martes, 3 de mayo de 2011

Daniel Peces Ayuso.

TRADICIONES DEL VALLE DEL TIETAR PARTE 6


Romeros de mi cuidad Arenas a las puertas de la ermita de San Andrés del Monte o Santuario de S Pedro de Alcántara

Bailes, danzas, sones, y rondones.

Si mirando el desbordante paisaje de la sierra de Gredos y sus  valles, nos sentimos desbordados por tanta variedad y riqueza natural que ante nosotros se descubre, lo mismo nos sucede a poco que observemos las tradiciones musicales de esta comarca natural serrana.

Los habitantes de Gredos y sus  valles, han estado sujetos a una vida arraigada a  costumbres milenarias,  a la vez que en contacto permanente con  el exterior, como he apuntado antes. A través de los contactos con los pastores trashumantes, arrieros, viajeros y caminantes castellanoleoneses, manchegos, extremeños y andaluces.

Quizás por eso, las muestras folklóricas de los pueblos de Gredos y sus valles, aún teniendo mucho de autóctonas, tienen y mantienen evidentes reflejos de  casi todas las culturas peninsulares y europeas, tanto del área atlántica, como de la mediterránea  e incluso de la oriental. Basta dar un paseo por las piezas musicales tradicionales, que incluyen melodías, ritmos e instrumentos típicamente sureños, sabiamente mezclados con otros ritmos, melodías e instrumentos tañidos en el norte, como por ejemplo: las diferentes jotas del uno, cruzadas, serranas, rabiosas, forrajeras, etc., los variados rondones serranos o del valle, la gaitilla o de guitarreros, las innumerables canciones para las rondas, los romances, las rondeñas, veratas, malagueñas, fandangos, seguidillas, boleros, mazurcas, polcas, sones de nochebuenas y o de quintas, de carnestolendas, danzas rituales de banderas de ánimas, o las danzas de espadas, como el paloteo de las luminarias o danzas ceremoniales, como el Maquilandrón de Piedralaves, la Danza del Pañuelo de Arenas, las Italianas de Garganta la Hoya, los Cucurrumachos de Navalosa, las cintas de la Blasa en La Adrada,  etc. Sin olvidarnos de los bailes-canciones-juegos infantiles, o de los espigoríos, danzantes cuchareros y bailes de la Manzana en las bodas de nuestros pueblos; los bailes de las morcillas en las matanzas y las curiosas canciones de cordel. O todo el repertorio relacionado con el toro y las toreras, verdadero símbolo y tótem de nuestra cultura.  En fin, como vamos a ver, los pueblos de los valles de Gredos guardan el sabor de la música tradicional del norte y del sur peninsular, haciendo de crisol donde se han mezclado los ecos de los paisajes y acordes del Atlántico, junto con los encalados pueblos del añil Mediterráneo, sin perder un ápice de su sabor autóctono extremeño y castellano.

Al igual que cuando hablábamos del medio físico, natural e histórico hice algunas subdivisiones, a la hora de abordar las músicas y danzas tradicionales de los valles de Gredos se harán más evidentes. Empecemos por las generalidades:

En todos los pueblos hay  que distinguir varios momentos en los que se requieren diferentes, músicas, instrumentos y bailes.

Para los acontecimientos de carácter religioso el protagonismo lo adquiere invariablemente la dulzaina y el tamboril y o el caramillo y el tambor, llamados tradicionalmente “la gaitilla”, siendo también los encargados de animar los bailes públicos en las plazas mayores los días de fiestas. Para los momentos más íntimos ,ceremonias familiares, como bautizos, noviazgos, bodas, Nochebuenas, etc. Toman el relevo las rondas de guitarreros, compuestas generalmente por: guitarras, laúdes, vihuelas, rabeles, violines, yerro o triángulo, cántaro, almirez, mortero, huesera o arravel, castañuelas, pitos, panderos, panderetas, zambombas… y por supuesto, coros y cantaores solistas.

Los instrumentos en las rondas van en función de las fiestas a celebrar. De este modo, para las bodas bastan dos o tres guitarreros, más o menos profesionales o reconocidos, que a cambio de algunas perras o de comer y beber los más de tres días que duraba una boda, cantaban y animaban el ambiente, siendo imprescindibles para que la novia y el novio sacaran buenos dineros bailando la manzana o el espigorio. Bastaba con un par de guitarras y de laúdes, y, como ya se dijo, uno o dos hombres con  una buena voz.  El coro lo componían los convidados a la boda, que coreaban el secular repertorio tradicional de los  cantares a nupcias serranos, algunas de cuyas coplas más conocidas son:
Viva la novia y el novio, y el cura que los casó.
Madrina y el monago, los convidados y yo.

Que salga la dama, que salga a bailar.
            Que salga la dama, con su capitán.

Que salga la dama, que salga otra vez.
            Que salga la dama, que la quiero ver.

Por el sí que dio la novia, a la puerta de la iglesia.
           Por el sí que dio la novia, entró libre y salió presa.

Qué bonita esta la sierra, con el tomillo florido.
Más bonita esta la novia, casada con su marido.

Que se la lleva, que se la lleva, la mete mano y olé en la faltriquera.
            Que se la lleva, y al molinillo, la mete mano y olé, en el bolsillo.

Esta mañana temprano se ha deshojado una rosa.
           Se la llevara fulano, por mujer y por esposa.

Esta mañana bajé a tu huerto, corté una rosa y un pensamiento.
           Y el pensamiento era de gloria, y ahora lo lleva puesto la novia y olé.

Allá va la despedida, la que echan a los esposos,
La que no tenga marido, que se venga con nosotros.

En los rigores del invierno, en las fiestas de la Moragá, la Virgen de las Matanzas y  durante todas las Nochebuenas, los instrumentos de cuerda “se duermen”, dejando resonar a todo el  variado instrumental de percusión, entre los que destaco: los calderos de Candeleda, los panderos de Arenas de San Pedro, las zambombas de Casavieja y San Esteban del Valle, las sartenes de Mombeltrán o los cabreros rabeles de Pedro Bernardo.

En el tiempo de “la caló”, las innumerables y fatigosas tareas en el campo y con los ganados, se veían recompensadas por las fiestas y ferias principales, que daban un poco de descanso y diversión a los afanosos serranos, quienes ebrios de vino bueno de pitarra y endulzados a base de perrunillas se daban una semana de festejos entre los que no faltaban animados mercados, bailes y juegos taurinos. . Es entonces cuando no se precisa ningún tipo de instrumento, cuando resuenan las melodías y tonadas, sacándolas desde dentro a capela. Desde lo más profundo del sentimiento brotan las tonadas primorosamente retorneadas, alternándolas magistralmente con las seculares toreras y cantares de ronda.  Cantan oliendo a vino, felices, agarrados por los hombros los hombres y por la cintura y o brazos las  mujeres y niños, en grandes filas que se tornan círculos en cada plaza o encrucijada, debajo del balcón de una moza a la que un mozo quiere “echar la ronda”. Círculos  extensibles e infinitos, que se deshacen una y mil veces  en ordenadas filas que recorren rondando con sus voces las calles de sus pueblos y villas, mientras los vecinos de cada barrio se afanan en agasajarles, bajándoles más vino y perrunillas, en un intento de retenerlos un poco más y echar  una “vuelta” o baile, antes de que la ronda siga su camino nocturno. En nuestro valle las rondas del estío se solicitaban a las autoridades y solían hacerse las noches de los viernes, sábados y o domingos dependiendo de los festejos y de cada localidad. Tras tener permiso del alcalde, los mozos iban por las calles parándose  debajo de  las ventanas y balcones de sus novias o de las mozas que les gustaban donde se cantaban tres coplas o “piezas”. Los ayuntamientos de algunos pueblos,  los días de fiestas mayores, que suelen coincidir con la celebración de una de las muchas advocaciones marianas, pagaban la ronda, que se echaba la primera a la Virgen en cuestión. Se reunían los quintos con los guitarreros a la puerta o bajo una ventana del templo, y allí los quintos cantaban la ronda a la Virgen. Luego, siguiendo un itinerario invariable,  recorría las calles del pueblo. Para que la ronda se parase en la puerta de tu casa y  te echase las “tres piezas” de rigor, tenías que pagar una baja cantidad de dinero a un mozo que iba con la ronda y que hacía las veces de tesorero, apuntando quién y cuánto dinero le iban pagando. Ese dinero se repartía entre los guitarreros o se invertía en una gran comilona común con los quintos. En estas rondas sólo se apuntaban “los que cantan bien”, pues aunque esté abierta a la participación espontánea, el espontáneo o espontanea debe cantar bien y conocer las particularidades de las rondas  que varían en cada pueblo y en cada fiesta. Pueblos como La Adrada, Piedralaves o Casavieja, entre otros, aún mantienen esta hermosa tradición de las rondas. Del mismo modo, pero de diferente forma, en Arenas de San Pedro, Candeleda, El Arenal, San Esteban del Valle y o Villarejo del Valle donde las noches de fiesta aún se sigue rondando “con la clara de la luna”.

 No puedo olvidar todas aquellas otras canciones, bailes y juegos que se aprenden en casa. Aquellas tradiciones que  aprendíamos sin darnos cuenta y que nos servían de ensayo o preparación para su posterior ejecución en las fiestas, por las calles y plazas en público. En el valle no hay persona que no recuerde a algún miembro de su familia que no cantase o tocase una pieza o piezas concretas en momentos especiales y contextos muy concretos. Por ejemplo, cuando las mujeres de la casa hacían jabón, lavaban, jalbegaban, o simplemente realizaban alguna de las muchas labores domesticas, cantaban una serie de canciones, sobre todo romances, que de tanto repetirlos acabábamos  si no  aprendiendo la melodía, sí parte de la rima poética, o el mensaje de la historia, que en todos los casos tenían un principio, un desarrollo y en la mayoría de los casos solían acabar de forma trágica.

 En torno a determinadas faenas y trabajos también surgieron cantares característicos de tales oficios, como por ejemplo los cantares de arada, siega, trilla, etc. que entonaban nuestros agricultores. Sin olvidar las canciones que resonaban en los martinetes, herrerías y fraguas. O las que se cantaban al terminar las cosechas. O las  canciones de los cabreros y vaqueros, cuando se venía a vender el ganado a las villas principales. Del mismo modo se podrían clasificar las tonadas y canciones creadas con al son de las pesadas máquinas en los molinos hidráulicos, o aquellas otras coplas repiqueteadas por los almireces que nos cuentan los avatares que los cirujanos, médicos y boticarios padecían diariamente. Sin dejar de lado aquellos otros cantares o coplas sacados por algún motivo relevante y o escandaloso.

A diferencia de otros lugares, esta comarca e incluso cada población, se caracterizan por poseer sus propios repertorios musicales, dando más cohesión  a  sus grupos sociales e identidad propia con respecto al resto de los habitantes de los barrios, pueblos y valles del sur de Gredos.  Hasta tal punto que cuanto más cerca están situados unos pueblos de otros, mayores son las diferencias, no sólo musicales, sino a la hora de utilizar los diferentes tipos de trajes tradicionales, y complementos de belleza, lujo u ostentación. Realmente se trata de variaciones locales de temas populares venidos en diferentes etapas y lugares, a los que con el tiempo se les ha barnizado con un claro sabor autóctono, que en algunos casos hace difícil o imposible seguir la pista del origen de algunas de las músicas tradicionales, como pueda ser el caso de las Veratas, Rondeñas  y Malagueñas, primas hermanas de los andaluces fandangos. O con las canciones de ronda que hablan de chalineros y salineros que nombran lugares y  pueblos de las orillas del Cantábrico, como esa copla de la canturreada tonada:
”… venimos de Reinosa, ramito de laurel.
                                               No le digas a nadie, que te he venido a ver.
                                               No le digas a nadie, que yo se lo diré.”

Otras, sin embargo, no niegan ni ponen en duda su origen localista, como las tan nombradas rondas y toreras.

En cuanto a los bailes y danzas, la única  dificultad que entrañan es saber reconocer y distinguir los diferentes estilos o piezas musicales, y saber los pasos necesarios que se adaptan a cada una de ellas, pues por lo general, y al oído profano, muchas piezas distintas suenan de forma parecida o igual. Por ello es importante  el conocimiento de los diferentes pasos y movimientos concretos, que hay para cada estilo musical. Con éstos y de forma totalmente espontánea se irán tejiendo las coreografías,  sin ningún tipo de orden prescrito.


"La primer entradilla, que el amor tiene, sentarse y buenas noches, tengan ustedes..."
                                                                                
A los bailes y danzas de los Valles de Gredos los podemos dividir en dos grandes grupos:

Las danzas ceremoniales o rituales, como: el Maquilandrón, los paloteos o “paligoteos” y danzas de espadas, o las danzas de pañuelos, los trenzados de cintas, las generalas, los Cucurrumachos, Los acosadores Machurreros, Zurramaches, danzas de las botellas, danzas de navajas, reboladas, las jerigonzas, las agachadillas, corros... Danzas y bailes infantiles, cuyos ritmos e instrumentación, pasos y coreografía,  trajes y contexto social, festivo o religioso, en los que se realizan, tienen unas características concretas y precisas, siendo las variaciones  anecdóticas y escasas. Se mantienen arcaísmos en muchas de ellas, como es el caso de los Lanzaores de Fregenal de la Sierra, o la danza de las italianas de Garganta la Hoya o los Zurramaches de Casavieja, cuyos movimientos, trajes y sentido claramente ritual  se han conservado  desde el remoto pasado del mundo pagano.

Bailes de pareja festivos: todas las demás danzas y bailes carecen de coreografía concreta. Cada pareja e incluso cada individuo va realizando  los pasos y movimientos que van evolucionando sin ningún orden, ajustándose, eso sí,  a los movimientos tradicionales que tienen en cada localidad. Eso no impide  que cada baile o danza se acompañe de una música y compás concreto que diferenciaran coreografica.
Algunos de los bailes más  conocidos son:

La Jota.- La palabra Jota puede tener su raíz etimológica en la antigua voz o palabra aragonesa Jotar, o lo que es igual, saltar, brincar. Su origen local es  muy controvertido, siendo aceptado por todos los especialistas como genuinamente  el ibérico. Hay quien atribuye su creación al poeta y músico árabe español Aben Jot, que vivió en siglo XIII. Sin embargo, y ateniéndonos a las pruebas y fuentes bibliográficas conocidas, hemos de esperar hasta finales del siglo XVII y principios del XVIII, a que aparezca por  primera vez escrita la palabra Jota en el libro “El libro de diferentes cifras de Guitarra”, escrito por Antonio Santa Cruz en 1.705, en donde aparece por primera vez el nombre y definición del baile como tal. Dentro de las muchas acepciones y definiciones recogidas por el diccionario de la Real Academia Española, hay una curiosa que la define como “Cosa mínima”. Interesante contradicción teniendo en cuenta que sin duda se trata del baile con más amplia representación, tanto en la península como en las ínsulas hispanas, llegando a definir o asociar al que sabe poco con el que no sabe “ní (bailar la) jota”. Lo mismo que al ciego que ni siquiera puede ver “ni jota”.

 Las jotas no solo tienen un baile, con una melodía concreta, sino que  encierran un mensaje concreto con el que se identifica cada núcleo urbano, teniéndolas y exponiéndolas  como su  himno local. Por lo tanto, cada pueblo, villa y ciudad posee su propio repertorio personalizado e incluso individualizado a la hora de interpretar y bailar las jotas, siendo muy comunes las jotas cuyo nombre y estilo es el propio del ejecutante y creador de la misma. Sirva de ejemplo la Jota del Tío Puli de Villarejo del Valle.

Si la seguidilla se caracteriza por su elegancia y belleza estética, la jota se caracteriza por la fuerza y el vigor con la que se han de mover brazos y pies, a los que se les exige entusiasmo y precisión.  Su tempo es siempre allegro, pero a la hora de entonarlas existen multitud de variaciones, que incluyen tanto los tonos mayores como  los menores. Generalmente las coplas suelen ser de cuatro versos, salvo casos excepcionales de cinco e incluso seis versos, que en todos los casos son octosílabos. El baile y melodía consta de dos partes claramente difenciables: la copla (o contradanza), que tiene de cuatro a cinco versos, que corresponden a siete frases musicales, y el estribillo (o mudanza), en el que se intercalan fragmentos de ocho compases cada uno, incluyendo diferentes variaciones y adornos instrumentales. Los estribillos pueden ser cantados, instrumentales y dobles, esto es, con un estribillo cantado y uno sobre estribillo instrumental, que por las comarcas del sur de Gredos son identificados como jotas de rondón o rondones.      Los danzantes marcan el ritmo con los golpes de tacones y pies, contra el suelo, y con las castañuelas, pitos y chasquidos de los  dedos. La melodía tiene por base  acordes de tónica y de dominante. Sus formas rítmicas  son de los más variado, siendo las más comunes las que se ajustan a los siguientes compases : 3 x 4 - 6 x 8 y 6 x 4. En  los valles de Gredos las jotas se diferencian por la posición de los dedos sobre los trastes de las guitarras; algunas de las más representativas  son las siguientes:

Jota Cruzá. (Re – La). Jota del Uno (Sol- Re7º). Jota Aragonesa, Rabiosa o Serrana (La- Mi). Jota  Piká (Mi – Si7º). Jota Nueva (Do – Sol 7º). Jota a lo triste (la- Mi). Jota de los Cuernos (mi – Si7º), dentro de cuyos acordes se incluyen las jotas de ronda de enamorados, de anteboda, boda y tornaboda, de quintos, etc.

Como ya he  reiterado, éste es también un baile en el que no existe un orden preciso de pasos, por lo que carece de coreografía concreta. Las parejas bailan cada una “a su aire”, ejecutando incluso de forma individual, los diferentes pasos de Jota. A saber: “punteaos”, “brincaos”, “arrastraos”, “serranos”, y  los  “de  la losa”.

En todos los pueblos se baila el rondón, al son de la jota. Hay dos tipos de rondones: los rondones del valle y los de los serranos. En los rondones del valle las parejas forman dos círculos, hombres dentro y mujeres fuera, bailando y desplazándose en los estribillos o mudanzas, en los que hombres y mujeres aprovechan para cambiar de pareja constantemente. El círculo se desplaza  en sentido contrarío a las agujas del reloj. Este solía ser baile que abría y cerraba los bailes públicos en los días de fiestas mayor. En el rondón Serrano, por el contrario, hombres y mujeres forman un solo circulo; por lo demás  es igual que en el caso anterior.

Durante los siglos XIX y principios del XX, a muchas de las canciones de ronda, en general cadenciosas, retorneadas, y lentas, se les imprime velocidad convirtiendo a buen número de ellas en alegres y vivaces jotas. Sirva por ejemplo la canción de ronda- hoy jota- de la Manola.

Las veratas, rondeñas, malagueñas y rondeñas malagueñas. Aunque reciben cuatro nombres diferentes, en realidad se trata del mismo estilo musical, de la familia del fandango y las folias, cuyos nombres van en función de los acordes precisados por  la guitarra. Así, las rondeñas se tocan en La y con la cejilla puesta sobre el segundo traste de la guitarra. Las veratas en Si 7º, mientras que las malagueñas y las rondeñas malagueñas  van en Mi. En general, las coplas que se cantan son  de cuatro versos octosílabos, siendo comunes, en la rondeña sobre todo, las coplas de cinco e incluso seis versos, mientras que los estribillos pueden ser instrumentales como es el caso de las veratas y de las rondeñas, o cantados como es el caso de las malagueñas y rondeñas malagueñas y de las que hay una gran cantidad de variantes y estilos personales. Esto no excluye hacer estribillos mixtos, esto es, con una parte instrumental y otra cantada a coro. Las coplas, por el contrarío siempre son cantadas por voces solistas, tanto masculinas como femeninas. Suelen ajustarse a un ritmo de 3 x 4  ó  6 x 8. Se reparten por toda Andalucía, la Mancha, el Levante, Extremadura, sur de Castilla y León y Asturias.   En Gredos adquieren ciertas particularidades; se distinguen, como hemos dicho, tres estilos diferentes: las malagueñas, muy parecidas al fandango extremeño y o manchego. Las rondeñas, con un marcado sabor autóctono imprimido por los cabreros, verdaderos virtuosos en su interpretación. Las veratas del Valle del Tiétar, con sabor a folias. Estas piezas musicales no tienen un orden concreto que indique la entrada del cantaor o cantaora, que lo hacen a su gusto y gana, cuando lo creen oportuno, haciendo improvisar los pasos a los danzadores, que tienen que estar muy atentos a las entradas libres de las coplas (costumbre muy del gusto de los de Gredos que no sólo se ajusta a las rondeñas, también a las jotas cruzás y a determinadas seguidillas). Las tres, tienen una serie de pasos y estribillos característicos, llamados “de Rondeña o de a tres”. Aunque es un baile que al igual que el caso anterior de la Jota, carece de coreografía concreta, sí tiene una serie de pasos característicos. En algunos pueblos se baila en  alargadas filas enfrentadas de hombres y mujeres, aunque por lo general no hay normas concretas ni coreografías de grupo.

En cuanto a los movimientos, lo más característico son sin duda los requiebros que hombres y mujeres realizan, en un incesante acoso mutuo. Los pasos o movimientos básicos, como he dicho, reciben el nombre ”de a Tres”, nombre que define los tres pasos básicos e imprescindibles para poder bailar las rondeñas, veratas, etc.  y que se suceden invariablemente uno tras  otro, siguiendo el ritmo y cambios de la pieza en cuestión (estribillo cantado, estribillo instrumental y copla). El acompañamiento instrumental de las rondeñas, veratas… es muy simple: una guitarra, un laúd, y los hierros o lo que es igual, el triángulo, junto con la voz de los o las cantaoras, bastan. En cuanto al baile, es una mezcla entre los movimientos bruscos y vigorosos de la jota y la sensualidad y elegancia de la seguidilla. Si hubiera que ponerle un sustantivo al baile, éste sería  libertad. Se trata de la pieza que más gusta escuchar, ver, oír, cantar, bailar y  tocar a los habitantes de estos Valles de Gredos. Pieza imprescindible en cualquier fiesta que  se precie de serlo.

Las seguidillas. La etimología de la palabra es el diminutivo de seguida. Son una de las piezas más antiguas y auténticas del repertorio Gredense, al tiempo que como danza  estamos ante una de las muestras coreográficas más bellas  y armónicas de cuantas piezas dispone el basto territorio europeo. Aparecen en el siglo XV, al menos en su forma literaria. Suelen formarse básicamente  con cuatro versos cortos, heptasílabos los impares y pentasílabos los pares, rimando los pares en asonancia, siendo menos común las rimas aconsonantadas. Ejemplo:
A la luna de  enero,
                                                                    La falta un dí
                                                                Y a ti te falta menos,
                                                                     Para ser mía.

En algunas  versiones las cuartetas básicas de la seguidilla, se las añade tres versos más. (el primero y el quinto con cinco sílabas, o seis, si la última va acentuada). Quedando libre el segundo que es heptasílabo. Ejemplo;
Tú y yo nos parecemos,
mucho a la nieve.
                                                              Tú en lo blanco y lo frío,
                                                                  yo en deshacerme

Olé la mi morena,
                                                                si no tengo tu cariño
                                                                    muero de la pena.

Las características y particularidades de las seguidillas vienen dadas por su compás casi siempre  3 x 4; algunas piezas  con un compás de 3 x 8. En tempo movido o allegretto, en las tierras de Castilla, y allegro en el Levante y Andalucía, tocándose generalmente en tonos mayores, siendo las ejecutadas en tonos menores menos úsales. En el  Valle del Tiétar, Alberche y Sierra de San Vicente suelen  tocarse en Re o La. Constan de cuatro partes fácilmente reconocibles y diferenciales: introducción, salida, vuelta (bordón y o estribillo), y  copla.

 Su etapa de máximo esplendor  fue durante el siglo XVI, y también de mayor  expansión. En 1.740 el maestro de baile D. Pedro de la Rosa redujo las seguidillas a principios y reglas sólidas. Parecidos trabajos u obras realizo por aquél entonces D. Preciso, que las define de la siguiente forma:

“Luego que se presentan de frente en medio de una sala don jóvenes de uno y otro sexo a distancia de unas dos varas, comienza el ritornelo o preludio de la música; después se insinúa con la voz la seguidilla, cantando si es manchega el primer verso de la copla, y si es bolera los dos primeros, en que sólo se deben ocupar cuatro compases: sigue la guitarra haciendo un pasacalle, y al cuarto compás se empieza a cantar la seguidilla. Entonces rompen el baile con las castañuelas o crótalos, continuando por espacio de nueve compases, que es donde concluye la primera parte. Continua la guitarra tocando el mismo pasacalle, durante el cual se mudan al lugar opuestos los danzantes por medio de un paseo muy pausado y sencillo; volviendo a cantar al entrar también el cuarto compás, va cada uno haciendo las variaciones y diferencias de su escuela por otros nueve compases, que es la segunda parte. Vuelven  a mudar otra vez de puesto; y hallándose cada uno de los dos danzantes donde principio a bailar, sigue la tercera parte en los mismos términos que la segunda; y al señalar el noveno compás cesan a un tiempo y como de improviso la voz, el instrumento y las castañuelas, quedando la sala en silencio, y los bailarines plantados sin movimiento en varias actitudes hermosas, que es lo que llamamos el bien parado”…”… de tres partes iguales, que se llaman coplas, y en cada copla se hace una suspensión, a la que se llama bien parado, que sirve para descansar entretanto que repite el ritornelo”.

 Como ha quedado dicho anteriormente hay dos tipos diferentes de seguidillas y multitud de pasos y variantes locales, más o menos generales. En estos valles podemos distinguir dos tipos de seguidillas: seguidillas boleras y corridas o manchegas. Las seguidillas boleras tienen su origen en la escuela bolera madrileña del siglo XVIII. Suelen bailarse en filas o cuadros. Se ejecutan elaborados pasos no exentos de cierta elegancia y pose. Se estructuran en tres partes con sus consiguientes pasos y coreografías, al final de los cuales músicos y danzantes se paran bruscamente, para deleite y regocijo de los espectadores que lanzan piropos a los bailaores, al tiempo que se grita el famoso “bien parao”. La seguidillas corridas, aunque también se bailan, suelen bailarse a modo de rondón en corros, cambiando constantemente de pareja, con una serie de pasos sencillos y menos complicados que en el caso anterior. Los valles del Alberche,  del Tiétar, sierra de San Vicente, Comarca de Talavera y del Campo Arañuelo, son las comarcas que mantienen seguidillas en sus repertorios de música tradicional, aún hoy en nuestros días. Las demás comarcas las fueron perdiendo lentamente en el transcurso del tiempo y de las modas de turno.

En todas estas comarcas gustan de rondar las cuadrillas de mozos a las mozas, al son de las seguidillas, que enlazan primorosamente con jotas y romances. Pieza que en el Valle del Tiétar recibe el nombre  de “ la ronda”.

Lo mismo sucede con los demás bailes y danzas más modernos, como las polcas y  las mazurcas, en las que igual que en los casos anteriores, se carece de coreografías concretas, disponiendo a la vez de  un buen número de pasos, variantes y estilos más o menos personales de los que cada cual hace el uso que le viene en gana.    Dicho de otra forma: no hay bailes, ni tan siquiera una forma concreta de bailar. Hay una música con una serie de movimientos precisos y exactos. Más bien se trata de que cada cual adapte los movimientos básicos o elementales  a sus propias necesidades y características personales.

Basta con echar un vistazo a  las gentes  de la Sierra de Gredos cuando danzan en cualquier plaza o corro de guitarreros, para ver como cada cual tiene su forma característica de bailar, aun haciendo los mismos pasos, apareciendo ante nuestros ojos incluso individualista.

Pero existen algunas generalidades. Por ejemplo, el suave, y al tiempo vigoroso, movimiento de  brazos y manos, tanto en mujeres como en hombres, diferenciándose tan solo en que las mujeres no suelen levantar los  codos a la altura de los hombros, manteniéndoles bajos. Al contrario los hombres, que suelen mantener los brazos en alto. Las mujeres suelen girar en sus movimientos esquivando al hombre, al que no se encaran, dándole uno u otro costado. Mientras, los hombres requiebran los movimientos con un juego de rodilla característico, entrecortando los movimientos, bailando de frente a la mujer, a la que intenta llevar. Viendo bailar a algunas parejas en algunas bodas y fiestas, vemos aún hoy una la ancestral danza-lucha, entre el hombre y la mujer, mujer que llama y esquiva como torero al toro  los constantes envites y acoso del hombre.

 La forma de aprender a tocar los instrumentos, a entonar las canciones y el aprendizaje de los  diferentes pasos de los bailes y danzas tradicionales en estos pueblos, corría a cargo de los abuelos y de las abuelas. Se aprendía mirando, imitando y brincando junto a ellos en las cocinas, durante las largas noches del invierno. Quizás por ser los abuelos y no los padres los que transmitían las músicas y danzas, se observan en las generaciones entrantes y salientes dos estilos y gustos coreográficos que se van alternando. Dicho de otro modo, yo enseño a mi nieto a cantar y bailar a mi estilo, cosa que él, mi nieto, hará en su día con su propio nieto. Mientras que mi padre, con su estilo y carácter enseñará a su nieto, mi hijo, alternándose constantemente en una aparente renovación que no es más que ancestral alternancia y transmisión, que mantiene unidos los lazos familiares y por supuesto  del grupo local. Lo mismo sucede con las canciones. Cada generación canta y transmite las que se aprendieron desde niños, alternativamente y manteniéndose un impresionante repertorio y riqueza, que llamó la atención de los primeros folkloristas e investigadores como Agapito Marazuela, Otto Wunderlich, Sinler, y por supuesto García Matos, que llegó a afirmar en una de sus muchas visitas a estas tierras, hablando concretamente del valle del Tiétar que “ se trata sin duda, de uno de los lugares de mayor importancia en toda Europa, por la cantidad, calidad, belleza y singularidad de sus manifestaciones etnográficas”.

A mediados del siglo XX aparecen en escena los diferentes grupos folclóricos y grupos de coros de danzas. Tan sólo decir que a partir del surgimiento de los mismos, el folclore ha sufrido traumáticas aberraciones en cuanto al baile tradicional, no exento de algunos, pocos, impecables aciertos.  Aciertos que hay que atribuírselos a los grupos folk y rondas que ha dado y da la tierra. Muy pocos han sido y son los grupos que se han ceñido a representar lo más autentico y genuino de su repertorio folclórico y tradicional.

Se olvida la forma tradicional de bailar por parejas individuales, creando un sinfín de coreografías más o menos elaboradas, sin ningún criterio ni el menor respeto a la veracidad de lo auténtico.    Lo mismo sucede con los trajes, a los que se les quitan y ponen elementos en función del gusto y la comodidad personal, llegando al punto de disfrazar  a algunas mujeres, ante la excusa que produce la ausencia de varones a la hora de bailar, con los trajes de hombres. Me gustaría saber que pasaría en estos grupos si las que faltasen fuesen féminas a la hora da bailar. ¿Harían lo mismo ellos?.


Arenera serrana rosa pulida, carita de sol, ojitos de  luna, de tres hermanas que sois quien pudiera tener una.
                                                                                    

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