lunes, 6 de junio de 2011

Daniel Peces Ayuso. Leyenda tradicional de Arenas de S. Pedro




Ven acercate y deja que te regale una leyenda al calor de las piedras de mi chozo, sobre la alfombra de hojas...

LEYENDA DE LA PIEDRA DE LA HIBANADERA.

La Hibanadera  era una muy hermosa serrana que vivía  en una majada al otro lado del Ricuevas. Ella y su  padre, pues su madre murió en su parto, vivían de guardar un pico de ovejas churras, algunas cuernivanas más tres chivillas guisandas de las que sacaba la suficiente leche como para hacer unos buenos quesos que vendía la moza en el mercado de Arenas. Su padre sin embargo rara era la ocasión en la que bajaba a Arenas. Tan solo en contadas ocasiones se dejaba ver por la ciudad, una de aquellas ocasiones era el día grande de Ntra. Sra. del Pilar de Arenas y en la Octava del Corpus Cristi. Aquellos días a primera hora de la mañana bajaban a la casa de su tía, la hermana de la madre de la Hibanadera, que se llamaba Melchora Ella no guardaba ovejas, desde niña aprendió a labrar la seda, lana y lino, en sus telares, con los que las areneras se hacían sus preciosos trajes  de serrana.  De joven dicen que fue muy hermosa, pero por despecho a un mal amor se había convertido en una mujer muy comercianta y arisca.
La tía Melchora vivía muy bien, tenía mas de lo que necesitaba, se lo había ganado con el sudor de su frente. Y aunque tenía muchos años no parecía tan vieja. Tenía un taller de hilado otro de telares, una pañería y cerca del río en el charco del Vaho un tundidero y teñidero. Además criaba gusanos de seda de los que sacaba un buen dinerillo. Para mantener su industria contaba con la mano de obra de las muchachas de Arenas. Bueno pues como íbamos diciendo, todos los años iban a la casa de la tía Melchora para celebrar el día del Pilar de Arenas. Pues era costumbre el día del Pilar de Arenas decentar un lomo embuchao. Tras lo cual el buen cabrero iba derecho a la taberna del tío Corales en la calle Mesones, mientras que la tía Melchora y la Hibanadera acudían con sus mejores galas a los oficios religiosos al convento de San Agustín. Y así pasaron los años hasta que la Hibanadera entro en edad casadera. Y como el buen cabrero estaba todo el día fuera de la majada, su cuñada la Melchora le pidió que dejara a la Hibanadera que se quedara a vivir con ella, para darle un oficio, una dote y un buen marido. El padre tras pensárselo una noche entera accedió, pues muy a su pesar sabía que era lo mejor para su hija. Y así se hizo, la Hivanadera se puso a trabajar en los talleres de su tía la Melchora, la cual tenía por costumbre cuando llegaba el buen tiempo salir a hilvanar los copos de lana al sol, sobre un canchal de la cuesta de Sabina, al mismo de los muros del convento del Pilar de Arenas. Al pie del camino de San Bartolomé. Mientras que el padre se bajó con sus ganados a las Quinterías dónde guardaba sus ganados, junto a los de un rico arenense. Subiendo a Arenas para visitar a su hija, que siempre le esperaba en el canchal donde tejía e hilaba la lana y para oír juntos la misa en el Pilar de Arenas, todos los domingos del año y así pasaron otros tres años. Hasta que llegó el invierno, y que invierno el de aquel año. Las nieves y el hielo lo cubrían todo, haciendo los caminos intransitables, por lo que cuando llegó el domingo Melchora creyó oportuno no permitir a su sobrina salir de casa. Cosa que no agradó a la niña, ya que para ella muy importante salir al encuentro de su padre. Pese a ello  cuando su tía se adormiló frente al fuego, agarró y de un salto se escapó por la ventana, encaminándose hacía la piedra en la que solía sentarse a hibanar en espera de su padre, pese a la fuerte nevada que estaba cayendo… Y a eso del abriquecer la tía Melchora se despertó sobresaltada, había tenido un mal sueño, y tras despejarse fue a la alcoba de su sobrina, pero allí no había nadie. La buscó por toda la casa y por el corral, por el patio e incluso subió al sobrao y bajo a la cueva, pero nada ni rastro de la niña. Asustada agarró su mantilla de recia lana y salió a la calle en su busca. Primero en casa de las vecinas, y luego en la de las amigas de la niña. Pero nada, nadie la había visto aquel domingo. Pronto se corrieron las voces por toda la villa, y hombres, mujeres y niños salieron a su encuentro, hasta que cayó la noche negra y cerrada como la boca de un lobo. Entonces la justicia de Arenas organizó cuadrillas de hombres armados que con antorchas buscaron a la pobre niña por los arrabales y montes cercanos de la población, pero nada, parecía como si la propia tierra se la hubiera tragado sin dejar rastro de ella… y así estuvieron buscándola siete días con sus siete noches. Pero nada no dieron con ella ni rastro alguno. Pronto empezaron a pensar y a correrse el rumor de que se la habían tenido que comer los lobos, pero estos dejan los vestidos y los huesos, como prueba de su delito. Sin embargo nada apareció que hiciera cierto este bulo.
Al pasar una semana de búsqueda sin éxito, las nieves y los hielos se retiraron un poco más arriba, hacia las cumbres de la sierra. Fue entonces cuando le llegó la mala noticia a su desdichado padre, que enloquecido salió a los montes y barrancos buscándola desesperadamente, muriendo arrecido en el monte un fría noche mientras la buscaba sin descanso… todo el pueblo fue a su entierro en el cementerio de San Agustín… tras el cual las amigas de la niña fueron juntas a la piedra en la que solía sentarse a hibanar y esperar a su querido padre, para dejar sobre la piedra un ramito de flores. Y entonces al agacharse una de ellas para poner el ramito de flores sobre la piedra pasó algo milagroso.
- Callaos, dijo con voz firme la mocita.
- ¿ Que pasa, por que nos mandas callar?. Dijeron todas las demás.
- ¿ Es que no lo oís? .
Y entonces se callaron todas y apoyando sus orejas sobre la piedra escucharon un ruido que decía, chokili-chikili.chokili-chikilicha. Era algo increíble pero cierto, ya que de dentro de la piedra se podía escuchar con toda claridad el mismo sonido que hacia la madeja de la Hibanadera cuando estaba allí trabajando,
- Viene de dentro de la piedra. Si, si, si. Dijeron todas a la vez entre asustadas y maravilladas.
-         Es la Hibanadera. Dijeron todas a un tiempo.
Y fueron corriendo a dar parte de lo que habían descubierto. La noticia corrió como la pólvora, y pronto todo el pueblo fue a escuchar a la Hibanadera. Viniendo gentes de todo el partido a escuchar tal prodigio, llegando el caso a oídos del obispo que también vino desde Avila para ser testigo de tan gran suceso. El cual no dudó en testificar el milagro que Dios había hecho con la desgraciada muchacha, ya que para salvarla de morir arrecida o comida por los lobos, tubo a bien meterla dentro de la piedra para protegerla eternamente. Desde entonces todo aquel o aquella que ponga el oído cerca de la piedra de la Hibanadera, escuchará el chokili-chikili.chokili-chikilicha de la Hibanadera. Y es entonces cuando y tras contar la leyenda de la Hibanadera, los más curiosos y crédulos al acercar el oído a la piedra para escuchar a la niña en ella encantada, al negar que se oiga sonido alguno, se llevan un fuerte coscorrón y burla, al tiempo que se les decía –toma a que ahora si que lo escuchas…..

La piedra de la Hibanadera fue partida el pasado siglo, en parte para ensanchar la carretera de Sabina, por lo que en parte se puede visitar hoy en día… pero ten cuidado y no seas tonto o tonta no te dejes engañar, pues de lo contrario te llevarás un buen coscorrón…
                     
Daniel F Peces Ayuso, Arenas de San Pedro, 15 de mayo 2011.

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