lunes, 13 de junio de 2011

Daniel Peces Ayuso. Cuentos y leyendas de Arenas de San Pedro II Parte

Cuentos y leyendas tradicionales de Arenas de San Pedro

CUENTO LA  BICHA  PELUDA.

Hace algunos años, no existían las lavadoras  y la ropa y  todos los trapos se lavaban en el río. Sobre alguna piedra o restregando la ropa contra la banca de madera a la corriente del cauce. Las mujeres se reunían con las vecinas y  parientas, para hacer el jabón en la puerta de la casa con la grasa, sebo y aceite de deshecho, que junto a una mezcla exactamente calculada de agua y sosa, removían con una pala de madera, mientras hervía el cocimiento en una gran caldera de cobre puesta sobre una trébede en el fuego. Luego la pasta se vertía sobre una bandeja o cajón de medera y se cortaba con un cuchillo o alambre haciendo las partes que  se usaban como  pastillas. El jabón casero hecho de la forma tradicional era muy bueno y mezclado con la greda era capaz de quitar cualquier macha por  mala que fuera de quitar.

Cuando salían de casa para ir al río a lavar al cauce cogían un cesto con ropa sucia, la banca, el jabón y en el invierno llevaban además una cobra con agua caliente para desentumercerse las manos heladas por el agua fría de nieve. Pues era normal que muchas mañanas tuvieran que romper el hielo del cauce con una piedra o palo para poder lavar la ropa con el agua helada.

Un día de verano de esos que de la caló no se podía ni respirar, salió al alba de su casa la tía Marcelina al río a  lavar. Según bajaba de su casa al cauce iba llamando a sus vecinas y amigas con las que había quedado para ir juntas al río a lavar la ropa sucia. Pues era muy normal hacer esta tarea en animados corros de mujeres. mientras quedaban en sus casas al cargo de los más pequeños…

-         Usebia, vamos que  nos van a quitar los mejores sitios para
     lavar y nos tendremos que ir río arriba a lavar si no te
      espavilas.

-         Ya voy, Marcelina que estoy poniendo el guardapie. Respondió la buena vecina desde el zaguán de su casa.

Y así poco a poco pero sin perder el tiempo, fueron juntándose unas cuantas vecinas que en tropel y en conversación muy animosa llegaron al río y cuando vieron que los mejores sitios ya estaban ocupados  decidieron subir un poco mas arriba a lavar. Al llegar a la orilla se dispusieron a lavar mientras hablaban de las cosas que las habían pasado y de las que las provocaban risa. Pues las bromas formaban parte importante de estos ratos de fregoteos.

Como era tiempo e verano  algunas se quedaron en viso y enaguas y se metieron en  medio del río para refrescarse. Y estando en estas de pronto una gran bicha llena pelos como las crines de un caballo se acercó a las mujeres silbando y lanzando bufidos como un dragón. Las mujeres que estaban en la orilla estas al ver la descomunal bicha como un pino de larga, como una vaca de gorda y con mas pelos que un oso, dieron la voz de alarma, las que estaban en medio del charco salieron corriendo del agua dando chillíos, dejando la ropa tirada por la ribera del río, incluso  algunas  prendas fueron llevadas río abajo perdiéndose para siempre. echaron todas a correr en dirección al pueblo sin vestirse horrorizadas ante la imagen del pedazo de bicha con pelos.

Al llegar al pueblo se formó un gran revuelo y pronto corrieron la voces por todo el pueblo, decidiendo que tenían que ir a pedir ayuda a los hombres. Pero como era tiempo de verano los que no estaban en la sierra con el ganado, estaban en las dehesas binando o regando las cosechas. Por lo que solo había viejos y niños que fueron al río a ver si la veían, pero nada la Bicha no aparecía por ninguna parte…

Cuando a la noche llegaron los hombres al pueblo, sus mujeres les contaron lo ocurrido, y  los hombres tomándoselo a chufla les dijeron que no sería para tanto, que seguro que lo que habían visto no era una bicha sino una mata de margaritas de agua reliadas a un tronco podrido de aliso.

Entonces las mujeres se enfadaron mucho y se negaron a volver a río a lavar si no iban los hombres y la mataban. Y así lo hicieron. En un principio a los hombres esto no les importo nada, y se fueron a dormir y al día siguiente a trabajar. Pero al cabo de unos días las cosas no fueron tranquilas para nadie. Ya que pronto la ropa sucia  empezó a amontonarse en las casas pues las mujeres no querían volver a río a lavar hasta que no desapareciera la bicha con pelos. De modo que no quedaba ropa limpia, los pañales sucios daban un olor insoportable y los calzoncillos, bragas, calcetines y camisetas olían a huevos podridos. La situación era  insoportable. Entonces los hombres decidieron en una reunión que hicieron en a taberna del Tío Meapoco salir al día siguiente a cazar la bicha peluda todos juntos. Y así se lo comunicaron a las mueres.

A la mañana siguiente antes de que el sol diese sobre los picos verdes de la sierra salieron hacía el río, unos armados con estacas, otros con hondas, palos y piedras. Al llegar a la orilla del charco unos fueron un poco río arriba y otros fueron otro tanto río abajo. Estuvieron todo el santo día buscando a la bicha peluda pero no dieron con ella, y lo que es peor no dieron con la cueva donde se acuevaba.

Mientras algunas mujeres lavaban la ropa en los desagües de las fuentes, donde abrevaba el ganado cuando lo traían al pueblo por las tardes y  donde bebían todos los animales a la mañana. Pero eso estaba prohibido y la multa era tan grande. Ya que solo una vez que lavaron en el pilón  bebieron unas cabras y borras de las aguas emponzoñadas de la fuente, y por la sosa del jabón venenoso, muriendo tres cabras y siete ovejas. Se armó tal revuelo que nunca mas nadie se atrevió a lavar la ropa en las fuentes. Pero la ropa seguía sucia y ya habían usado las mantas y las sabanas para hacerse camisas, enaguas, bragas, calzones, medias y calcetines. El mal olor era insoportable y ya no solo olían mal las casas si no que todas las calles del pueblo se llenaron de un olor que espantaba a los muertos, atrayendo ejércitos de moscas y a los abantos. Los días pasaban y los hombres no daban con la bicha peluda por ninguna parte. Tan solo unos pocos habían visto por las orillas del río cerca de los bancales donde los huertos  florecían y maduraban sus frutos, verduras y hortalizas el negro rastro que esta dejaba a su paso. Por lo que ninguna mujer quería acercarse siquiera a los huertos para vinar o regar o recoger lo que ya esta pintón. Así que los huertos poco a poco fueron perdiéndose por el miedo que tenían a la bicha con pelos que rondaba por las orillas del cauce del río muy cerquita del pueblo.

El tiempo seguía pasando y ya no solo las ropas y los huertos empezaron a ser desatendidos y perdidos por las zarzas y la maleza. Si no que al tener los hombres que seguir buscando a la bicha, el ganado lo tenían que atender los niños quedando estos a merced de los lobos, aunque todos los rebaños tenían varios perros con sus carrancas. Así estuvieron mas de tres meses buscando a la bicha hasta que una mañana del mes de octubre por fin, el esquilador encontró bajo una gran mata de toronjil una piedra que debajo parecía tener la entrada de una profunda cueva. Tiró de su azolillo y limpio la entrada de broza, hasta que de pronto apareció delante de él la boca de una gran cueva que parecía bajar a los mismos infiernos. Se asomó a ella y escuchó un tremendo silbido. Miró bien y vio los ojos de la bicha con pelos que parecían tizones encendidos… Ya no había duda, allí era donde se acuevaba la bicha con pelos. Fue al pueblo y dio la noticia a todos lo vecinos y a las autoridades competentes. Reuniéndose en el ario de la iglesia como era costumbre hacer en las grandes y más importante reuniones del lugar. Todos daban ideas a cerca de cómo hacer salir a la bicha de su profunda cueva.

-         Con agua, inundemos la cueva con agua. Dijo uno.

Y así lo hicieron empezaron a echar agua pero la bicha que no salía.

-         Metamos un conejo atado a una cuerda, cuando se lo este tragando tiraremos de la cuerda y sacaremos a la bicha como si fuera una anguila. - dijo otro.

Y  así lo hicieron, fueron a por una gran maroma ataron un conejo que había cogido el  alimañero el día anterior y lo tiraron por la boca de la cueva abajo. Pero nada que la bicha de un mordisco se tragó el conejo partiendo  la maroma  como si fuera un hilo de seda. Ya se estaban empezando a cansar y la bicha desde la profunda cueva lanzaba tremendos silbidos que  dejaban sordo y paraban el pulso del corazón de quienes la escuchaban.

-         Ya esta dijo un tercero, hagamos fuego y ahumemos la cueva ya veréis como así si que sale esa condenada bicha.

Y así lo hicieron, fueron unos a por teas de pino, otros por miera y otros a por una jaugos que mezclaron con ramas verdes de aliso y sauce. Lo metieron en la boca de la cueva y los dieron yesca. Pronto los silbidos parecieron truenos que salían de la tierra, haciéndose cada minuto más y más fuertes. De pronto la enorme serpiente llena de pelos por todas partes enormes como nunca jamas se había visto, apareció por la boca de la cueva apagando las llamas del fuego pero provocando mas humo al arder los pelos negros de sus crines como el carbón. Algunos echaron unos pasos atrás, pero  otros sin perder el tiempo agarraron lo que tenían más a mano y una lluvia de palos piedras y estacazos cayeron sobre la bicha dándola muerte con gran alegría por parte de todos. Luego se fueron al pueblo con la bicha y aquella noche celebraron una gran fiesta por todo lo alto.

Salieron los guitarreros y las mozas prepararon dulces y limoná, estuvieron toda la noche de ronda y danzas, pero no se habían percatado de un gran peligro que le acechaba desde lo mas profundo de la tierra. Nadie cayo en  bajar a la profunda cueva pues dentro en lo más hondo la bicha había puesto tres huevos. Uno blanco, otro negro y otro más colorao. Y ya cuando pasó el tiempo que ha de pasar para que se rompieran, salió del huevo blanco un culebro manco que se fue a vivir al barranco. Luego se rompió el huevo negro del que salió un culebro ciego que se fue a vivir a otro pueblo. Y por último rompió el coloraó del que salió un culebro manco, ciego y escalabrao, que se fue a vivir a otro lao. Dejando su cobacho abandonao y por grandes zarzales tapao, dejando en él un gran tesoro lleno de monedas de oro amontonao…

EL CUERVO ESPLUMÓN.

Esto era, una vez un cuervo que ya iba pa viejo y se le arrugaba el pellejo.
De mozo había sido un gran rufián. Todos le tenían miedo, menos el águila y la oropéndola. Había hecho muchos robos e incluso muertes, todos recordaran cuando  se comió los huevos de la pobre perdiz y de la hermosa torcaz. Hasta a los terribles y temidos humanos, se había atrevido a robarles, no solo comida sino relojes, sortijas, pulseras y espejillos. Su nido estaba lleno de vaches y cachivaches, que luego se los cambiaba o vendía a sus dueños por alimentos. Gracias a sus robos había sobrevivido al frío invierno, pero como lo que con mal se gana con mal se pierde, pronto no le quedó nada que vender, ni que llevarse al pico. Tuvo que rebuscar en los muladares algún que otro zanjarrón rerroido por los marranos, cuando no robándoles la comida a las previsoras ardillas, ratones y algún que otro conejo. Un día cansado de andar buscando algo con lo que llenar la pandorga, se posó sobre la alta horca del gran pino albar donde tenía su nido desde dónde tenía una buena vista panorámica y tramaba sus rapiñas.

Con el calorcillo del sol, se quedó dormido como un cesto. Soñaba que era un pollo y que sus padres le llevaban las cerezas garrafales más sabrosas y los higos más dulces de Collodama. En su dulce dormir, el cuervo se rebullía de gusto en su percha. Incluso lanzaba los mismos graznidillos que dan los cuervos cuando no tienen plumas, reclamando alimentos a sus incansables padres.

De pronto y sin que se diera cuenta de un leñador, sintió el golpe seco de su hacha sobre el tronco del viejo pino albar, donde el cuervo tenía su nidal. Se despertó con tal susto y sobresalto, que casi se cae al suelo. Justo donde estaba el serrano cortando con afilada hacha las resinosas teas, para venderlas en la aldea. Desesperado y aturdido alzó el vuelo graznando sus quejas que repetía el enconado eco de las montañas. Endemoniado se fue a los riscos más altos de la sierra, donde se posó en una risquera lanzando su mirada al dilatado valle, allí donde se esta más cerca del cielo.

Alzó la mirada al sol y se quejó al Dios del cielo. Gritaba las injusticias que con él se habían cometido, desesperado gritaba, se revolcaba y arrancaba las plumas suaves del pecho. Al ver que nadie le hacía caso, abrió las alas y volvió a su nido. Cuando llegó hasta el gran pino albar, donde estaba su nido vio como estaba tirado en el suelo del monte, el serrano se había marchado y seguro que volvería al día siguiente a terminar de hacer leña de aquel tronco. Sin perder un segundo bajo y rebuscó entre los candalos, enmarañados su nido. Tras muchos rebuscos dio con el, estaba destrozado pero en el aún le quedaban un espejillo, un botón de coral colorado y un alfiler de azabache. Tras recuperar sus escasos bienes, se fue al barranco donde tenía otro nido de verano entre las ramas de un acebo, que usaba solo los días de más calor en el rigor del estío. Cuando llegó al sombrío nido del espeso barranco guardo sus tesorillos entre las ramas del piso bajo del nido, y se echó a descansar.

Pero las tripas le bailaban del hambre y el ruido de tanta danza no le dejaba dormir. Rebuscó entre las ramas del acebo y encontró algunas bayas con las que no hizo otra cosa que levantar más el hambre. Desesperado sacó el espejillo, por ver si se distraía y se olvidaba de la comida, al verse reflejado vio su pecho desplumado como el pecho de un pollito y  se le ocurrió una gran idea. Ya nunca más pasaría hambre ni frío.
Empezó a arrancarse todas las plumas de su cuerpo, una por una, menos las plumas de la cola y de las alas. Cuando hubo terminado de desplumarse, busco un nido donde hubiera pollos, no tardó mucho en ver un precioso nido de cornejas, que se afanaban en sacar adelante a su prole. En un despiste de los padres, el viejo cuervo desplumado, se lanzó sobre el nido se comió a los tres pollitos que allí había y acabó de arrancarse las plumas que le quedaban en las alas y la cola, quedándose como recién salido del huevo.

Cuando llegaron las grajas con el pico lleno de frutas, vieron con sorpresa que de los tres pollos solamente había uno y el que estaba en el nido, era tan grande como los tres pollos juntos, pero mucho feo. Cuando llegaron le preguntaron que había pasado, a lo que el cuervo contestó; mis hermanos se han ido, han levantado el vuelo y se han marchado. A lo que los padres dijeron que no era posible que unos pollos sin plumas levantaran el vuelo. Pero el cuervo que era muy listo dijo:
-         Mirar ahí abajo ¿no veis esas plumas negras?

señalando las plumas de sus alas y de su cola

-  Son de mis hermanos que han echado el vuelo en un periquete, y es que es tan buena la comida que nos traéis y los cuidados que nos dais, que ya veis, en apenas unos días ya se han hecho adultos. Y han echado a volar en busca de su propia comida. Yo mismo he crecido tanto que muy pronto volaré del nido.

Las grajas que no son muy listas que digamos sino más tontas que borra mocosa, se quedaron impresionadas y convencidas.

-         Que padres más buenos somos, se decían. Nuestros hijos ya han dejado el nido y ni siquiera nos hemos dado cuenta… y mira ahora solo nos que da un pollo por criar…

De este modo el cuervo esplumado se instaló en el nido haciéndose pasar por el pollo de las grajas. Y comía y comía sin parar durante todo el día, y por las noches dormía bien abrigado bajo el buche y alas de las ignorantes grajas. Los días pasaban y el cuervo no dejaba el nido, arrancándose las plumas a medida que estas le iban creciendo. Los padres estaban agotados, no dejaban de traer comida al nido pero el cuervo nunca se saciaba. Cada día tenían que ir más lejos a por la comida, hasta que llegó el verano y los frutos empezaron a madurar por todos los rincones del valle, de las montañas y de la  sierra dando un respiro a las grajas.

Así pasó todo el verano el cuervo, viviendo de gorra en el nido de las grajas, comiendo a cuerpo de rey, sin importarle el agotamiento de los pobres padres adoptivos que no dejaban de echar viajes con el pico lleno de comida. Hasta que llegó el día en el que la fruta empezó a pasarse y caer a tierra, al tiempo que todos los pollos del bosque y de la sierra se habían convertido en alegres pájaros revolanderos, todos menos el cuervo esplumón, que se había hecho culón y no quiere salir del nido.

Las pobres grajas tuvieron que volver a  hacer largos viajes cada día más y más lejos, por buscar algún que otro higo o racimo de uvas y aunque se quejaban y se preguntaban cuando echaría plumas su pollo, y abandonaría el nido no sospecharon nada del engaño al que estaban sometidas. Cada día la comida que llegaba al nido era menor, hasta que llegó a ser escasa. Y el cuervo acostumbrado a comer más de lo que necesitaba les reclamaba más atenciones, acusándoles de querer matarle de hambre. Mientras tanto en cuanto las pobres grajas alzaban el vuelo, en busca de comida, el cuervo aprovechaba para ir quitándose los plumones y cañones de las plumas nuevas, que nunca dejaban de crecer.

Pronto llegaron los aires cierzos que avisaban de la llegada del invierno, y con él las grullas. Buscar comida para alimentarse era muy dificil, cuanto más para alimentar a un pollo insaciable.
Hasta que llegaron las primeras nieves una mañana fría muy fría. Las pobres grajas se lamentaban de su desgracia. Ya no quedaba comida en varios kilómetros a la redonda. Desesperados se preguntaban hasta donde tendrían que ir hoy en busca de alimentos.

-         Tendremos que ir hasta el cerro de Arniellas, allí quizás quede algo de fruta tardía. Dijo la graja al grajo.
-         No ya me acerqué yo ayer por allí y no queda nada que llevarse al pico. Respondió el grajo a la graja.
-         Pues entonces subamos hasta las Majadas de Morante, quizás queden algunas endrinas o arrayanes maduros.
-         No tampoco queda nada por allí. Mi primo el que vive en fuente Blanca me ha preguntado, donde quedaban frutos maduros, pues por allí tampoco queda nada, este año las ardillas han hecho un buen apaño y no han dejado nada de comida a la vista.
-         ¿Pues tu me dirás que podemos hacer?. Si no conseguimos algo de comida nuestro pollo se morirá de hambre y todos nuestros desvelos no habrán servido para nada.
-        
Estando en estas, el cuervo esplumón escuchaba en silencio, viendo que su suerte podía cambiar de un momento a otro, y sin dudarlo abrió el pico y dijo;

-         Las higueras de Tararira son las más tardías de toda la comarca, tenéis que ir hasta allí y bajar hasta  que veáis siete sauces, pues a la derecha del más alto, allí justo, crecen tres higueras, pues ese es el único sitio donde en este tiempo quedan higos  frescos.
-         ¡Hay culón esplumado!.- Dijo el grajo con desparpajo.- Mira que nos tenían engañados. ¿Y tu que nunca has volado como sabes donde están las higueras tardías de Tararira? Tu no eres nuestro pollo, tu eres el cuervo maldito que te comiste a mis hijos, y  encima te engordo con los más dulces higos.
 Y sin dudarlo se lanzaron grajo y graja sobre el pellejo del cuervo esplumón y a picotazos lo tiraron del nido al suelo. Donde se dio tal golpe que se quebró el pico y más de un  hueso. Desplumado y caneao salió como pudo lejos de los picos de los grajos, hasta llegar a un escaramujo donde se refugió, pero llegó una zorra y se lo comió.

La culebra y la cigüeña.

Todo el mundo sabe lo mal que se quieren las cigüeñas y las culebras. Pero antes cuando los animales hablaban, eran grandes amigas. Las dos vivían entre los humedales y charcas, comiendo ranas y ratoncillos. Cuando llegaba el invierno y las nieves cubrían la crestería de la sierra, la culebra se metía entre el barro, bajo las piedras durmiendo hasta la llegada de la primavera, pero las cigüeñas, tenían que soportar el rigor del hielo y la escarcha de los arroyos y ríos, por eso tenían las patas tan largas, para no hundirse en la nieve y escapar de las fauces de los raposos oportunos.
Un año el invierno vino pronto y se fue muy tarde. La nieve y el hielo cubrían todo y no quedaba nada que llevarse al buche. Por si esto fuera poco los ríos  se helaron y los peces quedaron fuera del alcance de los picos de las cigüeñas. Ni los picos más fuertes pudieron partir el hielo, mientras las truchas y los cachuelos se burlaban de los hambrientos cigüeños. Algunas que intentaron romper el hielo se quedaron presas en el, donde al poco murieron de hambre y frío, haciendo grande festín los cuervos y las grajas. Por si fueran pocos los problemas sus largas patas que las mantenían lejos de la nieve, como eran tan delgadas, se helaban y se quebraban como cañas de trigo agostado.

Entonces decidieron reunirse todas en las ramas de un grandisimo alcornoque. Al punto del medio día estaban todas con gran revuelo posadas en las ramas del gran árbol. Hasta que la cigüeña blanca más vieja y el cigüeño negro más viejo pidieron silencio haciendo castañolear sus potentes picos, callando a todos los presentes. Entre ambas expusieron la delicada situación, ya que de no encontrar una solución, pronto morirían todas de hambre y frío. Los más jóvenes propusieron marcharse hacía el sur en busca de las tierras de las arenas y del sol. Pero la sensatez de los adultos les hizo desistir del intento, era demasiado tarde y no tenían suficientes energías ni fuerzas para emprender tan largo y duro camino, como incierto. Todos exponían alguna solución. Y así pasaron todo el día. Pero no hallaron ninguna solución. Y así se reunieron en el gran alcornoque del valle, durante tres días más. Cada reunión empezaba con el recuerdo en silencio de los fallecidos él día anterior, pues cada vez quedaban menos. La situación se hizo desesperada. Una cigüeña de pico rojo como el fuego, alzó las alas y pidió la palabra, al poco se la dieron. Y dijo;

-         El problema no es la nieve ni el hielo, nuestros picos bien pueden romperlos y así pescar y tener alimentos, hasta la llegada de la primavera. El problema es que nuestras patas son muy largas, y pronto se hielan, quebrándose al menor movimiento e impidiéndonos sujetarnos firmemente, resbalando para mofa y alegría de los peces  escamosos.
-         ¿Adónde quieres ir a dar? ¿Cuál es tu propuesta? Le increpó el cigüeño negro.
-         Muy sencillo. Solo necesitamos una buenas medias y un buen par de botas, de este modo podremos andar sobre el hielo y la nieve, sin caernos ni congelarnos, comiendo todo lo que se esconde bajo el blanco manto.

Todas las cigüeñas lanzaban grandes gritos de alborozo. Eso si era una buena idea. Cómo no se le había ocurrido a nadie, unas botas y unas medias, esa era la solución. Pero la vieja cigüeña blanca alzando el pico preguntó.

-¿Pero las cigüeñas no sabemos tejer, solo las arañas saben y estas no pueden hacer tantas medias, cuando acaben de tejerlas estaremos ya en verano y muchas de nosotras habremos muerto?
-         Yo no he dicho nada de que tuviéramos que tejer nosotras nada. Mirar. señalándose a sus propias patas, que lucían unas preciosas medias de brillantes colores.
-         ¡Ho.ooo!.- exclamaron todas las demás cigüeñas al ver las  medias que lucia.
-         Lo veis, yo tan solo he buscado un nido donde se juntan las culebras a dormir y pasar el invierno, he cogido un par de ellas, del tamaño de mis patas, las más bonitas y desollándolas me he puesto sus camisas con las que puedo andar sobre el hielo sin miedo a congelarme.

Las cigüeñas se dividieron en dos grupos, unas decían que eso era un crimen, matar a sus hermanas las culebras para hacerse medias con sus pieles no estaba bien y debía ser castigado, antes que se despertaran las culebras, y supieran  de la tremenda muerte de sus dos hermanas. Pero otras abogaban por ir inmediatamente a buscar culebras,  incluso algunas pensaban en el gran negocio que sería poner una tienda. Pronto la discusión fue elevando el tono hasta desembocar en una batalla a golpe de pico y pata.

El bando que no estaba de acuerdo con el crimen, decidió salir hacia el sur sin perder un segundo, en busca de las tierras de las arenas y el sol. Y así lo hicieron. Pero la mayoría se quedó haciendo grandes crímenes entre las adormiladas culebras, que inconscientes en su profundo dormir, pasaban a convertirse en largas y calientes calzas. Casi todos los nidos de culebras fueron esquilmados, pocas se libraron de la matanza. Las cigüeñas manchadas de sangre, no se conformaban en despellejarlas y usar sus camisas como medias, si no que tras desollarlas se las comían, pensando así borrar las huellas de sus horrendos crímenes.

Cuando llegó el sol de Mayo y los témpanos de hielo se deshicieron, y los charcos se empezaron a llenar de ranas y ratoncillos, las pocas culebras que se libraron de tan injusta matanza tuvieron pronta noticia de todo lo sucedido. Buscaron a las cigüeñas y vieron a sus hermanas muertas y usadas como medias. Horrorizadas y con gran dolor fueron a quejarse a Dios. Este las escucho y vio el gran agravio que habían sufrido. Entonces a las pocas que se libraron por ser muy pequeñas como las víboras, Dios las armo con dos colmillos y veneno con los que poder defenderse mejor de los picos de las cigüeñas. Y así lo hicieron las culebras se cebaron, lanzándose sobre las cigüeñas y mordiéndolas mortalmente.

Cuando regresaron las cigüeñas que se habían ido al sur, también fueron ferozmente atacadas. La sed de venganza de las culebrillas, no tenía fondo, y pronto todas las cigüeñas se unieron para afrontar tan cruel batalla. Las cigüeñas viendo que tenían la guerra perdida, pidieron intercesión a Dios y este medió entre ambas partes. En vista que las culebras ya no podían dormir durante el invierno seguras en sus nidos, al estar a merced de los picos y patas de las cigüeñas, dijo que cada invierno todas las cigüeñas debían volar hacia las tierras del sur. Y para que no olvidaran el delito de sus crímenes pinto de roja sangre las patas y los picos de todas las cigüeñas, por eso son de ese color.


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