martes, 3 de mayo de 2011

Daniel Peces Ayuso.

TRADICIONES DEL VALLE DEL TIETAR PARTE 5




Antes de ser casada, dijo su Juan. Vende la mantellina, que no hay pa pan....


LA PETICIÓN DE LA NOVIA.

“Ayer le dije a tu padre, que le iba a pedir tu man
Y me dijo el condenao,  lávate las tuyas guarro”

               Cuando las relaciones se formalizaban o “enconaban”, hablaban los familiares del novio entre sí para dotar al novio y una vez establecida la dote se reunían en casa de la novia para ir a pedirla y ajustar ambas dotes. La novia pondrá la cama, el colchón y la lana, el ajuar y cacharros para el uso de la casa y el personal y alguna que otra finca donde  poner el huerto, y poco más. El novio llevará los dineros para comprar las vistas, o todo lo que faltara a la casa, incluidos los muebles ( sillas, mesas...) . Si pertenece al grupo de los ganaderos llevará una serie de cabezas de ganado, si, de lo contrario, es de familia agricultora, tierras con frutales, sin olvidarnos de  su traje de gala. La comida de estas reuniones solía consistir en carne de oveja asada o guisada, legumbres, arroz con leche o natillas, vino, limonada, licores y tabaco y dulces tradicionales como las rosquillas, perrunillas, mantecadas, pastafloras, rizos, etc. y a ella acudían los padres de los novios, algún hermano y o hermana de los novios, la madrina y el padrino y pocos más.

   Los padrinos eran en las bodas muy importantes,  pues a ellos se les encargaban una serie de tareas y compromisos relacionadas con la organización de la fiesta. De este modo el padrino tradicionalmente pagaba a los guitarreros que no dejarían de tocar durante uno o dos días, e incluso tres . Ellos además pagaban la leña o alguna res que se comería en el banquete nupcial así como a un convite en la puerta de su casa con dulces, vino, limonada y licores. La madrina por su parte entre otras cosas era la encargada de llevar a los novios “el chocolate a la cama”. Esta antigua costumbre tiene como fin el comprobar que el matrimonio se ha consumado y que la novia ha sido tratada con “cuidado”. La madrina lavaba las sabanas que mostraban las manchas de la batalla, para honra de la novia que supo guardar su virginidad hasta ese día. En los pueblos del Barranco cantan una hermosa canción de boda que dice así:



Echa la bola a rodar, que ella sola se divierte.
Así me divierto yo, la noche que voy a verte.
La noche que voy a verte, siempre voy con alegría,
Por que llevo la esperanzo, de que tienes que ser mía.
De que tienes que ser mía, cuerpecito resalado,
Cuando querrá Dios del cielo, que yo me acueste a tu lado.
Que yo me acueste a tu lado, y aquella feliz mañana.
En que nos den a los dos, el chocolate a la cama.
El chocolate a la cama, y una libra de bizcochos.
Y así podremos estar, hasta mañana a las ocho.
Hasta mañana a las ocho, y hasta mañana a las diez.
Quédate con Dios paloma, que mañana volveré.

  Aún hay pueblos y bodas en las que a la mañana siguiente de la boda la madrina llevando una bandeja con chocolate y bizcochos, abre con su llave la casa de los novios y los lleva a la cama el chocolatillo. En Poyales del Hoyo aún  mantienen la costumbre de regalar onzas de chocolate a la novia, llegando a amontonar varias decenas de kilos de este dulce, que servirá para el convite y que se guardará para “darles el chocolate”. En Arenas de San Pedro, a una legua y media en la carretera de bajada a Ramacastañas, hay una fuente que se llama “del Chocolate”,  por ser una de las fuentes que más novios  vio casar, después de verlos ir y venir a por el agua de su caño, por el que sale un frío chorro de agua ferruginosa.

   En cuanto a la casa: en principio los novios sólo tenían que buscar un lugar libre en el casco urbano del pueblo y con la ayuda de los familiares y amigos levantar la propia. En otros casos, los padres del novio o de la novia ofrecían un solar, donde poder levantar la nueva vivienda familiar. Por lo general, los novios, el primer año después de casados solían ir a comer todos los días a la casa del novio y o de la novia, de este modo los padres seguían ayudando a los recién casados hasta que se instalasen tras un año de acomodo.

  Una vez puesta la fecha de la boda se hacían las invitaciones según las costumbres locales de cada pueblo. En Mombeltrán los encargados de dar las invitaciones eran el novio , la novia, el padrino y la madrina, que las daban verbalmente  ocho días antes de la boda, “para que tuvieran tiempo de planchar las camisas”. Luego se iba a hablar con el cura, el cual tres domingos antes a la boda al terminar el sermón, realizaba “el publicorío” o las “amonestaciones”, decir  públicamente el nombre de los futuros contrayentes, con el fin de descubrir si había algún impedimento antes de que se oficiase y consumase este sagrado sacramento. A partir de entonces  se llevaba a casa de la novia el llamado “cumplido”, “cumplimiento”o “la poca cosa”, que no son más que regalos en forma de azúcar, miel, chocolate o huevos, para ayuda del convite de la boda.

Dice una coplilla tradicional de la Vera Alta;


El día del publicorío, yo pensé que me moría,
Al ver que ya pudo ser, el intento que traía.
A misa me voy serrana, que se publica tu boda,
Las florecillas del campo, de color se visten todas.

Cuando llegará la misa, que publique nuestra boda,
Y oírle decir al cura, si la quiero por esposa.

A partir del domingo del publicorío las mujeres y las mozas iban “a en cá” la novia a “ver las vistas”, lo que llevaría como dote a su nuevo hogar. Todo esto se exponía en una o dos alcobas de la casa de la novia, en la que manteles, colchas, sábanas, ropas, aderezos, arcas, arcones, cacharros de cocina y de adorno. Sin olvidarnos de la espetera, especie de percha de hierro forjado y artísticamente labrado de la que colgaban los útiles de cobre como los “calientapeos”o calientacamas, chocolateras, jarrones, cobras, braseros, badilas, cubiertos de servir, y todo tipo de baches, que brillaban y relucían junto con los almireceros, cuchareros, escurreplatos, cantarera, ricamente labrados a punta de navaja por las expertas manos de algún cabrero, con sendos cántaros y el búcaro o botijo.

   Las visitas eran agasajadas según el agrado y la confianza de casa de la novia, ofreciéndose siempre un vasito de vino, limonada o licor, y algún dulce. Estas visitas se solían hacer por las tardes antes de las meriendas y cenas y a media mañana.
                                                                                        

El día de la anteboda,  mi padre mató un buen choto, y tres días después, casi me mata a mi esposo...
LA ANTEBODA.

  En algunos pueblos la boda propiamente dicha empezaba tres días antes de la misma con la “antevíspera”, ese día se juntaba la leña y todos los trastos y  útiles de cocina, y se mataban las reses. Y al día siguiente, el día de la “anteboda”, se juntaban los familiares de ambas partes, para picar y preparar la carne  de las reses sacrificadas, como por ejemplo hacían los de Poyales del Hoyo.

  El día de la “anteboda”, los mozos traían la leña para guisar el convite, en algunas localidades como en El Arenal el ayuntamiento regalaba a cada novio un pino, que él mismo hacía leña para el día de su boda. Se contrataba a una mujer mayor, experimentada guisandera, que se encargaría de organizar los alimentos, y se llamaba a un matarife que mataba y destazaba  las reses  (un ternero en los casos de más rumbo, carneros ovejas y cabras normalmente). Y aquella tarde las mozas y los mozos, cada uno por su lado, iban recorriendo el pueblo cantando alegres canciones de boda, al tiempo que en algunos casos recibían “el platillo” de sus vecinos y amigos, que consistía en dar en un plato unas pocas de legumbres generalmente judías, carillas, lentejas  o garbanzos. En algunos pueblos las mozas recorrían las calles invitando a todas las demás mujer a acompañar a la novia a la iglesia la mañana de su boda. También solían ir a pedir a vecinas y familiares platos, fuentes, calderos, sillas, mesas, tajones y manteles, por poner algunos ejemplos, pues generalmente en las casas no había  vajilla suficiente como para cubrir  los platos de una boda, por lo que las mujeres tenían sus cacharros  marcados cada una con una señal que los identificaba rápidamente. De este modo, su devolución era rápida y carente de confusiones, al reconocerse las marcas de cada cacharro prestado.

   El banquete se celebraba siempre en la casa de la novia, para lo cual tenían que  acomodar la “estanza” o zaguán de la casa en caso de mal tiempo, celebrándolo en praderas al exterior en  tiempo de verano.

  Una vez sacrificadas las reses, con las vísceras se hacía la primera comida o mejor dicho cena de la boda, consistente en guisos de alubias o carillas, cuando no de patatas guisadas con carne, en forma de sopas canas o de ajo. Para cuando se lavaban los últimos cacharros, ya estaban repletas  las abundantes fuentes y tinajas de natillas, arroz con leche, perrunillas, bollos, pastafloras, mantecados, carne guisada, judías con carne, vino, limonada, etc. surgiendo los bellos cantares de antebodas como estos sacados del cancionero tradicional de la Vera Alta:


Alegría y más alegría, hermosa paloma ¿cuándo serás mía?.
¿Cuándo serás mía?. Ya lo vas a ser. Hermosa paloma ramito de aurel.
El día del publicorío, cantaron las codornices.
Y en su cántico decían, que ya pueden ser felices.

Alegría rosas y claveles, por un cacho novio las mozas se mueren.
Las mozas se mueren se tiran del pelo, por un cacho novio se ven en el suelo.

Ya creció la hierba buena, ya florecio el alelí,
Ya se corto aquella rosa, que se crió para mí.

Ahora sí, ahora sí, ahora y siempre,
Ahora si que doy gusto a quererte.
Ahora si, ahora si, ahora y luego,
Ahora si que te quiero salero.

Mírale por donde viene, con las alforjas al hombro,
Hasta llegar a tu puerta, y pedirte en matrimonio.

Salir morenitas, salir a bailar,
Con gracia y salero para enamorar.
Salir morenitas, salir otra vez.
Con gracia y salero, que sos quiero ver.


  Las amigas de la novia en Cuevas del Valle se reunían para ir “a hacer la cama a la novia”, y guisaban la chanfaina, guiso con vísceras, como el hígado, sangre, callos, etc., de las reses sacrificadas para la boda que servía de cena entre animados cánticos y mucho ajetreo.

En la Adrada las amigas de la novia, iban el día anterior a la boda a amasar el pan de la boda. Ellas entre bromas, hacían dos tipos de  panes. Para los convidados panes con forma de flor y para los novios otro pan amasado con forma de novios con los atributos sexuales exagerados y que servía para bromear a cerca de la capacidad sexual de los novios.

  Por la noche los amigos de los novios preparan las bromas que han de sufrir a la noche siguiente. Bromas algunas de mal gusto, como por ejemplo descargar un carro de estiércol tapando la puerta de entrada a la casa, o sacando los muebles de la misma amontonándoles en un cuarto, cosiendo botones al colchón o echándole sal o huevos. Pero lo que nunca faltaba de poner eran “las campanillitas debajo la cama”. Esta costumbre también está reflejada en el cancionero tradicional. Sirva de ilustración esta copla del cancionero de epitafios nupciales arenense:

“Dígale usted a esa (o mi) serrana.
La de las medias de lana.
Que me traiga las campanillitas.
Para debajo la cama.
Y a eso de la media noche,
Se acercó el amor a mí.
Y sonaban las campanillitas.
Con el dinguilin, dinguilin, dinguilin
Con el dinguilin, dinguilin, din.


 La costumbre de hacer la cama a los novios estaba muy extendida en todos los pueblos de la comarca dándosela mucha importancia, compitiendo en el relleno de los colchones de lana o de hojas de maíz de forma desmesurada, haciendo que la cama de sus novios fuera la más grande, sirviendo de este modo de comentario obligado para las comadres del pueblo, que reparan en  su altura y el valor de las sábanas y colcha que la cubre. Estas camas eran “triscadas”, “zaleadas”, “rebujadas” o deshechas por los mozos en cuanto se despistaban un poco las mozas que intentaban impedirlo para y según la tradición “estrenarlas” los novios. Dice una coplilla que he recogido en varios pueblos de la Vera Alta Serrana;

Las mozas te hacen la cama,
Dando besos a la ropa,
Los mocitos al triscarlas,
Se los roban de la boca.
Hoy vamos a hacer la cama,
Dando un besito a la ropa.
Pues es como si le doy,
A mi serrana en la boca.
En muchos pueblos como por ejemplo en Pedro Bernardo entre otros, la noche antes de la boda salían las mozas con la novia por las calles del pueblo a invitar a las mujeres a que “la acompañaran a la iglesia”. Estas rondas no tenían canciones concretas, se solían cantar los cantares de los carnavales y los cantares de las ferias. Luego a la noche cenaban en casa de la novia la mayoría de los invitados a la ceremonia y banquete de la boda.

El cancionero tradicional tiene bellas muestras sirvan estas como ejemplo:

Salga la madre del novio, y un poquito más afuera.
A recibir a su hijo, y a reconocer la nuera.

Tengo una cuñada nueva, que es la novia de mi hermano,
La tenemos en mi casa, como un ramito encarnado.

Las sábanas de la novia, están bordadas con oro,
Que las bordó la madrina, para el día del casorio.

Esta mañana temprano, se ha deshojado una rosa,
Que se la lleva fulano, por mujer y por esposa.

Por otro lado abundan las coplas jocosas que ponen de relieve los posibles problemas familiares y conyugales, si no juzguen ustedes mismos:

A ese huerto yo no entro, por que no me da la gana,
Que en el huerto se comieron, Adán y Eva la manzana.

Quien tuviera la dicha, de Adán y Eva,
 por que no conocieron suegro ni suegra.
Suegro ni suegra niña, y se libraron,
Por que no conocieron, ningún cuñado.

Reniegan to los casaos, desde las plantas de Adán,
Y no faltan desgraciaos, deseando renegar.

De la costilla de Adán, hizo Dios a la mujer,
Por eso tienen los hombres, ese hueso que roer.

Si una suegra de azúcar, dicen que amarga.
Que haré yo que la tengo, de carne magra.
El día que me casé, que volteretas y gozos,
Y el día la tornaboda, me quise tirar a un pozo.

Pregunté yo a mi cuñado, ¿casado que tal te va?.
Y me dijo el  condenado, cásate tu y lo verás.

El día que  me casé, yo pensé que me moría,
Al ver aquel gato negro, las barbas que me ponía.

A los que casan los curas, los echan la bendición,
Para que no se den cuenta, que han cometido un error.

El cura que da la misa, dice en cada casamiento,
Si supierais infelices, el negocio que habéis hecho.

Compañera te doy hijo, me dijo el que me casó.
Y al darme ese regalito, que agustito se quedó.

Siempre que voy a una boda, ya se lo que voy a ver,
El cura sale ganando, y un primo que va a perder.

Desde que me hice casada, no he conseguido una vez.
El darme un día el gustazo, de mandar en mi mujer.

En el matrimonio hay paz, en lo que dura el dinero,
Ya veras cuando no haiga, ya veras que es el infierno.

Cuando yo dije si quiero, me tuve de estar callada,
Por dos palabras tan cortas, buena cadena me echaba.

Que el demonio son los hombres, siempre dicen las mujeres,
Y luego andan deseando, que el demonio se las lleve.

Un pajarillo volando, se metió en un casamiento.
Que contenta esta la novia, con el pajarillo dentro.

Si la mujer te gobierna, y te quita de gastar,
Y sales ya de ronda, pa que te fuiste a casar.

Agárrate a esta alcallata, y no pidas limosnero,
Que en casándote conmigo, no te hará falta el dinero.

No vallas por ahí diciendo, que yo te quiero a rabiar.
Mira que tu padre rabia, por que no hablo de casar.

El que se casa en invierno, mal lo tiene pa comer,
Le ponen un par de cuernos, y le dice su mujer.
Tu eres el toro del pueblo.

Me han dicho que eres el novio, novio de mi prima hermana,
Si no te casas con ella, no la tengas engañada.

A saltos anda el gorrión, y pa atrás van los cangrejos,
Y yo ando muy malamente, ende que me llaman yerno.

El día que me casé, convidé a un fraile calvo,
Y de espigorio me echó, dos duros, pero eran falsos.


El día que me casé, que regocijo y que baile,
Y el día la tornaboda, a un pozo quise tirarme.

El día que me case, que alegrías y que gozo,
Y a la mañana siguiente, me quise tirar a un pozo.

Mira que es el matrimonio, asunto muy peliagudo.
Que to los que están casados, al poco tiempo echan humo.

Que el trece es de mal agüero, nadie lo puede negar.
Trece monedas le piden, al que se quiere casar.

El día que yo me case, quiera Dios que no aparezca.
Ni el cura ni el sacristán, ni las llaves de la iglesia.

No me llames cuñado, hasta que no acuñes.
Que las cuñitas sirven, para la lumbre.

Mientras andaba soltero, vivía mejor que Dios,
Y ahora no hay Dios que me aguante, del genio que tengo yo.

     En el Almanaque parroquial de Don Marcelo se recoge una cancioncilla titulada el Frailecillo, que cuenta una entrañable confesión de un mozo casadero, dice así:

Cierto galán que a casarse, gozoso se preparaba,
A los pies de un frailecillo, se arrodilló una mañana.
Y le rogó muy humilde, que sus culpas le escuchara,
Confeso dijo, que quiero, que me mata una serrana.
Pero todo esta dispuesto, y hoy mismo se nos casa.
Contóle otros pecaduelos, el novio muy a la larga.
Y el fraile le oía atento, sin decirle una palabra,
Mirando ya por su parte, la confesión acabada.
Dicho el ego te absolvo, extrañado le dejaba,
Escapar tan bien librado, antes de volver a casa.
Dijo el penitente, ¿Padre no me manda rezar nada?.
¿Ni hacer  otras penitencias, que mis culpas satisfaga?.
Le contestó el fraile, componiéndose las barbas.
¿Qué más penitencia quieres, no me has dicho que te casas?.

Casadita y compuesta, te quisiera yo ver, que soltera y arreglá, cualquiera lo es...

De esta burla no se escapaban los suegros y suegras, a los que la tradición oral ha creado un buen número de coplas que ponen de manifiesto lo dificil que era a veces la convivencia entre suegros, nueras y yernos, sirvan estas coplas como ejemplo ilustrativo una vez más:
Quisiera volverme niña, gallo de tu gallinero.
Pa develar a tu padre, que es el que me quita el sueño.
Que bien me supieron niña, las rosquillas de tu madre,
Y que descompuesto luego, con tres tortas de tu padre.
En los pueblos del Barranco se canta una hermosa canción de ronda que habla de las penas de algunas recién casadas, dice así:
Tres días de casada, tuve tres penas,
Hambre, poco dinero, dolor de muelas serrana.
Al pie de una sierra nevada,
El cabrerillo niña te aguarda.
Dile que no voy que estoy mala,
Dile que no voy que se valla.
Cabrerillo quinto mala suerte te tocó.
Si te vas a la guerra contigo me voy yo.
Que no me quedo sola, que no me quedo no.
Que no me quedo sola, que me voy con mi amor.
Tres días de casada, dijo mí Juan,
vende la mantellina, que no hay pa pan serrana.
Al pie de una sierra…………….
Tres días de casada, puso la hoya,
Con aceite y vinagre, y una cebolla serrana.
Y al pie de una sierra…………..

La novia lleva la honra, en el pico del pañuelo. El novio también la lleva, en el ala del sombrero.

LA BODA.


“Entraste en la iglesia, para ser casada,
a gala lleva el nudo, de su lazada.
De su lazada niña, de esta manera,
Salen bien casaditas, to las solteras”.

  A la mañana siguiente muy temprano, se va  la novia a confesar si no lo hizo el día anterior, igual que el novio, y luego se visten de gala. La novia llevará en su cabeza o sobre el pecho un ramito de flores blancas o de azahar, como símbolo de pureza y virginidad, grandes pendientes de lazo o de herradura, gargantillas con veneras, cruces, medallas, amuletos, galápagos o tembleras, cubriéndose la cabeza con la ancestral mantellina y luciendo el tradicional pañuelo de “Ramo Negro o de Pava”.   Al novio por su parte no le faltará el sombrero de gran ala llamado de Rocaor, y la capa de paño negro o pardo, junto con la faja ricamente bordada y luciendo botonadura de rica filigrana en plata y u oro. En casa los padres dan la bendición a sus respectivos hijos con gran ceremonia, al tiempo que les aconsejan y ponen en aviso de su nueva condición de casados y las nuevas responsavilidades que eso conlleva.

Los convidados por parte del novio se reunían con los guitarreros a primera hora en busca del novio. Poco antes han ido a buscar a la madrina  a su casa, en caso de que no ejerza de madrina la madre del novio que era lo más común, junto a las hermanas y tías. En la casa de la madrina se ofrece un aperitivo de dulces tradicionales y limonada a toda la compañía, luego van a buscar al novio con sus amigos y parientes,  en compañía de los guitarreros cantando alegres canciones tradicionales como por ejemplo esta.

Desde que te vi, ya no puedo más,
Tus ojos morena, me van a matar.
Me van a matar, me tienen a mí.
Malito en la cama, desde que te vi.

Quisiera morirme pronto, y ángel del cielo volverme.
Para serlo de tu guarda, y estar a tu lado siempre.

Voy a misa y no oigo misa, que Dios Padre me perdone.
Por que no quito los ojos, del banco donde te pones.

Tu ventana es campanario, y tu reja el sacristán,
Los geranios son los santos, que nos has de acompañar.
Y una mañana temprano, caminito del altar.

El novio lleva la honra, en el ala del sombrero,
Y la señora madrina, en el pikao del roero.

El novio es un clavel fino, cortado en el mes de enero,
La madrina es azucena, criada entre los romeros.

Todo será para ti, para ti, jardinera.
Todo será para ti, para ti retrechera.
Jardinera, jardinera, los millones de España te llevas.
Eso si, eso no, y a dar parte y al gobernador.
Y eso no y eso sí y a dar parte a la guardia civil.

Hay morena que por tu ventana,
Me diste un ramito de lindas manzanas.
Hay morena que por tu balcón,
Me diste un ratito de conversación.

Cuanta veces vida mía, te asomarás al balcón.
Y te quitarás llorando, al ver que no paso yo.

Cuando los guitarreros, vienen rondando,
A la novia y al novio, llevan cantando.

Vamonos a por la rosa, que es la flor de los rosales,
Capullito de alegría, y consuelo de sus padres.

A continuación  se encaminan hacía la casa de la novia cantando alegres canciones de boda. En algunos pueblos los mozos cuando llegaba el novio a la casa de la novia le gritaban: “¡que se la llevan, que se la llevan!”. En la Adrada aún se canta un hermoso estribillo de su más conocida  canción de bodas que dice así:

Que se la lleva, que se la lleva.
La mete mano y ole, en la faltriquera.
Que se la lleva, al molinillo,
La mete mano y olé, y en el bolsillo.

 Al llegar a la puerta de la novia, donde se arremolinan sus amigas y familiares, el novio entra en el humbrál de la puerta a por su prometida; de rodillas, reciben allí mismo en la puerta de la casa de la novia la bendición del padre ante todos los asistentes. En algunos pueblos, Guisando por ejemplo, había una curiosa costumbre: el novio al llegar a la casa de la novia, armado con una porra de brezo blanco o de jara adornada con cintas y pintada en ocasiones de rojo, la tiraba por la gatera de la puerta o por una de sus hojas abiertas al tiempo que el novio decía en alta voz:

-¡Porra en casa!. ¿Pasa o no pasa?.

 Si desde dentro el padre de la novia tiraba o devolvía la porra al mozo, mala señal, la boda no contaba con su consentimiento, pero si se abrían las puertas y salían los padres de la novia y tras ellos la novia y tras ella los hermanos y familiares, y se le entregaba al mozo en mano la porra, la boda se podía llevar a buen término.

En la mayoría de los pueblos en el humbrál de la casa de la novia el padre de esta daba su bendición a los novios, estos se arrodillaban y el patriarca haciendo la señal de la cruz sobre sus cabezas con la su mano derecha, decía esta frase; ”Yo os bendigo en el nombre del Dios Padre, del Dios Hijo y del Espiritui Santo”. Allí en el zaguán de la casa de la novia esta se prendía la mantellina delante del novio en algunas localidades el novio debía estar a la derecha de la novia mientras a esta se la prendía el velo o la mantellina, según el uso y gusto personal. En Guisando recogí a mi buena amiga  la Tía Dominga la del Altozano esta hermosa canción de bodas que hace referencia a esta curiosa costumbre de entrar la porra en casa de la novia antes que el novio, dice así:

Mi caballito no bebe, aguas de ningún venero,
Se lo daba mi serrana, en un calderillo nuevo.
Hay linda dama y ole, y ole, y ole, ramito de laurel y ole.
Una noche haciendo luna, lleve a mi caballo al verde.
Me le corrieron los lobos, el que le tiene le pierde.
Hay linda dama…………
A mi caballo le lleve, hojitas de limón verdes,
No se las quiso comer, mi caballito se muere.
Hay linda dama…………
Mal rayo le parta al rayo, que a mi caballo mató,
Si no fuera por el rayo, caballo tuviera yo.
Hay linda dama…………..
Soy  del rayo, viva el rayo, soy de la gente tronera,
De la familia  “los tales”, yo soy el más calavera.
Hay linda dama……………
Desde la sierra he venido, al galope hasta tu casa,
Con todo acompañamiento, por ver si pasa o no pasa.
Hay linda dama……………
Por ver si pasa la porra, por ver si sale o si entra,
Y aquí me he de esperar, hasta saber tu respuesta.
Hay linda dama…………..
Dios os guarde los postigos, las puertas la Virgen Santa,
Todos los Santos del cielo, los balcones y ventanas.
Hay linda dama…………..
A tu puerta esta el preso, que espera misericordia,
Que se abran los postigos, para entrar en la gloria.
Hay linda dama……………
A la puerta salió el sol, en el  humbrál un lucero,
Salga la estrella brillante, que es la prenda que yo quiero.
Hay linda dama……………
Ya pueden cortar el ramo, y bordarla el guardapies.
Si la falta el ringorrango, el ringorrango la echaré.
Hay linda dama……………
Échela uste el ringorrango, a la novia en el guardapies,
Échela usted el ringorrango, el ringorrango la echare.
Hay linda dama………………

 Todo esto no era posible sin la existencia de músicos tradicionales locales que eran contratados por algo de dinero o por la comida. La importancia de los guitarreros era tal que en casos como el de San Esteban del Valle, nos dan una idea de su valor. En este pueblo barranqueño, cuando una pareja se casaba, era acompañada por los guitarreros hasta el final de la boda, como en cualquier pueblo de la comarca. Pero en San Esteban al contrario que en el resto de las localidades, los guitarreros pagados por el padrino, iban todos los domingos y fiestas de guardar a buscar a los recién casados a su casa, para llevarlos al baile, hasta que otra pareja se casaba, así sucesivamente. De este modo los guitarreros de San Esteban disponían de un recurso económico extra importante, que les permitía crear y profundizar más en esta labor  de la musica tradicional, que el resto de los guitarreros del Barranco. También en San Esteban el padrino tenía la costumbre de llevar a acostar a los novios cerrando con llave  la casa, llave que se llevaba y guardaba él. A la mañana siguiente iba a “abrir a los novios”.
Por lo tanto los novios en todo momento eran acompañados por las canciones y danzas tradicionales. Sobre todo en el momento de los bailes del espigorio o de la manzana con los que la novia hacía “buenos negocios”, bailando sin parar con todo aquel o aquella que la diera una perrilla, de tal modo que cuanto más bailaba más dinero sacaba. Estos bailes varían dependiendo de cada localidad, por lo general se hacían una vez acabada la ceremonia religiosa, en unas localidades como en Arenas o Guisando por ejemplo se hacía por todo el pueblo al que se le daba una vuelta, bailando en cada calle, plaza y esquina. En otros lugares este baile cuestación se llevaba a cabo por la tarde tras la comida del convite, y en otros por la noche tras la cena del convite como por ejemplo en Pedro Bernardo. En todos los pueblos consistía en lo mismo, la novia en unos casos llevaba una manzana pinchada en un tenedor, en la que los y las bailaoras prendían un  “alfiler con su valía” esto es un billete, o un papel escrito con un regalo en forma de especia, como pudiera ser aceite, vino, azúcar, etc. En el resto la novia se dejaba prender en el jubón de gala con alfileres la misma “valía” que en el caso anterior.  Se bailaba la jota en sus muchas variantes locales cuyas coplas hacen referencia a la celebración, sirvan estas como ejemplo;


La madrina lleva flores, bordadas en el pañuelo,
Y el padrino buenos cuartos, que los gasta con salero.

Ya sos han echao el yugo, el que usa la corona,
Ya no os podéis escapar, aunque sos piquen las moscas.

En el monte entre las jaras, besé a mi serrana un día,
Poco después en la iglesia, cara pague mi osadía.

Cuando del altar bajaste,  con el color tan subido,
Parecías rosa roja, al lado de tu marido.

Cuando del altar bajaste, echaste una mirada,
Para avisar a los mozos, que tu ya estabas casada.

Casadita sienta el pie, mira que ya no eres niña.
La polla que pone un huevo, ya no es polla que es gallina.
La madrina es una rosa, y el padrino es un clavel.
Y la novia es un espejo, y el novio se mira en el.

La novia es la rosa roja, el novio blanco clavel.
Los padrinos coral fino, los padres oro de ley.

La novia lleva su honra, en el ramo de su pecho
El novio también la lleva, en la cinta su sombrero.

A la novia en este día, Dios la de salú y pesetas.
Tenga un hijo en la su cuna. Y cuscurros en las tetas.

Ya se pusieron los platos, cucharas y tenedores.
Para que coman agusto, ese ramito de flores.

Allá va la despedida, manojo de pensamientos.
Vivan los recién casados, y todo acompañamiento.

En Arenas siendo niño recogí a mi buena vecina la señora Elvira este hermoso cantar que se cantaba al terminar de comer, dice así:
Si tuviera una cadena, cargada de plata y oro.
Yo la pondría en la mesa, en la mesa de los novios.
Si tuviera una cadena, toda ella de oro fino.
Yo la pondría en la mesa, en la mesa los padrinos.
Si tuviera una cadena, toda llena de brillantes,
Yo la pondría en la mesa, de tus hermanos y padres.
Si tuviera una cadena, repujada en plata fina.
Yo la pondría en la mesa, donde comen tus amigas.
Si tuviera una cadena, con eslabones de cobre,
Yo la pondría en la mesa, donde comen los señores.
Mira novia la tu mesa, mírala de abajo a arriba,
Mira que tienes en ella, a la gente más lucida.
Mira novia la tu mesa, mírala de arriba abajo,
Mira que tienes en ella, padres, parientes y hermanos.
Mira novia tu jubón, todo lleno  de alfileres,
Mira que tienes en él, la valía (de) la mujeres.
Mira novia la manzana, que en ella tienes presentes,
Mira novia a tu manzana, que la ha dao la buena gente.

Con la plata la pena se mata, con el oro se compra el querer,
Con el cobre se come y se bebe, viva las mujeres que saben querer.



  En Pedro Bernardo, por la noche tenía lugar una de las costumbres más curiosas de la comarca del sur de Gredos. Se trata de la de “los Danzantes”. Los hombres con el novio se encerraban en una sala amplia de la casa de los novios o del convite. Las mujeres aprovechaban para poner un poco de orden en el resto de la casa. En la sala donde están reunidos los hombres se coloca una mesa en el centro de la sala, donde se sube al novio, con la bragueta del pantalón abierta y saliendo de la misma un jarapal de la lujosa camisa de novio. Uno de los amigos o familiares, el más allegado, se erige como capitán, y toma en su mano un palo con una cuerda atada a un extremo de la que cuelga una calabaza o vejiga de cerdo hinchada. El resto de hombres se coloca en circulo entorno al novio subido a la mesa, y van girando en formación, como si desfilaran, al tiempo que al pasar frente al novio le dan tirones del jarapal que sobresale de la bragueta, el que se pasaba recibía el golpe de la calabaza del capitán. El capitán por su parte ordenaba la velocidad del paso o las paradas.

 Por la noche, y antes de llevar a los novios a la cama, los amigos  ya les habían preparado una serie de bromas, como dije anteriormente, con el fin de no dejarles dormir hasta altas horas de la mañana. En muchos casos los novios no podían dormir, o tenían que esconderse para estar a solas y tranquilos. En El Arenal, por ejemplo, desde el momento en el que la novia baila la manzana, no se les dejaba estar juntos al menos hasta  que pasaran tres días, en caso de que los novios no consiguieran escaparse. Pero como los amigos descubriesen donde estaban iban a por ellos y seguían la fiesta. Durante la semana que duraba la boda tradicional en El Arenal los hombres solían dormir en una casa y las mujeres en otra, hasta el final de la misma. Al tercer día después de la boda, llevaban a acostar a los novios a su casa.

Durante toda la noche las mozas y los mozos les daban la murga cantando bellas canciones hasta que los novios se levantaban de la cama y les sacaban algún licorcillo y algunos dulces o embutidos. El cancioneros de la Vera Alta esta lleno de bellos ejemplos como por ejemplo estos:

Esta noche a la novia, la meten novio,
Ea, ea, ea, la meten novio.
El anillo en el dedo, de matrimonio.
Ea, ea, ea, de matrimonio.
Esta noche a la novia, la dan tostones.
Ea, ea, ea, la dan tostones.
Y a mitad de la noche, cavilaciones.
Ea, ea, ea,  cavilaciones.
Esta noche la novia, no pasa frío.
Ea, ea, ea, no pasa frío.
Por que duerme en los brazos, de su marido.
Ea, ea, ea, de su marido.
Esta noche a la novia, la dan confites,
Ea, ea, ea, la dan confites.
Y a mitad de la noche, buenos envites,
Ea, ea, ea, buenos envites.
Esta noche de noche, y esta mañana,
Ea, ea, ea, y esta mañana,
Antes de levantarse, estaba en la cama.
Ea, ea, ea, estaba en la cama.
LA TORNABODA:

  A la mañana siguiente, la tornaboda. Tras llevar el chocolate a la cama a los novios, se volvían a reunir para la comida los convidados, con el consiguiente baile y festejo. Aunque las bodas solían durar dos o tres días generalmente, de hecho el tiempo real de duración de las bodas tradicionales venía marcado por  la cantidad de comida y bebida, que hasta que no se acababa no se terminaban de reunir y bailar. Hoy en día es la hermosa localidad serrana de El Arenal, la que mejor ha conservado el modo tradicional de las bodas, durando varios días los festejos. En Arenas de San Pedro y Candeleda, las bodas de más rumbo suelen incluir encierros de reses bravas en fincas y tentadores particulares de la zona, vestigios de aquellas costumbres medievales del  ”toro de bodas”. Cuando las familias de ricos vaqueros o con posibles, casaban al  primer vástago varón, solían matar un ternero o choto, que antes se traía a la casa de la novia, donde se capeaba, sacrificaba y guisaba.

  Si el novio era forastero, debía pagar la ronda a los mozos del lugar, que consistía en pagar suficiente vino en una taberna como para que se armara una buena juerga, sin olvidar a los guitarreros que pondrían la nota musical a la fiesta. El mozo forastero que no pagaba la ronda a los mozos solteros, podía verse tirado en el pilón de una de las muchas fuentes que jalonan nuestros pueblos, cuando no verse “untado de palos”. Este pago de la ronda que recibe diferentes nombres según las localidades de la comarca, se decía que era el pago por dejar a los mozos solteros del lugar sin una mujer soltera, teniendo que pagar por llevársela. Esta costumbre fue seriamente perseguida a partir del siglo XIX. Hasta que se consiguió erradicarla.

  En el caso de que se casara un viudo o viuda, la boda nunca se celebraba por el día, más bien por la tarde, cuando están todos cenando, y en el mayor de los secretos. En estos casos los mozos daban la cencerrada a los recién casados a la salida de la iglesia o durante la noche a la puerta de la casa de los novios. Esta consistía en llevar cacerolas, sartenes y cencerros de los ganados, con los que se armaba un gran estruendo y escándalo.  Aunque por otro lado, los matrimonios con o entre viudos era algo muy usual. Tan sólo en el caso de casarse un viejo hombre apoderado con una mocita o al contrario era motivo de cencerrada. Estos matrimonios los apañaban las cofradías, y algunos personajes como párrocos y beatas que hacían de celestina “juntando un roto, con un descosido”. El cancionero  tradicional guarda buenas muestras de lo expuesto anteriormente, sirvan las siguientes de ejemplo:

“Si quieren saber señores, por quien va la cencerra.
                                        Va por el tío… y tía…. Que se han ajuntao ya.
            Los cencerros de las vacas, de mi abuela que este en gloria,
   Los llevo colgaos del cuello, pa tenerla en la memoria.
                                       Dices que has de casar, en un convento de lejos.
 Cuanto más lejos te cases, más sonarán los cencerros.”
Economía familiar tradicional:

   La riqueza no se manifestaba por el dinero en sí. Más bien era la capacidad de trabajo personal y empleado del que las familias eran capaces de ofrecer. Así la familia media serrana se considera rica si tiene algo de ganado con el que asegurarse carne, cueros, lana, leche y sus derivados y un dinero extra. Algunas olivas, uvas y castañares, un huerto y dos casas, una en el pueblo y otra en el campo. Tal era así que la riqueza se portaba en los diferentes trajes tradicionales, donde las mujeres y los hombres de este lado de la sierra han encontrado la mejor forma de manifestarse, y en los que aún lucen orgullosas las mujeres mayores las áureas gargantillas de bolas de sol y los pendientes de herradura o africanas, ganadas con el duro trabajo en los campos y sierras de Gredos.

  Por eso debemos distinguir entre dos tipos de sociedades: por un lado, el pueblo que conforma la mayoría absoluta y por otro lado, las familias acomodadas, dueñas de las mejores y más grandes extensiones agropecuarias, que aunque influyentes en el día a día, no serán nunca representativas, por funcionar fuera de la tradición cultural, y en muchos casos  “recrear” o descender de otras poblaciones ajenas a estas tierras, más  afines a las modas y costumbres recién importadas de las capitales.
Animales domésticos:

  Bajo la escalera que da acceso de la primer planta a la segunda, solían instalarse los gallineros, con conejos. Al fondo del zaguán la cuadra para la caballería y el par de cabras y la zahúrda para el cerdo. Estos eran los animales domésticos familiares junto con algún que otro “parrón” o ánsar y los pavos, los perros y los gatos. En algunos sobraos o desvanes  los niños  criaban palomas y tórtolas, con las que se hacían ricos platos tradicionales.

  Las caballerías se alimentaban con paja, heno, hierba, algo de avena, centeno, mijo o maíz, que la familia cultiva en pequeños huertos en las inmediaciones de las poblaciones y zonas cultivables.

  El cerdo y la cabra familiar, destinados el uno a proporcionar carne  y la otra leche con la que hacer queso y algún que otro cabrito al año, se pastoreaban con el porquero y cabrero del común, persona a la que pagaban cada propietario del animal un dinero, a cambio este le sacaba al campo donde se engordaban con los pastos y frutos de los ejidos del común. A esta acción se la llamaba montanería o montanera. A los animales se les soltaba de mañana y ellos solos acudían hasta un punto del pueblo donde se reunían y les esperaba el pastor. A la noche  regresaban al mismo sitio y cada animal tomaba el camino de su cuadra, donde le esperaban los desperdicios familiares como cena.

  Las hijas mayores se encargaban de la casa y de los animales domésticos, especialmente de las aves de corral y de los conejos. Mucho vigilaban  la puesta de la gallina, comprobando antes de soltarlas por la mañana, usando el método táctil de la cloaca, si habían puesto el huevo o no. La que estaba con el huevo a punto no salía a la calle hasta que no lo ponía. De este modo se evitaba que alguna gallina pusiera los huevos en una nidada perdida por la calle o los campos. De todos modos, y pese al celo puesto por las mujeres en no perder de vista ni un solo huevo, raro era el corral en el que algún año no desaparecía una gallina, reapareciendo de nuevo en el gallinero, con una tropa de pollitos que había sacado sola entre los zarzales de los arrabales. Ellas engordaban también los conejos y los parrones y pavos que venderían para las nochebuenas y los carnavales.

  El huerto familiar era asunto de toda la familia. Los mayores, como el padre, la madre o los hijos  de más edad se encargaban de preparar la tierra y binarla  (quitar las malas hierbas) y los más pequeños recogían las boñigas  que las caballerías y ganados iban dejando por las calles para abonar el huerto, mientras que el padre o los hijos mayores se encargaban de regar en el verano. En la recolección participaban todos los miembros de la familia. Los productos que más se sembraban y siembran son:

 Tomates, varios tipos diferentes de pimientos, cebollas, garbanzos, patatas, judías verdes y habas, carillas, puerros, berenjenas, calabazas, calabacines, melones, sandías, maíz, etc. En los huertos no falta alguna higuera, cerezo, guindo, manzano, peral, membrillo, laurel, naranjo, limonero, ciruelo, cermeño, acerolo, melocotonero, alberchigo, perahigo, camueso, achufaifo, castaño, nogal y avellano, cuyos excedentes servirán como aporte a la economía familiar o  para engordar a los animales domésticos, aunque la mayoría de estos huertos y frutales están destinados al autoconsumo. Muchos de estos frutos se conservaban siguiendo varias técnicas o procesos  el del secado, las conservas y las mermeladas, como por ejemplo, el sabroso dulce membrillo el dulce de arrope, hecho con calabaza macerada con cal, y el dulzor de los higos pasos o las carnosas cerezas picotas pasas.



  Algunas familias disponían de olivares, castañares, linares, moreras, colmenas y o viñas de las que sacaban pingües beneficios, vendiendo  los productos o arrendando las tierras. Los que poseían prados de hierba y dehesas, solían alquilárselos a los pastores de la vertiente norte cuyos ganados  bajaban a pasar los inviernos a los pastos del valle del Tiétar.

  La mayoría de los hombres solían trabajar en el campo dedicados a faenas agropecuarias. Bien su propio patrimonio bien como empleados a jornal. Otros muchos eran arrieros que daban salida a los productos de la tierra, trayendo las noticias y todo lo necesario del exterior. Hay pueblos como Serranillos, cuyos habitantes en un noventa por ciento eran arrieros, que exportaban, como el resto de  arrieros de la comarca, vino, aceite, fruta, pimentón, paños, lino, seda, miel, cera, cacharros de cerámica y ganados. Otros de esos oficios eran; cabreros, vaqueros, pastores, arrieros, gañanes, criados, aceituneros, carboneros, esquiladores, cesteros, escoberos, labradores, etc.

  Otro grupo lo componen los artesanos y maestros de oficio, entre los que destacaban y aún destacan sagas de canteros, madereros, carpinteros, herreros, forjadores, sastres, zapateros, caleros, tinajeros, hojalateros, plateros, resineros, alfareros, apicultores, panaderos, etc.

  Por último, estaban los curas, frailes, monjas, sacristánes-as, campaneros-eras, médicos, cirujanos, barberos, boticarios, mesoneros, regidores, escribanos y justicias locales, el maestro y la maestra, chocolateros, molineros, maquiladores.  Estos últimos, los molineros y los maquiladores, disponían de varias temporadas para moler el grano de cereales, el pimentón y la aceituna. Aunque por lo general en los molinos de harina no se molía otra cosa que no fuera cereal. Del mismo modo ocurría con los molinos pimentoneros. A  los molinos de aceituna se les llama almazaras, y solían ser de dos tipos: particulares o  propiedad de alguna familia poderosa que lo arrendaba o ella misma lo gestionaba o tipo molinos y almazaras gestionados por cooperativas.

  Las mujeres solían trabajar como bordadoras o modistas. Muchas criaban gusanos de seda, que vendían a la real fabrica de sedas de Talavera de la Reina, cuando no la hilaban en los talleres locales. Otra forma de sacar un dinero extra era cardando, hilando y tejiendo  la lana o espadando el lino, con el que hacían preciosas sábanas, manteles, colchas y ropas. En muchos casos había señoras que ponían los materiales dándoles el trabajo a otras, que a cambio de un poco de dinero bordaran para ella. Luego, una vez terminadas las piezas,  eran vendidas por las calles de las principales ciudades del norte y centro peninsular, especialmente en Madrid, Segovia, Ávila, Salamanca o Valladolid, bajo la denominación de bordados de Lagartera o Navalcan.

  Otras se empleaban como asistentas y o criadas, en las casas de los más pudientes. O trabajaban de cocineras y amas de cría en las grandes ciudades o para las familias más ricas de las grandes poblaciones del Valle del Tiétar.

  Los trabajos temporales del campo, como la recogida de la aceituna, castañas, bellotas y uvas, empleaban a buen número de mozas y mujeres a jornal. Dineros con los que las mozas se iban comprando bola a bola las gargantillas de oro tradicionales donde cuelgan las citadas tembleras, galápagos y veneras. O con las que se procuraban los llamativos pañuelos de pelo de cabra, o cualquier otro capricho que aderezara su indumentaria tradicional.

   En el tiempo de jalbegar o encalar las fachadas e interiores de los hogares, también se recurría a las mozas que pelliza de borrego en mano enlucían las fachadas a cambio de algún dinero o especia.

  Otro de los oficios que desempeñaban algunas mujeres era el de “rezandera”. Este oficio se heredaba por vía materna. La labor de estas mujeres como su nombre indica, era la de rezar. Cuando nacía un bebé allí iba la rezandera a rezar por la salud del recién nacido y la madre; cuando estaban los mozos en quinta, cuando enfermaban, cuando caía alguna desgracia en la familia, cuando había que quitar el mal de ojo u otras “ojerizas”, también para las bodas, en los funerales, etc. Se las pagaba siempre con algo de comida, en raras ocasiones se las pagaba con dinero. En Pedro Bernardo la rezandera se encargaba de llevar y colocar en cada “cerrito” del pueblo por donde pasaba el cadáver en dirección al cementerio una mesa donde se colocaba el cadáver, se paraba y  le rezaba una serie de oraciones en función del tipo de funeral contratado y que ya veremos más adelante. La rezandera era una mujer muy respetada en todas las poblaciones y gozaba de las bendiciones de Santa Iglesia Católica.

  Otras pocas se convertían en parteras; del mismo modo que el caso anterior que las rezanderas, éstas solían aprender el oficio de sus madres y abuelas.

  Las hijas de los pastores se convertían en pastoras a muy temprana edad. No era raro ver rebaños de cabras guiados por cabreras y otros de ovejas  guardado por pastoras mozas, de cuyas manos aún salen los tiernos, frescos, quesos  “sin ojos” como se dice por aquí. Más raro, aunque no inexistente, era el oficio de porqueras.   Las mujeres de Hontanares, entre otras, destacaban por la dedicación y cría de parrones y pavos, que en grandes piaras subían a las ferias de los principales pueblos guiando a las aves con largas varas de mimbre y o sauce hasta las plazas de los mercados.

  Actualmente el sistema económico tradicional basado en los recursos forestales y naturales, así como en la industria agropecuaria, está en una fase de claro retroceso y abandono. Los sistemas tradicionales de vida se van perdiendo, quedando algunas islas culturales entre los cada vez más escasos cabreros y vaqueros trasterminantes  y los fruticultores de la comarca. Oficios tradicionales como la arriería han desaparecido o transformado traumáticamente. Apenas quedan alfares y los artesanos que aún trabajan el cobre, el hierro, la mimbre, la cera y la miel, el vino, los frutos secos y sus derivados, etc. no cuentan con las ayudas suficientes, haciendo que la pervivencia de sus labores sea más que dudosa.

Hoy en día la mayoría de los pueblos de la comarca viven del sector servicios, o del turismo y de la construcción. Le sigue, como complemento económico, la agricultura, en especial la aceituna y los frutos, como las cerezas, sandías, espárragos, melocotones, alberchigos  y los higos. Aunque lo cierto es que toda la zona está sufriendo las heridas de la emigración a las grandes ciudades, donde hay más oportunidades par la gente joven.


Ayer tarde entre los montes, dices que me has de matar, afila bien el puñal, que mi pecho esta hecho en bronce...
Ritos funerarios.

  La muerte ha formado parte importante y cotidiana de la vida tradicional. Los cementerios, hasta el siglo XIX, estuvieron en el centro de las poblaciones, dentro o en las inmediaciones de las parroquias. Todos los días sonaban las campanas de las torres parroquiales a ánimas. Durante todo el año se daba culto a los muertos ya  que era muy importante asegurarse que el difunto o difunta encontrase el camino al cielo. Para eso había varias costumbres. Algunas de esas costumbres de arcaico origen pagano, consistían  en  encender una luz o lamparilla de aceite durante una serie de días, siempre impares, en el lugar donde estuvo de cuerpo presente el cadáver, al tiempo que del tejado se da la vuelta a una teja que desde ese momento recibe el nombre de “teja revolvedera” , con el fin de que el alma del difunto pueda entrar y salir a la casa a despedirse, antes de marcharse definitivamente al paraíso.  Por lo tanto, el único miedo era el que las almas se quedaran en el purgatorio o dicho de otra forma, entre este mundo y el otro.  Otra costumbre era atar los pies de los cadáveres con un pañuelo o cinta, pues de este modo se aseguraba su entrada al paraíso.

  Cuando una persona enfermaba y se temía por su vida, empezaba a recibir la visita de todos los familiares.  La costumbre de ir a ver o despedirse de alguien días antes de su muerte era algo muy respetado, y que en algunos casos hacía que los familiares y parientes se desplazasen por varios días a otra población a visitar a un familiar o amigo moribundo. Cuando avisaban al cura para que le diera la extremaunción, éste llevaba el Viático. Al son del “cimbanillo” o campanilla, el párroco llevaba la sagrada forma, acompañado por otros dos monagos que llevaban sendos faroles o hachas encendidas. A su paso  todos los hombres se descubrían, y rezaban una serie de oraciones tradicionales al efecto, del mismo modo, las mujeres se cubrían con los pañuelos o tocas, y las calles por donde pasaba se llenaban de un silencio sepulcral.

  El cadáver no era llevado a la iglesia sino que de su casa era trasladado al cementerio. Dentro de la casa  están las mujeres plañendo, la rezandera y todos los que van a dar el pésame. Afuera en la calle en animadas conversaciones y sentados en sillas, sacadas de las casas de los vecinos y de la del fallecido, tomaban asiento  los hombres que velaban el cadáver hasta el momento de llevarlo al cementerio.

  Si moría de un accidente en el campo o fuera de casa, era llevado lo antes posible a su domicilio, donde se lavaba el cadáver y se le amortajaba, colocándolo de igual modo que en caso de muerte natural, en una sala de casa, donde se colgaba un paño negro, y se encendían  velas y lamparillas.

  Las vecinas y mujeres de la familia, cuando acudían a dar el pésame, solían llevar como presentes huevos, leche, queso, embutidos, frutos secos, aceite y o pan.

  El funeral era de tres tipos, según el poder adquisitivo familiar: de primera, de segunda y de tercera, estos últimos sin duda los más comunes. La diferencia estribaba en que en los de primera se ponía en las iglesias tres catafalcos a modo de pirámide rectangular con tres pisos, que se cubrían con ricos paños negros y verdes, ricamente bordados y labrados, y en los oficios se rezaba y cantaba mucho.  En los entierros de segunda, tan solo ponían dos catafalcos cubiertos con paños de peor calidad y se rezaba y cantaba menos que en el caso anterior.

Y en los entierros de tercera, se ponía un solo catafalco cubierto con un paño basto negro y se rezaba y cantaba lo justo.

  Una vez velado el cadáver, los hombres eran los encargados de llevarlo al cementerio a darle tierra. Las mujeres se quedaban en la casa, acompañadas de  vecinas, amigas y familiares.

  Como indiqué anteriormente, en algunas localidades el cortejo fúnebre recorre una serie de calles y hace una serie de paradas rituales, donde se reza por el alma del finado hasta llegar al Campo Santo. Todos los hombres solían llevar la capa de paño y los sombreros de rocaor en la mano, junto a la vela o el hacha encendida.   Una vez en el cementerio, tras depositar el cadáver en el hoyo, los hombres le dan tierra y acompañan a los familiares varones a sus casas. Durante las semanas siguientes seguirán recibiendo la visita de amigos y familiares venidos de lejos a darles el pésame, instalándose en la casa familiar o de algún otro pariente, reforzando los vínculos y lazos familiares.

  En algunos pueblos el pésame se daba a la puerta de la iglesia antes o después de la misa de difunto. En otros, en la puerta de la casa, según las localidades y las costumbres locales.

  Cuando morían niños se tocaba a “repiquete”, con la campana menor del campanario. A los niños se los rodeaba de flores dentro de la caja, y se les vestía como  a angelitos. Si moría un niño de la caja se ataban cuatro cintas azules de las que sujetaban tantos niños como quisieran llevarlas, en señal de querer acompañarle, y  de dolor. Si la que fallecía era una niña, se ataban cuatro cintas blancas. Al finalizar el entierro, las cintas se desataban de la caja y cortándolas con unas tijeras se las entregaba a los niños y niñas asistentes a modo de recordatorio.

  El luto era algo muy riguroso y respetado. No sólo incluía el medio luto o el luto entero de 3 o 6 años respectivamente con velo negro incluido para las mujeres y hombrera en las camisas y chaquetillas de los hombres. La casa se cerraba a cal y canto, sin dejar entrar la luz del sol. Las flores y macetas que adornan los balcones y ventanas son retiradas y regaladas a vecinos y parientes. Las mujeres de la familia no salen de casa más que a cosas de su menester y misa. Los hombres no van a la taberna ni a los mesones, ni a las fiestas o bailes locales. A los niños se les pone luto, y se les obliga a ver y besar el cadáver a partir de los catorce años. Tras el funeral, a los nueve días se dice una misa, que se repetirá  cada siete días hasta que  la familia lo estime oportuno. En todos los pueblos la rezandera se encargaba de ir a la iglesia donde en las losas del piso las mujeres del difunto habían colocado un paño de lino blanco bordado con hijo negro con formas florales y  temas religiosos como cruces y signos sagrados, que colocaban, sobre la losa que desde antiguo sirvió de losa funeraria, y que aún mantuvo en este rito su antigua función ahora simbólica. Allí, durante el tiempo que dura la misa, arderá una mecha o hacha que enciende y apaga la rezandera hasta terminar la novena por el ánima del difunto. Esta costumbre varía sensiblemente de unos pueblos a otros.

   En todos los pueblos de la comarca, la función de funerarias, seguridad social y servicios sociales, eran ejercidas por las cofradías. Pertenecer a determinadas cofradías, entre otras cosas,  aseguraba un entierro digno, así como ayuda a la viuda o familiares del muerto.  La organización de las cofradías incluía una serie de cargos como el de hacedores de hoyos, inspectores de los hacedores de hoyos, (que se aseguraban de que el hoyo fuera hecho a medida según la costumbre, los portadores de las hachas), los portadores del cadáver, así como una serie de ceremonias y misas para asegurar el descanso  eterno del hermano cofrade muerto.   Aunque en principio solo podían ser cofrades los varones, si tenían familia se incluía hasta el siglo XVI, en el que empiezan a aparecer nombres  de hermanas cofrades, que en escasos casos forman parte de la directiva. Dos de las más importantes fueron la Cofradía de la Vera Cruz, y la del Santo Espíritu, sin olvidar otras de carácter  gremial como la de San Andrés del Monte en Arenas, que reunía a los pastores de la comarca. En muchas localidades las cofradías han estado funcionando hasta mediados del siglo XX, desapareciendo todas en sus funciones tradicionales, tras el empuje del nuevo orden social.

  Para finalizar, decir que la tierra del cementerio  para dar sepultura a los difuntos se podía comprar o alquilar por una serie de años a cuyo término los huesos iban a para al osario común del que todos los cementerios disponían a tal efecto, o en los casos de total pobreza se  disponía de un lugar dentro del campo Santo donde enterrarles. Además, en todos los Camposantos había un lugar aislado donde daban tierra a las personas  agnósticas, suicidas, herejes, etc. 

Envidiosa de mi suerte, por la madre que tenía, vino traidora la muerte, y se la llevó un día. Maldita la suerte mia...

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