martes, 14 de junio de 2011

Daniel Peces Ayuso. Cuentos y leyendas cortas de curas, arrieros y militares de Arenas de San Pedro.

CUENTOS Y LEYENDAS DE CURAS, ARRIEROS Y MILITARES DE ARENAS DE SAN PEDRO. Recogidos por Daniel F Peces Ayuso.

El Arriero blasfemo y el  cura.

Un día iba de camino un cura montado a lomos de un gran macho que guiaba un arriero que tenía  muy buena fama, hacía un entierro en una aldea de la sierra y al llegar a un arroyo dijo el arriero:
-         Señor cura, baja el arroyo muy crecido y si no me cago en el Papa Roma el macho no pasa.
-          Pero hijo de Dios, ¡ cómo te vas a cagar en el Papa Roma!, ¡ Cómo dices esas cosas  delante de mí! .- respondió el cura un tanto  enfadado.
-          Usted sabrá padre lo que hacemos, pero yo si no le doy un buen palo al macho en las ancas y me cago en el Papa Roma con toas mis ganas de  aquí no pasamos.
Total que al cura no le quedó más remedio que acceder.
-         Agarresé padre.-
Le dijo el arriero. El cura  se agarró con fuerza a la cincha de la atacola por detrás del culo del macho con las dos manos, entonces el arriero lanzo la estaca a las ancas del macho con todas sus fuerzas, con tan mala suerte que le dio al cura al cura en toda la mano.
-         Me cago en el Papa Roma.- Dijo el arriero.
-          Y yo en los Cardenales,  que me has dejao manco cabrón.

La mujer del arriero y el cura.

Esto era la mujer de un arriero que era muy valiente y estaba liada con el cura. Cada vez que el marido le decía que se iba ella le mandaba aviso al cura de modo que en las ausencias del arriero el cura y ella se daban buenas tupas.
Un día un vecino le puso sobre aviso al arriero y le dijo que su mujer se veía a escondidas con el cura cada vez que salía de su casa a trabajar. A la mañana siguiente el arriero astuto les tendió una trampa, le dijo a la mujer que tenía que salir ya mismo de viaje ha hacer un porte para tres días por lo menos. Pero no se fue hizo como que salía con las mulas cargadas las dejó escondidas en un casillo cerca del pueblo y cuando llegó el abriquecer volvió a escondidas a su casa detrás de la puerta de la alcoba con una estaca en cada mano.
Al poco llamaron tres veces a la puerta cuando bajó a abrir su mujer vio con sorpresa subir al cura. Entonces el cura dijo a la mujer del arriero.
-         ¡Hoy lo vamos a hacer a estilo perro!.
-          ¡A estilo perro!.  ¿Y como es eso?.- Dijo la mujer con picardía.
-          Pues muy sencillo, tu te pones ahí en la mesa, te arremangas las faldas y yo voy por detrás.- Respondió el cura babeando.
-          Vale.
Entonces cuando el cura se quita la sotana y se encorva para ceñirla por detrás, el marido sale y le da dos estacazos en las costillas. Haciendo que el cura le endiñara con toda su porra en el quítate y no te meneés de la mujer…
-     ¡Hay padre que estaca a usado usted para dar ese golpe?
Y responde el marido;
-         Las que te voy a dar yo a ti  a partir de ahora cada noche.

El cura y la mujer del labrador.

Esto era la mujer de un labrador que era muy valiente, y andaba liada con el cura. Cada mañana cuando el buen hombre salía a trabajar sus tierras, llegaba el cura con que a confesarla. Un día de invierno, al poco de salir el labrador de su casa llegó el cura, y se sentaron los dos en el escaño junto a la lumbre. Con el calor de las llamas no tardaron en entrarles otros calores por los adentros. Estando en estas coge el cura y la echa mano a la entrepierna y ella ni corta ni perezosa le hace la misma maniobra al cura que decía  entre suspiros,
-¡Uy si lo que esta sembrando tu marido estuviera tan espeso como esto que estoy palpando aquí!.
Y dice ella;
¡Uy si las pajas que engavilla mi marido fueran tan gordas y duras, como esto que estoy tocando yo aquí.
Entonces el marido que había vuelto a casa en busca de algo y les había pillado con las manos en masa liándose a estacazos con los dos les decía a un tiempo:
-¡Y si los granos de trigo fueran tan gordos como las matauras que os voy a hacer con esta estaca!.

La amante del cura, del sacristán y  del monaguillo.

Esto era un cura, un sacristán y un monaguillo que tenían por costumbre compartir los amores con la mujer del herrero. Cada vez que este salía a la fragua llegaban los tres calaveras y entraban de uno en uno por la chimenea ayudados por una cuerda, ya que el herrero tenía toda la casa cerrada con cerrojos y candados que él solo podía abrir y cerrar.
Cada vez que visitaban los tres crápulas a la mujer del herrero tenían una contraseña de tal forma que cuando terminaba uno de ellos gritaba “Urza”, y entonces los otros dos tiraban de la cuerda y le sacaban, entrando otro y así hasta quedar hartos los tres.
Un día llegaron a la casa del herrero y empezaron a discutir los tres por ver cual de ellos entraba el primero por la chimenea. Le tocó al monaguillo.
-         Bueno.- dijo con voz precavida.- cuando diga Urza tiráis de la cuerda y me sacáis de hay.
-         Vale, no te preocupes, pero acaba pronto.- dijeron los otros dos.
 Se encaramó por las rejas al tejado y de un salto se metió por la chimenea, cuando llegó abajo, y puso los pues en el suelo de la casa grito. Urza. Y los otros dos extrañados tiraron de la cuerda y le sacaron rápidamente.
-¿Pero como has tardado tan poco?.- le preguntaron sorprendidos.
-         Es que desde ahí abajo por la ventana del corredor he visto una mujer guapisima por ahí afuera más guapa que la mujer del herrero.
-          Déjate de bobás.- dijo el sacristán.- ahora me toca a mí y hasta que no diga tres veces Urza no me saquéis de ahí abajo.
Lo que no sabía el cura, ni el sacristán es que abajo al pie de la chimenea estaba el herrero con un yerro al rojo vivo de la fragua y que daba a la misma altura de lo que cuelga en la entrepierna a los hombres.
Pues na sube pa arriba el sacristán y se tira por la chimenea, antes de llegar abajo y poner los pies en tierra al sentir el calorcillo del yerro entre sálvese sus partes, gritó tres veces desesperado. Urza, Urza, y Urza. Tiraron de la cuerda el cura y el monaguillo y le sacaron. Entonces  el cura le pregunto por que había subido tan pronto, a lo que el sacristán respondió.
-         Es que desde ahí abajo he visto a la mujer más preciosa que haya habido sobre la tierra corriendo desnuda por la ventana y quería verla más de cerca...
El cura que estaba ya más caldeao que un horno, según subía pa la chimenea les dijo al sacristán y al monaguillo;
-         Pues yo hasta que no diga veinticinco veces Urza no me saquéis de ahí por nada del mundo, ¿He?.
-         Vale padre no se preocupe que así lo haremos.
Cuando el cura se tira chimenea abajo y llega a dar con el yerro ahí mismo, dice;
-         Urza, Urza, Urza y veinticinco veces Urza.

El gato, la criada y la coronilla del cura.

Había una vez un gato que era muy listo, y cada vez que echaba la criada tasajos de carne al puchero este se colocaba cerca y cada vez que los cachos subían pa arriba con  una uña zas los sacaba de uno en uno pa afuera y se los comía el goloso de él.
Claro el ama se daba cuenta de las mermas y le echaba la culpa a la criada. La pobre ya no sabía que hacer, y un día hizo con que salía de la cocina al pozo y se escondió detrás de una ventana desde donde no perdía de vista el puchero. Al poco llega el gato se colocó al lado y zas de una en una empezó a sacar las tajadas.
-         ¡Ay canalla que eres tu el ladrón y por ti e estado yo difamada y a punto de quedarme sin trabajo pues te vas a enterar.
Entonces sin hacer ruido fue por detrás del gato y dándole un empujón en el culo le metió la cabeza en al puchero escaldándole y dejándole la coronilla pelá como un fraile.
Al poco estaba el gato sentado en el tejado de la casa y vio de acercarse una procesión, cuando el cura llegó a su altura y el gato le vio la calva en la cabeza y se dijo en alta voz:
-         Mira otro escarmentao que robó los tasajos como yo.

El cura y el calzón del borracho.

Esto era uno que estaba un día borracho del tó y el otro también.  Y había un cura que gustaba de acudir a visitar todos los sábados de bien temprano a una buena cristiana con la que tenía un que hacer.
Un día que iba el cura a vesitar a la su amante, al poco de salir de la casa le dió un retortijón de esos que no te dan tiempo ni pa abajarte la bragueta y ¡zas!. No pudo aguantar el tirón y tras de un peo como un trueno se cagó vivo las patas abajo.
¡Me cago en dié!,- dijo.- ¿Y ahora que hago yo con to los calzones y los pantalones cagaos?.
Saltó una paré  se quitó los pantalones y con los carzoncillos se limpio el pastel, pero como le quedaron pa bebedero de parrones (patos), los tubo que tirar por ahí.
Cuando andaba peleando con los pantalones, se fijó que a su vera estaba uno al que llamaban El Pitarra, con una cogorza impresionante. Y como estaba durmiendo la mona, no le había sentido pero al dar el borracho un rebufo el cura se percató de él. Y como los curas son así, cogió le dejó en calzones al borrachín y se puso sus pantalones, plantándole los suyos que estaban golosos del jalbiego, y tiró caminito adelante como si ná dejando al otro con el regalito.
Al poco tiempo mandaron de llama al bueno del cura para que diera la extremaunción a uno, a tal sitio. Agarró el biatico mando de avisar a los monagos y pa allá que se va. Cuándo llegó salió a recibirle el amo de la casa y el cura antes de entrar le pregunta ¿qué, que mal padecía?, y el otro le dijo que el olor de tanto vino le había vuelto la cabeza pal otro lao a su hijo el chico. Y que de unos días a esta parte su locura le había llevado a postrarse dejándose morir. El cura un tanto extrañado entró pa dentro y al llegar a la alcoba donde estaba postrado el moribundo dio un salto pa atrás  diciendo.
-         ¡Me cago en  die pero si es…!.
Y es que el que precisaba la extremaunción no era otro que el borracho al que le había robado los pantalones dejándole con los suyos cagaos días atrás. Cuando se acerca el cura a él y empieza con el  “in nomine pater…” le dice el borracho al cura;
-         ¡Hay padre que nadie me lo cree, pero un día me cagué los pantalones y no me manché los calzones!. ¿Uste sé lo pue creer?. Pues por Dios que es el más grande, la Virgen y San José, todos los Santos del cielo y las Santas también,  le digo que así me fue. Me cagué en los pantalones y en los calzones ni una zurraspa dejé.
El joío el cura mandó de salir a todos de la alcoba con la cosa de que le iba a confesar, y cuando se hallaban a solas le dice el cura al muchacho;
-         Mira hijo una cosa en secreto te diré, no te pienses que estoy loco, pero escúchame  bien. Vengo de ver a uno que le paso al revés, se cagó en los calzones y no se manchó los pantalones. Es cosa extraña pero puede suceder. Asinque levanta de ahí, que no tienes ningún mal, vamos a beber un poco de vino y de esto no digas na.
Se levanto el enfermo de la cama y se fueron pal mesón, y a los dos monagos que llevaba les tuvieron que envitar también.

Los curas que se pegaron con sus sombreros.

Esto eran dos curas que iban caminando por un barranco de la sierra y por no sé que empezaron a discutir enzarzándose en una pelea. Y como no había piedras, se tuvieron que pegar a sombrerazos...

La discusión del rey y la reina.

Estaban un día el rey y la reina discutiendo acaloradamente quieres eran más fuertes e inteligentes, ¿sí los militares o sí los estudiantes?.
El rey decía que sin duda los más fuertes e inteligentes eran los militares y la reina que los estudiantes sin duda eran mucho más fuertes y listos que los militares. Estando en estas a la reina se la ocurrió una idea.
-         Daremos una peseta a un militar y otra a un estudiante y les diremos que tienen que gastar cincuenta céntimos de lo que hay y los otros cincuenta gastarlos en lo que no hay y traérselo al palacio.
Al rey aunque no alcanzaba a saber el sentido de esta apuesta, le pareció una buena idea, llamaron al mejor soldado y mejor estudiante y les dieron la peseta con el encargo. Al estudiante no se lo ocurría donde comprar algo de lo que no hay, así que se lo gasto en vino y no regresó a palacio.
Pero el militar, cogió cincuenta céntimos y se los gasto en una buena comilona, y los otros en una “rascamestaparte” que vivía en los arrabales. Y a los tres días regresó al palacio. Pero antes se rompió un bolsillo y se sacó la pieza por el agujero, y el otro bolsillo lo dejó como estaba. Cuando llegó delante de los reyes dijo a la reina;
-         Meta usted la mano aquí verá como hay.- Señalando el bolsillo roto.
Cuando la reina metió la mano y palpó aquello la saco como si la quemase y entonces dijo el soldado;
-         Ahora métala en este otro bolsillo verá como no hay. Pues ya esta.

El cura padre.

Salía un cura de la iglesia de dar misa y al verle los muchachillos salen todos corriendo pa besarle el anillo gritando;
-         ¡Padre!. ¡Padre!…
Y dice el cura;
- Si, si pero no de todos.

El cura, el sacristán, la liebre y los cazadores.

Andaban un día un cura y su sacristán por el monte de camino a un pueblo a decir misa, cuando de pronto sale al camino una liebre mal herida que había sido tiroteada por dos cazadores. El cura sin pensarlo dos veces la coge y se la guarda bajo la sotana entre las piernas.  Entonces le dice el sacristán al cura;
-         Sr. Cura que bien vamos a cenar esta noche?.
-         Sí, por lo menos yo.- Responde el cura.-
-         ¿Cómo que por lo menos yo?. ¿Será los dos?.- Le replica el sacristán.
-         Si, si, por lo menos yo.- Vuelve a responder el cura.
A esto que se acercan los dos cazadores y les preguntan por la liebre. El cura les dice que no han visto nada, que si que habían oído los tiros pero que no habían visto liebre alguna por ninguna parte. Pero el sacristán por detrás les hacía señas de que la tenía el cura bajo la sotana entre las piernas escondidas. Entonces le echó mano un cazador y sacó la liebre.
-         ¡Con que no había visto usted liebre alguna, so ladrón?
Y se liaron a palos con el, dándole una soberana paliza dejándolo molido.
Echan a andar y ya cuando llegaban al pueblo dice el cura al sacristán;
-    ¡Hay que ver la paliza que nos han dao!.
-    Si por lo menos a usted que a mi no me han tocao.

El cura, la monja y el mulo.

Esto era un cura que cantaba la misa en Candeleda y tenía que subir a Ávila a no se que mandao que le había venido del Sr. Obispo. Y al pasar por Arenas paró en la Plazuela de las Monjas a dar de beber al caballo entrando en el convento a hacer una visita a las agustinas. Y allí estaba una monja que también tenía que ir a Ávila a no seque otro mandao. Total que le preguntó al cura que si podría subir con él, y el cura dijo que si que no había ningún problema… se subieron los dos al macho y tiraron puerto el Pico arriba. Y como era tiempo de invierno les pilló una fuerte ventisca, y a mitad de los puertos en la Serrota se muere el mulo de pronto arrecio de frío. Y va y le dice el cura a la monja.
-         Mire usted, ya ha visto hermana lo que le ha pasado al pobre animal, que se nos ha muerto. Mire usted yo creo que lo mejor que podíamos hacer hermana sería sacar las mantas y hacernos un albergue a modo de refugio hasta que pase alguien o pare la ventisca.
Y dice la hermana;
-         Bueno si usted lo dice padre.
Empiezan a buscar las mantas pero que mantas no había y la que llevaba el macho estaba tan roía que por cada bujero cabía un plato. Total que dice el cura;
-         Mire usted hermana, yo creo que lo mejor es que se quite el habito y con el preparamos un guango para resguardarnos.
 Y dice la monja.
-         Bueno padre, yo me lo quito pero usted no mire. Que oiga usted que yo soy muy religiosa y esto lo hago por la necesidad y la obediencia que le debo...
Y el cura;
-         Venga hermana, usted desnudesé que yo no miro, ni se me ocurre.
Y al rato dice el cura:
-         Hermana y esos dos bultazos que tiene usted ahí por cima del ombligo, eso qué es.
-         Padre aquí no mire usted que esto es carne muerta. Es carne muerta…
Le dice la monja al cura.-
-         Bueno hija, bueno, sigue desnudándote, que yo no miro.- y al ratito le vuelve a preguntar el cura a la monja.- ¿Hermana y ese ratoncillo peluo que tiene ahí escondidito, eso qué es?
-         ¡Aquí no mire usted padre que esto es carne muerta!.
Le replica la monja. Y así pasó el día sin que pasara nadie por aquellos caminos para socorrerlos… hasta que empezó a oscurecer y le dice la monja al cura.
-         Que digo yo padre que si se quita uste la sotana nos podríamos abrigar los dos con ella.
-         Si hermana pero uste no mire he.
-         No padre por Dios que soy religiosa y yo no gusto de cosas carnales…
Y el cura se queda en cueros y con la sotana se cobijan los dos preparados para pasar la noche. Y esto que va la monja y le dice al cura.
-         ¿Padre y eso que le cuelga entre las piernas, eso que es?
Y va el cura y la dice.
-         Ay hija esto que ve aquí, esto resucita a los muertos.
Y va y le dice la monja.
-         Pues dele por culo al mulo a ver su llegamos pronto a Ávila.

El quinto y el tren.

Va un quinto nuevo a la capital y se encuentra con una mujer de la vida que no es que fuera guapa, era horrorosa. Tenía unos ojos, ¡madre que ojos! Uno dao de sí y otro dao de no, vamos que era bizca. Tal es así cuando lloraba por el derecho se mojaba las costillas. Y con más legañas que mierda tiene el palo un gallinero… ¿Y la nariz? Que un día estornudó encima de un saco harina y tuvieron niebla un mes.
¿Y la boquita que tenía?. Con un par de dientes, uno arriba y otro abajo, eso sí los dos de leche, de mala, pero de leche. ¿Y el culo que tenía la desgraciá? Que se tiró un peo en un entierro y echó la culpa al muerto. Y al pobre le dejaron en la cuneta por guarro. Mira si tendría grande el culo la desgraciá que fue un día a sentarse en el campo y se sentó fuera.
De esas mozas bravas y valientes que cuando la ves te van diciendo.
-         Cariño ven que te voy ha hacer un hombre.
Y yo le respondo. Pa Alemania me voy que tu lo que me vas a hacer conmigo es un desgraciao. Pero se lo puso muy bien de precio y el quinto que no lo había catao en su vida le entraron los agobios y se fueron pa las vías del tren. Llegan y se ponen en medio a darle al asunto, y venga y toma y dale, cuando estando en estas que viene el tren. El de la maquina que los ve en medio de la vía;
-         ¿Pero será posible que están haciendo esos dos en medio de las vías, serán desgraciaos?
Y tira del pito chico; Piiiiiii-piiiiii. Y nada que los otros dos a lo suyo dale que te pego. Ya el maquinista tira del tipo grande.- Puuuuuu-puuuuuuu. Y nada que no se movían de lo suyo. Ya tira de freno el tren y las ruedas de hierro empiezan a soltar chispas por todas partes y ya se baja el maquinista muy contento con una llave inglesa en la mano y les dice;
-         ¡Pero desgraciaos a poco más y os mato!. ¿Por qué no  habéis parao?.
Y va y le dice el quinto;
-         Mire usted, entre ella que se me venía. Yo que también me venía. Y usted que también venía pues me dije; “¡ Coño que pare el que tenga frenos!”.

El arriero y el cura.

Llega un día un arriero a un mesón a comer y pide mesa.
-         ¿Aquí se puede comer?.
-         ¡Si hombre como no! Le dice el tabernero.
Y al lao había un cura viejo comiendo, o más bien trabajándose una tortilla de patatas con un poco pan y vino. Se sienta en una mesa al lado del cura y le dice el arriero al tabernero;
-         A ver, ¿qué tienes pa comer buen hombre?
-         Pues tengo unas alubias con chorizo y unas morcillas con garbanzo por aquí, con unos rellenos y eso…
-         Tráeme unas alubias con chorizo de esas, a ver.
Se echa el tío dos platos de alubias. Y dice.
-         ¡Uy que buenas han estao las alubias! Tráeme otro plato anda.
Se echa el otro plato de alubias pal cuerpo.
- ¡Uy que buenas!. ¿Y que me has dicho que tenías de segundo?
-         Pues hay cabrito a la diabla, chuletones de ternera, cochinillo frito y pollo asao.
-         Pues ponme aquí dos chuletones de esos, hombre.
S e echa los dos chuletones el tío, y dice.
-     ¡Uy que bien me he quedao!. ¿Qué más ha dicho que tenía uste?.
-         Tenía cabrito, cochinillo, pollo.
-         Tráeme medio cochinillo, hombre.-
Se echa el medio cochinillo el tío y le dice.
-     ¡Que tiene uste de postre?.
-         Tengo esto, lo otro…
-         Tráeme tres flanes.
Se echa el tío cinco flanes y le dice.
- Y ahora tráeme un café, una copa y un puro.
Y el cura a todo esto, el hombre seguía trabajándose la tortilla, el pobrecillo, estaba el hombre viejecillo ya, sin dientes apenas para roer el pan, ahí persiguiendo a la tortilla inquieta de un lado a otro del plato. Cuando  de pronto el arriero se toma el café,  se apreta la copa de un trago,  enciende el puro, se tira un peo y dice;
-         ¡Dios hoy he comido como un cura!
Y le dice el cura;
-         ¿Y por qué no dice usted que ha comido mejor como un salvaje?.
Y dice el arriero;
-         ¡Hombre es que yo no se como dicen aquí en este pueblo a los curas!.

Y la arriero y la mocita:

Pues resulta que antes había uno que vivía de arriero. Tenía un buen carro y con él iba y venia vendiendo y comprando cuanto necesitaba. Pero tenía una falta y esa falta era que le gustaban mucho las mujeres y aún estando casado, no se le escapaba al tiro de su escopeta conejo que veía dispuesto a su alcance. Un día que estaba en la puerta de su casa unciendo la yunta de vacas al carro se acerco a él una mocita muy guapa;
-         Tío fulano que me han dicho por ahí que va a uste de aguas pa abajo (cruzar el Tiétar) y es que tengo que ir a Talavera a hacer unos mandaos por lo que si uste esta conforme yo le doy el pago del porte y uste me lleva hasta allí.
El arriero muy serio la mira y la dice.
-         ¡No! ¡ Que no te llevo! Que me han dicho que te tiras muchos peos el viaje es muy largo y yo esos olores en tan largo viaje no los aguanto. Así que no te llevo.
-         ¿Pero como me dice uste eso? Dice la moza medio enfadá medio ofendia. Que yo me tiro peos. ¿Pero de donde se ha sacao uste eso so embustero? Yo no me peo y menos delante de nadie. ¿A ver que se ha creído uste?. Dijo la rabúa.
-         Bueno no te enfades, si yo lo que he dicho es lo que me han dicho a mí, y comprende que no voy a ir hasta Talavera con una tía que no hace más que tirarse peos. Y tu me dices que no, pero yo ¿Cómo lo voy a saber?.
La moza que tenía que acudir sin premisas a Talavera y no tenía otra forma de hacer el mandao que la urgía cambió el discurso;
-         Mire uste si es por dineros no se apremie que no hay problema, uste me diga lo que tengo que darle lo ajustamos y se lo doy antes de salir del pueblo.
-         Que no, que no es por las perras, que es por lo de los peos.
Y al verla con la cara descompuesta va y la dice el arriero a la moza.
-         Mira, vamos a hacer una cosa yo te llevo y no te cobro ni un real, pero al primer peo que te tires, me lo tienes que dar lo que cogen los perros cuando van a cazar. Lo que tu prefieras y quieras el culo de adelante o el de atrás.
-         ¡Hay que joderse con el arriero!.
Dijo la niña. Pero como estaba segura de que no iba peerse le dijo que bueno, que sí que aceptaba el trato.
Cuando hubo cargado el carro el arriero se montaron los dos y tiraron por el cordel camino de Talavera. Ninguno decía palabra alguna y anduvieron hasta llegar al paso de Barcapeña. Habló con el barquero pero no convino el precio del barcage y decidió cruzar el Tiétar que venía con poco agua. Y cuando estaban a mitad del río, soltando las riendas con un aspaviento le grita el arriero a la mocita.
-         ¡Me cachi en to lo que se menea!. No has tenío otro sitio onde peerte, so guarra. Bájate ahora mismo del carro.
-         ¡Pero si yo no me he peío!.- Y era verdad.-
-         ¿Cómo que no? Encima mentirosa, que te bajes ahora mismo del carro.
-         ¿Pero que yo no me e peío y cómo voy a bajar en medio de la corriente del río?.
-         ¡Que te bajes! O me lo das aquí mismo.
Que si, que no, que pa allá que pa acá, que al final no la quedó otra a la pobre moza que darle al arriero el culo de atrás. Cuando acabaron la faena tiraron pa adelante como si na los dos más callaitos que un mudo. Y ya al pasar el pueblo de Parrillas iba cantando el arriero el cantar ese que dice;
“Arrierillo de yuntas que vas y vienes, dime donde me guardo, de la fría nieve. En Ramacastañas para. En Hontanares no te pares. En Montesclaros un rato. En Segurilla una horilla. En Mejorada de mala gana y en Velada ni poco, ni mucho, ni nada. Ea, ea, ea otro palito a la burra y llegamos a Talavera en donde cacharro encuentra su tapaera…”
Cuando al llegar a la orilla el Guadyerbas otra vez ataca el arriero con la misma.
-         ¡Te has vuelto a peer! ¿He tía joía?.
-         ¡Que no, que no, tío fulano que yo me he peío! ¡Hay que ver como es uste! Ni me he peio antes, ni ahora ni dispues.- Y era verdad.
-         Encima mentirosa, bájate del carro ahora mismo… - insistía el hombre una y otra vez, mu seriamente.- ¿O te bajas del carro, o me lo das otra vez, tu sabrás  lo que vas a hacer?
Que si, sí, que si no, que aparte pa allá esas pajas, con menos esfuerzos esta vez el culo de adelante que le dio. Acaban de hacer el negocio se recomponen y tiran pa adelante callaitos sin decir ni una palabra. Cuando na más cruzar los llanos de Velada al llegar a una reguerilla va y dice la niña con carita de limonera.
-         ¡Hay que ver, tío fulano!. ¡Hay que ver!.
-         ¿Pues que pasa ahora?.- dijo el arriero.
-         Que me he vuelto a peer y uste que ni se ha enterao!.- Y era mentira.
Tiró el otro las riendas y se zingaron a lo largo el carro encima unas mantas y allí la terminó de arreglar tanto el culo de adelante, como el de detrás. Y es que camino de Talavera, cada cacharro halla su tapaera.

El quinto y el sargento.

Había una vez un quinto que le habían metido en un cuartel correccional para ver si le domaban por que estaba un poco berrihondo. Y se pasaba el día de marchas pa arriba y marchas pa abajo, dando barrigazos sin descanso. Y andaban un día haciendo el paso en el cuartel y estaba el sargento marcándolos.
-         Uno, dos. Unos, dos. Unos, dos… izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Y el otro por detrás, sin que le vieran repicaba diciendo:
. Eso, eso. Eso, eso…
Y el sargento mirando pa to los laos. ¿Quién será ese desgraciao que repica diciendo eso, eso? Como le agarre le fusilo. Y vuelta a la instrucción.
-         Uno, dos. Unos dos… izquierda, derecha, izquierda, derecha…
Y el otro.
-         Eso, eso… Eso, eso.
-         ¿Dónde esta el que dice Eso, eso, como lo agarre? Este pasa la mili en el calabozo o le fusilo. Uno, dos, uno, dos…
-         Eso, eso, eso, eso, eso…
Y ya a última hora de la tarde le pesca al quinto peluso y dice.
-      ¡Hay la madre que te parió, so cabrón, te pille!. ¡Ven aquí que te voy a dar yo a ti eso, eso, eso?
Se acerca el quinto al sargento y le dice.
-         A ti te voy a fusilar, vas a ir al pareón ahora mismo. ¿Qué es eso de que cuando yo digo uno, dos, unos, dos…tu dices eso, eso?.
Y le dice el quinto.
-         Pues  eso, por que si seguimos a este paso es lo que vamos a quedar, uno o dos, uno o dos.

El cura y la Vaquerilla.

Iba una Vaquera andando por esas sierras, cuando de repente en lo hondo de una nava se encuentra a un cura atao de pies y manos y con toda la despensa al aire. La Vaquerilla que le ve deja las vacas y se le acerca.
-         ¿Pero que le ha pasao a usted padre?.
-         ¡Hay hija!. ¿Qué no lo ves?. Que siete serranas me han violao. Que me han violao…
-         ¿Y no a pedido auxilio a nadie?.
-         ¡Pero si por aquí no hay nadie!.
-         ¿A ver como ha pedido auxilio usted que lo vea yo?.
Y empieza el otro;
-         ¡Auxiliooooo!. ¡Socrorroooooo!.
Y dice la Vaquera;
-         ¡Pues si es verdad que no había nadie!. ¡Ahí le va otra pasadita!.

El cura nuevo y el cura viejo.

Jubilan a un cura muy viejo en un pueblo y traen a otro joven en su puesto. Pues de estos de corbata,. De estos yeyés. De estos de la camisa de cuadros y la melena, y el cura viejo al asilo. Y el cura nuevo se pone a decir misa. A los pocos días le llama el cura nuevo al viejo y le dice;
-         Mire usted, que quiero que me vea decir misa un día pa que vea usted como me porto y como sigo yo la cosa.
-         Pues este domingo voy. Le dice el otro.
Y llega el día y va ese domingo a ver como decía la misa el cura nuevo y el cura viejo aguantando mecha atrás del to en el sotocoro de la iglesia, cuando ya da la bendición y termina la misa y va y le dice el cura viejo al nuevo.
- Oiga joven. Venga usted aquí. Haga usted el favor que le voy a cantar las cuarenta que le voy a decir lo que pinta y el de monte y más de cuatro cosas, hombre.  Sinvergüenza. Venga uste aquí que le voy a decir una cosa. Mire usted yo le consiento a usted que halla puesto usted a la puerta de la iglesia un cartel que dice; “La cruz es la hostia”. Y también que en vez de decir María Magdalena diga; “María y sus chicas”. Que en vez de decir Jesucristo y sus apóstoles diga; “Chuchi y sus muchachos”. Y que lleve usted pantalón vaquero y camisa a colorines y melena. Porque yo comprendo que los tiempos cambian y que la vida ha evolucionado. Pero lo que no le consiento, ni le aguanto, es que cuando sube usted el cáliz en la consagración  diga. “Terri pa un trago”. Y responda el monaguillo; Usted si que sabe so borracho.


El arriero y el americano.

Estaban un día hablando un arriero y un americano, cuando sin más dice el americano;
-         ¡Cuidado que sois idiotas los españoles, sois Jilipollas!.
-         Cuidao, he,  mucho cuidaito con lo que se dice, que saco la navaja ahora mismo y te volteo las tripas de dentro a afuera. ¿Qué es eso de que los españoles somos unos jilipollas?.
-         ¡Por que no sois ni libres!
-         ¿Qué no somos libres en España?
-         ¡Pues no!
-         ¡Buenooooooooooooooo que no! Más que en América.
Y va y dice el americano;
-         Mira yo en América, si me sale los cojones, me permito el lujo de ir al despacho del presidente y decirle en sus barbas. ¡Señor presidente usted es un hijo puta!. ¡Y no me pasa ná!.
Y dice el arriero;
-         ¡Anda, pos igual que aquí!. ¡Pues to lo mismo!. ¡Pues to igual!. ¡Anda, pues si yo aquí ahora mismo, si me sale los cojones, me voy a Madrid a ver a la reina en persona y le digo en sus barbas. ¡Majestad, el presidente de los Estados Unidos es un hijo puta!. ¡Y tampoco me pasa ná!






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