sábado, 23 de junio de 2012

Fiestas de San Juan en el Partido de Arenas de San Pedro.

(Aunque aún no he tenido tiempo de corregor el texto ortograficamente hablando... ni tampoco he tenido tiempo de incorporar fotografías... vuestra insistencia hace que os adelante gran parte del texo no concluído... ahí va parte de nuestra menória colectiva e individuál)




“De las buenas cosas que se han de facer la noite de Sty Xuan”

Algunas tradiciones orales recogidas en el Partido de Arenas de San Pedro, extraído del trabajo de campo realizado por Daniel F. Peces Ayuso

Introducción:

Las fiestas en honor a San Juan (23 - 24 de junio) no se podían separar de las fiestas en honor a San Pedro Apóstol (28-29 de junio) en estas tierras, ya que ambas marcaban uno de los momentos más importantes de la vida de nuestros antepasados. Siendo San Juan y San Pedro las últimas de las tradicionales Fiestas de Invierno, y  al mismo tiempo las primeras de las Fiestas de Verano. Marcadas por otro hito fundamental, la Trasterminancia. Costumbre que aún hoy en día sigue en vigor, y que consiste en conducir a los rebaños de vacas, yeguas, cabras o vacas, desde las agostadas y cálidas dehesas del Tiétar, a los verdes prados de cervuno y flor de piorno en la Sierra de Gredos. Ganados que han sido parte fundamental de la economía tradicional serrana. Aunque este acto de conducir a los rebaños de los pastos de invierno a los de verano solía depender de la meteorología, lo cierto es que para San Juan ya estaban instalados animales y hombres en los arcaicos chozos construidos en los mejores praderíos alpinos. Labor que realizaban los esfuerzos conjuntos de los dueños de los ganados y sus criados, invirtiendo no más de una o dos jornadas máximo. Y esto era así porque justo siete días después de las fiestas de San Juan, tienen lugar las fiestas de San Pedro Apóstol, día en el que era costumbre entre los criados de los ganaderos cambiar de amo, renovando sus contratos, buscando otros nuevos y mejores… El rico folklore de estas tierras está lleno de interesantes ejemplos que ilustran la importancia que tuvieron estas fiestas, perdidas en un pasado por fortuna tan reciente, que aún quedan imágenes grabadas en la memoria colectiva e individual viva de nuestras personas más mayores… como estas hermosas coplillas del cancionero arenense;

Ya tiene el criado ganas, de darles suero a sus  perros
Pa que muerdan a los amos, cuando llegue su San Pedro
Y decirle ande con Dios, y eche huesos a otros perros
A mí con tal que me pague, y que me suelte el dinero
Como si le dan de palos, o le llevan al infierno
Mira si querré a mi amo, que es santo de mi devoción
Mala coz le del caballo, mal rayo le parta en dos

El buen pastor quiere bailar, con la pastora en la majá
Llegó San Pedro para cantar. La fiesta ahora va a comenzar…

Cuando las grullas vayan pa arriba
No te quedes con el amo inque te lo pida
Y cuando las grullas vayan pa abajo
Quédate con el amo aunque te mate a trabajo…

Baje a la puerta. Y usté quién es
Soy el criado, que vengo a ver
Si tié el dinero, que debe usté…

De San Juan a San Pedro, van pocos días
Y a ti te quedan menos, para ser mía

Si no negara San Pedro, a Cristo como negó
Otro gallo le cantara, mejor que el que le cantó

Aún sigo recogiendo interesantes datos de aquellas fiestas Sanpedrinas, a las que dedicaré un tiempo y espacio exclusivo, recordando algunas cosas acerca de cómo se desarrollaban en estas tierras dichas fiestas pastoriles… porque ahora es tiempo y espacio para las fiestas de San Juan.

Fiestas que como decía marcaban un antes y después en el calendario tradicional serrano. Celebrándose el final y el comienzo de un año nuevo con renovadas de esperanzas. Y con ello el abundante resurgimiento tan extraordinario como exuberante de los recursos naturales en esta comarca castellana. Fiesta que se ha venido celebrando desde la más remota antigüedad, del mismo modo y con la misma importancia que el solsticio de invierno. Fiestas que en la península ibérica estaban tan arraigadas y debieron ser tan importantes, que cuando llegó el momento de cristianizar a los pueblos europeos, entre ellos a los diferentes grupos de indígenas hispanoromanos. La iglesia católica romana asimiló la fiesta pagana del solsticio de invierno al nacimiento del hijo de Dios, Jesús y el solsticio de verano al nacimiento de su primo hermano San Juan Bautista… del mismo modo que hizo con otras ceremonias, creencias y ritos del mundo antiguo como pudieran ser las religiones egipcia, semita, romana, celta… religiones cuyas liturgias y fiestas principales a pesar del tiempo y del espacio que media entre todas ellas, causalmente coinciden en sus calendarios festivos, rituales, costumbres, creencias… incluso con el mismo sentido como es el caso que nos ocupa, las fiestas tradicionales en honor a San Juan Bautista en el partido de Arenas de San Pedro.

Gran parte de la información que a continuación les transmito, la he recibido directamente de manos de los habitantes más mayores de estas tierras. Ellos guardan por fortuna en la memoria, las experiencias de tantas emociones y sentimientos como árboles crecen en los bosques desde la vera del Tiétar, hasta los risqueros más altos y quebrados de la sierra de Gredos. Y entre ellos los recuerdos tan especiales de aquellas alegres fiestas sanjuaneras, que ahora con el paso del tiempo aunque añorados por ellos y ellas, no dejan de producirnos cierto dolor o amargura. Pues entre todos esos recuerdos colectivos e individuales, no falta el recuerdo siempre doloroso de aquellos familiares, vecinos o amigos que ya no están con nosotros, y que formaban parte integral de aquellas fiestas y momentos tan intensos… Y como de “bien nacido es ser agradecido”, os tengo que dar las gracias por contarme algunos de vuestros valiosos recuerdos, ahora en parte recogidos con el respeto y dignidad que merecen, con el único objetivo de que no se olviden. Memorias y recuerdos que me gustaría dedicar a dos mujeres, maestras, amigas arenenses con las que hablar era entrar en la relatividad más absoluta del tiempo y del espacio. A vosotras dos Rafaela y Margarita, en nombre de todos los demás paisanos-enciclopedias del saber tradicional oral, van dedicadas algunos de aquellos recuerdos de vuestras narraciones para mí siempre fascinantes.

De las cosas que se han de hacer antes de llegar el día y noche del Santo Juan.

Según nuestra tradición oral una semana antes de la noche de San Juan, se ha de limpiar toda la casa a conciencia, implicándose en ello todos los miembros de la familia. Mientras unos limpian otros van amontonando todos los trastos que ya no sirven incluida la ropa, para quemarlos en la hoguera mágica de la noche de San Juan. Ya que de este modo quemando lo viejo o roto, creían que sería más fácil estrenar otras nuevas prendas o enseres el año a partir de aquella noche. Creencia y ritual que está relacionado directamente con la primavera y la necesaria regeneración de los campos justo a partir del día de San Juan o solsticio de verano.

Una vez aseada la casa y desechados los trastos inútiles que han de arder en la hoguera, se encalaban las casas, empezando por la cocina, el zaguán, la sala, alcobas y fachada. Esta labor la realizaban generalmente las mujeres, había algunas que se dedicaban digamos “profesionalmente” a encalar a cambio de un poco de dinero u otros productos... Esta labor se llama tradicionalmente “Jhalbegal” o “Ajhalbegal”. También se las llamaba a las “jhalbegaoras” para encalar las cocinas y alcobas en las casas de las parturientas, días antes del parto, ya que las paridas solían hacer limpieza general encalando la cocina y alcoba para tenerlo todo limpio y sobre todo desinfectado…-  Las personas que las contrataban tenían que comprar la cal que fuesen a necesitar y los tintes ocres y añiles para dar en las jambas de puertas y ventanas.  Las que se dedicaban al “jalbiegue” tan solo tenían que portar  “ropijhos” o ropas viejas y pañuelos anudados en la cabeza para protegerse el pelo y la cara de la corrosiva cal viva. También llevaban un pellejo de oveja o borrego, “el guisopo”, que utilizaban a modo de brocha, ya que era esta su herramienta tradicional para encalar, ayudándose de una vara de avellano o una simple caña para atar el “guisopo” o piel de oveja y así llegar a los rincones más altos o inaccesibles… Estos guisopos eran los mismos que se utilizaban poco antes en la fiesta del carnaval, cuando el martes de carnaval algunas jhalbegaoras areneras salían por las calles ocultando sus caras con pañuelos, vestidas con sus ropas llenas de cal y remiendos, azotando y manchando de cal a guisopazo limpio especialmente a los mozos… Personalmente que además de toda la carga simbólica que sin duda tiene esta costumbre, lo cierto es que esta costumbre era la mejor forma de quitar la cal incrustada y reseca de los pellejos y lana de los guisopos. Quedando después del Carnaval listos para trabajar en San Juan…

La cal que se usaba para jalbegar las casas era la cal de color blanco. Sin embargo muchas teñían la cal dándole un tono más ocre, como si las casas fueran de crema... par ello había la costumbre, basada en la creencia de que además de este modo la cal duraba más tiempo impregnada sobre las paredes, de echar cáscaras de cebolla a la cal mientras se la removía con el agua para que “cociera” o diluyera. Convirtiéndose en una pasta cremosa lista para pintar y desinfectar, logrado dar al blanco puro de la cal, un color terroso peculiar y que resiste más a las manchas del omnipresente humo de los hogares, candiles, teas…También era costumbre pintar las fachadas de color añil u ocre rojizo –este último extraído de las minas férreas de Castañarejo y la Tablá…- En otras ocasiones una vez enjalbegadas las casas se pintaban las jambas y dinteles de puertas, ventanas, esquinas de color añil u ocre… También había quien una vez enjalbegadas las fachadas e interiores de las casas, pintaban bellas cenefas con motivos florales y geométricos… mientas que sobre las chimeneas, puertas y ventanas se solían retocar los antiguos símbolos o dibujos solares que según es tradición protegen de enfermedades y desgracias tanto a la casa, como a sus habitantes. Uno de los dibujos más repetido es el llamado la “Estrella”, teniendo más bien la forma de una flor con seis pétalos… pero les había de muy diferente tipo y sentido simbólico, como por ejemplo; cruces, gallos, gallinas, soles, un jarrón con tres azucenas, el “Lucerillo”, el Árbol de la Vida o Corazón con ramo… dibujos todos ellos destinados como decía a proteger a la casa y sus moradores de posibles catástrofes o accidentes, como pudieran ser incendios, caídas de rayos, inundaciones, enfermedades o visitas brujeriles no deseadas… Y para reforzar más este sentido simbólico protector la mayoría de ellas cincelaban artísticamente en el dintel de las puertas principales dichos signos u otros alegóricos a la fecha de su construcción y sus propietarios, como por ejemplo. Tema profano que se alterna con otros que incluyen bendiciones de tipo religioso, y más concretamente cristiano, muchas de ellas dedicadas a la Virgen Sta. María. Dibujos y letras que para ser más claras e inteligibles, se pintaban del  intenso color ocre de la Tablá cada San Juan. Pero sigamos con la faena del enjalbegado de las fachadas, como labor tradicional relacionada con la fiesta de San Juan hasta hace muy pocos años. 

Ya que creo interesante decir que en todas las casas no faltaba un rinconcillo destinado a guardar todos los “trastos” necesarios para realizar tales faenas. El lugar solía ser en un rincón de la “estanza” -también llamada zaguán- o en la entrada de la cueva dónde se almacenaba el vino, aceite, miel y carnes en salazón… lugares estos por los que no se pasaba cerca normalmente evitando así ensuciarse de cal las ropas… Dichos trastos solían ser una tinaja o barreño, un cucharón o palo removedor, una taza o tazón a modo de medida para cocer la cal y la ropa o mejor dicho harapos propios con los que cubrirse sin miedo a mancharlos. Estas tinajas o barreños debido al intenso uso y el paso de siglos de uso continuado, suelen tener una capa de cal pegada tanto fuera como en su parte interior de varios centímetros que impide ver el barro del contenedor… dentro de ella se dejaban las demás herramientas, cubriéndolo finalmente una vez utilizado con un simple trapo o a veces y en menor medida, sobre dicho trapo colocaban otros de lino blanco decorados con bellos bordados policromos al más puro estilo de estas tierras y vinculado a los bordados de la colindante Navalcan o vecina Lagartera. Todas estas labores de limpieza, desinfección, protección realizadas por nuestras mujeres terminaban en el momento en el que pintaban las “chinas de la estanza”. O dicho de otro modo, el día que arrodilladas en los suelos y con la única ayuda de sus dedos corazón e índice y un tazón lleno de cal, barro y el mágico ocre, iban pintando los espacios que quedan libres entre los cantos rodados con los que se empedraban las estanzas o zaguanes tradicionalmente. Labor tediosa y que solían las más jóvenes de la familia bajo la estrecha y severa dirección de la más anciana… ellas mismas preparaban la mezcla a gusto de cada casa. Mezcla con la que resaltaban aún más las formas de los diferentes empedrados, pues la mayoría de ellos se decoraban con sencillas y esquemáticas formas astrales, florales, geométricas… usando para ello cantos de diferentes formas o colores. Mezclando los abundantes guijos de cuarzo, con el granito. Minerales estos que ofrecen en estas tierras una gran abundancia y amplia gama cromática que va del blanco más níveo, al negro más opaco. Pasando por tonalidades rosadas, anaranjadas, verdosas etc. Y así de una forma sencilla utilizando simplemente como recurso decorativo los colores y la forma de dichos cantos, iban dando forma a los dibujos y formas con los que se solían decorar. Para ello las mozas que iban a recoger el barro y ocre con la que hacían la mezcla, al tiempo que aprovechaban para dar una vuelta y dejarse ver dónde ellas querían ser vistas. O para encontrarse en secreto con sus novios o pretendientes… y tener un ratito de conversación a solas. La arquitectura tradicional de estas tierras, se basaba en el aprovechamiento máximo de los recursos disponibles, la funcionalidad y la solidez. Por eso a veces muchas de nuestras viviendas se han construido directamente sobre canchuelas o canchales. Utilizando las impresionantes piedras como parte integral de las paredes y los cimientos. Como es el caso de algunas casas del barrio de la Canchuela en Arenas de San Pedro por poner un ejemplo. En estos casos es curioso observar como los grandes bloques de granito que forman parte de algunas paredes, han sido primorosamente trabajados en el interior de las viviendas hasta lograr el espacio o forma deseada. Mientras que el exterior de las viviendas, las grandes piedras conservan su forma berroqueña original, al no estar rebajadas ni labradas. A lo sumo horadadas para colocar la aldaba, o por algunos clavos donde colgar las floridas macetas o tender la ropa… En algunas de ellas había labrado en la misma piedra o haciendo el dibujo con los cantos rodados alquerques o lo que es lo mismo las líneas y puntos que se necesitan para jugar al tradicional juego de las tres en raya. Pues en el tiempo de intensos fríos y continuas lluvias, los niños y sobre todo las niñas solían jugar y pasar largas horas al resguardo en las estanzas familiares. Los niños preferían jugar en otros lugres como en la cuadra, el sobrao o cualquier lugar lejos de la mirada vigilante de las madres… de todos modos y para hacer justicia he de decir lo que me recordaban constantemente mis mayores, y es que por desgracia los niñas y las niñas en tiempos de nuestros abuelos tuvieron muy, pero que muy por tiempo para jugar. Les obligaron a ser mujeres y hombres a penas cumplían los seis años de edad. Y a pesar de ellas la mayoría de ellos y de ellas, han seguido jugando sin perder las ganas hasta el último momento de sus vidas. Pues generalmente todas estas labores se hacían entre bromas cómplices y donde cualquier cosa era válida con tal de pasar un buen rato. Sin lugar a dudadas la mejor metodología que hay para realizar tediosas labores como esta de limpiar, encalar y pintar arrodilladas durante horas el suelo.

Antes de continuar y para hacer la justicia a mi propio sexo he de decir, que todas estas labores domésticas femeninas, no se podían haber realizado sin el duro trabajo de los caleros y carreteros que hacían y vendían la cal de puerta en puerta, de pueblo en pueblo… siendo ambos trabajos realizados por los antaño afamados  caleros y carreteros del partido de Arenas. De hecho hasta principios del siglo XX hubo en nuestros pueblos familias de caleros que se dedicaban a estas labores. Para ello necesitaban al menos de un horno donde cocer la cal, una cantera donde extraer la piedra caliza y algunas bestias para acarrear los pesados materiales, sin olvidar los carros y cargas de leña necesarios para cocer una hornada de cal. Los hornos o caleros de estas tierras son de muy diferentes épocas. Lástima que no se halla ahecho un estudio a fondo a cerca de nuestros caleros, ya que algunos de ellos presentan en sus bordes escorias amontonadas de otros minerales que no son cal precisamente. Por lo que a cualquiera que los observe puede inducirle a pensar, como me pasa a mí, que además de caleros de diferentes épocas, también los debió haber para diferentes usos. Cosa nada extraña en una tierra que hunde sus raíces en un arcano y casi mítico origen minero, en cuyo suelo y subsuelo aún se pueden contemplar las huellas dejadas en las impresionantes explotaciones ferruginosas, argénteas y auríferas de la Tablá en Arenas de San Pedro, en funcionamiento antes de que llegaran y se instalaran en nuestra península ibérica los romanos. Cultura esta, a la que se le atribuye la invención de la cal alrededor de trescientos años antes del nacimiento de Cristo.

Independientemente de la época y del uso de nuestros caleros, todos son de planta circular, con un diámetro que suele oscilar entre los tres a cuatro metros de diámetro y una profundidad mínima de cuatro a más de cinco metros, pues tras medir algunos de ellos he comprobado que no tienen una medida exacta o comparativa, sino que más bien su construcción se ajusta a las condiciones orográficas propias del terreno en el que fueron construidos. En todos los casos nuestros caleros están construidos cerca de las minas de piedra caliza, para de este modo abaratar y agilizar los procesos previos de extracción, molienda y transporte… otra generalidad arquitectónica es que todos nuestros caleros están construidos con la sólida y resistente piedra berroqueña, cuarzo, arcilla rica en ocre y escorias ferruginosas para rellenar los firmes muros circulares. Independientemente de su tamaño todos están perfectamente excavados aprovechando los declives y pequeñas laderas naturales. Piedras que eran firmemente ligadas con mortero de cal y escorias. Materiales todos ellos recogidos en las inmediaciones. Otra constante en cuanto a la situación que ocupan los caleros, es la presencia de corrientes de agua en sus proximidades. Agua que servirá además de para el uso personal, para enfriar e hidratar la cal una vez cocida, y dónde recoger los cantos rodados utilizados para levantar los muros de todos nuestros caleros. Al menos este es el aspecto que presentan varios caleros en la zona media del curso del arroyo Avellanea, a su paso por Castañarejo y la Tablá en Arenas de San Pedro. Explicándose tal aglomeración de hornos de cal, debido a que estamos ante un área natural especial arenense, donde se encuentran las principales y mejores minas de piedra caliza del partido. Canteras que han compartido mejores tiempos y el mismo prestigio que las canteras y caleros de los hermanos anejos arenenses de Hontanares o Ramacastañas. Poblaciones de cuyos montes y hornos a salido la mejor cal de cuantas se hacían y vendían en esta comarca de la Alta Extremadura Castellana… Exportándola en carros por las poblaciones de las comarcas de Talavera de la Reina, Campo Arañuelo, La Jara, La Vera, Valle Ambles, Valle del Alberche, Valle del Tormes, Madrid… para lo cual tenían que abandonar sus casas y familias hasta vender todo o la mayor parte del material… o dárselas a un arriero para que se las vendiera. Sea como fuere lo cierto es que todos los hombres dedicados a la cal, solían atender a otras labores agropecuarias con las que complementaban la siempre necesitada economía familiar. Ya que es una labor estacional…

Para construir un calero, lo primero que hacían era –además de elegir cuidadosamente el lugar, reunir la piedra y madera necesarias para su construcción. Y a continuación entre varios hombres, comenzaban excavando un profundo hoyó, de diámetro y profundidad mucho mayor que la del horno, ya que en dicho gran hoyo irán embutidos los cimientos y paredes del calero. Horno cuyo extremo superior a quedar siempre a ras del suelo. Por eso todos los caleros están construidos en suaves laderas o pequeños cerros, aprovechando el declive natural del terreno para evitar trabajar más de lo justamente preciso. Una vez asentada la base y cuando se lleva aproximadamente un metro o metro y medio de altura del calero, se señaliza el lugar en el que se hará la boca del horno. Labrando y seleccionando cuidadosamente para este fin, cuatro grandes piedras, que serán colocadas en las jambas, base y dintel de la boca del horno. Las demás piedras tan solo se partían en caso de ser necesario para ajustarlas en los muros, en ningún caso se labraban sillares o sillarejos. Más bien lo que hacían era partir los grandes “gorrones” o cantos rodados para conseguir una cara recta, rellenando con otros materiales los huecos hasta completar la obra. Obra que precisaba de toscos y funcionales andamios y cimbras de madera… Las bocas de los caleros suelen medir no más de cincuenta centímetros de alto por cuarenta de ancho. La orientación de la boca de los hornos no es nada gratuita, todas están orientadas hacia los vientos suaves pero constantes que vienen del sur y del oeste desde la primavera hasta el otoño. Vientos con los que optimizar la combustión de la madera, asegurando además una perfecta cocción de la cal… Como nuestros caleros están enterrados, la boca por dónde se alimentaba el fuego, está reforzada por sendos muros laterales en forma de embudo… muros que tienen una múltiple función, ya que por un lado sirven a modo de contrafuertes sujetando los muros de la tremenda presión que tienen que resistir los horno, además de servir como “encauzadores” de las corrientes de aire a modo de fuelle natural y por supuesto como el lugar ideal en el que colocar un solombrajo o techumbre sencilla y temporal en el que resguardarse de las inclemencias meteorológicas. En estos muros no es extraño encontrar incrustadas curiosas cavidades a modo de pequeñas alacenas que servían para poner las teas y candiles con los se iluminaban en las noches sin luna, mientras vigilaban el tedioso proceso decocción. Una vez construido el calero se refuerza enterrándolo bajo una profunda capa de tierra, la misma tierra que se sacó para su elaboración, mezclada con arcilla y otras piedras de diferente tamaño, que además de amortiguar las altas temperaturas, impiden la pérdida del calor, refractando de nuevo al horno el aire caliente que pueda filtrase por los muros. (Salvando las diferencias pero con el fin de que lo puedan visualizar mejor imaginen un dolmen…)

Una vez construido y probada la utilidad funcional del calero, los caleros eran utilizados por las propias familias que los construían como un recurso económico más. Por eso a veces se beneficiaban de ellos sus propietarios, o los arrendaban al mejor postor. También podía pasar que o bien el calero o bien la mina, estuvieran  en terreno común perteneciendo a los concejo, del mismo modo que sucedía con otras labores tradicionales como por ejemplo la de los molineros, areneros, pastos, etc.- Una vez ajustado el precio a pagar por la propiedad de la cantera y el beneficio del calero en cuestión, comenzaban con la extracción de la piedra caliza. Esto esta tarea de verdaderos maestros, pues de la calidad de la piedra extraída dependía el beneficio de tanto esfuerzo. Por ello se buscaban las vetas con menos impurezas, sacándola con mimo y con la ayuda de picos, bujardas, cuñas, mazas o martillos… tanto de hierro, como de madera… La tarea empezaba de madrugada mientras que uno o dos hombres sacaban la piedra, otros tantos la iban apilando, y colocándola en las yuntas de bueyes o equinos que de todo había. Mientras se realizaba este proceso otros iban amontonando cerca del calero carros y carros de leña para la cocción. Material que podían recoger los propios caleranos de los montes cercanos. O comprarlo a personas que se dedicaban a este oficio cortar y vender las cepas y ramas de brezo blanco y rojo, también las de la pringosa y aromática jara… retama piornos… invirtiendo en este proceso varias jornadas hasta completar aproximadamente los dos metros cúbicos de madera, que se necesitan para obtener una tonelada de cal. Material combustible en forma de ramas y cepas, con las que se intentaba mantener una temperatura que bajara de los ochocientos cincuenta grados, ni excediera los mil cien grados centígrados. Este tipo de combustible explica el tamaño tan reducido de la boca de alimentación, al ser alimentado como decía por haces de ramas secas, muy secas, que se introducían con la ayuda de unos ganchos de hierro ideados para tal efecto.


Una vez que se tenía todo listo, había que moler o machacar las piedras hasta  lograr de los grandes bloques, pequeños cantos todos ellos de un tamaño similar. Pues de este modo la cocción de la piedra será más homogénea, sin que queden piezas demasiado cocidas o crudas, al pasar el calor más fácilmente entre ellas… Para lograr aún una mejor calidad, una vez machacadas las piedras, se cribaban eliminando aquellas piedras que fueran demasiado grandes o pequeñas y por supuesto la arenilla o polvo que empeoraría la calidad del horneado echándolo a perder… De todos modos y con el mismo sentido práctico de no trabajar en vano, una vez molida la piedra se solían hacer pruebas cociendo unas pocas para comprobar si el resultado de la cocción iba ser el deseado. Una vez hechas las pruebas, se colocaba el combustible y directamente sobre él apoyadas en un enrejado de hierro, eran colocadas las piedras calizas a cocer. Esta labor solo la hacían verdaderos profesionales, ya que había que formar una sólida bóveda con las piedras a cocer, sin apelmazarlas para que el calor circulase entre ellas de forma uniforme. Para apoyar con firmeza el enrejado que separa las piedras calizas a cocer, de las brasas de la caldera, todos los caleros tienen en su interior construida una sólida repisa hecha para tal fin justo por encima de la boca de alimentación del calero. A partir de ahí se van colocando formando como decía anteriormente un amasijo poroso que deberá permanecer firme durante todo el tiempo de dura la cocción. Esta disposición además hace más fácil su enfriado y extracción final. Siendo las inoportunas lluvias veraniegas el peor de los enemigos durante el proceso de cocción. Por eso no puedo decir un tiempo ni siquiera aproximado, pues esto dependía de cada calero, y de otros tantos factores como por ejemplo el tamaño y la calidad de las piedras… La calidad del combustible… La humedad o sequedad ambiental… También dependía del tamaño y sobre todo de la calidad propia de la piedra caliza a cocer, hasta tal punto que se solían obtener varios tipos diferentes de cal. Como por ejemplo la más preciada cal fina o blanca utilizada para blanquear y desinfectar paredes… o la cal ocre de mortero usada en la arquitectura tradicional serrana… Independientemente del tipo de cal, una vez cocida una vez enfriaba echando agua en gran cantidad pero con cuidado de que los terrones de cal no se deshicieran. Una vez fríos se sacaban con la ayuda de palas de madera y espuertas de esparto, llevándola al “machacaero” allí y a golpe de pico o maza se convertía la cal en polvo. Algunos caleros disponían de algunos ingenios mecánicos sencillos que aceleraban este proceso. Y en otros casos los terrones de cal no se molían vendiéndose las piedras a granel. Para su transporte y venta la cal se metía en sacos de arpillera o costales de lino dejándola lista para su distribución  y venta en las vísperas de San Juan.

Una vez aseada la casa, libre de trastos inservibles y encalada por dentro y fuera, se ha de ir antes de salir el sol o después de que este se haya ido tras las montañas, al monte a cortar romero, tomillo Santo y unas ramitas de acere –arce- o de ojaranzo –almez-. Las hierbas olorosas se utilizan como antipolillas y perfume en las arcas, armarios o cajones,  para ello se metían en unos saquitos de tela que ellas mismas hacían con retales. Al tiempo que abrían los arcones para meter los saquitos insecticidas y perfumadores naturales, nuestras mujeres aprovechaban para sacar la ropa de verano, mientras se guarda cuidadosamente la pesada ropa de invierno. Para ello antes la ropa se lavaba en el río con el jabón casero y el agua caliente de la cobra que no faltaba para las manchas más difíciles que quitar y para desentumecer un poco las manos, tras horas metidas en las heladas aguas de nuestras gargantas cristalinas. Una vez lavada se tendía al sol. A veces las prendas que llevan tablas como la mayoría de las faldas tradicionales, se tendían al sol plisadas con unas piedras encima a modo de peso haciendo las veces de la plancha.  Una vez seca la ropa se recogía en grandes cestos de mimbre hechos para tal faena, y se llevaban a la casa dónde eran planchadas y guardadas las prendas de invierno. Si era preciso se hilvanaban las tablas de las faldas para que no perdiesen “la compostura”. Al menos desde el siglo XIX, las serranas cuando guardaban la ropa de invierno en los arcones, solían meter hojas de tabaco secas entre las prendas más delicadas o preciadas. Pue según es tradición las hojas de tabaco no solo espantan a las polillas, sino que también alejan a los ratones… Esta labor y la de orear bien toda la ropa y ajuar a guardar, llevaba al menos un día de dedicación completa por parte de las mujeres de toda la familia. Los hombres no participaban de estas tareas, estaban fuera de casa desde la mañana, hasta la noche, trabajando cada cual en sus tareas bien fuesen estas artesanales, industriales, agropecuarias… limitándose como mucho a “ayudar” subir o bajar de los sobraos los pesados arcones, arcas, baúles… o trayendo las hierbas olorosas e insecticidas del monte.

      Los mozos y sobre todo los enamorados, aprovechaban estas salidas al monte para echar un vistazo a “los Ramos más floridos o con más fruta de determinados árboles”. Pues era costumbre la noche de San Juan en estas tierras, hacer públicos los amores y noviazgos entre los mozos y mozas de nuestras localidades y ciudad de Arenas. Y lo hacían con una bonita y ancestral costumbre relacionada con ritos y creencias paganas muy antiguas, que no olvidadas. Hablo del ritual de la Enrramá. Palabra indica implícitamente en su etimología el acto simbólico que se representa, ya que se trata de salir al monte coger ramos de árboles muy concretos, embelleciéndolos además con iriscentes cintas de seda enlazadas. Cintas que suelen sujetar diferentes tipos de frutas, en diferente estado de sazón e incluso dulces tradicionales… todo ello cargado de un poderoso sentido simbólico del que hablaré más adelante… Pero antes de ello hay que hablar de otros aspectos como el hecho de que esta era una oportunidad para todos los mozos de poder declarar su amor públicamente a una mujer, y saber a la mañana siguiente con toda claridad si su amor es correspondido por ella y lo que era igual o más importante por su familia.
Hoy puede costarnos un poco entender esta costumbre, pero hay que recordar que hasta hace muy poco tiempo era costumbre llevar en total y absoluto secreto los noviazgos. Secreto que por otra parte solía ser compartido por los amigos y amigas más cercanos, nunca por los padres que solían enterarse de los amoríos de sus hijos generalmente por informaciones de terceros... de todos modos la mañana de San Juan los novios tenían la obligación de colgar la enramada en la ventana o balcón de la casa donde dormía su novia, y los padres, hermanos, abuelos y tíos de esta... Para colgar la enrramá los novios solían ir acompañados por algunos de sus amigos o familiares más próximos. No era fácil colgar la enrramá, ni subir escalando por paredes y corredores sin ser visto ni oído… Fuese como fuese, y durmiese dónde durmiese la moza en cuestión, no hubo novio enamorado que dejara de poner el ramo o la enrramá en la alcoba de su enamorada la noche de San Juan. Una vez colgada a los mozos les aguardaba la parte más tediosa y sobre todo peligrosa. Ya que tenían que velar toda la noche, vigilando celosamente para que ningún otro mozo quitara su enrramá y pusiera la suya. Así hasta  asegurarse personalmente justo al alba, que la enrramá la recoge “su prenda querida” y solo ella. No era extraño que dos mozos pretendiesen a una misma moza, o que las familias de ambos enamorados estuvieran enfrentadas y en contra de esa relación… sea como fuere las peleas eran frecuentes con resultados a veces fatales para algunos de los contrincantes… casos estos comunes y generalizados en una sociedad como lo era la nuestra tan reprimida en algunos aspectos, en la que podían estallar en cualquier momento, sobre todo en estos momentos “festivos” pues eran crónicas de desastres anunciados. No en vano esta costumbre ha ido desvaneciéndose a medida que se desvanecen las presiones o mejor dicho represiones y tabúes sexuales… sea como fuere lo cierto es que en algunas de nuestras localidades aún se sigue enramando a las personas queridas la noche de San Juan… y para quienes quieran seguir enramando a sus seres queridos, les paso a continuación el significado simbólico de algunas “ramas” de enamorados;

Rama de roble “amor inquebrantable”. Rama de laurel “logré tu querer”. Rama de romero “amor firme y verdadero”. Rama de olivo “no te ha de faltar nada conmigo”. Rama de cerezo con fruta en sazón “amor maduro”. Rama de cerezo con fruta verde “amor inmaduro”. Ramas con melocotones “y a mitad de la noche cavilaciones”… Otro significado simbólico de la fruta madura era que significaba que el mozo y su enamorada llevaban cierto tiempo “hablando” en secreto. Si por el contrario la fruta estaba aún verde, quería decir que no llevaban mucho tiempo “hablando”, pero que sus intenciones eran la de comprometerse de por vida… Tampoco faltaba alguna cinta de seda en forma de lazo, que representaba el deseo de estar unido a su enamorada e incluso algún dulce tradicional como rosquillas en señal de poder sostenerla a su pretendida… Solían rematar la ornamentación de las enramadas añadiendo bellas y fragantes flores silvestres y de jardín. Flores que simbolizan más allá de la propia belleza, lo efímero de la misma y la esperanza o promesa de un fruto regenerador de más vida y con ella más bellezas efímeras.

Junto a estas enramadas de enamorados, no olvidemos que también había otro tipo de enramada especialmente dedicada a las mozas que habían despreciado a algún mozo o simplemente a aquellas que por su carácter “avinagrado” los mozos creían merecedoras de esta ofensa grave. Pues si para las mozas con enramadas de enamorados y sus familias el acto de ser enramadas era considerado un gran un honor, recibir una enramada de despechados era considerado como una grave ofensa hacia la moza y hacia su familia. En estos casos utilizaban otro tipo de ramos como por ejemplo: Rama de aliso “ni pa techo, ni pa piso”. Rama de higuera “o estás loca o te dan venas”. Rama de yedra “si se muerde la lengua se envenena”. Ramas de cardos “fea, flaca, enferma, espanto”… Por si  fuera poco explicito el mensaje negativo de tales enramadas de despechados, a estas se las se las “adornaba” con unas ristras de huesos llamados tradicionalmente zanjarrones. El cancionero tradicional arenense está lleno de hermosos ejemplos como estas coplillas sanjuaneras que dicen así;

Me echaste la enramada, ramas de aliso, olé serrana, ramas de aliso.
Antes me cuelgo de él, que estar contigo, olé serrana. Que estar contigo.

Me echaste la enramada, ramas de higuera, olé serrana, ramas de higuera.
Pero yo no estoy loca, ni me dan venas, olé serrana, ni me dan venas.

Por fortuna la mayoría de las veces, las mozas sabían de antemano si iban a recibir una buena o mala enramada o ninguna de las dos cosas. En cualquiera de los casos esa noche los padres dormían “con un ojo abierto y el otro cerrado”.  Vigilando para ver quiénes eran los mozos que venían a poner la enramada a su hija y si esta era bonita o de las despechados… también los hermanos y hermanas ayudaban a estas tareas de vigilancia, además solían saber quiénes podrían ser los candidatos, y en ese caso a quien dejar ponerla y a quien no permitírselo quitándosela … sobre todo en caso de ser una mala enrramada llena de huesos, cardos, higuera, aliso… esas enramadas eran destruidas con prontitud echándoselas a los cerdos, pollos o a la lumbre, antes de que nadie lo viera tamaña deshonra…

Aquella noche lo cierto es tanto los más jóvenes como los más mayores, dormían muy poco, unos por poner y custodiar la enrramada y otros por ver si se la pone quien ellas quieren… velando toda la noche hasta ver salir las primeras luces del alba allá por dónde nace el Tiétar… con ellas y el canto anunciador del sol de los gallos, todo el mundo madrugaba para recoger la enramada y enseñársela con orgullo a familiares, vecinos y amigos…  Primero a los padres, hermanos y quienes vivieran en la casa familiar como abuelos a algunos tíos… Si estos daban su aprobación la moza podía salir a la calle a enseñar su enrramá orgullosa a todo el mundo, lo que quería decir que la relación era aprobada al menos por la familia de la novia. Aunque para ser justo he de decir que esta costumbre tenía diferentes variantes, particularidades o matices dependiendo del carácter individual de cada  localidad. Así por ejemplo en Poyales del Hoyo era costumbre echar la enrramada a las mozas por las gateras de las puertas principales. Por ellas echaban flores, romero, dulces, metidas en un pañuelito… y las mozas al alba las recogían, se prendían algunas flores en sus tocados y moños tradicionales, echando el resto en sus mandiles, para enseñárselas a todo el mundo en un ambiente festivo. En Hontanares solían enramar con romero las puertas de entrada de sus amadas… En el Hornillo los hombres iban al monte a cortar una planta silvestre llamada Siempreviva, capaz de sobrevivir colgada en aire, sin tierra en la que enraizar… y que los hornillentos colgaban de las puertas de sus enamoradas la noche de San Juan. Hermoso y sencillo acto simbólico este de colgar la siempreviva, que viene a representar el estado anímico y emocional del que está  realmente enamorado, y para el que de igual modo que la siempreviva puede vivir solo del aire, para el  enamorado  solo puede vivirse y tener sentido la vida en compañía de su amor, todo lo demás sobra, solo el amor basta… Y así podía hablar y poner ejemplos de las sanjuanadas de cada población, pues en cada lugar había una forma de enramar propia, bien fuera echando la enramada por el exiguo agujerito de la gatera… poniendo la enramada colgada de la puerta, ventana en la alcoba en la que dormía su amor… O enramando literalmente toda la fachada de la casa de su enamorada, en este último caso suele enramarse con la flor del piorno y de los brezos en flor… Curiosamente esta costumbre aunque desaparecida en Arenas de San Pedro desde hace varios años, sigue en cierto modo viva al haberse incorporado parte de esta milenaria tradición a la liturgia y contexto católico. Ya que es costumbre exclusiva de Arenas de San Pedro el ir sobre todo los más pequeños a la parroquia el Domingo de Ramos con ramos hechos de olivo, laurel y romero. Ramos que se adornan con mimo y esmero en las casas el día anterior, adornándolos con cintas, collares de palomitas de maíz, caramelos, dulces, etc. Ramos como los de las enramadas, que nada tienen que ver con las hojas de palma y que se colgarán en las casas para espantar todos los males y desgracias una vez bendecidos… También quiero que se recuerde que en algunas localidades como Guisando, Hontanares o la propia ciudad de Arenas de San Pedro entre otras, los mozos solían echar dos enramadas al año, la primera en la de San Juan y una segunda una semana después la noche de San Pedro. En Arenas de San Pedro entre otras localidades, la enramada de San Pedro era diferente a la sanjuanera, ya que esta segunda enrramá de San Pedro no la echaban mozos, sino los casados a sus mujeres… En otras localidades la enramada de San Pedro la echaban solo los pastores, que vivían lejos y ausentes entre las más bellas montañas, bajando a las poblaciones en contadas ocasiones para renovar por estas fechas los contratos anuales que hacían con los grandes ganaderos. De nuevo nada mejor que el cancionero tradicional arenense para ilustrar lo dicho:

De buen árbol buenos ramos. De buen ramo mejor flor
De la flor nacio la Virgen, madre de nuestro señor

Para San Juan veremos, quién pone el ramo
Si lo ponen los mozos, o los casados

Me echaste la enramada, la noche de San Juan
Pero la de San Pedro, otro la ha de echar

Me echaste la enrramá, por un bujero
Madrugaron los pollos, se la comieron

Me echaste la enrramá, de peras verdes
Déjalas que maduren, que tiempo tienen

Me echaste la enrramá, Dios te la pague
Me jodiste más tejas, que el ramo vale

Me echaste la enrramá, de albaricoques
Ojala me la echaras, todas las noches

Me echaste la enramada, de becerillos
Como soy cabrerilla, no los he visto

El que ponga la enrramá, el día de San Juan
No la pica el arraclán, ni las víboras

De las cosas que se hacían y de las que aún se hacían y hacen las vísperas

   El día de San Juan, sobre todo aquellas personas que estaban en el campo, por el día mientras caminaban apacentando los ganados o mientras realizaban las tareas agrícolas, ponían mucha atención por ver si se encontraban un trébole de cuatro o más hojas, ya que les hay hasta de seis hojas… pues es tradición creer que si te encuentras un trébole de cuatro o más hojas el día de San Juan, jamás te ha de faltar el dinero y serás afortunado o afortunada toda la vida. Pero para que surta efecto no tienes que enseñárselo a nadie, hay que guárdalo en un lugar lejos de cualquier mirada, “lo mejor es meterlo entre las hojas de un libro que nadie lea y sacarlo cada vez que se quiere invocar o mejor dicho atraer a la fortuna…”

También las saludadoras, santeras y curanderos tradicionales, salían el día y noche de San Juan por los montes, sierras y valles para recoger determinadas plantas. Vegetales que solo ese día siendo cortadas a determinada hora y siguiendo determinados rituales, tenían poderes curativos extraordinarios e incluso poderes sobrenaturales relacionados con la magia tradicional pagana. Así la raíz de la belladona, estramonio, la hierba de San Juan, la de San Pedro, el Pericón, el gordolobo, la angélica, el culantrillo… y un largo etc. eran recogidos con mimo ese día y noche, para elaborar remedios mágicos, curativos, paliativos o simples panaceas, que utilizarían durante el año entrante, deshaciéndose de los remedios sobrantes del pasado año… Las plantas con más poder se recogían justo a la media noche, y antes de ser cortadas había que realizar curiosos ritos entre los que faltan oraciones cristianas. Una de estas arcaicas ceremonias era la forma tradicional con la que curaban las “quebracías” o hernias a los más pequeños, curación que solo podría tener efecto si se realizaba a la medianoche de San Juan. Acto con claros matices mágicos relacionados con el mundo céltico indoeuropeo, y claro ejemplo de sincretismo, pues aún teniendo un origen y sentido pagano, está envuelto por oraciones e invocaciones a cristianas. De hecho para que surta efecto, han de estar con el enfermo herniado, a la media noche en una mimbrera, únicamente una mujer de nombre María y un hombre que se ha de llamar Juan. Juan ha de sujetar el niño mientras se realiza un curioso ritual en el que vuelve a aparecer el árbol como protagonista, en el que ha de pasar de los brazos de Juan a los brazos de María acto con el finaliza el ritual diciendo María primero y respondiendo tras ellas Juan con la siguiente “sentencia”: “Da´ca lo Juan”.  “Tómalo María, que quiero que lo des, sano de la quebracía”…. (Para más información, decirles que este ritual y costumbre está recogido y relatado con más detalle en otro artículo dedicado al olivar en la el Partido Jurisdiccional de Arenas de San Pedro, llamado Camino del Olivar)

Otra relevante costumbre que se llevaba a cabo durante todo el día de San Juan, era el de leer las Cabañuelas. Solo algunos hombres y mujeres especializados eran capaces de leer las cabañuelas y con ellas predecir el clima del año entrante, observando ciertas señales como por ejemplo, los colores y texturas del cielo... incluso el comportamiento de determinados animales… Una de las formas de predicción de las cabañuelas más usual se basa en observar el tiempo que hace las dos primeras horas del día, las cuales corresponden al clima que ha de hacer el primer del año, esto es el mes de enero. Las siguientes dos horas corresponden a febrero, y así hasta diciembre. Costumbre que para una minoría era todo un oficio que generalmente se heredaba de padres a hijos. Aunque esto no era una norma ni sucedía en todas las ocasiones. Fuera como fuere a estos hombres se les tenía en gran estima, respeto y sobre todo se prestaba mucha atención a sus precidiones, pues las economías del noventa por ciento de las familias de estas tierras, dependían directamente de los acontecimientos climatológicos, al haber sido basada secularmente en todo tipo de faenas agropecuarias y de aprovechamiento de los abundantes recursos forestales… tal era la importancia de estas personas, que en todas las localidades había una o varias personas, capaces de leer las señales del cielo o lo que es lo mismo las cabañuelas. Personas muy respetadas y a las que se consultaba cuando realizar ciertas labores como las de sembrar, podar o segar, trasladar los ganados a otros pastos, esquilar… Lo que por otra parte indica la veracidad y eficiencia de sus predicciones, ya que de lo contrario no se hubieran librado del rechazo de nuestros antepasados. Además las fuentes consultadas entre los que aún recuerdan a los últimos “cabañuelistas”, todos y todas confirman que acertaban en sus predicciones...

Al llegar la tarde y finalizar la mayoría de las tareas artesanales, industriales o agropecuarias, las familias se iban reuniendo y agrupando al mismo tiempo con los vecinos cada una en sus respectivos barrios. Ya que esta es otra característica especial de las fiestas Sanjuaneras. El hecho de que aunque se trate de una fiesta común a todos los pueblos cristianos, en nuestras tierras al mismo tiempo era una fiesta de tipo familiar privada o reservada solamente para disfrute de los vecinos moradores de un área urbana concreta. Costumbre y actos que servían entre otras cosas para “limar las asperezas y roces vecinales”, confirmando y acrecentando más allá de su sentimiento de identidad local, el honor y los compromisos heredados cuando se formaba parte de una identidad social con valores y “fama” que había que mantener y superar sobre todo con la mayor dignidad. Este comportamiento arcaizante de pertenencia a un clan familiar, vinculado íntima y exclusivamente con otros con los que generalmente está emparentado… es muy común y se daba en todas nuestras localidades, incluyendo las aldeas más pequeñas… Sentimiento que muchas veces llevaba a una “poco sana rivalidad” entre vecinos del mismo pueblo. Los enfrentamientos entre barrios por ver cuál era el mejor de todos, se  solían llevar a cabo casi de forma permanente, como por ejemplo; los domingos en el Juego de Pelota, las Rondas de Enamorados… en Arenas de San Pedro e tras el Corpus Cristi, una de sus fiestas antaño principales, concretamente en la octava, los vecinos organizados por barrios organizaban animadas verbenas con escenografías y decorados realmente elaborados y detallistas casi siempre relacionados con la historia y folklore de esta hermosa ciudad serrana.  Compitiendo entre todos los barrios por ser el que mejor organizador de la fiesta. En Arenas el jurado que determinaba cual de los barrios participantes era el mejor, siempre fue compuesto por los propios vecinos de la localidad… Por eso eran tan importantes aquellos momentos de intimidad vecinal en torno a las mágicas hogueras de San Juan, para reforzar un sentimiento difícil de explicar con palabras escritas. Ceremonia o ritual vedado al que solo se podía acudir si se era previamente incitado por alguno de los organizadores u organizadoras. También  era permitido que para esa noche los novios invitaran a sus novias y viceversa, en un acto de presentación y aceptación de un nuevo miembro del barrio, por parte de todos los clanes vecinales…

De todos modos e independientemente del carácter semiprivado de las hogueras de San Juan,  las formas de celebrarse y ritos que en ellas se llevan a cabo son muy similares en todos los barrios. Por lo general los hombres más mayores de cada familia colocaban los trastos viejos depositándolos en un lugar predeterminado, lejos de poner en riesgo las combustibles y vulnerables casas, cuya arquitectura tradicional está fundamentada en la madera… eligiendo para ello el medio de las calles más amplias o el de las plazas. Habiendo en cada barrio un lugar a modo de “quemadero” destinado a las hogueras (Hay que tener en cuenta que nuestro pueblos durante las abundantes y antaño importantes fiestas de invierno como las de San Antón, S. Sebastián, Sta. Águeda, Sta. Lucía, S. Blas, Navidades, Quintas, Carnavales… era costumbre hacer hogueras en estos lugares donde los vecinos se reunían para templar los instrumentos tradicionales de estas fiestas invernales, sobre todo los de percusión como zambombas, panderos, panderas, panderetas…) los “ancianos” eran los encargados de colocar con esmero los trastos en una pira caótica y al mismo tiempo perfectamente ordenada de forma piramidal, pira que debía arder sin perder las llamas la mayor verticalidad y altura posible. De forma que no se desmoronarse a medida que se consumiera poniendo en peligro a las personas aglomeradas entorno a ella. En todas las hogueras entremedias de los trastos inservibles, se metían manojos de secos jaugos, paja, piorno, brezo, jara, enebro, tomillo o romero. Plantas estas que tenían un sentido mucho más profundo, como me decía una buena paisana mía, para la cual cuando se quemaba el tomillo en cualquier hoguera o luminaria, era “como un incienso que va a para agradar a Dios”. Es una forma hermosa y sencilla de perfumar al menos el irrespirable humo que produce la quema de algunos “trastos”…

Una vez que los ancianos habían preparado todo, había que esperar a que las campanas de las altas torres diesen las nueve de la noche más corta del año. Momento en el que se encendían las hogueras quemando lo viejo en pos de lo nuevo (De un modo que recuerda otra costumbre fúnebre de estas tierras, concretamente la de quemar las ropas y objetos personales usados por los finados en una hoguera, en presencia de toda la familia a los nueve días del funeral… Solo que en las hogueras de San Juan el ambiente es totalmente festivo, ya que en torno a la hoguera, mientras saltan las llamas, se bailaba y se cantaba, mientras se bebía vino y se ofrecían alimentos de nuestra gastronomía tradicional, sobre todo los embutidos, dulces tradicionales y la fresca “limoná”… Y la música, la incesante, variada, antigua, hermosa y divertida música y danzas tradicionales de estas fiestas sanjuaneras… y es que del mismo modo que pasaba con la ropa de invierno y la de verano, San Juan era el momento de sacar los instrumentos de verano y guardar los de invierno. Reapareciendo cada primavera, como los brotes de los árboles los afamados “guitarreros de Gredos y el Tiétar” reconocidos dentro y fuera de nuestro ámbito por las peculiares Toreras, Veratas, Seguidillas y Rondas de Enamorados. Los panderos, panderetas, zambombas… que habían sobrevivido al invierno, se colgaban cuidadosamente en las cocinas o sobraos hasta el próximo invierno. Mientras se ponían a punto las sensibles cuerdas de las guitarras, vihuelas, violines, laudes, bandurrias… Instrumentos imprescindibles para las Rondas de Enamorados que a partir de San Juan se llevaban a cabo cada noche del sábado con licencia de las autoridades y disfrute de los vecinos…. Algunos pueblos por La Adrada o Piedralaves conservan esta hermosa costumbre con Rondas atribuidas a Lope de Vega y que un servidor se atreve a afirmar que son anteriores…

De este modo pasaban la velada, divirtiéndose hasta altas horas de la madrugada mientras que sobre las brasas purificadoras no paraban de echarse más y más trastos reservados para mantener las llamas durante toda la noche… A la media noche llegaba el momento de dar los dos saltos rituales, uno para cruzar la hoguera y el otro para regresar al punto de partida.  Esto lo hacían sobre todo los más jóvenes saltando sin miedo a ser chamuscados sobre las apabullantes llamas. Durante toda la fiesta las mujeres sacaban los alimentos que habían hecho entre todas para celebrar la sanjuanada. Antes habían reunido los alimentos aportados entre todas las familias en una casa o casillo amplio. Lo normal era que la que tenía aceite, daba aceite. La que tenía gallinas, ponía huevos… pero también se hacía una pequeña colecta entre todos para comprar el vino, pagar músicos etc.  Para ello días antes las mujeres habían estado preparándolo todo, incluida la limonada. Amasando y llevando a cocer al horno de la tahona, los exquisitos dulces recién horneados… y que las más jóvenes llevaban airosas sobre sus cabezas, colocando con cuidado las delicadas perrunillas, mantecados, flores, rizos, magdalenas, bizcochos… en unas largas tablas llamadas “baldas”, de madera de castaño utilizadas para llevar al horno todo tipo de alimentos. Muchos de mis paisanos recuerdan la estampa de un grupo de mujeres alegres, cantando por la calle con la balda apoyada sobre su cabeza llena de ricos y olorosos dulces yendo y viniendo al horno del pan. Y como a veces algún pícaro o pícara, las amagaba con el fin de que perdieran el equilibrio y los dulces rodaran por el suelo, donde era más fácil hacerse con parte del preciado botín… de todos modos las mozas tenían mucha maña en esto de quitarse de en medio “a los moscardones”, además siempre que salían de sus casas, solían ir acompañadas por otras mujeres más mayores, a las que todo el mundo respetaba y temía. Mujeres que aún viviendo en un mundo hecho a la medida de los hombres, en la mayoría de los casos su tremendo carácter superaba a estos tanto en capacidad de organización, como en trabajo, solidaridad, entrega, etc. Teniendo vital importancia  y presencia en todos los contextos y en todo momento el papel de nuestras mujeres, las serranas de la Vera del Tiétar y Gredos. Arquetipo femenino que tiene su mayor exponente en el vecino pueblo de Garganta la Hoya, lugar en el que “habitaba una serrana, alta rubia y sandunguera…” personaje mitificado del que tantos grandes literatos españoles dejaron referencia en sus bibliografías, y que no son más que un espejo en el que atisbar parte de la idiosincrasia y carácter particular de muchas de nuestras enérgicas antepasadas, mujeres como se dice tradicionalmente “de armas tomar”.

Pues bien estas mismas mujeres, no dejaban de agasajar a los vecinos ofreciendo a todos los allí reunidos con los alimentos y bebidas hechos para compartir haciendo de este modo mucho más llevadera y alegre “a noche de velar al sol”. A última hora cuando se terminaban los alimentos del banquete común, pero la gente seguí reunida bailando alrededor de la hoguera. Cualquiera de los vecinos y de forma totalmente improvisada sacaba algo de su casa –chorizos, morcillas, tocino adobado…- y seguían comiendo y bebiendo…  Entre medias los más mayores contaban a los más pequeños las leyendas maravillosas todas ellas relacionadas con la noche de San Juan. Como la leyenda de la Encantada en la fuente de Isabina en Arenas de San Pedro o la leyenda de “La voz del helecho Macho”, “La cueva del Orco”… Así hasta que les iba venciendo el sueño, momento en el que sus padres o hermanos mayores les llevaban a sus casas para acostarles… sin embargo los mozas y las mozas no se dormían no. Ni permanecían mucho tiempo en torno a la hoguera a partir de las once u doce de la noche. Pues la fiesta de San Juan es una fiesta dedicada a la fertilidad, por lo que no puede faltar al menos un momento en el que se permitiera tanto a mozos como a mozas “desaparecer” de la vigilancia y  celo excesivo de pundonor relacionado antaño con la castidad, para poder tener encuentros y relaciones propias de su sexo y edad. Para ello había que salir de las poblaciones hacia los montes, lejos del control y las incómodas miradas de los familiares o contrarios. Por eso la tradición, que está en todo, creo una serie de “escusas” para que las mozas y mozas pudieran salir solos con la aprobación de todos, incluidos los padres… Una de aquellas costumbres, consistía en que las mozas tenían que salir a una fuente lejana o a una corriente de agua para “recoger las virtudes del agua”. Mientras que los mozos por su parte y en total clandestinidad preparaban y colgaban en la casa de su amada “La Enrramá”. Ambas costumbres tenían su punto álgido a partir de la hora mágica de la media noche de San Juan, permitiéndoseles pasar la noche no solo en vela sino fuera de casa, hasta la llegada del alba. He de aclarar que las mozas no salían solas, siempre iban en grupos animados de amigas, del mismo modo que los mozos. Lo que no impedía que alguno de ellos y de ellas, “se perdieran en el camino un ratito”. Quizás por estas escapadas San Juan siempre fue considerado tradicionalmente en esta tierra como un “Santo casadero”.

Pero volvamos a las dichas costumbres y más concretamente a la de recoger las virtudes del agua. Esto consistía sobre todo en recibir dones relacionados con la belleza estética. Como por ejemplo tener un pelo fuerte, largo y hermoso, para ello las mozas de Mombeltran solían ir a una fuente a media noche, cogían agua del caño y se lo pasaban por el pelo que se destrenzaban dejando sueltas las melenas para tal fin, mientras recitaban la siguiente oración: “San Juan, San Juan. San Pedro, San Pedro. Que mi pelo, mi pelo, me llegue hasta el suelo”. Con este aparentemente sencillo rito las villanas cuidaban de su preciado pelo. Más generalizada estaba la costumbre de lavarse la cara y especialmente los ojos, con el agua de determinadas fuentes o cauces, con el fin de adquirir belleza y unos ojos hermosos y hechiceros. Así lo hacían las arenenses cuando se levaban la cara con el agua de la fuente del Loro, la Carrellana, a la fuente de San Pedro…  pasándose el agua por la cabeza con el fin de procurarse salud y saber sin tener por ello que despeinarse… En otros lugares o en algunos casos las mozas iban un poco más lejos y se lavaban también las piernas y los pies, incluso el pecho, vientre y los brazos. Rito que hacían sin quitarse la ropa, pero  mostrando entre ellas, partes de sus cuerpos que jamás mostraban, como pudiera ser los muslos o “el canalillo”. De camino a la fuente o río en el que recogían las virtudes del agua, también era costumbre el descalzarse y pisar el rocío de la hierba, especialmente el trébol, pues este acto según la tradición preserva de caer enfermo a quienes lo hagan, dando vigor y salud durante todo el año entrante… así hacían entre otras localidades las mozas de la hermosa y para mí tan querida villa de La Adrada, donde era tradición salir del pueblo e ir a media noche hasta la lejana fuente de la Cervera, con el mismo fin. Y de este modo me contaban que podían encontrarse con sus enamorados y tener simplemente “un ratito de conversación” sin la presencia de nadie, amparados únicamente por la magia de San Juan… Pero esos paseos sanjuaneros de las mozas y los mozos solos por los montes, no estaban exentos de ciertos peligros, sobe todo si alguien se desviva demasiado de los caminos que hasta dichos lugares llevan. Ya que dicha noche según nuestras propias tradiciones, se aparecen a los despistados terribles monstruos y otros seres diabólicos venidos esa noche del mismísimo infierno. Creencia que se ve enfatizada por la existencia en la tradición oral serrana, de leyendas en las que determinadas fuentes y en menor medida piedras toman vida, o sirven de morada a tales seres maléficos, capaces de encantar a los que con ellos se crucen, devorándolos y haciéndolos desaparecer de la faz de la tierra para siempre… Eso sucede por ejemplo si tenemos en cuenta las leyendas tradicionales, como la ya mencionada leyenda de la fuente de Isabina o Sabina en Arenas de San Pedro. O la de la Mora encantada de fuente de Los Pelaos en Guisando…. Fuentes a las que nadie se atrevía siquiera acercarse las noches de luna llena y sobre todo la noche de San Juan. Yo mismo llegué a creer de pequeño, que en la anteriormente mencionada fuente de Isabina, a eso de la media noche salía una “Reina Mora” muy guapa, con vestidos blancos pelo muy largo como de oro y pies como los de las ranas. Ser cuyo canto hechiza a quien lo escucha y tras atraerlos como la miel a las moscas hasta ella los ahoga sin piedad… Creencia y mito que tienen muy honda y arraigada tradición, ya que no hay localidad en este partido arenense en el que no haya un lugar, con dichas connotaciones mágicas, todos ellos reconocibles al aparecer siempre bajo los mismos signos y formas iconográficas y toponímicas en forma de “Reyes o Reinas Moras”. Formas que esconden una procedencia anterior a la llegada de la culturas árabe… Uno de los ejemplos más ilustrativo es sin lugar a dudas el dolmen megalítico de Lanzahita conocido tradicionalmente como “La tumba el Moro”, a pesar de no haber servido jamás para tal fin, ya que dicho dolmen se construyó miles de años antes de la llegada de los árabes a iberia… Otro ser que abandona el averno, y aparece cada noche de San Juan en busca de incautos e incautas con los que se alimenta -sino de ellos si de sus ganados…- era el terrible Orco. Es tradición entre los vecinos de Arenas de San Pedro, el Hornillo y sobre todo entre los del Arenal, situar la cueva del Orco en un antro perdido en un abrupto y escabroso monte por encima de Arenas, entre el Arenal y las Majadas. Cueva que es tenida como una de las puertas del infierno… Aún quedan arenalos que conocen el camino y situación exacta de esta cueva natural tan temida por nuestros antepasados. Por lo que podría ser un lugar interesante más a visitar en dicha y cuidada villa del Arenal donde además conservan algunas interesantes leyendas relacionadas con este mítico ser.

Leyendas que nos hablan y advierten del terrible Orco, gigante que tiene un solo ojo - en algunas versiones arenenses además de un solo ojo, el Orco tiene un solo pie “eso sí un pie y pierna muy grande. Para saltar de cerro en cerro, haciendo imposible el cogerlo…”  El Orco solo sale del infierno en determinadas noches mágicas, como la noche de los difuntos el uno de noviembre, la noche de San Juan, la del Viernes Santo, la de Navidad…y algunas lunas llenas, como la luna de enero o la septiembre… sin duda estamos ante una versión local del mito mediterráneo del Ciclope, pero en este caso las versiones y leyendas locales no terminan con la destrucción o muerte del monstruo. Pues todas cuentan cómo tras muchas muertes y desapariciones un día el Orco cogió a un sagaz pastorcillo con sus ganados y se los llevó a su cueva para comérselos a unos esa noche y al otro de desayuno del día siguiente. Cuando llegaron a la cueva el Orco le mandó cerrar la puerta, pero el pastorcillo hizo como echaba la pesada tranca, pero sin atrancar la puerta. Y así llego la noche y el Orco se dispone a comerse las cabrillas del pastorcillo. Y tras comerse todo el pico de cabras el Orco se echó a dormir. Y ya cuando estaba dormido y bien dormido, el mozo se fue a la puerta y sin hacer ruido abrió un poquillo lo justo para pasar él. Pero antes había cogido de la lumbre en una bandeja de hierro un montón de brasas que puso bajo la puerta de madera y atrancándola por fuera. Echando a correr cerros abajo hasta llegar a su majada lejos de la cueva. El Orco cuando se despertó quiso salir tras el pastorcillo pero el viento había prendido las puertas que ardían con grandes llamas, devolviendo al Orco a los infiernos…

Por fortuna y del mismo modo que la noche de San Juan cualquiera se podía encontrar con estos seres malignos, también podía encontrarse con otros seres mágicos benefactores a los que él o la afortunada que los viera o escuchara tendrían asegurada una vida feliz y llena de todo aquello que deseasen. Eso sucede por ejemplo si se tiene la inmensa fortuna de escuchar el “canto del Helecho Macho”. Según es tradición los Helechos Machos son una de las varias subespecies de helechos existentes entre las cumbres de Gredos y el Valle del Tiétar, muy común en las riberas o zonas más sombrías y húmedas. Planta silvestre que también tradicionalmente las mujeres cogían del monte para llevarlas a casa y plantarlas en macetas, regándolas y cuidándolas con mimo entre los geranios, alelíes, claveles, albahaca, hierbabuena, perejil… que adornaban las puertas y balcones de nuestras casas. Porque el Helecho Macho es una planta “buena” que atrae lo bueno y aleja todo lo malo o pernicioso. Tal es así que como decía en Arenas de San Pedro se creía que cada año a las doce de la noche de San Juan, nacía un Helecho Macho mágico, en un lugar secreto y siempre diferente de nuestras sierras, montes y valles, para cantas la más hermosa de las canciones que jamás se hallan cantado… y aquel o aquella que sin buscarlo tenga la gran suerte de escuchar su canto, será afortunado y no le ha de faltar nada en la vida. Algunos mozos de Arenas, los más “espabilaillos” utilizaban esta escusa para llevarse a un lugar más íntimo a sus novias… Sin embargo tras recoger las virtudes del agua, la mayoría de las mozas solían regresar a sus casas, donde lejos de echarse a dormir, esperaban nerviosas la llegada de los mozos y ver si la ponían una buena enrramada… De regreso a sus casas las mozas se hacían coronas con yedras, flores y plantas olorosas, con las que se adornaban la cabeza. Corona que se solía sujetar con una sencilla y cromática cinta de seda. Según era tradición esta corona floral, además de tener el poder de atraer la fortuna y proteger la salud, es un amuleto que propicia la fertilidad. Por ese motivo los hombres y las mujeres casadas, la noche de San Juan tras la diversión y fiesta de la Hoguera, solían meterse en sus casas para hacer vida conyugal. Especialmente aquellas parejas que deseaban tener descendencia. Pues como decía anteriormente e insisto, la fiesta de San Juan es una fiesta llena de ceremonias y ritos destinados a dar culto y sobre todo proporcionar la fertilidad no solo de los campos y los rebaños…

Y mientras los casados y casadas andan a sus faenas… los mozos y las mozas vivían tensos momentos de espera que terminaban con las primeras luces de la madrugada de San Juan. En otros hogares tras la fiesta y ya reunida en su intimidad la familia en la casa, cualquier miembro de la familia solía proponer algunos cuanto menos curiosos métodos de vaticinio. Ya que aquella noche mágica era considerada la ideal para realizar todo tipo de preguntas y obtener respuestas.
Uno de los medios adivinatorios más usual y generalizado el de “Cascar el huevo”. Consistía en coger un huevo puesto ese día y cascarlo en un vaso de cristal, al que se le había incorporado previamente agua de la fuente, con un pellizquito de sal. Una vez vertido el huevo en el vaso sin removerlo para que la yema no se rompiese. Ya que si la yema se rompía los augurios serían interpretados como malos o negativos… La cáscara se tiraba al fuego mientras se hace la pregunta sin decir palabra, tan solo con el pensamiento, y el vaso se colocaba “al sereno” en la ventana, lejos de la zarpa de los gatos dónde ha de pasar la noche. A la mañana con las primeras luces del día, se cogía el vaso y se observa detenidamente las formas de este en el agua. Ya que eran estas, las formas las que daban la respuesta. Respuesta cuya interpretación era siempre y todos los casos personal, jamás se interpretaba por segundos o terceros, cada cual interpretaba si “cascaba un huevo la noche de San Juan”… Por ejemplo una de las preguntas más realizadas por las mozas era la de si iban a casar con quienes ellas querían o no y cuando. Para ello hacían la pregunta cuando tiraban al fuego la cascara, y esperaban a la mañana para mirar el huevo, y ver en él cada una lo quisiera ver… para los más pequeños este acto era más bien un juego, y en estos casos casi siempre había alguna persona mayor que te “ayudaba a ver las señales” que el huevo había dejado para dar respuesta a una pregunta y solo una.

Las novias de aquellos que se iban a ir lejos de los pueblos, para cumplir el servicio militar, también colaboraban realizando rituales para proteger la integridad física de sus amados. Una de esas tradiciones consistía en coger tierra negra de un sitio por el que no puede volver a pasar hasta que regrese su novio de la mili. Esa tierra la ha de meter en un zapato viejo de ella la noche de San Juan, y en él tres piedras y en medio de las tres piedras un “pipo” o judía blanca. Poniendo el zapato bajo la cama o a la cabecera, regándolo con el agua de la fuente o arroyo del que hubiera recogido las “virtudes” hasta que la judía brotase lo que se consideraba con un “mi novio volverá sano y habrá boda” o de lo contrario la judía se pudriese lo que se consideraba como un “mi novio no volverá y no habrá boda”. Costumbre que convivía con otras como esta costumbre de quintos integrada en las fiestas de San Juan, generalizada en todas las localidades del partido de Arenas hasta finales del siglo XIX, ya que los quintos han formado parte vital de todas las fiestas de invierno, siendo considerados junto a las mozas los y las verdaderas protagonistas. Ocupándose de realizar, mantener y transmitir gran cantidad de costumbres y tradiciones cuyo origen y significado hay que buscarlo lejos, muy lejos en nuestro pasado. Una de aquellas costumbres llevadas a cabo por los quintos la noche de San Juan, consistía en ir al cementerio a la media noche para hacerse con una esquirla o pequeño pedazo de “hueso de muerto”. Si era un hueso de un ahorcado, asesino o ajusticiado… mejor que mejor, ya que estos huesos eran más poderosos que los huesos de los hombres justos cuyas almas gozan de los placeres del paraíso mientras que las penadas almas de los criminales propietarios de dichos huesos, tradicionallemente han sido castigadas con las llanas eternas de los infiernos o en el mejor de los casos penando en el purgatorio tras sus ajusticiamientos o suicidios. Lugares en los que había seres queridos o al menos conocidos, a los que había que sacar de tan horribles lugares a base de rezos, novenas, misas, velas… y más rezos. Siendo concebida esta costumbre de coger “un hueso de muerto”, como una oportunidad de oro para redimir estas almas perdidas, al pedirles y realizar un buen acto como este de proteger a los quintos. Logrando por su parte en caso de “salvar al quinto del servicio”, la salida de su alma del purgatorio o al menos mejorar considerablemente su situación en el infierno, sufriendo menos tormentos.

Otros quintos, los que se lo podían permitir, se los compraban directamente a las hechiceras y mujeres con fama de bruja, las cuales abundaban en estas tierras y usando estos huesos habitualmente como base de sus pócimas… Y el motivo de hacerse con tan funesta prenda no era otro que el gran poder que se le atribuía a este fetiche, ya que se creía que les libraría del servicio o en caso de tener que cumplir con la milicia, estos huesos de muerto protegían a los portadores como escudos invisibles, de ser muertos o heridos en posibles guerras. Otra costumbre de los quintos aquella noche, sobre todo “los quintos de ogaño o entrantes”, era la de quitar o romper los tiestos de los balcones y ventanas amontonándolos lejos y revueltos, para complicar más las cosas a las propietarias que tenían que buscarlos por el pueblo para recogerlos y llevarlos de nuevo a sus casas… También era cosa de los quintos hacer pintadas en las calles y fachadas de algunas casas. Pintadas que solían ser burlas irónicas aprovechando cualquier suceso acontecido a cualquier miembro de la familia que la ocupaba. Aunque no siempre eran responsables de todas las pintadas, lo cierto es que solían ser la mano ejecutora…Para ello salían amparados por la oscuridad de la noche, para pintar o colgar carteles de las fachadas de algunas casas, anónimos versos bien rimados en los que también se denunciaban todo tipo de atropellos, abusos o “acciones indecorosas”… siendo en la mayoría de los casos ofensivos para los propietarios de la casa en cuestión, y motivo de no pocas disputas acabadas en el mejor de los casos en los juzgados. De estas alusiones directas o mejor dicho críticas no se salvaba nadie, ni la justica, ni el clero… Pero esta costumbre debió pasar los límites de lo divertido ya que a partir del siglo XIX, fue prohibida y castigada, como reflejan las ordenanzas municipales de nuestras villas, lo que no impidió que en cierta medida sobrevivieran hasta bien entrado el siglo XX… En mi ciudad, Arenas de San Pedro, los mozos bajaban a las minas de la Tablá o las de Castañarejo dónde abunda un peculiar barro ferruginoso, de un intenso y persistente color ocre. Cogían cuanto precisaran y con él realizaban sus pintadas en las fachadas previamente elegidas… Pintadas que no olvidemos se hacían en las casas recién “jalbegás” o blanqueadas. Por lo que la noche de San Juan, aquellos y aquellas que durante el año hubiesen hecho méritos para ser diana de esta burla pública, pasaban la noche en vela, para sorprender a los “pintores” en caso de que aparecieran e impedirles tal afrenta. Para aquellos que se habían dormido confiados, y se habían despertado con la fachada pintada, no les quedaba más remedio que volver a jalbegar a toda prisa con la cal sobrante sobre la persiste pintura ocre, hasta lograr borrar las pintadas antes de que las leyeran y se las aprendieran… pues era normal que algunas de aquellas rimas en cuatro versos generalmente octosílabos, se incorporasen al cancionero tradicional, perdurando en el tiempo más allá de las fiestas de San Juan.

Cuando sale el Sol, la mañana de San Juan.

Antes de cantar los gallos, las mozas ya estaban compuestas y preparadas para  “leer los augurios” y sobre todo a “recoger la enrramada”… Momento álgido para los pobres mozos enramadores que habían estado toda la noche en vela, ya que podían irse a casa a descansar y dormir un ratito. Eso sí, una vez que se habían asegurado personalmente de que su amor había recibido y ya la tenía en sus brazos su enramada. Pero no todos los mozos se iban a la cama tras recibir la moza la enramada, pues antes de la salida del sol tenía lugar otra antigua y curiosa tradición, que hacía que muchas personas de todas las edades y condición, salieran de sus casas antes de amaneces, para ir en peregrinación a “ver bailar al sol sobre el agua”. Cosa que solo acontece una mañana al año durante unos escasos instantes, los que tarda el sol aparecer detrás de las altas montañas de Gredos y despegarse de ellas para andar sobre el cielo. Ver bailar el sol no aporta salud, ni fertilidad como pasa en la mayoría de los ritos y costumbres anteriormente referidos, más bien se tenía como un regalo del sol, un acontecimiento mágico y sagrado del que se puede ser testigo solo aquella mañana mágica… una forma de las muchas que se han utilizado desde tiempos inmemoriales, para ponernos directamente en contacto hombres con dioses, mujeres con diosas sin la presencia e intervención de cualquier tipo de intermediario o interprete.

Para ser testigos de este prodigio, no bastaba con ir a cualquier parte del río, la tradición marca en cada localidad uno o varios lugares propicios para tal ritual. En cualquier caso tiene que ser un charco situado en la cabecera, orientado a oriente y profundo… solo en esos charcos y justo sobre su superficie cristalina, el sol baila la mañana de San Juan. Su prodigiosa danza comienza nada más dar el primer rayo del sol sobre el cristal de las aguas, intensificándose a medida que caen más y más rayos hasta el instante justo en el que el sol se despega de las montañas para colgarse del cielo. Una vez que el sol ha bailado sobre las aguas del río era costumbre bañarse en las mismas aguas sobre las que había bailado el sol pues con ello creían purificar el alma y el cuerpo. También era costumbre la mañana de San Juan de lavarse con agua de romero con el mismo sentido purificador… Tan grandes eran las virtudes del agua la mañana de San Juan que incluso los ganados eran bañados ritualmente para preservarlos de males y enfermedades… Las familias que vivían en las retiradas y aisladas quinterías desparramadas por las dehesas de las riberas del Tiétar, solían bañarse en río Tiétar o en alguna de las muchas lagunas. En Hontanares me contaban que las que no se quedaban preñadas, acudían a estas lagunas o determinados rincones del río Tiétar, pues aquellos baños las ayudarían a quedarse embarazadas. Estas lagunas del mismo modo que le pasa al río Tiétar se convierten en lodazales durante el riguroso tiempo del estío, lugares dónde se acudía para darse baños con sus verdosos lodos, buenos para combatir el reuma y dolencias musculares y óseas. Y el que algo tendrá el agua se bendice no creen…

En las aguas del Jordán, dónde se vio maravilla
Jesucristo de rodillas, bautizado por San Juan

Simbología de los elementos fundamentales de la naturaleza en relación con las tradicionales fiestas de San Juan en el Partido jurisdiccional de Arenas de S Pedro.

Una vez contadas someramente como eran celebradas las fiestas tradicionales dedicadas a San Juan en el partido de Arenas de San Pedro. Creo que no estaría de más poner a disposición de los y las interesadas, algunas consideraciones todas ellas relacionadas con la profunda y arcaizante simbología, que rodea a nuestras ceremonias y rituales anteriormente descritos. Ya que es la única fiesta en la que están representados al mismo nivel de importancia los cuatro elementos fundamentales de la naturaleza. El fuego purificador de las hogueras mágicas… El agua en la que se “echa el huevo”, o sobre la que “baila el sol”, y sus virtudes… La tierra representada a través de los árboles y frutos de las “enramadas”… Y el elemento aire representado en el humo ascendente y perfumado “agasajo de los dioses”... Herencia que se ha mantenido y transmitido con fuerza en estas y otras interesantes y sobre todo bellas costumbres de origen precristiano. Creencias y ceremonias en las que se mezclan y confunden los mitos nórdicos del mundo céltico indoeuropeo atlántico, con los mitos y creencias del refinado oriente más allá del Mediterráneo. Compartiendo tales manifestaciones con multitud de pueblos a  través de siglos y siglos de contacto y constante evolución… Sino cómo explicar la convivencia de mitos provenientes de antiguas religiones del Mediterráneo, como pudiera ser el mito del Ciclope u Orco que es el nombre que recibe en la versión local… O el mito reflejado en múltiples leyendas locales que hablan de hermanos valerosos o muchachas hermosas encantadas y convertidos por maléficos seres en ríos o montañas que llevan aún en día su nombre, como es el caso del cerro de la Abantera o las cumbres de los Dos Hermanitos, sobre la garganta de Tejea… Seres fantásticos que cohabitaban nuestros bosques, ríos y aires, en perfecta armonía con otros mitos llegados con las migraciones de los pueblos celtas y germanos del norte de Europa, más de mil años antes de Cristo. Pueblos que al fusionarse con la población indígena, aportaron a nuevos dioses, seres fantásticos y mitos como las bellas y crueles ninfas de los ríos y de fuentes, llamadas por estas tierras isabas o isabinas… O las leyendas que hablan del demonio con “patas de cabra” que se aparece para aterrar a los hombres y mujeres los días de tormentas… Las luces de las Animas y la Santa Compaña… El culto o veneración a determinados árboles, piedras, ríos, montes… Costumbres y creencias que tienen su explicación en la extraordinaria situación geografía de la península que actúa como un eje que une y pone en movimiento las culturas de los mundos atlánticos y mediterráneos. Y por supuesto el carácter expansivo e integrador de las personas que han integrado e integran los diferentes pueblos ibéricos. Condiciones que convierten a de estas tierras en un enorme crisol en el que se han fundido y funden no solo las creencias y ritos de los pueblos de Europa y Asia, yendo más allá dichos sincretismos si  tenemos en cuenta los estrechos vínculos humanos, sociales, culturales, religiosos, económicos, etc.  Mantenidos con los pueblos y colonias de África y América.  Herencias al fin y al cabo que no han hecho otra cosa más que enriquecer la ya de por si rica herencia de carácter autóctono dejada hace miles de años, y cuyas huellas más antiguas las dejaron impresas en estas tierras los protocelticos y en muchos aspectos aún misteriosos Vettones. Pueblo con un panteón de dioses y diosas propio, en el que de nuevo se pueden observar con claridad los sincretismos entre las deidades vettonas con las deidades semitas, egipcias, hindúes, fenicias, griegas, romanas, celtas… Sirva de ejemplo la similitud y posterior asimilación de la diosa “Madre” vettona llamada Munda, con las diosas; Isis de Egipto, la diosa Astarté fenicia, la Ceres romana, la Era griega… y así hasta cristianizarse y transformarse en Sta. María “Madre de la cristiandad...”

Pues como decía al empezar este escrito, algunas tradiciones cristianas, como estas de San Juan, fueron en su origen importantes fiestas paganas. Sobre todo porque marcan cambios vitales, como los ciclos estacionales de la naturaleza de los que dependía su supervivencia. O la predicción de las catástrofes y tempestades a través de la observación del movimiento de determinados astros, el vuelo de las aves, la actitud, sonidos o formas de determinados animales, ríos, plantas… Siendo los solsticios de invierno y de verano los más importantes marcadores en la antigüedad, de las diferentes actividades agropecuarias, industriales y forestales, relacionadas o mejor dicho adaptadas todas ellas al clima invernal o al estío. Habiendo para ello y del mismo modo que pasa con los trabajos, una serie de fiestas características y particulares con contextos e intencionalidades muy diversas y marcadas, siendo algunas fiestas de invierno las más importantes en la mayoría de nuestras localidades, hasta hace menos de cien años. Antes cuando llegaba el buen tiempo en el verano el trabajo era febril. Muchos hombres sobre todo jóvenes, marchaban lejos a trabajar como segadores, resineros, pastores, arrieros… quedando los pueblos mermados de población, lo que hacía que las fiestas fueran “menos lucidas” y por lo tanto divertidas. Mientras que en los rigores del invierno las familias estaban reunidas, sobreviviendo con los bienes obtenidos con su trabajado durante el verano, en la seguridad de sus casas. Dispuestos en cualquier momento para festejar cualquier acontecimiento incluso algunas duras tareas como pudiera ser la matanza del cerdo, el remate de la aceituna, el rebusco de la uva, etc. Alimentos que formaban parte fundamental -junto a otros- en los banquetes rituales de las principales fiestas patronales en buena parte de nuestras poblaciones. Fiestas mayores dedicadas a unos patronos especialistas en librar de las enfermedades más usuales y molestas del invierno. Sirvan de ejemplo las fiestas patronales de San Blas en las localidades de Lanzahita o Mombeltran –abogado contra las afecciones y problemas de garganta…- O el caso de las fiestas de San Sebastián patrón de Poyales o Ramacastañas –abogado contra las enfermedades respiratorias y pulmonares…- O San Bartolomé –patrón protector de los carniceros…- O San Pedro Apóstol –patrón protector de los pastores…- O de Sta. Bárbara –abogada ante las tormentas…- Santos y Santas que además de ser los patronos de algunas localidades serranas, todos ellos han dispuesto y en algunos casos aún disponen de un altar o ermita propia en donde han recibido culto secularmente. Ya que representan para nuestros paisanos una especie de “dioses menores” con un ritual y culto propio lejos de la liturgia cristiana…  es por eso que en todas estas fiestas de invierno, es donde más huellas precristianas se han mantenido a través de los tiempos. Fiestas y costumbres que se celebran desde el día de los Santos Difuntos el uno de noviembre, pasando por las Nochebuenas, los Carnavales, los Quintos, el Corpus Cristi… hasta llegar a las fiestas de San Juan Bautista. Última de las fiestas invernales y primera del verano, tan importante antaño que precisaba una “purificación general” para festejar o agradecer a las fuerzas benefactoras el haber “sobrevivido” un invierno más, para gozar de las oportunidades renovadas a las puertas de la abundante y fértil primavera.

Solo así tiene sentido tanto trajín  y limpiezas para celebrar las fiestas de San Juan, encalando, aseando todo, aprovechando para desechar y quemar todas las cosas viejas o inservibles. Todo ello siguiendo antiguos rituales… logrando además mantener sana y sin riesgos de epidemias a la población. Alejando definitivamente con estas u otras ceremonias y de forma simbólica, a los seres maléficos del invierno “rezagados”  que aún no se hubieran marchado y poniendo en peligro a cualquiera que con él se cruzara. Demonios del invierno a los que aquellas  mentalidades a veces infantiles de los serranos y serranas, atribuían el poder de provocar las enfermedades y con ellas la muerte… de ahí la importancia que tenía el alejarlos lo máximo posible de las poblaciones y campos en los que se araba o por los que pastaban los ganados… Demonios que la tradición oral de estas tierras, veía representados en la aparición de enfermedades y en la formación de asoladoras tempestades, desgracias a dichos seres atribuidas y que arruinaban cosechas, la cría de los rebaños y con ello sus propias vidas. Además impedían el crecimiento y la regeneración de la naturaleza… Tal era el temor que nuestros antepasados tenían a estos seres del invierno, que en todas las fiestas hay actos para exorcizarlos y alejarlos de las poblaciones lejos a las altas y gélidas montañas. Con esa función aparecían por ejemplo los Machurreros en Pedro Bernardo, disfrazados con espantosas máscaras que ellos mismos hacían y pintaban. Siendo las mascaras pintadas de color negro las que más temor despertaban… O los sufridos Mulos Cheposos de los antiguos carnavales de Arenas de San Pedro entre otros… Disfraces sagrados con fiero y salvaje aspecto zoomórfico, y costumbres con las que desde tiempos inmemoriales se ha exorcizado el mal a golpes de “cencerradas”. Ya que el metálico sonido de los cencerros y esquilas de los ganados, tenían el poder de deshacer nubes, espantando con su sonido a los demonios que las provocaban, del mismo modo que el sonido de las campanas…

Junto a estos personajes o seres con máscaras y trajes especiales destinados a que el portador pierda la identidad personal, para asumir la representación física de algo intangible como pudieran ser los demonios que hay que espantar, matar o al menos alejar, está el verdadero protagonista de la fiesta, el Sol visto como dios supremo vencedor invicto de la muerte, de las tinieblas y del mal, cuyos rayos destruyen a los seres infernales del invierno de ahí que la mayoría de ellos habiten en profundas cuevas o bajo las aguas, lejos de los rayos benefactores del sol que dan a la tierra y sus hijos abundancia, calor, luz y salud. De hecho la misma palabra solsticio tiene su etimología en la palabra Sol, rebelando con ello el importante sentido original mágico-solar de este día tan relevante en el calendario tradicional de nuestros antepasados, que marca el día “con más luz del año” y por lo tanto la noche con menos oscuridad al ser la más corta. Ideal para agradecer y renovar el compromiso de personas y dioses benefactores a los que invocar y de los que obtener todo tipo de “favores o virtudes”.

Por todo ello el solsticio de verano ha sido considero una de los días más importantes entre los diferentes pueblos y culturas desarrolladas en estas latitudes y en este mismo hemisferio del planeta. Siendo por lo tanto considerado uno de los días “clave” para realizar todo tipo de sortilegios, adivinaciones, preguntas y obtener respuestas –como el huevo, las cabañuelas, el pipo…- sin temor a que se “colasen” en sus invocaciones e interpretaciones, ningún “mal demonio”. Pues el veinticuatro de junio al menos durante la luz del largo día, están todos ellos ausentes y ocultos temerosos de la poderosa y para ellos letal luz solar. En un día singular en el que el sol anuncia su fecunda victoria y prolongada presencia, frente a los funestos y cortos días del derrotado invierno. Fiesta que ha estado fuertemente arraigada en la tradición oral serrana hasta la pérdida y abandono de los usos, formas y recursos económicos tradicionales. Todos ellos íntimamente relacionados y dependientes de las fuerzas terrestres, astrales naturales. Siendo cristianizada en gran parte de Europa a muy temprana edad, dedicando tan especial día al segundo en línea sucesoria de la casa de David y primo hermano de Jesús, San Juan Bautista, “el anunciador de la llegada de la Luz a la tierra”…

Luz y energía que son el verdadero motor o corazón de la vida terrestre en su máxima expresión. Pues según las mitologías antiguas europeas, el Fuego es el origen de todo lo que existe y es. Fuerza creadora que se alimenta y basa en el viento, el Aire, único elemento capaz de poner al fuego en funcionamiento. Actuando como un solo motor que impulsa las fuerzas de la naturaleza de las que a la vez se retroalimenta. Fuerzas representadas desde tiempos inmemoriales, en los cuatro elementos fundamentales, el Fuego, el Agua, la Tierra y el Aire. Variando insustancialmente su sentido simbólico a través del tiempo. Representaciones alegóricas que han considerado y asociado a los cuatro elementos fundamentales en dos grupos, los elementos femeninos y los masculinos. Así los elementos Agua y Tierra es dónde residen las fuerzas pasivas femeninas, mientras que en los elementos Fuego y el Agua residen las activas fuerzas masculinas. Empezaré por el Fuego;

El fuego está asociado al sol –y a los colores, amarillo y rojo- siendo considerados como los símbolos de la vida y de la salud por antonomasia. Así se explican tradiciones y costumbres como la de echar la placenta de las recién paridas a la lumbre asegurándose de que se calcinaba totalmente, ya que si se la picoteaban o mordisqueaban cualquier animal doméstico, el recién parido o parida adquiriría las malas costumbres y gestos de dichos animales”. También era costumbre cuando alguien enfermaba sobre todo los más pequeños, envolverlos en unas especiales mantas de paño teñidas en un intenso y vivo color rojo, llamadas mantas berrendas, con las que se creía sanar muchas enfermedades… pero hay más ya que
el fuego al tener la capacidad de iluminar las sombras oscuras de las tinieblas nocturnas, ha sido asociado también al camino hacia la verdad, la conciencia, la sabiduría que emana de su luz. Por eso para los alquimistas del Medievo el elemento Fuego era símbolo de transformación, pues de sus llamas destructoras resurge con fuerza más vida, como nos cuenta entre otros el mito del ígneo Ave Fénix. Ave mitológica que resurge con más fuerza de sus propias cenizas… por lo tanto el fuego es un símbolo dual de destrucción previa, para poder posteriormente crear o renacer física y espiritualmente…

También el fuego es un elemento poderoso de la naturaleza porque además de lo anteriormente dicho, pone en contacto el cielo y la tierra. O lo que igual a los seres divinos celestes con los terrestres a través del humo que asciende en altas columnas. Por eso en las hogueras mágicas de San Juan, además de echar trastos viejos e inservibles para obtener otros nuevos y en buen estado, mis paisanos echaban ramas de plantas silvestres olorosas de romero, enebro, jara o tomillo, los cuales se utilizaban con una intención clara, al ser considerados por la tradición oral una especie de incienso natural con el que agradar, agradecer y rendir culto “a los dioses y diosas benefactores que habitan en los cielos”… Aromas que tenían la propiedad mágica de espantar a los demonios. Y luz en la oscuridad brillando hasta el alba, ayudando a permanecer en vela la noche entera hasta salir renovado el sol del día más largo del año. Fuego en cuyas llamas purificadoras ha de destruirse el mal, para posteriormente transformarlo en algo nuevo o bueno. Con estos sentidos simbólicos de purificación y paso previo entre las llamas para renacer limpio y puro, saltan todos sobre las llamas de las hogueras sanjuaneras. Sin el temor de chamuscarse ya que se creía que San Juan los y las protegía, ya que las llamas aquella noche proporcionaban salud a quienes tales saltos hicieran. Llamas de una hoguera que se encendía justo en el momento en el que el sol y su luz abandonan la tierra en su viaje nocturno más allá de las montañas de Lusitania… Tiempo el de la noche antaño muy temido y respetado, ya que entre las oscuras sombras y siempre según la tradición oral arenense, el momento en el que provechan para salir de sus antros en el inframundo todo tipo de seres indeseables, monstruos, brujas, acompañados de lobos, lechuzas, sapos y culebras… Enemigos ancestrales con los que nuestros antepasados tenían que enfrentarse y alejar cuando el sol se marchaba dejándoles desamparados cada anochecer, sirviéndose para ello de la poderosa ayuda del hijo del sol, el fuego.

Vallamos ahora con otro elemento de la naturaleza sagrado, el Agua –asociada a los colores azul y blanco- El cual y del mismo modo que en el caso anterior goza de una muy antigua, rica y enraizada simbología común entre las culturas de los cinco continentes. Pueblos para los cuales el agua no era únicamente un elemento purificador, sino “la sangre que da vida a la tierra”, sin la cual nada existe o es. De esta forma se concebía tradicionalmente el agua de la lluvia o caída del cielo sobre la tierra, formando ríos y arroyos como venas tiene el cuerpo humano para llevar la sangre de vida a todos los rincones de este planeta… El agua además de asociarse a la sangre, también se le asociaba a la leche materna imprescindible en los antaño difíciles primeros meses de vida. De todos modos la simbología del agua hay que considerarla al menos teniendo en cuenta su doble aspecto, bien sea representada en sus formas y caminos subterráneos y por lo tanto asociada a las incontroladas fuerzas telúricas sujetas a un orden energético imprevisible y al mismo tiempo predeterminado. Representación esta que no viene al caso, al no referirse ni usarse este tipo de aguas subterráneas en ninguno de los ritos sanjuaneros… Centrándome un poco más en la representación simbólica de las aguas superficiales utilizadas en los ritos de San Juan, por estar asociadas con el renacimiento y la vida aún por vivir y determinar desde tiempos muy lejanos… aguas que forman parte en los principales rituales sanjuaneros, bien sea en recogiendo las virtudes de las fuentes, lagunas, ríos… o sobre las que baila el sol… pues de estas aguas superficiales surge la belleza de la vida.

Aguas superficiales con capacidad de destrucción y renovación como el fuego, a través de las cuales adquirir sabiduría. Pues según algunas de nuestras tradiciones en él se hallan las respuestas de muchas de nuestras incógnitas existenciales. Basta con echar un vistazo a los cuentos y leyendas tradicionales, como el cuento del “Castillo de irás y no volverás”, o el de “la Trucha de Oro”. En ambos casos aparece como protagonista un pececillo de oro –el oro que recordemos está asociado simbólicamente al fuego y por lo tanto al sol…- Pez que entre otras tiene la facultad de hablar y el conocimiento de todas las cosas que han pasado y las que han de acontecer… Pez áureo que adquiere toda su sabiduría al vivir entre las aguas “del las fuentes del saber”, lejos de la avaricia humana. Teniendo que sumergirse en las aguas, para adquirir el conocimiento o lo que es igual “pescar el pez”. Porque antes de acceder al conocimiento y el saber, había que sumergirse para ahogar  y con ello matar de forma simbólica la pare más animal de nuestra condición humana, dejándola en las aguas purificadoras y transmutadora. Antes de volver a renacer para vivir una vida nueva más espiritual o elevada tras la inversión sagrada. Ceremonias que se han practicado y se siguen practicando en todas las religiones con los mismos sentidos simbólicos referidos. Como por ejemplo el rito del bautismo cristiano, cuyo sentido es el de “librar y limpiar a la humanidad del pecado original, antes de formar parte del pueblo cristiano…” También los seguidores de Alá incluyen en sus rituales principales baños ceremoniales con el mismo sentido purificador, como las ineludibles abluciones antes de cada rezo del día… Ritos que en buena medida son interpretaciones personalizadas de otros mucho más antiguos llevados a cabo dentro de los principales ritos en todas las antiguas religiones del Medio Oriente, Egipto, Grecia o Roma entre otras. Como por ejemplo algunas ceremonias religiosas de la cultura vettona, que utilizaban el agua para celebrar complicados ritos de iniciación masculina, llevados a cabo hace más de tres mil años en sólidas saunas que construían con esmero para tal efecto…

Otra de las virtudes más importante del agua, es que se ha considerado tradicionalmente como el único elemento mediador y relacionado con los otros tres poderosos elementos o fuerzas de la naturaleza, el Aire, la Tierra y el Fuego. Solo  él es capaz de poner en contacto e interactuar con todos los demás de forma individual o colectiva, pero siempre sin perder la armónica. Pues está presente de forma activa en todos y cada uno de ellos. Ya que el fuego lo calienta evaporándolo y haciéndolo elevar hacía el cielo, para posteriormente formar las nubes preñadas de agua. El viento transporta el agua de las nubes distribuyéndolo equitativamente  por los montes, sierras y dehesas. Y la tierra que las acoge, retiene y distribuye llevando con ella la vida a todos los rincones de la tierra. Produciendo la simple observación de estos fenómenos pluviométricos en animales y plantas una gran fascinación. Como por ejemplo oler la tierra seca cuando le caen las primeras lluvias. El sonido de las gotas de agua al chocar sobre la tierra… momentos que suelen provocarnos estados casi hipnóticos, placenteros y relajantes… como la observación continuada de las brasas y rescoldos del fuego. Quizás sea la condición mágica atribuida a estos elementos, o el hecho de el agua –y el fuego- a pesar de su poder destructivo, se deje desviar, encauzar, incluso retener para utilizarlo a nuestro antojo, beneficio o necesidades.

En cuanto al elemento Tierra -relacionado con los colores, ocre y verde- decir que siempre se la ha asociado con los símbolos femeninos relacionados con los diferentes arquetipos y virtudes de la diosa Madre. Ya que al igual que una madre, la Tierra pare y sustenta a todos los seres vivos, dándolos el sustento necesario para ser felices, esperando desinteresadamente hasta el momento ineludible de volver a ella una vez terminado el tiempo de vida. Muerte que es precisa para poder renacer desde sus entrañas y acceder de pleno derecho a una vida mejor tras vencer a la muerte en el paraíso prometido a la humanidad… Y del mismo modo que sucedía en los casos de los elementos Fuego y Agua, el elemento Tierra cuenta con un “subelemento aliado” a través del cual pone en contacto el mundo celestial con el inframundo terrenal. Hablo de los árboles, seres vivos que han formado parte de no pocos mitos celtiberos, cuando no siendo símbolos en sí mismos con significados muy concretos… Quizás por ser los únicos seres vivos, que hunden sus raíces en lo más profundo de la tierra, para posteriormente expandirse hacia el cielo sin prisa ni pausa.  Uniendo los tres mundos –el infernal o infraterrestre, el humano o terrestre y el divino o celeste- gracias a la firmeza y rectitud de los troncos que les sustentan. Tronco que actúa como un gran eje en torno al cual giran todos los tres mundos. Los pueblos con cultura indoeuropea, como los Vettones entre otros, creían que en el vértice del mundo crecía un gran árbol, que actuaba de eje sobre el que se movía la Tierra sujetando sus ramas a los cielos, impidiendo de este modo que no se precipitasen los astros sobre la Tierra. Siendo una costumbre, esta de “divinizar” determinados árboles, muy común y extendida desde muy antiguo dentro y fuera de nuestra península Ibérica. Sirvan como ejemplo los siguientes árboles sagrados:

El ciprés fue para los griegos símbolo del dios infernal Plutón. Siendo desde entonces considerado como un símbolo fúnebre asociado a la muerte, sin perder su sentido alegórico lúgubre que sigue vigente en la actualidad, al ser los árboles que dan sombra a los cementerios españoles… La palmera árbol fue otro árbol sagrado símbolo de la memoria y de la dulzura por muchas culturas, asociado simbólicamente entre otras divinidades antiguas, a la diosa de la escritura egipcia Sheshet… Las parras y vides símbolo dual de sacrificio y de la lujuria, desenfreno y libertinaje, asociadas al dios romano de las bacanales Baco… El granado estaba asociado al dios griego Dionisos, ya que para ellos el  zumo de las granadas era considerado como la propia sangre del dios. Representando desde entonces simbólicamente la fuerza de la unión universal y la fecundidad… El laurel consagrado al dios Apolo y símbolo de victoria y honor… El pino símbolo de inmortalidad y resistencia. Simbolismo que se refuerza con el de su fruto la piña, de significado similar al de las granadas…

Asociaciones simbólicas de dioses y árboles basadas en las diferentes morfologías, propiedades curativas, gastronómicas... y sobre todo la experiencia y la observación de las “virtudes o peligros” que guarda en su interior cada planta. Plantas que había que conocer perfectamente y de este modo distinguir para aprovecharlas al máximo, ya que se han venido utilizando tradicionalmente como fármacos y también como venenos en algunos métodos cinegéticos actualmente prohibidos. Como el uso de la raíz de cicuta machada con gordolobo y estiércol de cabra, con el que tradicionalmente se envenenaban los ríos en época estival para pescar cuanto en ellos viviera. Creándose con el tiempo y uso sistematizado de dichos elementos naturales a su disposición, todo un elaborado lenguaje simbólico muy poderoso y arraigado en los pueblos europeos. Con el que transmitir de forma más eficaz y lúdica tanto conocimiento acumulado. Por eso la iglesia católica no dudó en servirse de tan poderosa y generalizada simbología, para expandirse e integrarse en su interminable misión apostólica pastoral. Basta con observar la decoración de los templos románicos, en cuyos capiteles por ejemplo se repiten los mismos motivos ornamentales como las hojas de acanto, las de roble, los racimos de uvas, haces de trigo, flores de lotos, palmas, rosas, azucenas, lirios, manzanas, granadas, piñas, ramas de olivo… con los mismos significados simbólicos que tenían miles años de antes, como es el caso de; El Roble y la Encina, árboles sagrados para los pueblos celtiberos, ya que para ellos eran algo así como el eje sobre el que gira el mundo, creencia que se basaba en la creencia de que dichos árboles atraían los mortales rayos. Por ese motivo los romanos asociaron el roble a su dios principal Júpiter, teniendo entre los pueblos celtibéricos diferentes nombres locales. El Loto ha sido considerado desde el antiguo Egipto, como el símbolo de la evolución y de la vida que aún está por venir o nacer. El acanto representa el alma inmortal humana tanto para los antiguos egipcios como para los cristianos que las grabaron en las cabalísticas e iniciáticas catedrales románicas. De un modo similar la zarza que arde pero no se consume recogida en varias tradiciones de las religiones anteriores al cristianismo, como el mito y visión de Sémele entre otros. También el olivo sigue siendo símbolo consagrado a la paz del mismo modo que sucedía en la religión fenicia… Otro ejemplo es el de la azucena como símbolo Mariano por antonomasia, pues representa las virtudes de los principios femeninos. Símbolo que suele representarse con tres varas de azucenas floridas, que surgen de un jarrón de dos asas. Jarrón que representa iconográficamente hablando, la esencia femenina por su condición de contenedor, lo que refuerza y amplía aún más el sentido de su significado alegórico religioso.

Arcaicas alegorías, rituales y creencias que se han mantenido tras la liturgia católica viéndose muchas de ellas obligadas a ocupar un segundo o tercer plano, gracias al cual han llegado hasta la memoria viva de estos primeros años del siglo XXI. Pues muchas gran parte de las costumbres y tradiciones pertenecientes al mundo antiguo o pagano, fueron duramente perseguidas y derogadas, incluso tras haberse servido previamente de alguna de ellas. Persecución que no ha cesado aun en nuestros días, pues muchas de las costumbres rituales realizados y permitidos en las fiestas católicas, han sido poco a poco “desprestigiados o abandonados” según los criterios personales de algunos párrocos y sus obispos. Yo mismo recuerdo el pasotismo por parte de algunos párrocos a la hora de colaborar en el mantenimiento de algunas tradiciones arenenses en las que sus personas, presencia y participación formaban parte integral e insustituible de la tradición. Como por ejemplo El Encuentro al alba, la Bandera de Ánimas y El Ofertorio del Carnaval, Romería a San Agustín… costumbres que hasta hace unos pocos años funcionaban gracias a los apoyos que recibían por parte de todos los estamentos sociales de nuestras localidades, incluyendo el clero. Ya que gran parte de nuestras más bellas y autenticas tradiciones se llevaban y llevan a cabo en medio de las fiestas y rituales cristianos. Como es el caso que nos ocupa de las “cosas que se hacían por San Juan”, fiesta que mantiene parte del significado de las plantas gracias entre otras costumbres a la de Enramar los enamorados a sus enamoradas. Enramadas que encierran en sí mismas una simbología compleja que es necesario interpretar para entender el mensaje que encierra cada una de ellas. A esto hay que añadir además del sentido simbólico particular de cada planta o de cada árbol, las alegorías propias a las virtudes o peligros del ramo, flores, frutas con sus semillas sujetas en artísticas guirnaldas con cintas enlazadas en trenzas o el simbolismo de la ventana, por tener todos y cada uno de ellos una intencionalidad propia y con el un mensaje concreto. Ramo que más allá de su valoración estética o taxativa, era la forma de expresar muchas cosas importantes a un tiempo, sin por ello tener que abrir la boca. Cosas que salen de lo más profundo del corazón por estar relacionadas con el amor. Así enramando con las ramas de los álamos símbolo de la vida y de la dualidad humana, junto a otras ramas de laurel, olivo, roble, jaranzo, romero… con ellas los enamorados expresaban y dejaban claros los valores propios de su masculinidad. Ramas a las que añadían espigas de cereales que son símbolo de la fuerza de la unidad, abundancia y de crecimiento. Frutos que están relacionados con las pasiones humanas, como la manzana símbolo del deseo y del desencanto. Las peras o melocotones símbolos de la sensualidad y sexo femenino. Frutos que además de ser alimento nutritivo, guardan en su interior las semillas que su vez son símbolo de esperanza y en la promesa de una vida renovada. Frutos y ramas entramadas en hermosas guirnaldas que son símbolo a su vez de cohesión y conexión, así como del orden universal. O sujetas en vigorosas trenzas que son símbolo de dependencia mutua y por lo tanto de los enlaces. Guirnaldas y trenzas hechas generalmente con ramas de yedra, pues tal planta era tenida como un talismán protector de las mujeres. O de centeno, por ser símbolo de unidad y abundancia del mismo modo que el trigo o la cebada… En las que no faltaban el lenguaje simbólico de algunas flores como las siemprevivas símbolo de autosuficiencia, constancia y eternidad, rosas símbolo de castidad y belleza efímera. Ramas, flores, frutos, trenzas, guirnaldas en las que se procuraba poner un ramito de trébol, por ser para los cristianos símbolo de la Sta. Trinidad mientras que para el mundo pagano el trébol simboliza el éxito y la fortuna. Pero no cualquier éxito o fortuna, sino el adquirido tras el conocimiento adquirido con esfuerzo y duro trabajo personal, así se nos presenta en la forma del mágico trébol de cuatro o más hojas, al que la tradición oral ha otorgado el poder de conceder la fortuna y el éxito a quién lo encuentre, y para encontrarlo créanme aquellos que no lo hayan buscado, para encontrarlo hay que esforzarse e invertir mucho tiempo y trabajo… Enramadas cuyo significado simbólico además de depender del sentido propio de los elementos naturales anteriormente referidos, varía sustancialmente si no tenemos en cuenta la simbología implícita en los colores y numerología de los mismos elementos vegetales de las enramadas.

Por último y no por ello menos importante que los anteriores, pues los cuatro elementos ocupan el mismo lugar preferente en la simbología y creencias precristianas, os contaré algo a cerca de la simbología del elemento Aire, asociado tradicionalmente a los colores, azul y al negro… (Continuará…………………….)



Daniel F. Peces Ayuso, Arenas de S Pedro a 23 de junio de 2012




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