viernes, 10 de junio de 2011

Danaiel Peces Ayuso. Cuentos y leyendas tradicionales de Arenas de San Pedro. La Cabra cabresa.Leyenda de los Galayos. Cuento de la asaura.

CUENTOS Y LEYENDAS TRADICIONALES DE ARENAS DE SAN PEDRO.





Sobre las nuebes, las montañas y en ellas mis sueños, mis cuentos, mis leyendas...

LA CABRA CABRESA
DEL MONTE DEL MONTE SINAR

Esto era una familia  que tenía  tres hijitas, a cuál más bella y buena. Un día su madre les dio un encargo a las tres. Tenían que ir a en ca su abuelita que estaba pachucha a ver si necesitaba algo y por que no a cuidarla un domingo del mes de mayo. Así que cogieron la trocha del monte y marcharon a en ca su abuelita, que vivía en  una majá al pie mismo de la sierra aun nevada. Se levantaron ajañiquí y tras aviar la casa de sus padres salieron del pueblo muy temprano llegando a primera hora de la mañana al pie de Encinafermosa, que así  se llamaba el paraje donde vivía la tía Melindre, que así era como llamaban a la abuelita de las tres niñitas.

-         Ya hemos llegado.-  Dijo la mayor de las hermanas.

-         Menos mal ya empezaba a cansarme de tanto repecho.-  Dijo de pronto la mediana.

 Mientras la mas pequeña recogía unas peonías del color encarnado que fue mezclando con jaras y brezos que había a  la orilla del camino mientras subían monte arriba. El primero en salir a recibirlas siempre era Calcetines el perro mastín que guardaba los guarrillos y a las gallinas que su abuelita cuidaba en la montaña. Le llamaban calcetines porque era de color canela todo él, menos las patas que las tenía de color blanco como si llevara calcetines…Pero aquella mañana calcetines no salió ladrando a la veredilla del camino y las tres hermanitas se extrañaron mucho. La mediana le llamo y saco e su faltriquera unos higos de Porraburro pasos que al perrillo le encantaban, pero nada ni por esas vieron a Calcetines salir corriendo ladrando y moviendo la cola tan ledo él. Cuando llegaron a la puerta del corralón que daba acceso a la estanza del chozo llamaron con fuerza a su abuelita.

-         Abuelita, abuelita que somos tus tres nietecillas que venimos a verte. Donde estas ábrenos el portillo abuelita

Desde dentro se escucho la voz de la abuelita que las decía. Entrar, entrar nietecillas mías, que la puerta no esta cerrada y la tranca tampoco esta echada. Cuando entraron se abrazaron las cuatro y se pusieron muy contentas dándose abrazos y besos. Abuelita dijo la mas mayor, venimos a verte y a ver si podemos ayudarte en alguna tarea. Mientras la mediana se quedaba callada al tiempo que metía una mano por el bolsillo del mandil, donde la abuelita solía guardar alguna que otra golosina. Toma, dijo la mas pequeña, he cortado estas flores del campo para ti .Hay que ver que bonitas son hija, las pondré en un tarro con agua encima del vasár. Que podemos hacer abuelita dijo la mas mayor. Pues mira ahora que lo dices ves toda esa leña que esta hay en el rimero, el leñador me la cortó muy grande y no me caben los troncos en la chimenea, podías cortarla en cándalos más pequeñillos. Pues claro que si abuelita así que deme el hacha de dos filos y un tajón que yo en unas pis-pas se la he de cortar. Y corte por aquí hachazo por allá corto los troncados de encina y roble haciéndoles mas pequeñillos y los coloco muy bien apilados en un rimero en la pared del medio día de la majada, para de este modo protegerlos del viento cierzo y del agua. Abuelita, abuelita, que ya he terminado mira sal y dime si lo he hecho bien. La abuelita salió y al ver la leña tan bien cortada la dijo.

-         Hay que ver que mayor te has hecho y que bien has hecho el encargo que te hice y en tan poco tiempo, pues mira por haberlo hecho tan bien toma este cuchillo y esta cuchara y ves al sobrao que  debajo de la tronera hay una tinaja con panes de trigo blanco que cocía ayer mismo, coge el cuchillo y corta una rebanada del pan que mas te agrade y luego con la cuchara mira en la olla que esta al fondo junto a las manzanas vas y le quitas la tapadera de barro y veras que esta llena de miel y te untas una buena rebanada a tu gusto.

-         Gracias abuela con lo que me gusta el pan pringado de miel voy corriendo al sobrao.

Echó a correr por las escaleras que subían al sobrao y al abrir la puerta dio un salto que casi se da con la cabeza en el techo del susto que se dio… pues allí en medio de la puerta había una cabra muy grandona que la remiraba con cara de malas pulgas. La niña se quedó pasmada mirando a la cabra que era tan grande como un ternero añojo y de pronto la cabra le hablo de esta manera.

-    Yo soy la cabra, cabra, cabresa del monte del monte Sinar y si pasas de esta raya te trago de un tragar.

 La niña paso la raya y la cabra sin respirar zas, de un solo bocado fue y se la trago entera, hasta con el cuchillo y la cuchara, de los pies a la cabeza sin olvidarse de las trenzas. A todo esto la otra nietecilla, la mediana fue y le dijo a su abuela.

-         Abuelita , abuelita , que puedo hacer yo por ti ahora que mi hermana la mayor te ha hecho el encargo de cortar la leña.

-         Pues mira ahora que me lo dices tu no puedes cortar con el hacha de dos filos pues aun eres chiquita y te podrías cortar sin querer, pero ves el huerto como le tengo los tomates y los pimientos de hiervas, puedes coger el escardillo y binar la pimentera y la tomatera, mientras abres el paso de la reguera para que el huerto se riegue con el agua de la alberca. Pues si abuelita eso si lo puedo hacer y además te limpiare la zahurda y cogeré los huevos de las gallinas. Y cantando el cantar de, Pimentera que no echa pimientos, que no es pimentera que es cosa del tiempo, Tomatera que no echa tomates que no es tomatera, que es hierba que nace… se puso manos a la obra.

Cuando termino las tareas, cargo la narria con jaugos limpios y mudo la cama de los guarrillos en la zahurda y por último con mucho cuidado de no cascarlos, recogió los huevos en una cesta de mimbre y se la llevó a la abuelita que no se creía que hubiera acabado tan pronto las tres tareas.

-         Hay que ver lo bien que lo has hecho todo, yo hubiera tardado mas de seis horas en hacer tantas cosas. Pues mira como lo has hecho tan bien te voy a dar este cuchillo y esta cuchara para que subas al sobrao y de la tinaja que esta bajo la tronera saques una hogaza que tu hermana ya ha decentado para que te partas una rebanada como tu quieras de grande y de la otra olla que esta junto a las manzanas con una tapadera de barro vas y te untas en el pan tanta miel como te vayas a comer.
-         Pan con miel, abuelita muchas gracias con lo que me gusta a mí el pan y la miel  voy corriendo.

Hecho a correr escaleras arriba  y al abrir la puerta del sobrao zas se encontró de cara con la cabra mas grande que jamas había visto. Y  la cabra mirándola a los ojos la dijo.

-    Soy la cabra, cabra cabresa del monte del monte Sinar, y si pasas de estas raya te trago de un tragar.

Y la pobrecilla niña sin darse cuenta paso la raya y la cabra de un solo bocado se la trago de la cabeza a los pies, con la cuchara el cuchillo, los zapatos y el cordel. 

Pues a esto que la nietecilla mas pequeñina se acerco a su abuelita y mientras la abrazaba con mimo la preguntó.

-         Abuelita y yo que puedo hacer para ayudarte. Y yo que puedo hacer por ti…

-         Pues no lo se, pero mira ahora que lo dices yo como soy muy viejecilla ya no veo bien y tengo que lavar, coser y remendar todo este cesto de ropa y no puedo siquiera enhebrar la aguja, así que si te parece bien podrías ayudarme con esta tarea.

Y antes de que terminara de explicarse la abuelilla la niña ya había cogido el jabón, la tabla de fregar y se puso a lavar y tender al sol la ropa sucia.  Luego agarró aguja e hilo y se puso a remendarla la ropa. Empezó con las enaguas y los guardapieses y termino con las medias y las bragas. Luego sin que nadie se lo mandase recogió la ropa que estaba ha aviada y tendida al sol sobre la hierva, la doblo, plancho y la ordeno poniendo cada cosa en los armarios, cajones y arcas. La abuelita que lo había visto todo se acercó a su nietecilla la menor y la dio un cuchillo y una cuchara diciéndola lo mismo que a sus otras dos hermanas mayores. La más pequeña salió disparada como un cohete hacia la tinaja del pan y la olla de la miel que estaban en el sobrao. Pero al abrir la puerta del sobrao la salió al paso una cabra gorda como cien vacas que mirándola a los ojos la dijo con voz de fiera.

-  Soy la cabra , cabra cabresa del monte del monte Sinar, si pasas de esta raya te trago de un tragar.

Y antes de que pudiera hacer nada paso la raya sin darse cuenta la niña más pequeñina y la cabra cabresa se la trago como si de un baso de agua se tratase. Sin dejar siquiera una muñeca de paja de centeno que llevaba en el reculillo de su mandil…  Mientras la abuelita confiada en que sus nietecillas estaban tranquilas jugando y comiendo en el sobrao, se sentó en la cocina quedándose dormida en el escaño frente a la lumbre y no se entero de nada pero cuando se despertó se acordó de sus tres nietecillas y las llamo una y cien veces pero nada que las niñas no  respondían. Preocupada  mando a calcetines a buscarlas, pero la cabra cabresa al pasar la raya se le tragó de un tragar también…  Al ver que ninguno acudía a sus llamadas se levantó del escaño y muy despacito la buena de la Tía Melindre fue hacia el sobrao pensando que a lo mejor habían comido mucha miel con pan y se habían quedado dormidas en el montón de lana que tenia en medio del sobrao para que se oreara debajo del orégano. Pero cual sería su sorpresa cuando al abrir la puerta del sobrao vio con espanto a la cabra que apenas cabía  en el sobrao y mirándola con los ojos de loca la dijo.

-   Hay madre mía que ya se quien eres.  A lo que la gran cabra respondió.

Soy la cabra,  cabra, cabresa  del monte del monte Sinar, y si pasas de esta raya te trago de un tragar.

La pobre abuelilla hecho a correr escaleras abajo –bueno a correr, correr no corrió pues no podía con sus piernas, pero si bajó a la puerta de su chozo todo lo rápida que pudo…-  y desesperada se sentó en el poyo de la puerta llorando a todo llorar. En esto que por allí pasó el leñador que la había vendido la leña, escucho el lamento de la viejecilla y asustado se acerco a ver que la pasaba, pues la tenia mucho cariño.

-  Que la pasa tía  Melindre  por que llora la buena mujer.

-   Ay de mí, ay de mí que la cabra, cabra, cabresa del monte del monte Sinar se ha tragado a mis tres nietecillas y de ellas no ha dejao ná.

 -  No se preocupe ya verá ahora mismo voy yo con mi hacha y de un golpe la corto el cuello y salvo a sus nietecillas, así que dígame donde esta esa cabra, cabra,    cabresa, del monte del monte Sinar la que mi hacha a de catar…

-    Pues en el sobrao, en el sobrao de la mi casa esta. Dijo la abuelilla.. 

-    Pues no llore uste más, ya vera ahora ese bicho de lo que mi hacha es capaz, espere ahí sentá que ahora mismo le traigo a sus tres nietecillas y a la cabra desollá.

Cuando llego el leñador al sobrao y abrió la puerta casi se cae de culo pa atrás al ver la cabra mas grande que jamas había visto en su vida pero antes de que el buen hombre dijese palabra alguna la cabra dijo con su vozarrón  de trueno.

-   Soy la cabra, cabra cabresa del monte del monte Sinar , el que pase de esta raya me lo trago de un tragar.

Y antes de que el leñador levantara su enorme hacha la cabra de un solo trago se lo trago tan solo el hacha escupió clavándola en las ripias del tejado. La abuelilla que estaba al pie de la escalera viéndolo todo salió de la casa corriendo y se volvió  a sentar en el pollo de su puerta mientras se lamentaba de esta manera a voz en grito.   

-    Ay de mi, ay de mi que la cabra, cabra, cabresa, del monte del monte Sinar se comió a mis tres nietas, ahora al leñador y de ellos no ha dejao ná.

Pero por allí cerca paso un ejercito muy grande que iba a la lejana guerra de Sanmatarilín en el lejano y peligroso reino de Mutilazurrones y al oír el capitán los lamentos de la Tía Melindre mando descanso a los soldados y se acerco a la abuelita que no dejaba de llorar montado a lomos de un enorme caballo de color blanco.

-     Buena mujer que la pasa por que se lamenta, podemos ayudarla en algo. A lo que la anciana respondió.

-     Ay señor capitán,  ay pobre de mi que la cabra,  cabra,  cabresa,  del monte del  monte Sinar se comió a mis tres nietecillas, el mi perro y al leñador y de ellos no dejó ná.

 Entonces el militar le dio una palmada en el hombro y la dijo.

-         No se preocupe  mujer,  mire nosotros somos mas de un millar ahora mismo si nos dice donde esta esa cabra vamos y la matamos y de las tripas sacaremos a sus tres nietecillas, al perro y al leñador.  A lo que la abuelilla respondió

-         Pues en el sobrao, en el sobrao esta.

Entonces el capitán dio la orden de ataque y todos fueron con sus armas en ristre hacia el sobrao. Cuando abrieron la puerta del sobrao vieron con espanto la cabra mas grande y fiera  que jamas había visto ser humano alguno. Entonces la cabra muy enfadada les dijo resoplando como una fiera.

-     Soy la cabra,  cabra,  cabresa, del monte del monte Sinar, los que pasen de esta raya me los trago de un tragar.

Y sin respirar uno  a uno se fue tragando a todo el ejercito, sin dejarse ni siquiera las botas y de un trago se trago hasta el valiente capitán con su gran espada y su bigotazo. La abuelilla que todo lo estaba viendo desde la escalera salió para la calle muy triste y se sentó a llorar otra vez en el poyo, lamentándose a lagrima viva.

-   Ay triste y pobre de mí que la cabra, cabra, cabresa, del monte del monte Sinar se comió a mis tres nietecillas, a mi perro, al leñador y a todo un ejercito con su capitán, y de ellos no ha dejao ná.

En esto que por allí paso una hormiguita muy chiquitilla, que al ver la desesperación de Tía Melindre subió por su guardapie hasta el hombro de la anciana hasta que llegó cerca de su oreja y desde allí así la habló.

-    Pero que desazón tiene usted buena mujer, qué la pasa que no tié consuelo, de que mal se lamenta. La abuelilla miro a la hormiguilla y con los ojos llenos de lágrimas la dijo.

-   Hay hormiguilla si tu supieras. En el desván de mi casa esta la cabra,  cabra, cabresa, del monte del monte Sinar, y la muy jodía  se comió a mis tres nietecillas, a mi perro, al leñador, y hasta un ejercito con su capitán y de ellos no ha dejao ná.

-    Y a donde esta ese bicho del demonio que se va enterar, no llore uste más que yo solita la he de ayudar.

-   Tu, dijo extrañada la abuelilla, pero si eres muy chiquitilla, te tragara de un medio tragar.

-         A mi una cabra, cabra, cabresa del monte del monte Sinar, ni me ha dado miedo nunca ni ahora me lo ha de dar .

-    Pues si me ayudas y rescatas a mis tres nietecillas, el mi perro, al leñador y al ejercito con su capitán te daría lo que me pidieras y aún mucho más.

-   Entonces no perdamos más tiempo y dígame usté donde esta esa bicha cornuda y redomá..

-   Pues en el sobrao, en el sobrao, allí arriba esta.

La hormiguilla como era muy pequeña tardo lo suyo en subir las escaleras que conducían al sobrao  pero al cabo de un ratillo llego y entro en el sobrao sin abrir la puerta, pues como era tan pequeñina paso por debajo de ella. Pero la cabra que no era tonta la vio con el rabillo del ojo y la dijo con furia.

-    Soy la cabra, cabra, cabresa, del monte del monte Sinar, si pasas de esta raya te trago de un tragar.

A lo que la hormiguilla respondió con valor y firmeza.

-         Pues yo soy la hormiga, hormiguilla, la  hormiga,  de mi  hormigar, que si te doy un picotazo no pararas de bailar.

La cabra no se lo podía creer y con  la voz del trueno la volvió a decir.

-         Te he dicho insensata que soy la cabra, cabra, cabresa, del monte del monte Sinar, y  si pasas de esta raya te trago de un tragar.

Y  la pequeñina  hormiga le revolvió y encarándose con la cabra cabresa le volvió a  decir airada.

-         Pues yo soy la hormiguilla,  hormiguilla la hormiga de hormigar, que si te pego un picotazo no pararas de bailar.

La cabra, cabresa no se lo podía creer y dijo por tercera vez.

-         Mira que soy la cabra, cabra, cabresa del monte del monte Sinar, y si pasas de estas raya te…

Y antes de que la cabra cabresa terminase de lanzar su amenaza la hormiguilla fue y la dio un fuerte picotazo entre el rabo y las tetas. Y la cabra empezó a bailar como una loca sin parar. Y tanto bailaba y tantas vueltas daba que las tripas se le dieron la vuelta y abriendo su enorme bocaza a reguetro empezó a gomitar primero las tres nietas, luego salió de un salto Calcetines, tras él el leñador y como si ristras de chorizos fueran uno a uno empezaron a salir los soldados y al final del todo el valiente capitán con su espada de acero y su bigote descomunal. Pero la cabra que estaba como loca, no paraba de bailar y saltar de un lado a otro del sobrao, en esto que sin darse cuenta dio un respingo y salió disparada por la tronera cayendo desde el tejado al suelo donde se despanzurró justo a los pies de la abuelita que se dio un buen susto. Pero al ver la cabra cabresa muerta la abuelilla se puso muy contenta y alegre, sobre todo cuando pudo abrazar a sus tres nietecillas y a calcetines, mientras el leñador con su gran hacha de dos filos hizo tasajos a la cabra despanzurra. Tasajos que repartió entre los soldados del ejercito  y su capitán. Luego se fueron a la guerra de Sanmatarilín y al llegar al lejano reino de Mutilazurrones, ganaron la batalla de los peos que iban tiraban haciendo más ruido que cien espantos…

 Otros pocos tasajos se guardó el leñador en su morral y los que quedaron se los dio a la abuelilla, a la cual la duraron más de tres años. Hasta Calcetines el mastín se puso la botas esa tarde y otras tantas de tasajos de cabra, cabresa…

Pero mientras el leñador hacia los tasajos la hormiguilla se acerco a la Tía Melindre diciéndola que ella ya había cumplido su palabra y ahora le tocaba lo propio hacer a la Tía Melindre. A lo que la viejecilla respondió con mucha alegría.

-   Hay hormiguilla mi querida hormiguilla del hormigar, pídeme lo que quieras que yo te lo he de dar.

-         Pues que ha de querer una hormiga del hormigar, tan solo un poco de trigo para harina y hacer pan.

Entonces fue la Tía Melindre lleno un saco de trigo y se lo dio a la hormiguilla. Pero esta  con voz de asombro dijo a la abuelilla.

-         No, no, yo no quiero to ese trigo, pues no cabe tanto en mi morralillo, ni muele tanto mi molinillo.

-   Entonces espera, y la Tía Melindre quitó la mitad del trigo y se lo dio a la hormiguilla. Pero la hormiguilla la dijo.

-         A donde va usé sigue siendo mucho trigo, no ve que no cabe tanto en  mi morralillo, ni muele tanto mi molinillo.

-     Pues ea, dijo la abuelilla a la hormiguilla  toma estos tres granos de trigo.

-         Sí, sí, sí. Eso si, eso si, eso si que cave en mi morralillo y lo muele mi molinillo.

Y todos contentos y así me contaron este cuento, con mal empiece y final contento.

LEYENDA DE LOS GALAYOS.

Por encima de la ciudad de Arenas de San Pedro, y por debajo del hermosa cumbre de la sierra llamada la Mira, están los Galayos. Picos altos y agudos que se elevan a los cielos desafiando a la gravedad y a los elementos desde hace mucho, mucho, mucho tiempo. Pero tenéis que saber que cuando Dios hizo el mundo, estas tierras no eran así y mucho menos la sierra que no existía. Hasta que paso lo que os voy a contar a continuación, la leyenda de los Galayos.

En los tiempos lejanos, cuando los animales hablaban y los árboles podían caminar sobre la tierra y la sierra era una inmensa llanura, regada por los mil ríos, de los cien colores. Vivían en un lugar de estas sierras solo dos pueblos de hombres y mujeres, uno guardaba ganados y el otro trabajaba la tierra. El de los pastores estaba situado al poniente cerca de la laguna esmeralda, y el de los agricultores estaba más al oriente cerca del gran río bermejo, les separaba un gran bosque de robles veloces. Que por ser tan rápidos nunca se les podía cortar ni recoger las bellotas… Las gentes de estos dos pueblos sabían aprovecharse de la abundante pesca y la abundante caza.

Por encima de estos dos pueblos se levantaba la única montaña  que había en estos pagos. En esa única y gran montaña era la casa en la que vivía Dios por eso para los dos pueblos esta montaña era sagrada. Y a ella acudían todos al menos un día al año en romería, para darle las gracias al buen Dios que les protegía  tanto a ellos como  a los ríos, montes, campos y ganados con sus  habitantes. El día de la romería salían todos del poblado con sus mejores ropas y cargados de la mejor pesca, caza, frutos y ganados que depositaban en una fuente que nacía en la cima de la montaña, justo en el pico más alto. Fuente que dejaba caer sus aguas por los profundos barrancos, precipitándose ladera abajo siguiendo las cuatro direcciones del viento. Aquella fuente era el lugar donde nacían todos los ríos, y en la que daban las gracias al buen Dios, a cambio  Él les daba su protección contra los males y  les  aseguraban la prosperidad para sus pueblos.

Junto a la fuente sagrada que había en la cima de la montaña, crecía un nogal viejísimo que extendía sus ramas en las cuatro direcciones del viento y cuya copa más alta nunca se veía, por estar mas alta que las propias nubes. Siendo sus raíces tan largas y fuertes que crecían y se extendían por todo el suelo dando vida a todos los demás árboles de los bosques de la tierra. Bosques en los que vivían todos los  animales y todas las plantas. Por eso era justo donde se reunían los habitantes de los dos pueblos en el mes de la cigüeña cargados con frutos también las mejores reses y sobre todo las mejores pieles que colgaban de las ramas del gran nogal,  como tributo y ofrenda al buen Dios.

Nadie se acordaba desde cuando se hacía la romería al buen Dios y tampoco nunca se lo habían preguntado. Pues desde siempre llegado el día en el que veían a la primera cigüeña del año picoteando en los prados al pie de la montaña, acudían a la montaña sagrada y allí reconocían y agradecían al buen Dios de la naturaleza la protección que estos les dispensaban. Y por eso el buen Dios nunca se olvidaba por su parte de alejar el mal, las enfermedades, los peligros y la escasez de los dos poblados. Y así pasaron muchos, muchísimos años, viviendo los hombres y las mujeres felices al pie de la casa de Dios. Hasta que un  buen día algo extraño paso por desgracia para todos ellos. Aquel terrible día, que nunca debió de haber visto la luz del sol, dos pescadores del poblado de los agricultores cruzaron las tierras de los mil ríos siguieron por las de los cien colores hasta que llegaron a la orilla del lago Negro.

Aquel lago Negro se llamaba así porque sus aguas eran del color de la noche sin luna, e igual que la montaña del buen Dios era un lago sagrado. El lago estaba maldito ya que en él vivía ni más ni menos que el mismísimo demonio y también cientos de truchas de oro que solo él podía pescar. Pero los pescadores del pueblo de los agricultores desafiando al demonio sacaron sus trasmayos y se pusieron a pescar las truchas de oro más grandes que jamas habían visto. Y estando ahí pescando a hurtadillas, de repente del medio del lago  se les apareció el demonio con sus cuernos de fuego… diciéndoles con voz de trueno.

-         Hay de vosotros corazones de piedra así se os conviertan de los pies a la cabeza. Como os atrevéis a pescar en las aguas de mi lago las truchas que solo yo puedo pescar…

Los dos pescadores se quedaron de piedra, intentaron correr pero las piernas no les respondían del miedo que les cogió por todo el cuerpo… entonces el demonio les dijo.

-         Si queréis pescar mis truchas de oro, tenéis que hacer a cambio un encargo. Si no es así ahora mismo os llevo conmigo al infierno, envueltos en llamas por toda la eternidad.

Los dos pescadores sin poder casi ni hablar, ni mirar a los ojos rojos de fuego del demonio, asintieron con la cabeza.

-         Este año cuando veáis picotear en vuestros prados a la primera cigüeña, tenéis que regalarme a mi vuestros frutos en vez de al buen Dios, dejándolos a la orilla del mar de los cien colores bajo una piedra rematada en tres picos agudos de negro cuarzo… añadiendo que si no se los llevaría a todos consigo al infierno. Y también a sus hijos, y a los hijos de sus hijos y a los hijos de los hijos de sus hijos por siempre…

Los dos pescadores volvieron a asentir con la cabeza, pero el demonio que sabe mucho de la mentira y del engaño sacó unos papeles de un bolsillo y les hizo firmar con su propia sangre unas letras que les comprometían a cumplir su palabra… y de otro bolsillo sacó una talega mágica llena de sal que les entregó diciendo que de dicha talega siempre tendrían la sal que necesitasen para salar y secar la carne de las truchas de oro, ya que de otro modo no las podrían comer ni mucho menos despellejar para curtir y después vender las escamas de oro que tenían sus truchas… y así lo hicieron los dos agricultores, cogieron la talega de sal y tantas truchas como pudieron cargar en sus alforjas, hasta que llegaron a su pueblo.

Cuando llegaron todos se alegraron mucho de volver a verlos, pues aunque ellos creyeron que solo habían tardado un día en regresar, realmente habían tardado tres años… los que más se alegraron de volver a verlos fueron sus hijos, padres y mujeres… Entonces los dos hombres en vez de contar lo que les había sucedido con el demonio, mintieron y dijeron que se habían encontrado las truchas y la talega de sal a la orilla del mar de los cien colores por gracia del buen Dios. El cual les había dado el encargo de que fuesen a la orilla de dicho mar de los cien colores, a darle las gracias, en vez de a lo alto de la montaña dónde crecía en nogal y manaba la fuente como era costumbre... Todos les creyeron y se pusieron muy contentos ya que les habían hecho ricos de la noche a la mañana. Hasta que llegó la primera cigüeña a picotear en los verdes prados de sus campos.
Ese día las mujeres con el dinero que habían sacado de las escamas de oro, compraron hilos de seda teñidos con cien colores, con los que bordaron sus pañuelos para estar más guapas y todos juntos se fueron en romería hasta llegar a la orilla del mar de los cien colores con sus mejores galas y frutos…buscaron la piedra con los tres picos de cuarzo negro y bajo ella depositaron sus presentes, creyendo que eran para el buen Dios, en vez de para el diablo. Pero de repente el cielo se cubrió de negras nubes, tronó como si fuera el fin del mundo y de entre las olas del mar salió el demonio riendo y burlándose del buen Dios, diciéndole.

-    Mira buen Dios a tus hijos, te han abandonado y ahora es a mi a quien rinden pleitesía como señor de todos ellos.

Entonces todos los hombres y las mujeres del pueblo de los agricultores  aterrorizados y arrepentidos de haber rendido culto al demonio, salieron corriendo como almas que lleva el diablo escondiéndose entre las jaras de lo más profundo de los bosques, temerosos de la ira del buen Dios y del mal aparo del diablo…

Tanto se asustaron y corrieron que sin querer dejaron la talega mágica de la sal a la orilla del mar junto a la piedra de los tres picos negros. Vino una ola y se la tragó llevándola a lo más hondo del mar, donde aún hoy en día sigue soltando sal sin cesar, por eso y desde entonces las aguas del mar de los cien colores que eran dulces, cristalinas y frescas como la de los manantiales, se volvieron saladas, verdosas y tibias… a los pocos días regresaron al poblado y decidieron subir en romería hasta la cumbre de la montaña donde vivía del buen Dios en romería para pedirle perdón.

Pero el buen Dios que todo lo sabía y que todo lo había visto y escuchado, enfurecido por caer en el engaño del diablo, la mentira  y la codicia, les castigó convirtiéndolos a todos según subían a su montaña en galayos o prominentes y agudas rocas que se elevaron sobre los montes. Siendo cada uno de ellos transformado en los agudos picos más altos que la propia montaña del buen Dios. L cual decidió desde entonces subirse a vivir a los cielos, dónde ninguna montaña podría llegar jamás, y así fue hasta el final de los tiempos.

Mientras los pastores del otro pueblo cogieron sus ganados y se fueron por los valles y los tesos desde dónde siguen dando gracias al buen Dios lanzando sus oraciones a los vientos para que estos los lleven hasta el cielo alto, dónde sigue viviendo el buen dios. Y lejos, muy lejos del mar de los cien colores donde sigue morando el demonio… Y así es como se formaron los Galayos. Y si yo lo sé es por que esto ocurrió en los tiempos, en los que los animales hablaban y los árboles andaban y brincaban como los ciervos en el soto.

CUENTO DE LA ASAURA, URA, URA, URA.

Este era una señora muy pobre, muy pobre, muy pobre. Que no tenía  ni para comprarse un peine de raspas de cachuelos. Vivía en una casita hecha con maderas y ladrillos que ella misma había hecho con barro y paja secados por el sol sin cocer. Era tan pobre, tan pobre, tan pobre que raro era el día que cenaba si había comido o comía si había cenado,  la noche anterior. Vivía a las afueras del pueblo cerca de la carretera por donde solían pasar los ganados y los carros,  con una hija única que había tenido de moza. Su marido había muerto en una guerra y dejándolas en la mas terrible de las miserias. El poco dinero que sacaba lo conseguía jalbegando las casas de  los mas riquillos, o trabajando en peonadas temporales, como la  aceituna, o recogiendo leña del monte para las tahonas del pueblo, entre otras cosillas. Un día  de  Navidad dijo la pobre viuda a su hijita sacando unas monedas de su faltriquera.

-         Mira  hija toma estas perrillas y ves a en ca del Tío Doro el carnicero a que té de una asaura, para cenar esta noche que es Navidad. Pero ten cuidado no las vallas a perder, que es el único dinero que tengo y si lo pierdes no podremos cenar nada. Y nada que llevarnos a la boca.

La niña cogió el dinerillo, lo metió en el bolso del mandil y salió  de su casa en dirección al pueblo, donde estaba la carnicería del tío Doro. Pero al pasar por una plaza, la niña se encontró a unas amiguítas que estaban jugando a saltar a la comba y  penso, que podía entretenerse un ratito, jugando con sus amiguitas. Se acerco a ellas y las pregunto.

-         ¿Que hacéis?

 Y ellas respondieron.

-         Estamos jugando  a la comba.

-         Puedo jugar, con vosotras. Pregunto.

-         Si, si te la quedas

Y se puso a jugar. No tardo en quedársela otra niña y así paso un buen rato jugando y saltando a la comba. Se lo estaba pasando muy bien, pero de repente se acordó del encargo que le había hecho su madre.
        
-         Uy que tarde es,  me tengo que ir , que mi madre me ha mandado un recado y si no me doy prisa me van a cerrar la carnicería. Adiós, adiós.

Y la niña echó a correr la calle arriba. Cuando llego a la carnicería el tío Doro el buen carnicero  estaba guardando el genero en la bodega y por los pelos que no había cerrado la carnicería. Cuando vio llegar a la niña la pregunto con cariño.

-         ¿Qué querrías bonita.

 Y ella que venia corriendo se hecho mano al bolsillito del delantal y se quedo blanca. La sangre se la paro en las venas y en el corazón y no supo decir ni una palabra. Busco y rebusco en el bolsillo del mandil y en el otro bolsillo también por si acaso. Pero nada que las perras que la había dado su madre para comprar la asadura  no aparecían por ningún lado.  Las había perdido saltando a la comba.

 Sin decir ni pío, abrió la puerta de la carnicería y echó a correr calle abajo como una loca.  Al llegar a la plaza donde había jugado con sus amiguitas, empezó a buscar el dinero por todas partes. Pero nada que no veía el dinero ni choncho ni crudo. Las otras niñas ya no jugaban a la comba, por que era la hora del abriquecer y se habían ido a sus casas cuando sus madres desde las ventanas y balcones las empezaron a llamar. Entonces la pobre niña fue casa por casa a ver si alguna de sus amiguitas se había encontrado el dinero que ella había perdido saltando a la comba. Pero nada, que ninguna de las niñas había visto las perras por el suelo. Y es que en la plaza jugaban muchos niños y más aquella tarde que como era Navidad la plaza estaba llena de mocitos y mozas, unos jugando a churro-mediamanga-mangaentera, otros a hínchatesapo y los mas mayores a los alfileres, la calva y el mocho.

-         Si no me hubiese entretenido jugando en la  plaza,  seguro que ahora tendría  el  mi dinerillo en el bolsillo y podría comprar la asaura que mi madre me había encargado.

Pensaba gimoteando y sorbiendo los mocos que le caían de las narices, como las lágrimas de sus ojos… Se sentó a orillas de una fuente y se puso a llorar desconsoladamente.

-         ¿Qué la voy a decir yo ahora a mi madre, si la culpa ha sido mía? Y he perdido el dinero por desobediente. Mira que mi madre me había dicho que tuviera cuidado y  ahora que voy a hacer.

La niña llora que te llora y como era invierno pronto la tarde empezó a caer llegando las sombras de la noche. Y estando en estas se la vino una horrible idea a la cabeza.  Se acordó de que aquella mañana, habían enterrado a un mendigo que había  muerto arrecío la noche anterior. Y sin pensarlo dos veces se dijo.  Y

-         Ya se lo que voy a hacer,  iré al cementerio y desenterrare al mendigo, le abriré las tripas y le sacare las asauras.

Pero necesitaba un cuchillo, así que fue corriendo otra vez a la carnicería que ya estaba cerrada, pero como el tío Doro vivía encima llamo a la puerta y salió su mujer.

-         Que quieres bonita,  no son horas de que andes por la calle.

A lo que la niña respondió.

-    Ya lo sé seña fulana, pero es que nos han regalado un pollo y mi madre me ha mandado a que la pida un cuchillo para matarlo, que mañana mismo se lo devuelvo.
Y como todos querían mucho a la pobre mujer y a su hijita la dijo.

-         Espera un poco aquí, que ahora mismo te lo dejo. 

Subió por las escaleras del zaguán y al ratito bajo un gran cuchillo de acero envuelto en un trapo.

-         Toma y no lo vallas a desliar a ver si te vas a cortar, que este cuchillo corta hasta los huesos y no tengas prisas en traérmelo que mañana no lo necesito. 

-         Muchas gracias señora y descuide que no me cortaré ni lo perderé.

Salió corriendo como un demonio, escondió el cuchillo entre la toquilla de lana que la cubría del frío y salió del pueblo como en dirección a su casa. Pero al llegar a los corrales del arrabal, se dio la vuelta y fue derecha al cementerio. Ya era casi de noche y nadie la había visto, además, como era Navidad todos los vecinos estaban en sus casas preparando la cena. Al llegar al Campo Santo arrimo un tronco a la tapia subió por el dio un salto y entro en el cementerio. Pronto encontró la sepultura del pobre mendigo. Por el color de la tierra  fresca recién movida. Se hincó de hinojos y empezó a quitar la tierra con sus propias manos. Ya que todo el mundo sabe que cuando moría un pobre, no se tomaban muchas molestias a la hora de darle tierra al cuerpo. Así que no tardo mucho en desenterrar el cadáver.

Una vez fuera de la tierra el cuerpo del mendigo, sacó el cuchillo y de un solo tajo le  abrió las tripas y le saco las asauras, que envolvió en uno de los trapos con los que la mujer del carnicero había envuelto el cuchillo y volvió a enterrar el cuerpo del pobre mendigo. Sin perder ni un minuto salió zumbando del Campo Santo. Pero con las prisas y el miedo a ser descubierta no se dio cuenta de que se había dejado el cuchillo dentro de las tripas del pobre mendigo. Al llegar a su casa su madre muy disgustada,  la echó una buena regañina.

-         Pero se puede saber ¿donde te has metido ,? He salido a buscarte dos veces.

A lo que la niña contestó.

-         Es que me entretuve jugando con mis amiguitas en la plaza.

Pero como era Navidad la madre no la quiso regañar mucho. Entonces la pregunto.

-         Haber ¿donde esta la asaura que te encargue?

-         Mira aquí la traigo madre liadita entre estos trapos.

Cuando la desenvolvió su pobre madre dijo.

-         Hay que ver que buen color tiene y que hermosas son. Se nota que el tío Doro ha matado  hoy mismo  esta  res y  por el tamaño de esta asaura por los menos es  de  un ternero.

-          Si , si es de un buen ternero. Decía la niña . 

-         Anda, dijo la madre a la hija. Ve a lavarte las manos  mientras yo avío la cena.

Para cuando la niña había terminado de asearse, la madre ya había preparado un jugoso plato de asaura guisada, con pimientos, cebollas, ajitos y patatas en caldereta que la habían dado en el pueblo, unas vecinas para que hiciera la cena de Navidad. Y ya se sentaron a la mesa y antes de cenar  dieron gracias a Dios por los alimentos que iban comer. Pero justo cuando iban a decir amen, el candil se apagó  de repente, quedándose las dos a obscuras. La niña se llevó un susto de muerte y lanzo un grito. Pero la madre no tardo en prender una tea de pino soplando los rescoldos de la chimenea, con la que encendió otra vez la torcía del pobre candil, que iluminaba la mesa.

-         No te asustes hijita esto a sido cosa del aire, anda y ve a ver si esta la puerta cerrada.

La niña estaba aterrorizada pero hizo lo que su madre la había mandado. Cuando la niña bajo al zaguán a ver si la puerta de la calle estaba cerrada, lanzó otro grito. Pero esta vez se la helo la sangre, pues clavado en la jamba de madera de la puerta, estaba el cuchillo con el que había sacado las asauras del mendigo. Lo cogió y lo escondió en tinaja de la cal antes de que su madre bajara. Pero como había dado un grito de espanto, su madre asustada bajó corriendo a ver que la pasaba a su hijita. Al ver la puerta abierta de un fuerte portazo la cerró atrancándola con la pesada viga de nogal.

-         ¿Qué pasa hija mía, por qué has gritado de ese modo? Pregunto la madre.

-         Hay madre mía es que un gato ha pasado entre mis piernas y me ha dado un susto de muerte.

Dijo la niña, mintiendo por segunda vez a su pobre madre.

-         Anda vamos para arriba  que se nos va a quedar fría la cena y mañana no se si tendremos de comer, ya sabes el dicho mas vale pájaro en mano que ciento volando.

Así que subieron madre e hija para arriba y cenaron bien cenadas. Sin dejar nada de las asauras del mendigo muerto aquella misma mañana. Cuando terminaron dijo la madre.

-         Anda vamos a la cama que mañana seguro que si vamos a misa, alguna buena vecina nos dará para que comamos  y es mejor estar descansadas.

Y se fueron las dos para la cama. Se acostaron como costumbre tenían cada una en su alcoba. Pero justo cuando a la niña la iba venciendo el sueño, de pronto sintió un ruido que venía de la puerta de la calle. La madre no escuchaba nada por que estaba dormida como un cesto. Pero la niña escucho con toda claridad como la  pesada  tranca  que atrancaba la puerta caía al suelo con un golpe seco y como una voz de ultratumba decía.
-         A asaura, ura, ura, ura, me huele a mi sepultura.

-         Madre, madre que alguien se ha colao en la casa…

Grito la niña. La madre asustada acudió a la alcoba donde dormía la niña y con un gran susto la pregunto que la pasaba .

-         La puerta, madre la puerta que se a caído la tranca.

La madre la arropó y la dijo.

-         Anda y duérmete ya de una vez quien va a venir a robar a la casa de un pobre. Calla y duérmete ya que es muy tarde y mañana tenemos que madrugar para salir a pedir un poco de caridad…

-         Pero madre, decía la niña  muy asustada, ¿es que usted no ha oído nada de nada?

-         ¿Y que voy a oír? Anda y calla que ese ruido  será  cosa del viento, que azota el tejado y las ventanas. Metete en la cama y  duérmete ya que no es nada.

La niña se metió debajo de la ropa de la cama,  tapándose de la cabeza a los pies e intento dormirse. Y justo cuando se le había pasado el susto, sintió un fuerte ruido en el zaguán. Era el mismo sonido que hacen los zapatos al arrastrarse por el suelo  en dirección a las escaleras que daban acceso al piso de arriba, donde ella dormía o al menos eso intentaba. Volviendo a escuchar esa voz de ultratumba que decía .

-         A asaura, ura, ura, ura me huele a mi sepultura.
 
La niña se quedo helada sin poder apenas respirar, paralizada por el miedo .Volvió a gritar llamando a su madre.

-         Madre, madre que viene, que viene por mí.

La madre que estaba profundamente dormida y nada había oído. La grito desde su cama un poco cansada ya por tantos sobresaltos.

-         Anda y cállate  ya ¿qué voy a escuchar? Yo no oigo nada. Será el viento que resopla por el tejado y las ventanas. Anda duérmete ya y calla que no es nada, pesada.

-         Pero madre de verdad que usted no ha oído nada  de nada.

-         Que no hija mía, que no he oído nada, de nada. Duérmete y calla, valla nochecita  toledana, que me  estás dando hoy.

Pero las pisadas seguían avanzando por los trancos de las escaleras, una a una y en cada escalón la voz de ultratumba repetía  una y mil veces.

-     A asaura, ura, ura, ura, me huele a mi sepultura.
La niña de pronto vio la sombra del difunto vagabundo al que había sacado las asaduras que  habían servido de cena aquella Navidad. Y por si fuera poco cada segundo  sentía más y más cerca de su alcoba las pisadas y escuchaba mas claro y con mayor fuerza aquello de

-    A asaura, ura, ura, ura me huele a mi sepultura.

Incluso podía escuchar la respiración profunda y quejosa a la puerta misma de su alcoba. Saco la cabeza de entre las mantas y su corazón se quedó frío como la escarcha en los juncos de la orilla del cauce en el invierno. Los ojos se le salían de las órbitas y el cuerpo se le paralizo. Quería gritar llamando a su madre, pero no podía. Quiso salir corriendo hacía donde su madre dormía. Pero Las piernas no la respondían dejándola  muda e inmóvil, tendida  sobre su camastro, como un ratón al que muerde una víbora. Luego un profundo y siniestro silencio inundo todo en la noche fría de aquella Navidad, hasta que llegaron las primeras luces de la clara del día.

A primera hora antes de que saliera el sol tras la montaña, la madre se levantó primero y calentó un poco de agua después de avivar la lumbre con la que prepararía un poco de poléo. Saco unos currùscos de pan duro que puso sobre la trébede para tostarlo y los roció con unas gotas de aceite, que la quedaba en la alcuza.  Luego la buena mujer llamó a su hijita que estaba arriba en la alcoba.

-         Vamos, vamos levanta  perezosa, tanto desvelo por la noche que ahora no hay quien te haga salir del nido. Pero quieres bajar a desayunar de una vez perezosa

Como la niña no bajaba ni salía de su alcoba la madre fue a despertarla y al llegar  y destaparla dio un grito tremendo, que hizo temblar los cimientos de la casa.

-         Mi hija, socorro mi hijita,  que me la han matado.

Aquella mañana en la cama donde la niña dormía, había un gran charco de sangre  que lo cubría todo. En medio del gran charco de sangre muerta yacía la niña, con las tripas al aire y sin las asaduras. Pronto acudieron todos los vecinos que escucharon el lamento de la pobre y desesperada madre. Nadie sabía ni se explicaba quién pudo haber asesinado tan horriblemente a su pobre niña. Enterrándola aquella misma mañana al lado del mendigo, y al ir a cavar la fosa para darle sepultura, apareció el gran cuchillo de acero que cortaba hasta los huesos. Lo que causo un gran revuelo. Un vecino reconoció el cuchillo y fueron a llamar al tío Doro el carnicero. Algunos pensaron que había sido él el asesino. Pero el ama del cura salió al paso de los comentarios, ya que ella misma había sido testigo de cómo la niña había ido a pedírselo a su mujer el día anterior, con la excusa de que su madre tenía que matar un pollo... Cosa que como dijo el ama del cura la extraño mucho por ser una familia tan pobre y como decía la buena mujer, de donde iban a sacar un pollo, si no tenían ni para comprar una sartén. Lo cierto es que  la niña murió aquella noche y sus asaduras nunca mas volvieron a aparecer.

Moraleja. Del cementerio, ni miel de abeja.

                   Cuentos y leyendas recogidas por Daniel F Peces Ayuso.

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