lunes, 13 de junio de 2011

Daniel Peces Ayuso. Cuentos y leyendas de Arenas de San Pedro, para adultos III Parte

Cuentos para niños y niñas que ya no son tan niñas, ni tan niños.

Cuento del matrimonio bien abenío.

Pues esto era un matrimonio que ya llevaban de casados unos pocos de años. tenían a los hijos casados. Vivían en una buena casa en el centro del pueblo de las rentas que les daban unas viñas y olivares que tenían dadas a renta cerca de los Torrejones.

La mujer era muy famosa en el pueblo por las malas pulgas que tenía, se puede decir que era una serrana de armas tomar, y aunque ya iba para vieja, era de esas que hacen verdad a los genio y figura hasta la sepultura… El sin embargo era muy famoso en el lugar por el gusto que ponía en todo lo que gastase faldas, menos los curas y frailes claro está…

Y estando la mujer una tarde de verano sentada en el zaguán de la casa esgranando un poco de maíz para echárselo a las gallinas, llegó el marido más berrihondo que una gallina sin gallo, con más ganas de ganas de tentar el jopo de la su mujer, que un guarro de barro… se le acercó haciéndola arrumacos que se preparara para darle lo que las mujeres guardan debajito del mandil.  Pero la mujer que no estaba para títeres ni fiestas, le espetó diciéndole con mal aire.

-         Déjame en paz y quita pa allá que no estoy yo pa esos menesteres. Hay que ver este hombre siempre encendido y caliente como la torcía del candil… con el calor que hace hoy… échate pa allá que según estoy con la caña de los maises te unto los morros.

Pero él insistía e insistía sin desistir en su intento.

-         Anda venga mujer vamos a echarnos un ratito la siesta a la alcoba que mira como vengo y eso que tienes ahí no sirve pa guardar heno que es mu húmedo.

-         Húmedo, ya te voy a dar yo a ti lo que buscas pero con el mango la escoba en las costillas. Haz el favor de dejarme en paz, que te he dicho que no y tira pa allá que no hay más que hablar.
Pero el marido no paraba en su intento y seguía insistiendo.

-         Anda tonta venga pero que te cuesta a ti dármelo un ratito, pero no ves como vengo hoy, que me está dando más pendulazos que el badajo la campana mayor…

Y tanto y tanto insistía el hombre que ya la mujer harta de él se echó mano a la faltriquera y sacando una perra gorda se la dió al tiempo que le decía.

-         Toma esta perra gorda y vete de aquí y a la primera que te encuentres vas y se lo pides y por la labor que te haga le das esta perra gorda que a mi no me importa con tal de que me dejes tranquila.

El hombre cogió la perra gorda y salió por la puerta a la calle buscando la sombra pues el sol caía de lleno aquella tarde. Y al torcer la esquina de su calle se encontró con una vecina que venía del campo de llevar la merienda a su marido. Y esta al ver al hombre por la calle a esas horas y con el calor que hacía le preguntó.

-         Buenas tardes vecino ¿se pues saber a onde vas con la calo que hace?
Entonces él la contó lo que le había pasado con su mujer y el encargo que llevaba a lo que la vecina respondió mirándole con picardía y soslayo.

-         Anda pues yo misma te hago el encargo ahora mismo, mi mario no esta en casa y tardará aún en venir, por lo que tenemos to la tarde para hacer el encargo.

Se metieron en la casa de esta atrancaron la puerta se subieron para la alcoba y pin-pan, pin-pan, le dieron a la badana hasta que no pudieron más. Y ya cuando acabaron la labor se asearon y él se fue de regreso a su casa. Cuando llegó abrió la puerta y allí estaba la mujer sentaita en un escaño que allí tenían echándose una siestecita a la fresca. Cuando vio entrar a su marido va y le dice.

-         ¿Pero bueno Fulano ya estas aquí?
-         Pues sí.
-         ¿Y has hecho el encargo que llevabas?
-         Pues si ya lo he hecho.
-         ¿Y con quien lo has hecho si se pue saber?
-         Pues con la Fulana tu vecina.
-         ¿Con Fulana mi vecina?
-         Pues si y la verdad es que se ha esmerao en la faena y muy bien esmerá.
-         ¿Y te ha cogío las perras la tía joía?
-         Pues si ese era el trato, tu bien dijiste que a ti no te importaba, además la perra gorda me la diste tu para pagar la faena.
-         No si no es por eso hombre.
-         ¿Y entonces a que viene el asombro y tantos esparabienes?

A lo que su mujer sin pestañear y mirándolo a la cara le soltó con voz templada.

-         Ay que joerse, no si no pasa nada, te lo preguntaba porque yo a su marío nunca se las cojo…


CUENTO  DEL CAZADOR,  LA  LIEBRE  Y  EL LABRADOR.

Esto pasó no hace mucho tiempo en los años del hambre, cuando muchos  hombres y mujeres no tenían nada que llevarse a la boca, por culpa de una terrible guerra entre hermanos.

Un día, llegaron al pueblo unos señoritos riquillos, de esos que cómo el  nefasto y criminal Tío 501 –apodo que se le puso por ser ese el número de asesinatos cometidos por dicho personaje histórico entre sus convecinos, cuyo único delito fue el de ser familiares o amigos de aquellos que si cogieron las armas para defender la II República española… personajes vergonzosos que amasaban los dineros de los que presumían, robándolo impunemente y gracias al sufrimiento de otros hombres y mujeres que además de haber perdido dicha guerra entre hermanos, fueron vilmente explotaron. Estos señoritos que antes de la terrible y vergonzosa guerra fratricida no sabían hacer la O con un canuto, antes de medrar a golpe de pistola, eran  pobres y miserables como algunos de los pobres desgraciados a los que habían vencido, haciéndoles trabajar muy duro por dos perras o por algo de comida, generalmente las sobras.

Pues bien dos de estos riquillos tenían un amigo del pueblo, el guarda de los montes y ríos, con el que solía salir a cazar al campo, un día sí y otro también. Mientras que la mayoría de los cazadores del lugar, que de siempre habían sacado del monte algo con lo que llenar la pandorga, tenían que hacerlo a hurtadillas, pues de la noche a la mañana las perdices, conejos, liebres, corzos, ciervos, jabalíes, truchas, barbos y cachuelos que los ríos o el monte cria y ellos mismos mimaban y cuidaban,  pasaron a ser propiedad de los nuevos ricos-borricos. Por lo que la mayoría de los pescadores y cazadores del lugar se afanaban en trabajar echando peonadas como mulas para poder mantener a sus familias. Escondiendo muy mucho sus trasmayos y escopetas, pues si se las pillaban venía la guardia civil y además de confiscárselas, les metían presos dándolos de comer palo y mala vida, pues ese era el sistema que por entonces tenían algunos de estos para imponer la nueva autoritaria autoridad militar… por eso muchos tenían que cazar al amparo de la luna y las sombras de la noche, para poder alimentar a sus hijos… de este modo se dio pie a un gran problema en nuestras tierras, el furtivismo… delito que actual y curiosamente comenten sobre todo aquellos caprichosos riquillos cuyo gran capital les permite zafarse de las rejas, y eso que no cazan para comer, sino para colgar en sus casas las cabezas y cuernas de nuestras mejores piezas de caza, dejando la carne en el campo pudriéndose…

Pues bien esta historia cuenta que además de cometer tales tropelías e injusticias, y para más INRI, estos caciquillos de tres al cuarto no iban a cazar a las dehesas de sus amigotes, sino que solían descastar las fincas y dehesas de los más pobres y honestos ciudadanos, bien fueran pastores o agricultores… Como por ejemplo las tierras del Tío José El Rojo. Este buen hombre que el único mal que había cometido en su vida, fue el de ser sobrino de un republicano desaparecido, aunque todo el mundo sabía que fue fusilado una mañana y enterrado en el monte cerca del kiosco de Pelayos… Pues bien el bueno del Tío José el Rojo, tenía en lo alto de la sierra, en un helechar que él mismo había desbrozado, roturado y abonado con boñigas que iba recogiendo por las calles con la ayuda de sus nueve hijos,  y cercado con un murete de piedras, para que no le entrasen los jabalíes, cabras monteses y corzos a hociquear y ramonear en su huertecillo, donde sembraba un año centeno y al siguiente patatas o judías, lo justo para ir tirando. Al lado de un cachito de tierra que había heredado de su abuelo materno, el Tío Josito al que todo el mundo conocía con el cariñoso mote de tío Parabienes.

El huerto tenía cuatro bancales arrancados con gran esfuerzo entre las piedras de la sierra, por eso cada vez que iba a binar o regarlo, lo hacía a lomos de una borriquilla cana tan lista que no hablaba para que no la hicieran trabajar aún más… Y así iba viviendo el bueno del Tío José el Rojo, del mismo modo que hiciera su padre y el padre de su padre su abuelo mucho antes. Pues desde que se tenía memoria la familia de los Parabienes habían sembrado en ese rinconcillo de la sierra, dónde además en el tiempo de verano subían con su  pico de cabras para aprovechar los pastos del estío y la barda de la otoñada antes de bajar las cabras a una quintería que tenían cerca de Barcapeña… Huerto y pastos que no se los habían quitado los nuevos ricos-borricos, pues eran herencia del querido y respetado Tío Josito Parabienes. Sin embargo las tierras que había heredado de sus otros abuelos se las quitaron para entregarse al Tío Panzagorda, el cual les dio cuatro perras por ellas, perras con las que intentaron sacar de prisiones a otro familiar hermano de su abuelo que fue un buen maestro y que acabó fusilado en los montes…

Pues bien, estando una mañana estando el labrador sembrando con la azada en su huerto de la sierra, vio de subir por la ladera del barranco a los dos cazadores en compañía del guarda, pero no les presto caso y continuo  trabajando  y sudando  para sacar adelante la las patatas que había puesto. A esto que los cazadores según pasaban por entre unos piornales,  desencamaron una gran liebre que asustada salí corriendo y saltando ladera arriba.

-         Mira que liebre más hermosa, dijo el guarda a los riquillos.

Y sin mas se echaron las escopetas a la cara tirando al asustado animalillo, que dio un gran salto escondiéndose entre unas piedras en las que crecía un bosquecillo de enebros. Los cazadores la intentaron perseguir, pero la liebre corría mas que ellos, dio media vuelta y volvió a bajar por el barranco y mira tu por donde el animalito herido de muerte fue a entrar en el huerto donde estaba labrando  el bueno del Tío José. El hombre al verla, cansina y herida de muerte la echó el guante y la remato con la azada  para que no sufriera mas y sin perder ni un minuto la escondió entre las mantas y ropones de la burrilla sin ser visto por los cazadores y el guarda que aún la andaban rebuscando por entre las piedras del enebral.

No tardaron en aparecer los dos cazadores y el guarda asomados desde una lata peña desde dónde veían trabajar afanosamente al labrador intentando ver donde había caído la liebre. Entonces uno de ellos le preguntó  a voces desde lo alto.

-         Buenos días buen hombre ¿ No habrá visto usted  una liebre entrar en su huerto?.

A lo que el buen labrador respondió, a voces también.

-         Buenos días tengan ustedes. Ya ven aquí estoy sembrando con el calor que hace, unos años patatas, otros centeno… pa ir tirando. Mi padre el hombre me dejó este huertecillo, y a eso estamos.

Los cazadores extrañados por la respuesta del labrador, volvieron a preguntarle otra vez por la liebre.

-         Pero buen labrador que no le hemos preguntamos eso, le preguntamos si ha visto usted por aquí entrar una liebre, estamos cazando y le hemos dado a una que se ha debido meter por aquí cerca, y queríamos saber si usted la ha visto.

A lo que el labrador volvió a responder.

-         Ya ven mi padre el hombre me dejo esta poca de tierra, donde unos años siembro centeno y otros patatas, pues para ir tirando y ná más.

Entonces los cazadores pensaron que el hombre estaba más sordo que un zapato, se bajaron de la gran piedra y se acercaron al huerto donde el labrador estaba trabajando con su azada. Preguntándole airados y arrogantes por tercera vez.

-         Buenos días, mire que somos cazadores y estabamos cazando, cuando de repente nos salió una gran liebre a la que dimos un tiro, pero con la agonía de la muerte salió corriendo y creemos que tiro para su huerto  ¿No la habrá visto usted por aquí?.

El labrador tiró la azada al suelo, y les respondió de nuevo.

-         Ya ven ustedes, aquí estoy sembrando unas pocas de patatas para el año que viene, el año pasado sembré otro tanto de centeno y al que viene pondré unas judías en este huerto que me dejo mi padre.  Pues para ir tirando y ná más...

Los cazadores perplejos se miraron y se dijeron entre si.

-         Este hombre esta sordo no se entera de nada y si estaba sembrando no habrá oído el ruido de la liebre. Seguramente que la liebre no se escondió en su huerto sigamos buscándola por los alrededores y si no la vemos pues a otra cosa.

Le hicieron un saludo de despedida al tío José, al que contestó el labrador levantando su mano despidiéndose de ellos y los cazadores siguieron su camino dejando al labrador  con su tarea. Y así pasó el día pero a la mañana siguiente volvieron a juntarse los dos cazadores con el guarda en la plaza del pueblo.

-         Te invitamos a un vino en la taberna.

Dijeron los riquillos al guarda y se fueron a la taberna donde se pusieron a hablar de la liebre tan hermosa que perdieron el día anterior y lo bien que le tuvo que venir a la zorra que la pillara muerta en algún rincón de la sierra. Entonces recordaron al labrador sordo.

-         Podíamos volver a la sierra a cazar y si no cazamos nada nos acercamos a la huerta de aquel labrador sordo y nos reinos un poco de él.

Dijo el más malo de los tres. Y así lo hicieron fueron a casa a por la escopeta y cogieron el mismo camino del día anterior. Cuando llegaron al huerto allí estaba el tío José con la azada cavando bajo un sol de justicia.

-         Mira allí esta el desgraciado labrador sordo como un zapato. Veras, vamos a burlarnos de él.

Y le volvieron a preguntar desde lo alto de una piedra.

-         Buenos días buen hombre ¿Qué sembrando un poco de centeno en este huerto que su padre le dejo para ir tirando no?

A lo que el buen labrador respondió con desparpajo y sorna mirándolos a la cara.

- ¡Hay hijo! Con arroz y pa once  y no pudimos con ella.

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