermitas y a los molinos. En este último caso de los caminos que llevan a los molinos siempre introducen en las coplas la picaresca que tanto caracterizo a los Maquiladores o arrendadores de molinos  de harinas afamados en trucar los pesos y medidas, sufriendo los molineros las burlas y engaños conyugales que sin duda era lo que más les podía molestar. Algunas coplas dicen así:

Que polvo tiene el camino, que polvo la carretera,
                                          Que polvo tiene el molino, que polvo la molinera.

Cuando voy para el molino, molinera es la que canta.
                                         Con el polvo de la harina, se la afloja la garganta.

Al entrar en el molino, a la molinera vi.
                                               Y encima de la maquila, el polvo la sacudí.

A la mitad del camino, la honra me la quitaste.
                                           Permita el cielo divino, que la libertad te falte,
                                                         Y a la mitad del camino.

        Mantenimiento de los caminos públicos; Dentro de las poblaciones cada vecino estaba obligado a arreglar  la parte de la calle donde vivía, desde su fachada hasta la mitad de la misma. Para ello la empedraban usando los cantos rodados del río y lanchas de los canchales. Tan solo los arrabales no se empedraban. Algunas plazas y calles principales eran empedradas y costeadas por el municipio. Y en ocasiones los novios arreglaban los empedrados de las puertas de las novias, donde pasarían horas sentados en los pollos, en el zaguán o tirado en el suelo hablando con la novia a través de la gatera de los portones y puertas. El cancionero tradicional incluye un buen numero de coplas y canciones de ronda que hablan del empedrado de algunas puertas, sirvan estas como ejemplo:

Si yo tuviera dinero, como tengo voluntad.
                                            La calle donde tu vives, la mandaría empedrar.

La calle donde tu vives, la mandaría empedrar,
                                       Con onzas de chocolate, y en cada esquina un rosal.

Esta calle esta empedrada, las piedras las traje yo.
                                        Las piedras bien me conocen, pero tus amores no.

Esta calle esta empedrada, con ramitas de laurel,
                               Que la empedrado un buen mozo, que te quiere por mujer.

Te acuerdas cuando me dabas, la lumbre por la gatera,
                                         Y tu padre que lo supo, de rabia mato a la perra.

Retírate vanidoso, de las lachas de mi puerta.
                                       Que otro las ha de pasear, con muchisima vergüenza.

Las piedras de tu puerta, son ciento doce,
                                                    Y con tu mirada, ciento catorce.

        A partir del siglo XVIII  se mejoran y abren nuevos caminos que incluían la instalación de amplios y firmes puentes como el construido  sobre el caudal  del Tietar a su salida por la carretera arrecife de Ramacastañas hoy cerrado al paso del transporte rodado y utilizado exclusivamente por ganados trashumantes o trasterminantes y romeros. En el siglo XX se asfaltan las primeras carreteras y se hace el actual trazado de la carretera que cruza el puerto el Pico, paso obligado que une esta comarca con la alejada capital de la provincia, acabando con la incomunicación secular. Muchos de los caminos de herradura y cordeles públicos utilizados por campesinos, jornaleros y ganaderos al abandonarse los sistemas económicos tradicionales y con ellos su uso,  se anexionan ilegalmente a las fincas particulares por las que discurren impidiendo el derecho de paso que sobre ellos hay a personas y ganados.

La casa de mi serrana, parece que tiene duende. Dede abajo es un seis, de arriba parece un nueve...
                                                                       
El ritmo natural:

         Los habitantes de las comarcas de la Vera Alta han estado íntimamente ligados a la tierra hasta mediados del siglo XX, de la que siempre obtuvieron todo lo necesario. El clima y las estaciones han marcaban el ritmo en medio de una fértil y exuberante naturaleza con impresionantes bosques, profundas gargantas, quebradas sierras, abruptos barrancos, pero lo que la caracteriza es la suavidad de su clima y microclimas, que actúan directamente en el carácter tradicionalmente amable, alegre y hospitalario de sus habitantes, siendo las tradiciones y costumbres de los veratos el reflejo y exponente del marco natural que les rodea, ampara y en el que se desarrollan.

        Desde el despertar de la consciencia humana en los albores de la prehistoria, construida con la observación y experimentación milenaria, tomaron como referencia y medida los elementos naturales que les rodeaban, no solo para buscar  explicación a su existencia en esta vida o tras la muerte, si no para aprovechar mejor los recursos naturales que de una forma cíclica ofrece la tierra, descubrimiento que fue la base del éxito evolutivo de los Serranos de la Vera Alta, que tomaron como referencia los fenómenos y elementos de la naturaleza.
  
        El ciclo natural marca las tareas, el tiempo libre y las fiestas.  De este modo las costumbres, ritos y creencias se van sucediendo a medida que los campos y montes van ofreciendo sus frutos de temporada.

        El otoño es el tiempo de recoger los frutos, hacer el vino, la miel y sacar la parva de la poca mies, ventear las legumbres y recoger leña para el invierno, hilar, tejer, etc. En el invierno se recoge las aceitunas y las naranjas, el romero y se aprovecha el tiempo de agua para afinar cencerros en casa, o para arreglar los aperos de los ganados o los agrícolas, preparar las matanzas, verdadero seguro de vida en los inviernos serranos. Con la primavera  se jalbega y hacen limpiezas en las casas, el ajetreo se expande por los campos preparando las tierras y los pastos para la siembra o para los ganados. Los pueblos se quedan vacíos y todos buscan la frescura en las majadas y casillos de los campos de labor. Labores que se siguen desarrollando durante el verano, etapas estas últimas en las que apenas quedaba tiempo para el ocio. Pero en medio de tanto trabajo siempre hay fiestas patronales y ferias que paran el frenético ritmo laboral ejerciendo como una válvula de escape y distracción necesarias para el buen funcionamiento social en el que las fiestas cumplen una función de cohesión  familiar y local “sagradas”. Del mismo modo que los trabajos colectivos unen a las sociedades agropecuarias las fiestas, bien sean de tipo religioso o pagano, cumplen una función similar, en ellas que se dan cita y reúnen grupos de localidades vecinas, más o menos alejadas, sirviendo de punto de encuentro e intercambio cultural, humano y económico. De este modo podemos distinguir entre dos tipos de fiestas principales: Fiestas de invierno / fiestas de verano.


En la sierra yo nací, y morir en ella quiero, que corre el aire más puro, y estoy más cerca del cielo...


Fiestas de invierno. 
 

Carnavales, carnavales, cuando te veré venir. Para ver a los borrachos, de la taberna salir...
                                                                                      
   Las fiestas de invierno abarcan seis meses y las he subdividido en dos grupos. Un primer grupo de tres meses dedicados a las fiestas de la Otoñá (octubre, noviembre y diciembre), y otro segundo grupo de otros tres meses dedicados a las fiestas de Invierno (enero, febrero y marzo).

      Durante todo este tiempo del otoño e invierno, las gentes serranas de la Vera Alta de Gredos celebraban las fiestas con más elementos arcaizantes de cuantas se celebran a lo largo del año. La paralización parcial de los trabajos agropecuarios y la disposición de tiempo libre durante las lluvias de la otoñá y los rigores del invierno daban un respiro a los habitantes de estos valles, ocupados en tareas temporales de recolección de frutos como bellotas, castañas o aceitunas. Los caminos de la sierra se cerraban con las primeras nieves y las gargantas crecidas hacían impracticable gran parte de los caminos por lo que los habitantes de estos valles serranos bien provistos de todo lo necesario se disponen a celebrar las fiestas de invierno.

         Las fiestas de la otoñá están íntimamente relacionadas con las celebraciones de culto pagano a la muerte, eso si “debidamente” cristianizadas por imperativos históricos y sociales. Inspirados sin dudas por la naturaleza turgente que les rodea y que cada otoño muere para regenerarse cada primavera, el otoño para los serranos es el tiempo perfecto para dar culto a la muerte y a los muertos de los que se sirven para alejar los males.  Costumbres, creencias y ritos que se suceden desde un remoto pasado que encierra como veremos a continuación curiosas sorpresas.

       Las fiestas de invierno por el contrario han sido dedicadas secularmente a proporcionar salud y alejar las enfermedades tanto de personas como de animales y campos a los que se consagraba para preservarles “una buena salud”. El santoral del invierno esta compuesto por una corte de Santos y Santas a cuya cabeza se hayan San Sebastián, San Antón, San Blas o Santa Agueda abogados infalibles contra las epidemias y pestes, afecciones de garganta, gripes y constipados, etc. a los que se festeja en ruidosas procesiones de tipo pagano en las que los asistentes acudían con “mojigangas” disfraces, portando palos con vejiga de cerdo hinchadas con las que golpeaban a los asistentes y armando mucha “bulla”. Estas procesiones paganas terminaron en el siglo XVIII bajo pena de excomunión para el que asistiese “sin decoro” a los actos religiosos. Durante las fiestas de invierno tienen lugar una de las fiestas más interesantes y complejas de cuantas he recogido en esta hermosa comarca natural, se trata de las Carnestolendas o carnavales que en estas tierras están unidas íntimamente con las celebraciones de las levas o quintas medievales, que a su vez recogen algunas costumbres arcaizantes herederas, quizás, del substrato cultural arcaico de las sociedades guerreras y los ritos de madurez sexual masculino Vetton.

     Durante los meses de la primavera se celebran una serie de fiestas y tradiciones destinadas sobre todo al cortejo y el amor, tras una purificación y renovación representada físicamente en la tierra que estalla y florece por todas partes. Los meses de abril, mayo y junio son meses de muchas labores, los campos han de ser preparados para cultivarlos y los ganados hambrientos tras el invierno aprovechan la luz del día en jornadas cada vez más largas. Es el tiempo de las celebraciones religiosas a cuya cabeza se halla Semana Santa, el Corpus Cristy con su octava, la Cruz de Mayo y las fiestas de San Juan. Junto a estas celebraciones conviven otras totalmente opuestas que guardan las santeras y curanderas o quitadoras del mal de ojo, cuyos poderes se pasan la noche del jueves o viernes Santo, “al ser los dos únicos días del año en los que Dios no puede mandar, pues esta muerto”. Por si esto fuera poco estos hombres y mujeres que se encargaban de proteger contra los hechizos de las brujas recogían la noche de San Juan determinadas plantas cuyos poderes esa noche eran de tipo sobrenatural.

       Por último los meses del estío son los más frenéticos las labores se suceden y el tiempo libre es algo casi desconocido para estas gentes afanadas a recoger y preparar todo lo que cada temporada les ofrece. Los campos se pueblan de familias y gañanes dedicados a la agricultura, mientras que los pastores abandonan el valle y ascienden hacia las cumbres en busca de los más frescos y verdes prados del cerbunál y piornal serrano. En medio de tanta labor y faena la mayoría de las localidades guardan una semana o dos en julio agosto o septiembre  para festejar sus fiestas patronales y ferias principales. Esa semana se deja todo y todo el mundo acude puntualmente a la localidad en cuestión descansando y celebrando con entusiasmo y participación personal en las fiestas en las que se incluyen los juegos de toros como tema más relevante en una sociedad que tiene en este animal la representación totémica de una representación divina  que toma la forma de dicho animal y que trataré más profundamente más adelante.


                                         
FIESTAS DE INVIERNO, LA OTOÑÁ: (octubre, noviembre y diciembre).

OCTUBRE.

 12 de octubre El Santo Cristo de la Expiración en el  Arenal.

19 de octubre Romería a San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro.

NOVIEMBRE.

1 de noviembre,  la Moragá:

        También se le llamaba “día de las ánimas del purgatorio” o de Todos los Santos. En todos los pueblos de la comarca de la Vera Alta se celebra la curiosa fiesta de “la Moragá” o “la calbotá”. Es la fiesta para recordar y dar culto a los muertos familiares, prestando especial atención a aquellas almas que por algún motivo hubiesen  quedado atrapados entre este mundo y el del más allá. 

        Es una tradición pagana que aún persiste en una sociedad eminentemente agropecuaria que ha mantenido ciertos ritos ancestrales. Todo parte de la conciencia de la “otra vida”, de la concepción tradicional de la vida tras la muerte por parte de los veratos serranos. En esta tierra abundan las leyendas mitológicas en las que seres sobrenaturales y animales fantásticos conviven con ellos. Personajes como las isabas que salen de algunas fuentes  en las noches de luna llena o en la de San Juan, los terribles orcos con un solo ojo, cuerno y pata que devoraba ganados y pastores despistados y que tiene su cueva en el termino del Arenal, Maquilandrones, Machurreros, Jarramaches, Zurramaches y Cucurrumachos que aterrorizaban con sus mascaras y varas a los chiquillos. La existencia de sierpes peludas monstruosas capaces de comerse un cerdo, brujas, nigromantes, Ecos, bestiglos y un largo etcétera. Creencias y supersticiones de las que se protegían utilizando un complicado sistema de símbolos y fetiches.

    Tradicionalmente el paraíso de los Veratos Serranos se ha concebido como un lugar similar al hogar y entorno terrestre, más bonito y cómodo, en el que se reunirían todos los familiares fallecidos y viviendo  eternamente felices junto a Dios. Pero en algunos casos por el comportamiento en vida del difunto o el maleficio de alguna bruja, algunas almas se quedan atrapadas entre esta vida y la muerte, vagando eternamente sin encontrar el descanso e incordiando y entrometiéndose en las cosas de los vivos, perturbándolos hasta la locura e incluso hasta la muerte, sin cesar de aterrorizarlos hasta que el espíritu incordión encuentre la forma de descansar eternamente en el otro mundo. Tal es así que para facilitar el viaje al otro mundo cuando alguien fallecía era expuesto en su casa para velarle pero se le daba la vuelta a una teja del tejado, que recibe el nombre de “teja revolvedera”, por la que el espíritu del difunto o difunta pueda entrar y salir de la casa hasta que por fin encuentre el camino al otro mundo, que solía durar nueve días, tiempo en el que en el lugar donde se veló el cadáver se ilumina constantemente con una vela o lamparilla de aceite, para que el difunto encuentre la luz.

  Pero había una serie de días en los que era más que posible ver a  los espíritus de los muertos: algunos de estos días eran: Jueves Santo y Viernes Santo, la Noche de San Juan, el día de San Bartolomé y, por supuesto, el uno de noviembre, el día en el que todos los muertos podían salir de sus tumbas para terror de los vivos.

Tradicionalmente se celebra de la siguiente forma; por grupos de familiares y o amigos se reúnen y llevando vino nuevo de hogaño y castañas en abundancia, con algo de cerdo para asar a la brasa y pan, se dirigen en alegre compañía a un punto de los montes y fincas que rodean los pueblos de la comarca lejos de los hogares. Allí juntan leña y entre bromas y cantares pasan el día lo mejor posible bebiendo vino. Al atardecer se recogen “brazadas de jaugos” (hojas de pino secas que dependiendo de cada localidad reciben diferentes nombres, como por ejemplo en Guisando que a las hojas secas del pino las llaman agujuos). Se coloca una capa de jaugos sobre el suelo en los rescoldos de la hoguera, se coloca otra de castañas encima, y encima otra de jaugos y así hasta  que se queden sin castañas para asar. Lentamente, a medida que el sol declina, se asan las últimas castañas que previamente han sido rajadas para evitar que revienten, aunque siempre se dejan algunas sin rajar para que exploten asustando a los comensales más tragones. Antes de que la obscuridad se adueñe de los campos regresan todos a sus casas, donde se lavan la cara y manos tiznadas- en muchos casos intencionadamente- mientras que las campanas  no cesaban de tocar toda la noche “a difunto”. Aquella noche se escuchaban las leyendas que aseguraban que los muertos indicaban a los vivos limpios de corazón el escondrijo de un gran tesoro, o la historia de la Mora encantada de la fuente de Sabina en Arenas de San Pedro que enamora y mata a cuantos hombres oigan su canción hechicera la noche de San Juan y algunas de luna llena, o las terroríficas leyendas de las Ánimas y las luces misteriosas y aterrorizadoras de la Santa Compaña que perseguían y mataban de miedo a quienes anduviesen por los campos aquella noche, leyenda como la que se cuenta en Gavilanes de la procesión de muertos que sale esa noche y que esconde un magnifico tesoro en el tronco hueco de un pino imponente; viejas historias de muertos como el cuento de la “Asaura, ura, ura me huele a la sepultura” o “la leyenda del anillo del cura” capaces de dejar sin pestañear al más valiente de los mozuelos.

          En esa noche todas las puertas y ventanas quedaban firmemente cerradas y a nadie se le olvidaba dejar las tijeras o tenazas de la lumbre abiertas en forma de cruz sobre las ascuas de la lumbre para que no entrase ningún ánima por la chimenea. Tras las ventanas y puertas se colgaban ramitas de laurel, olivo y romero del domingo de Ramos o ramitas de romero y tomillo recogidas en la procesión del corpus o en las luminarias. Del techo se colgaban haces de ramas de Aceres o arce común, para impedir la entrada de ningún mal. Si en la casa había una teja Revolvedera esta se volvía a colocar  bien para impedir que nada ni nadie entrara por el tejado a su casa, volviéndola a revolver a la mañana siguiente. La fiesta y la alegría del día se trocaba en angustia y miedo por la noche cuando el sol dejaba paso a la tiniebla brumosa  y fría del mes de noviembre en esta tierra de Gredos.

      Si observamos algunas anotaciones hechas por cronistas griegos y romanos ha cerca de las costumbres y celebraciones que se llevaban a cabo en el mes de octubre en las culturas indígenas peninsulares y concretamente las culturas del área celta y celtibera, observamos ciertas costumbres y ritos paralelos que bien pueden no ser meras coincidencias y casualidades y que me limito tan solo a apuntar sin más interés que la mera descripción.

            Gracias a los cronistas clásicos sabemos que para los grupos de Hiperboreos o celtas, el uno de noviembre era el día primero del año y se celebraba dando culto a los muertos. Por miedo a que estos interfiriesen en la vida de los vivos, tenían la costumbre de ir al campo a hacer lumbre y comida, en vez de en los hogares de las casas, para que por la noche los muertos confundidos por los resplandores de los rescoldos de las hogueras diseminadas por los campos se alejasen de los poblados y de las casas. Sus moradores, yendo de hoguera en hoguera, se tiznaban la cara por si algún muerto le saliese en los caminos se asustase y le dejase en paz al verle tiznado tomándole por otro “espanto” o fantasma. Curiosamente la fiesta de la moragá consiste básicamente en  hacer lo mismo, salir de mañana al campo, hacer lumbre y guisar una comida ritual, hacer libaciones con vino, tiznarse la cara y al bajar a las casas encerrarse y atrancar puertas y ventanas para  que no se viese luz desde fuera.

        Durante las horas en las que no hay luz del sol no se podía salir a la calle ni mucho menos lejos al campo, acechaban todo tipo de males y demonios y lo que es peor la Santa Compaña. Yo mismo he recogido de boca de los protagonistas más de un encuentro con la Santa Compaña. El último lo recogí en el anejo de Mombeltran, la Higuera, donde un grupo de tres personas aquella noche del uno de noviembre de 1.932 pensando que los montes de encina estarían sin la vigilancia del guarda, salieron la noche de las ánimas al monte a recoger unos costales de bellotas. Al poco de salir del pueblo cuentan que les salieron las luces de las ánimas y que les persiguieron hasta bien entrado en el pueblo, aterrorizándoles de por vida.

          Por la noche las mujeres solían encender lamparillas de aceite y rezar largas oraciones, rosario en mano, mientras que las campanas no cesaban toda la noche de dar su lúgubre nota. En algunas localidades había la costumbre durante esa noche de ir cada vecino a tocar la campana por “los suyos”, se formaban largas filas y se iban turnando, pues se creía que por cada campada que dieran sacarían del purgatorio a alguno de sus familiares fallecidos. Las horas de mayor frío en la madrugada solían ser los quintos cargados de castañas y vino  los que pasaban toda la noche tañendo a muerto, para aguantar el frío intenso hacían lumbres en los campanarios dando al las torres de los templos un aspecto poco usual.

  Actualmente la fiesta se sigue celebrando, aunque la mayoría de la gente sale al campo por la tarde, dejando la mañana para visitar el cementerio y embellecer las tumbas y nichos familiares.

                                                                                 
Orégano nos de Dios, que guarro no ha de faltar....
                                                                               
DICIEMBRE.

8 de noviembre. “La Virgen de las Matanzas”.

            La fiesta de la Virgen de la matanza es la fecha a partir de la cual los habitantes de la Vera Alta Serrana empezaban a sacrificar sus cerdos, por lo tanto se trata de una fiesta pagana cristianizada del sacrificio del cerdo. El protagonista indiscutible es el cerdo. En nuestra comarca este animal ha gozado de muy buena reputación, y se le ha criado en las dehesas a partir de bellotas, frutos de temporada, sobras y con hierba.

            A los cerdos se los mataba a partir del día de la Virgen de las Matanzas, pero se ponían bajo la protección de San Antón. En todos los pueblos se daba culto a San Antón, patrono de los animales y a cuyos pies  se representa un cerdito, “que ni come ni bebe, y está gordito”, como dice la  tradición oral. De San Antón era un cerdo que se engordaba entre los vecinos de cada localidad y que dormía en los corrales del común o municipales y que era sorteado entre los habitantes de cada localidad como veremos en el apartado dedicado a este Santo y su fiesta tradicional.

           El aprecio al cerdo y la idoneidad del terreno para su cría a gran escala en las montanerias de las dehesas y ejidos hicieron del oficio de porquero un habito muy común y extendido. A partir del siglo XVIII al ganado moreno, los cerdos, se les prohibe andar libremente por las calles de las villas y aldeas de la comarca, por los problemas que producían, tanto de salud publica como de ataques a chiquillos a los que en algunos casos llegaron a matar, como uno de los muchos casos recogidos por el excelso profesor don Eduardo tejero, en su libro Arenas de San Pero en el siglo XVIII en el que recoge el caso de un niño que muere en Arenas tras serle comida una mano por un cerdo que andaba suelto por las calles. A partir de entonces los cerdos que estuviesen sueltos por las calles eran llevados a los corrales municipales y tras pagar una fuerte multa eran devueltos a su amo, de lo contrario se lo quedaba el concejo, tan solo el cerdo de San Antón se libró en algunos pueblos, al estar sobrealimentado y no producir problema alguno.

       En cada aldea, pueblo y villa había uno o varios porqueros que recogía los animales en un punto especifico de nuestros pueblos y los llevaba de montanera, es decir a comer bellotas y productos del monte  en general. Los porqueros se levantaban hajañikin, tocaban repetidas veces una cuerna de toro en una plaza en la que por lo general había una fuente, reuniendo a los cerdos que una vez sueltos de sus zahurdas o cochiqueras por sus amos caminando solos por las calles hasta la plaza desde donde partían de montanería. A la tarde o al abriquecer  volvían a la misma plaza y desde allí cada uno se encaminaba solo a su zahurda donde le esperaban todos los desperdicios familiares y los excedentes de la huerta y frutales. A los cerdos se les guardaba sólo para dormir en zahúrdas o cochiqueras.

        Aunque hoy en día hay gran variedad de razas entre las más preciadas han sido; los Jarros, el cerdo rojo autóctono más pequeño que las razas europeas, solía ser el ibérico de capa negra o rojiza, conocidos con el nombre de coratos.

La matanza:

     A partir del día 8 se comenzaba a preparar la matanza, se compraban las calabazas, cebollas, ajos, orégano, pimentón, cominos, sal, etc. En los pueblos de la comarca de Gredos, solían matar junto con el cerdo a una cabra u oveja vieja, con cuyas carnes se confecciona un chorizo especial sabrosísimo. El día de la Virgen de las Matanzas se sacaban los almireces, los calderillos, los panderos, zambombas, rabeles,  sartenes, cántaros etc. dando comienzo las rondas nocturnas en las casas, donde se reunían los amigos y familiares a charlar, contar, y cantar por las noches en los escaños de castaño frente al calor del fuego al tiempo que preparaban todos los útiles y especias necesarios para curar la matanza.

        Para las matanzas la chiquillería solía dar el ”sanjumero”, “sajumerio” o “saljumerio” a las casas donde se estaba embutiendo la “chicha Piká”, era una broma que consistía en tirar dentro de las casas, donde se reúne mucha gente una lata, puchero, lata o bote, en el que se meten unas brasas encendidas a las que se echa guindillas, pimientos secos, trozos de cuerno, o gomas para que provoque un denso y pestilente humo  obligando a todo el mundo a salir de la casa a toda prisa.

   Las matanzas en nuestra comarca suponen una fiesta principal, a la que asistían los amigos y vecinos, junto con los familiares principales que acudían a ayudar y a comer durante tres o cuatro días, en un ambiente de fiesta y diversión. Era una oportunidad para las novias y novios entrantes en los clanes familiares, para demostrar su valía y destreza, buscando la aceptación de toda la familia.

  Los cerdos, capados desde lechones, se mataban cualquier día de la semana, pero si se tenía que matar a una cerda ésta era sacrificada invariablemente el viernes, de lo contrario su carne se perdería. Tras tener al animal un día en ayuno para que se le limpiasen las tripas, a la mañana muy temprano un hombre armado con un gancho de hierro sujeta al animal, clavándole el gancho por debajo de la quijada inferior, que hace retroceder al animal que intenta librarse del gancho al tiempo que chilla desesperadamente. En ese momento otros mozos sujetan al animal por las patas traseras, lo tumban en el suelo y le atan las patas traseras a las delanteras cruzándoselas. Acto seguido le suben a la mesa el hombre que sujeta el gancho estira de la quijada del animal dejando el pecho de este al descubierto momento que el patriarca aprovecha para clavar el cuchillo en el cuello directo al corazón; del agujero brota un abundante chorro de sangre que es recogida por la matriarca, que la remueve con un cucharón de palo o con las manos al tiempo que echa sal gorda para evitar que se coagule, esa sangre se utilizará para guisar las sabrosas morcillas de sangre y para hacer sangre frita.

           Una vez desangrado, el animal es chamuscado con retamas de piornos, jaugos o haces de centeno  para dejarle “limpio” o pelado sin cerdas. Se le quitan las pezuñas, que son lo único que se tira o desperdicia. Una vez socarrado, los chiquillos reclamaban el rabo y o la jeta del cerdo, que se disputaban  para acabar asándolo sobre una teja puesta en las brasas de la lumbre que calienta agua incesablemente y en la que a partir de este momento no cesarían de ir y venir trozos de cerdo asado que reciben el nombre de “morago”. Tras colgar al animal y limpiarle de vísceras, las mozas y mujeres van a lavar las tripas y los mondongos al cauce de los ríos y gargantas. A media mañana se guisa la sopa de cachuela o fañaña, especie de sopas de ajo con el hígado del cerdo sacrificado y cominos, sopa que se reparte entre todos los asistentes y vecinos del barrio. El resto de vísceras como los riñones, el corazón, el bofe, etc. se feria y  se comía ese día o se guardaban para hacer los chorizos sabadeños o de sábado, especiales para los guisos y cocidos tradicionales. Por la tarde se empezaba a destazar al animal, separando cada pieza y adobándola, salándola o embutiéndola según su uso. A la noche se empezaba a subir los embutidos colgados en latas (varas de pino) a los ahumados sobrados de las casas. Pero en algunos lugares como en Arenas de San Pedro, antes de subir  las latas llenas de embutidos al sobrado se “bailaba la morcilla”, esto consistía en que entre dos mozos o mozas o un mozo y una moza sujetando cada uno de una punta la lata llena de morcillas bailaban la jota, al son de los almireces, sartenes, botellas de anís, panderetas, rabeles, etc.  Con el ritmo frenético de la jota más de una morcilla, mal atada o de tripa seca, se rompía y caía, yendo a parar a la sartén y siendo comida por los presentes. En cuanto a los embutidos y piezas gastronómicas salidas de los productos de la matanza, hay que decir que la variedad incluye variantes locales y familiares.

 Así los chorizos pueden ser: sabadeños, de cagalar, de acelgas, picante, dulces, de cabra y cerdo, de huevo, de ciervo o jabalí,

Morcillas: de calabaza, de arroz, de sangre, de patata, de cebolla, de acelgas, de menta  y/o poleo, morcilla blanca hecha con carne de oveja y huevo.

Lomo embuchado y adobado, picado de chorizo y de morcilla, salchichones, jamones, costillas y espinazo adobado, tasajos, antima, tocino salado y tocino adobado, manteca, chicharrones, turros o testículos, manos, codillos, sesos, y un larguisimo etcétera,  sin olvidar la vejiga con la que se fabrican las zambombas que resonarán hasta finalizar la Nochebuena.


Esta casa es casa Grande, aquí vive un caballero, tiene la mujer bonita, los hojos como luceros...
                                                                                    
Las Nochebuenas:

   Tras la fiesta de la Virgen de las Matanzas, llegaban las Nochebuenas. Lo que aún sigue llamando la atención son las impresionantes rondas que aún recorren las calles, llueva o no llueva, cantando alegres canciones y romances, entre algún que otro villancico. Pueblos como Candeleda, Arenas de San Pedro, San Esteban del Valle, Casavieja, o Piedralaves, aún salen por las calles en animadas  cuadrillas las noches y madrugadas del 23, 24 , 25, 30 de diciembre y el, 1, 5, 6 de enero. Las rondas en nochebuena suelen ser mixtas y en ellas suelen acompañar los niños y niñas. Como curiosidad, decir que la zona del Barranco siente una especial predilección por el uso de grandes zambombas, la zona de Arenas de San Pedro sobresale por el uso de grandes panderos que se cuelgan del cuello y espalda y que son golpeados con palos de angélica, mientras que Candeleda y su comarca suelen gustar de tocar grandes calderos de hierro.

 Aunque lo cierto era que poco tiempo libre tenían por esas fechas, empleados a fondo en la inminente recogida de la aceituna. Y es que a partir del Día de Reyes e incluso antes, dependiendo de cómo viniese el año, hombres, mujeres y niños acudían en masa en las frías y húmedas mañanas y tardes a los olivares desparramados en bancales, donde las mujeres se arrodillaban en torno a cada olivo y mientras los hombres avareaban el fruto ellas lo recogían a uñate, esto es una a una con los dedos entumecido por las heladas invernales. Los niños recorrían los márgenes y zarzaleras de los olivares en busca de las cabras, o lo que es igual, las aceitunas  que se habían escondido lejos de la vista y tronco de la oliva. El último día se celebraba la Fiesta del Remate, en la que se comía y bebía  en abundancia, mientras las mujeres y mozas hacían pesadas bromas a los mozos despistados, como el maculillo que las areneras daban a los mozos, golpeándoles las posaderas contra los cantos del suelo. Las cuadrillas entonaban las tonadas de la aceituna, de las que la comarca guarda un amplio y rico repertorio musical. También por este tiempo se recogían las naranjas y los limones de las huertas y patios serranos. De ahí la copla de corte amoroso que se cantaba bien entre los olivos, bien a la sombra de los naranjos:

                                                               Aceitunas y naranjas,
                                                            Maduran para el invierno,
                                                              Por eso nuestros amores,
                                                            Andan a expensas del hielo.
                                                               Ya vienes de la aceituna,
                                                                   Cara de quitapesares,
                                                                    Carita como la tuya,
                                                                 No anda por los olivares.
                                                              Despacito, más despacio.
                                                           Que se ha quedado dormida,
                                                               Debajo de los naranjos…

   El día 24 los chiquillos salen a pedir el aguinaldo o aguinaldillo de casa en casa y al día siguiente, el de Navidad, los vecinos reunidos en grupos de amigos o familiares  salían a pedir el chorizo maldito de casa en casa.

  La fiesta terminaba el día de San Silvestre, día en el que algunos pueblos encendían una gran hoguera en la plaza principal donde se reunirían la mocedad por las tardes y noches. Esta costumbre de  encender grandes hogueras en las plazas públicas durante las fiestas de invierno, como veremos, era algo muy común entre los pueblos de la comarca. En Pedro Bernardo por ejemplo, a partir del día de San Silvestre y  al encender la hoguera en la plaza los quintos de hogaño, salían los Machurreros, hombres disfrazados con ropas militares que usaban caretas de madera con figuras  zoomórficas o diabólicas y en cuyas cabezas se anudaban un pañuelo para ocultar los cabellos y no ser reconocidos, que  portaban una vara de mimbre en las manos con la que agobiaban a la chiquillería de la población (del mismo modo que actúan hoy en día los cabezudos en las fiestas locales de nuestras poblaciones). Estos personajes salían todos los domingos hasta el martes de Carnaval. Los chiquillos se vengaban descargando sus iras contra los perros y gatos, a los que ataban al rabo latas y o calabazas o vejigas infladas.

Tiene mi serrna tiene, en el arrabal florido, una choza y un corral, donde entran sus amoríos...

3 comentarios:

  1. un excelente trabajo quien te lo hizo? jajajajajajajajajaj

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  2. la mejor de cuantas profesionales de este medio electrónico conozco, Emma Reyes...

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  3. Fabulosa publicación, gracias y felicidades a la autora.
    (Debería firmarla)
    Sds

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