sábado, 13 de abril de 2013


Quinterías y Majadas o Puestos de los pastores en la jurisdicción de Arenas de San Pedro
Arquitectura tradicional y costumbres asociadas

Parte del trabajo de tradiciones pastoriles en dicha comarca coordinado por Daniel F Peces Ayuso


Los verdes prados de Gredos quedan ocultos bajo el manto de nieve
quedando desolada y a merced de los vientos... A pesar de eso los serranos
de la vertiente sur la cantan con coplas sabiendo que la nieve es necesaria
"Que bonita está la Sierra, toda cubierta de nieve
Más bonita esta una niña, al lado de quien la quiere"
Los pueblos y aldeas que ocupan y han ocupado la vertiente sur de la Sierra de Gredos, han practicado desde tiempo inmemorial un aprovechamiento racional e intensivo de los diferentes recursos agropecuarios y forestales, basado en el caso de la ganadería en la singular trasterminancia de nuestros pastores. Esto consiste en conducir los rebaños desde los pastos de invierno en las dehesas pegadas al río Tiétar –en el fondo del Valle- a los pastos de verano en las verdes y frescas praderas en la alta Sierra de Gredos. Para ello tenían que contar con tierras en ambos lados de la sierra, asegurándose con ello el alimento para sus rebaños. Esto lo podían lograr de muy diferente forma; lo más común era concertar matrimonios mixtos entre familias de ambos lados de la Sierra. Matrimonios que en la mayoría de los casos no eran más que contratos con los que asegurar dichos pastos y con ellos sus ganancias… siendo común que estas ocasiones se dieran casos realmente trágicos, sobre todo para las mujeres que se veían más que obligadas a casarse con un pastor en contra de su voluntad. Conozco casos de mujeres que incluso fueron violadas en sus casas con el consentimiento de ambas familias para de este domo verse obligada a irse a los montes a vivir con su pastor. Acto que suponía para estas mujeres alejarse no solo de sus familiares y amigos, sino de toda la sociedad para vivir en soledad. Ya que una vez casadas tenían que seguir a sus esposos y ambos a los ganados viviendo en los campos. Bajando a las poblaciones en contadas ocasiones, como pudieran ser las fiestas principales o algún acontecimiento familiar importante, como una boda o un funeral…. Los hombres si bajaban a los pueblos un día a la semana a vender el queso, en caso de no haber hombres disponibles bajaban las pastoras a venderlo siendo estos casos excepciones. Lo que si hacían las pastoras con sus quesos era llevarlos a la casa de algún familiar, tendero o amigo para que se los vendiera en sus casas o tiendas… En el cancionero tradicional hay muchos ejemplos en coplas que hablan de las penas y soledades que ha de pasar la mujer que se case con un pastor, frente a otras que cuentan precisamente todo lo contrario, pondré algunos ejemplos;

No te cases con pastores, que duermen siempre al sereno
Cásate con un herrero, que tiene cama de hierro

Los pastores en la sierra, cantan y bailan a solas
Le dicen a la retama, hace usté el favor señora

Se casó con un pastor, por andar a su albedrío
Y ahora el pájaro culón, no quiere salir del nido

Los pastores no son hombres, que son ángeles del cielo
Que en el parto de María, ellos fueron los primeros

Pastorcillo es mi novio, huele a romero
No le hay en la sierra, más retrechero

Con un pastor me caso, me da la gana
Si me arrevuelco en el queso, y caigo en la lana

Un pastor puso un lazo, pa cazar una perdiz
Y le cayó una serrana, por los picos del mandil

En las altas cumbres durante el invierno no solo
quedan los pastos lejos bajo el manto de nieve,
ya que el agua también apresada por el hielo y la
escarcha,..
También había otras formas de hacerse o mejor dicho de asegurar los pastos sin tener que casarse con nadie a la fuerza Simplemente había que alquilar o arrendar las tierras. En todos estos casos la contratación variaba considerablemente dependiendo del tipo de arrendatario. Ya que estos podían ser por una parte tierras del común pertenecientes a los concejos. O de lo contrario pastos de grandes terratenientes que solo ostentaban la propiedad ya que muy pocos residieron de forma continuada en estas tierras, limitándose a controlar y cobrar las rentas de sus grandes posesiones sobre todo en el fondo del valle, en las dehesas. Propietarios que incluían e incluyen a la nobleza castellana y el clero, los cuales siempre han poseído  grandes cantidades de tierras incluso después de la última desamortización en el siglo XIX… hoy en día aún existen varios ejemplos como la Dehesa de las Monjas en Arbillas o el Prado de las Pozas por el que de niño recuerdo había que pagar a un guarda cinco duros por pisar la tierra de una noble castellana… En el fondo del valle hay muchos más terratenientes que en las altas cumbres como es el caso de El Empedrado en Hontanares propiedad del Sr. Aguirre o las dehesas vecinas al Ayuso propiedad de las hermanas Coplobich… la Dehesa de Valdeolivas propiedad de la familia Gil… Tierras que siguen siendo arrendadas para pastorear rebaños de vacas, cabras, ovejas y cerdos cada año… y que se gestionan como se ha venido haciendo desde hace muchos cientos de años a través de una serie de empleados que como un engranaje hacen que todo funcione de forma autónoma y autosuficiente agropecuario, sin que tenga que estar presente el propietario de los terrenos arrendados. Estos tres tipos de arrendatarios, los Ayuntamientos, nobles, religiosos y terratenientes siempre pujaron no solo por el control y la posesión de los mejores pastos y tierras de labor, ya que se disputaban además el cobro de los diferentes impuestos que debían pagar aquellos que tuvieran que cruzar por algunas de sus posesiones. Sobre todo al cruzar los diferentes puertos secos como el del Pico en Ramacastañas. O al cruzar ríos y gargantas utilizando puentes o barcas, como por ejemplo el caso de la barca que había para cruzar el río Tiétar en el paraje y molino llamado de Barcapeña en el término municipal de Arenas, cuyo barquero tomaba la posesión del cargo tras hacer una puja entre todos los aspirantes quedando con el puesto de barquero aquel que ofreciese más al Ayuntamiento arenense…

Tan solo los casillos en donde se guarda la hierba segada en la primavera
y en el verano, ofrecían algo de refugio a los que se veían obligados a cruzar
la sierra nevada...
Junto a estos propietarios o mejor dicho grandes terratenientes estaban los propietarios de clase media alta local. Esos solían la mayoría de entre todos los grupos, ya que las familias se iban agrupando y reuniendo sus animales y tierras hasta hacerse totalmente independientes y autosuficientes. Estos en vez de vivir de forma continuada en las dehesas o las montañas, se organizaban de otra forma diferente. Ya que todas estas familias disponían de una o varias casas en los pueblos de eran originarios cada uno de ellos, en estas casas de los pueblos vivían los más mayores como pudieran ser los abuelos y alguno de los más pequeños para de este modo “poder estudiar” acudiendo diariamente a la escuela. Cosa que hacían en función del poder económico de cada casa. Además de tener una cómoda casa en el pueblo tenían una enrramá en las dehesas y una maja en las montañas dónde trabajaban y vivían todos los que tuvieran edad y salud para trabajar. Esto lo complementaban con un pequeño huerto en el que no faltan árboles frutales como cerezos, higueras, limones… y el olivar con las viñas suficientes como para hacerse con lo suficiente para el autoconsumo de estas familias siempre numerosas. Acudiendo a unos u otros lugares en caso de necesidad, como pudiera ser el caso de las matanzas del cerdo y la cabra, fiesta culinaria que reunía a toda la familia…

Casillo en medio de la ladera un prado al pie de la sierra
Todos estos pastores de grandes rebaños con más de 300 cabezas de ganado solían tener a su cargo otros llamados “criados” encargados del cuidarlos. Los criados se contrataban por un año, cosa que se hacía en las tabernas hablando los “amos con los criados” directamente aprovechando las fiestas de San Pedro Apóstol -junio- y San Miguel Arcángel en septiembre. Entonces era cuando bajaban de las majadas o subían de las quinterías a las poblaciones para buscar otro amo o seguir con el mismo según le fuera a cada uno de ellos. Los pastores serranos a diferencia de otro tipo de pastores no se limitaban a la cría intensiva o especifica de una especia doméstica concreta, ya que solían complementarlas por lo que era normal que un mismo pastor tuviera que atender rebaños de ovejas, cabras, vacas, caballos y cerdos… animales que se criaban y cuidan de formas muy diferentes lo que les permite atenderles a todos una vez organizadas las tareas. Por ejemplo nuestras vacas de raza autóctona avileña no necesitan pastor que las guarde o alimente, ni establo en el que dormir pues paren a los terneros sobre la nieve… tan solo hay que conducirlas de los pastos de verano a los de invierno dos veces al año. El resto del año basta con “echarlas un ojo de vez en cuando” darles sal y poco más… tampoco hay que ordeñarlas, ya que esta raza es una excelente productora de carne, usada antaño como optimo animal de tiro y carga… Tampoco hay que cerrarlas en establos cada noche, duermen “al sereno” en el campo, formando círculos en cuyo interior protegen a los terneros de posibles depredadores. Figura que ha dado pié a no pocas danzas relacionadas con este acto de defensa natural… siendo su pastoreo sencillo, que no su manejo ya que al estar acostumbradas a vivir libres, no es de extrañar que alguna vaca o novillo salga “morucho” o lo que es lo mismo bravo.

Con el deshielo la desolada sierra se transforma
como una libélula, ofreciendo refugio y alimento
en abundancia a quienes hasta ella suban...
En cuanto a las construcciones arquitectónicas tradicionales asociadas a la crianza de estas reses en estas tierras, se limita a amurallar los prados para que no salgan o entren de ellos… así como la construcción de un contadero que puede ser de piedra o de madera. Estos contaderos como su nombre indica servían para contar las vacas -y demás reses- antes de llevarlas de unos pastos a otros. Consiste en un gran corralón circular con una angosta entrada alargada a modo de pasillo con forma de embudo, por el que van entrando hasta quedar todas dentro del corral. Una vez en el contadero se las hace pasar por el “cerradero” o cajón una a una y de tal forma que pueden ser totalmente inmovilizadas para facilitar otras labores que se hacían al tiempo de contarlas, como pudiera ser el marcarlas, herrarlas, curarlas o vacunarlas…  Para poner los “cayos” en las pezuñas de las vacas de tiro y bueyes, se usaban los tradicionales potros, en los que los herreros locales trabajaban a destajo en las plazas y calles de nuestros pueblos… estos potros solían hacerse en espacios públicos siempre que fuesen amplios y bajo un tejadillo que los protegía de las inclemencias meteorológicas. Todos los potros de estas tierras están construidos con granito y buena madera, siendo la mayoría de ellos propiedad de los concejos. Del mismo modo sucedía con los “Corrales de la Villa”. Todos los pueblos de la jurisdicción arenense contaban con estas instalaciones municipales, ya que en ellos se cerraban los ganados decomisados… o los propios del común como el Toro, Cerdo, carnero, cabrón, etc. llamados verracos que eran comprados por el municipio para uso de todos los vecinos, los cuales llevaban sus propias reses para que las cubrieran los mejores verracos a muy bajo precio. Junto a las cercas, corrales y contaderos, no faltaba en ninguna explotación vacuna los orondos “saleros y abrevaderos” todos hechos en dura piedra berroqueña. Los primeros como su nombre indica son grandes pilones de más de un metro de diámetro en los que se echa la sal y en caso de necesitarlo algo de alimento a las vacas. Cerca de los saleros solían construir una serie de pilas o abrevaderos. Estos a diferencia de los circulares y orondos saleros suelen tener una forma rectangular, disponiéndolos en pendientes ligeras uno contiguo al otro para de este modo ir aprovechando el agua sobrante manteniéndola siempre en movimiento y por lo tanto limpia. Los bueyes y vacas de tiro solían vivir en cuadras o establos apropiados para ellos o en sencillos casillos hechos en los prados en los que además se guardaba el heno y la hierba segada, utilizándolos como establo o refugio en caso de necesidad. Las grandes explotaciones ganaderas aún contando con instalaciones suficientes lo cierto es que no se preocupaban demasiado de las vacas, ya que ellas solas sabían guarecerse y buscarse el mejor refugio ellas solas en lo más intrincado de los montes… tan solo cuando caen grandes nevadas y el agua se hiela, hay que alimentarlas y procurarlas agua diariamente llevando a los terneros hasta los protegidos corrales hasta que las nieves se deshagan dejando a la vista la hierba. También antes de que mataran los últimos lobos a mediados del siglo XX, los pastores solían guardar los terneros en los corrales hasta que se pudieran defender de sus colmillos. Siendo estos cánidos salvajes los únicos depredadores naturales de las avileñas.

Vacas de raza autóctona Abileña subiendo de los
pastos del Tetar a los de Gredos, practicando la
tradicional  Trasterminancia por las empedradas
trochas serranas...
Del mismo modo podemos decir en cuanto a la forma tradicional de criar en libertad a los cerdos, aunque estos si precisan de un lugar en el dormir cada noche y un extra de comida diaria tras todo un día hociqueando a su gusto por los montes y prados, lo que tradicionalmente se llama de montanera. Tan solo su traslado desde las dehesas a las altas cumbres suponía y aún supone un grave problema, ya que estos animales son los más tercos de todos y por lo tanto los más difíciles de pastorear. Por eso todos los pastores y pastoras serranas o la gran mayoría de ellos, empezaban siempre guardando cerdos en vez de ovejas o cabras… y esto a partir de los seis años de edad. De este modo al cumplir los quince años de edad ya eran consagrados pastores o pastoras experimentadas. Para contrarrestar la terquedad de estos animales y levarles de un lugar a otro se valían del ansia y hambre insaciable de estos animales engañándolos con cebada y otras golosinas que les iban tirando por el camino, conduciéndoles de este modo hasta llegar a su destino. En caso de imposibilidad ante la negativa resistencia del animal, se la maniataba, amordazaba y se colocaba sobre los serones de una caballería o en la yunta haciendo el camino atado pero en carro. Las cuadras en las que se crían tradicionalmente los cerdos -que también hacían la trasterminancia- se llaman zajhurdas. Los cerdos que no hacían trasterminancia solían tener su zajhurda en la planta baja de la casa junto a la cuadra de la caballería, pero separadas. Y aunque reciben el mismo nombre, la construcción de ambas varía sustancialmente una respecto a la otra no así su cuidado. Ya que las zajhurdas urbanas no son más que corrales rectangulares con una pila para el agua y otra para la comida, frente a las zahurdas de los pastores hechas del mismo modo pero a menor escala, que los chozos y cobachos en los que habitaban ellos mismos en la alta sierra. Diferencias arquitectónicas que no impedían su tradicional forma de pastoreo, ya que en todos los casos los cerdos salían de sus zajhurdas a primera hora de la mañana para ir con el porquero de turno de montanería y regresar a la noche a su zajhurda donde les espera una rica cena y una cama limpia de resinosos jaugos u hojas secas de otros árboles.

Sólida y cómoda Quintería construida con buenos sillares
de granito en el paraje arenense de Las Quinterías.
Las zajhurdas de los pastores trasterminantes  como decía son pequeños chozos con su estanza y puertas básicamente iguales a las viviendas utilizadas tradicionalmente por los pastores en los altos puestos de la sierra, pero de menores dimensiones. En la estanza de las zahurdas no faltaban ni el “tornajo” o la “gamella” labrados en madera de enebro o encina a  modo de comederos y bebederos. En otros casos, sobre todo en las zahurdas más estables de las Quinterías los comederos solían estar labrados en piedra o lanchas cercanas a la zahurda, de igual modo que el “cebaero”. El cebaero no es más que una piedra con forma de cazuela en la que se “machacaban las patatas cocidas, la pulpa o las algarrobas con las que se recebaban estos animales tan queridos en estas tierras. Alimentación que complementaban con todo lo que pudieran cazar, recolectar, pescar en los montes, arroyos y prados. Algunas zahurdas están totalmente escavadas en la tierra, sustituyendo la cubierta vegetal de la techumbre por una cúpula de piedras perfectamente ordenadas según su peso y tamaño siguiendo una forma espiral. Cúpula que entierran con bajo un manto de tierra y barro… a este tipo de chozo se le llama “cobacho”, del mismo modo que los chozos o chozas hechos aprovechando oquedades naturales entre las caprichosas formas rocosas de la sierra de Gredos. Tanto en las dehesas como en la sierra el hecho de que estos animales anduvieran libres por donde quisieran hacía frecuente en los partos de las cerdas trasterminantes el hecho de parir rallones. Fruto de los habituales encuentros amorosos entre jabalíes y cerdos. De hecho los cazadores tradicionales de estas tierras, siempre han diferenciado y buscado los lugares en los que se crían los jabalíes más puros de la serranía o menos mezclados con los cerdos como pasa en las zonas más bajas cercanas a las riberas del Tiétar. Los cerdos adultos del mismo modo que las vacas tienen pocos enemigos naturales, tan solo el lobo suponía un serio peligro. Otra cosa eran los lechones o coratillos, estos si podían acabar en la boca de una zorra o en las garras de un águila real, por lo que a las guarras que estaban criando cerditos no las dejaban salir de zahurda, y en caso de hacerlo siempre bajo la atenta mirada vigilante de algún pastor.

Corrales de una Quintería con buenos muros rectos
y techumbre de tejas árabes, en elq ue además podemos
ver la "aguja" y el comedero -salero labrado directamente
sobre una lancha
Otra cosa es el cuidado de las ovejas y de las cabras, ya que estos animales si necesitan de la presencia constante de pastores que las “acarreén”, guíen y guarden. Sobre todo las cabras que suelen ser más “golosas”, inquietas y ágiles que las tranquilas ovejas. En estas tierras los rebaños de ovejas y cabras solían estar mezclados en diferentes proporciones, así los cabreros entre sus cabras solían criar unas pocas ovejas para el consumo propio y los ovejeros o “churretos” lo mismo pero a la inversa. Las cabras que se criaban por estas tierras tradicionalmente eran de tres razas la Guisanda, la Verata y la Serrana, prevaleciendo la cabra Guisanda de piel canela y grandes cuernos parecidos a los de la cabra verata, frente al pelaje negro y los cuernos curvilíneos de la cabra serrana más apropiada para meterse entre la maleza sin enredarse las cuernas. Razas que están hechas al terreno y cuya principal función es la de producir carne y en menor medida leche con sus derivados especialmente queso. Era costumbre entre los pastores de cabras que cada cual fuera seleccionando las reses en función de sus diferentes colores y demás formas morfológicas como manchas en las patas, ojos, hocico, orejas, lomo, etc. de tal modo que cada rebaño se podía  identificar perfectamente tan solo con mirar el color de la capa de sus animales… cosa que reforzaban con otro uso perdido, el de afinar los cencerros y esquilas de los ganados. Ya que aprovechando las horas muertas de los días de lluvia y nieve, los pastores afinaban estas campanillas que colgaban de algunas que no todas sus cabras aplicándolas plomo derretido u horadándolas hasta lograr un sonido lo más parecido entre todas ellas. Sonido que junto al color de la piel hacían a los rebaños visibles e identificables aún estando lejos de ellos a una gran distancia, facilitando considerablemente las labores de seguimiento y vigilancia.

Detalle de la enramada para las cabras u ovejas de una quintería.
Tanto a las cabras como a las ovejas había que cerrarlos cada noche en diferentes tipos de corrales, dependiendo de la temporada y por lo tanto del pasto o tierras que estuvieran dispuestas para su aprovechamiento. Así cuando terminaban las cosechas se les dejaba entrar en las tierras de labor para que se comieran la rastrojera. En estos casos cuando llegaba la noche solían encerrarlas con la “red”. Este aparejo como su nombre indica no es más que una serie de palos que se colocan circularmente hasta ocupar el perímetro justo para que en él quepa el rebaño, una vez clavadas las estacas o palos, se tiende en él una alargada red que impide la entrada de depredadores o la salida de las reses. La intención verdadera de esta costumbre además de aprovechar los huertos baldíos, era la de abonar las tierras de labor, por eso cada noche se instalaba la red en un lugar diferente para de este modo ir estercolando los campos de cultivo de forma equitativa. Como esto se suele realizar a mediados y finales del verano, los siervos-as o pastores-ras que las guardaban solía dormir en el centro, en medio del rebaño, mientras que los perros lo hacían en el exterior, por lo que no precisaban más que una buena manta de Pedro Bernardo para pasar la noche. Privilegio que no podían permitirse en los rigores del verano en la alta sierra, ni entre los hielos invernales en las dehesas. Por ello los pastores de la jurisdicción arenense crearon una serie de construcciones apropiadas para el óptimo aprovechamiento de los abundantes recursos naturales que estas tierras ofrecen a quienes saben aprovecharlos. Construcciones que lejos de ser sencillas o incuso elementales, muestran una rica y variada gama de posibilidades constructivas que varían totalmente en función del tiempo de permanencia, el uso y los recursos disponibles en el entorno inmediato de las mismas. Por eso nos encontramos ante un panorama arquitectónico diverso capaz de organizar espacios tan opuestos como complementarios, abarcando todos los estratos y ecosistemas que van desde el clima puramente mediterráneo del fondo del Valle del Tiétar, pasando por diferentes microclimas y el atlántico de las montañas y navas a medida que ascendemos, hasta culminar con el clima alpino serrano de los frescos pastos y cumbres de la Sierra de Gredos. Lugares que ofrecen diferentes oportunidades a los pastores dependiendo de los frutos que ofrecen las estaciones o de la morfología propia de estas caprichosas tierras. Transformando parajes agrestes en explotaciones ganaderas perfectamente integradas en el paisaje con el que se han venido manteniendo en perfecta sintonía desde hace siglos. Construcciones que han marcado el carácter y sobre todo el paisaje de estas tierras desde las tradicionales quinterías del valle, a las remotas e inaccesibles majadas serranas.

Otro detalle de la parte porticada o cubierta de
una enramada en una quintería arenense
Las Quinterías eran en realidad un tipo de explotación agropecuaria a gran escala organizado de la siguiente forma; en primer lugar tanto la tierra como las instalaciones eran propiedad de un “rico hombre” al que todo el mundo llamaba “amo”, como al resto de su familia. Para trabajar las tierras, cosechar, guardar los rebaños, etc. tenían empleadas a varias familias que trabajan con diferentes tipos de contrato dependiendo de las funciones que fueran a desarrollar en la quintería. En primer lugar estaba el capataz con su familia que era el encargado de que las cosas realmente funcionasen… y después estaban los pastores a los que solían dar alimentos –aceite, vino, pan, legumbres…- el alojamiento, y se les permitían criar su propio rebaño junto con los ganados del amo, de los que también tenía a veces alguna parte como pago a su trabajo. También les daban un poco de dinero y a veces algo de ropa… generalmente los pastores que trabajaban para otros solían ser hombres solteros jóvenes que empezaban de este modo a hacerse con su propio “pico” de cabras, ovejas…también los había mayores muy mayores, tan mayores como huraños se hacían solos en las montañas “balando con la retama”… pero entre ellos siempre había alguno casado cuya mujer, junto a la mujer del capataz y otras de los gañanes… se encargaba de convertir la leche en el delicioso queso que se iba almacenando sobre baldas de encina o roble, en las frescas queseras, hasta curarse…

Tampoco solía faltar a sus funciones el porquero, que trabajaba de forma similar al resto de los pastores, cobrando un poco menos que ellos. Este además solía encargarse de remondar  o podar las encinas, alcornoques, robles, quejigos, jaranzos, fresnos, madroños, enebros… así como avarearlos para alimentar a las grandes piaras de cerdos bermejos que en estas tierras reciben el nombre de coratos. Esto lo solían hacer en la otoñada, cuando faltaba el alimento y se pueden podar los árboles sin dañarlos demasiado. Las hojas de las ramas caídas al suelo eran devoradas por el ganado, y una vez limpias las ramas se amontonaban para hacer cisco y carbón –carbón cuyos excedentes eran vendidos por el propio montanero para su propia y merecida ganancia personal tas dar al amo su parte…- Si en la quintería había muchos ganados a los pastores les organizaba un ramadán o encargado de organizar los pastos y el pastoreo de la forma más apropiada. Junto a estos trabajadores de los ganados estaban los que se encargaban del trabajo agrícola en el campo con la yunta de vacas o bueyes. Estos también vivían en la quintería colaborando con el resto siempre que fuese necesario como pasa en cualquier tipo de sociedad organizada. A estos habitantes de las quinterías, hay que añadir otros y otras que pasaban temporadas residiendo en dichas instalaciones contratados a jornal, con alojamiento y comida durante el tiempo que tardaban en recoger los frutos y cosechas… sistema y costumbres que hunden sus raíces en las antiguas quintas o villas romanas, dedicadas a la explotación a gran escala de grandes extensiones de tierras, alejadas de las ciudades y aldeas, en medio de ninguna parte… sistema de aprovechamiento que se ha mantenido a través de los siglos sin apenas variaciones incluso sus emplazamientos, como pasa con las quinterías esparcidas por él área de los Llanos, cercano a las minas de Castañarejo explotadas hasta su agotamiento por roma… Todas las quinterías se construían en grandes extensiones con condiciones agropecuarias optimas que se concedían a nobles, actuando estos como colonos encargándose de reorganizar las tierras concedidas a medida que iban quedando desiertas o bajo su control su antiguos propietarios, las diferentes culturas indígenas ibéricas en nuestro caso los Vetones. Por eso y al menos desde entonces toda quintería que se precie tiene que contar con todo lo necesario para ser totalmente autosuficientes en todos los aspectos, incluyendo el religioso, ya que en las grandes quinterías siempre se construía una pequeña ermita en las inmediaciones, como era el caso de las quinterías de los Llanos, la ermita de la Aldea de Arango, la ermita de San Andrés en las quinterías de Los Veneros o la del mismo nombre en las majadas que había en lo que hoy en Santuario de San Pedro de Alcántara, todas ellas a escasos kilómetros de Arenas de San Pedro.

Algunas Quinterías disponían incluso de una plaza de toros propia en
las que celebraban y celebran sus propios festejos taurinos. Todas
están hechas con piedra como el coso de la fotografía, situado en el
término municipal de Mombeltran.
El objetivo de estas industrias rurales llamadas quinterías no era otro que el de sacar el mayor rendimiento a tierras, plantas, animales y empleados, invirtiendo los amos en ellos el mínimo esfuerzo exigible, recibiendo a cambio grandes beneficios.El origen etimológico de la palabra quintería viene del vocablo latín “Quintus – Quinta” ya que en  sus orígenes las quintas romanas eran ocupadas por una serie de colonos que pagaban una quinta parte de sus beneficios por la renta de las tierras e instalaciones en las que trabajaban y utilizaban. Pero una vez asentada y en plena producción las quintas romanas se transformaban en meros negocios en los que poco o nada importaba la vida de los colonos o trabajadores. Invirtiéndose los papeles entre trabajadores y amos poco a poco, dejando de pagar rentas los primeros para servir a los amos a cambio de recibir una remuneración más que escasa, limitándose en muchos casos a su manutención y alojamiento mientras pudieran trabajar a destajo para sus amos. Curiosamente estos trabajadores, que no colonos, de las quinterías solían descansar uno de cada cinco días en vez de pagar una quinta parte de sus beneficios… En el momento que no podían trabajar por ser mayores o caer enfermos, eran despedidos y reemplazados por otros nuevos quedando estos a merced de los familiares, la caridad o en la más absoluta e injusta de las indigencias, que era lo más común, ante el despotismo de la mayoría de los propietarios de las quinterías, que no de todos, ya que también conozco casos en los que los amos actuaron con sus trabajadores de forma justa y cariñosa, aunque estos eran los menos. Amos que acudían a sus quinterías en pos de recreo vacacional y ya de paso a recoger los beneficios y ver cómo funcionan las cosas en sus tierras… y que preferían contratar a familias en vez de individuos ya que de este modo evitaban tener que cuidarlos de ancianos al quedar estos bajo la protección de sus familiares más directos, heredando los hijos e hijas los puestos de trabajo de sus padres. Hijos que además tenían que colaborar en cualquier momento en lo que hiciera falta a cambio de nada. Por ejemplo cuando venían los amos de visita se veían más o menos en la obligación de servirlos en sus casas, sobre todo las mujeres. Encargándose de la limpieza de la casa grande, de guisar, lavar la ropa… Del mismo modo a los mocitos les tocaría cortar leña, preparar los caballos, acompañar a las cacerías a lo señoritos… Pues en las quinterías los hombres y las mujeres debían y sabían hacer de todo un poco, siendo normal que además de los pastores y agricultores hubiera entre ellos algún que otro mañoso  carpintero, herrero…

Ruinas monumentales del Molino de Barcapeña
situado entre las dehesas más bellas del partido
arenense...
En todas las quinterías destaca sobre manera del resto de construcciones la casa principal que ocupa el centro y mejor emplazamiento de todos los demás edificios. Estas casas de los amos están construidas con buenas trazas y muros de piedra y ladrillo, techadas con teja de barro en la que no faltan ventanas, puerta principal y puerta trasera o de servicio. Todas estaban muy bien amuebladas con gusto y comodidad, siendo lo normal que tengan dos incluso tres plantas más el sobrao o desván y en la fachada principal sobre la puerta de entrada un balconcito o mirador. Su interior se distribuye de forma similar a las viviendas urbanas, sin que en ellas haya instalación alguna para los animales domésticos, ya que estos se acomodan cada uno en su propia cuadra fuera e incluso lejos de la casa principal. En esta casa como decía solo vivían los dueños de las tierras cuando acudían de visita, el resto del tiempo estaban vacías o desocupadas. Anexas a la casa principal se suelen distribuir las demás casas para los diferentes empleados. Estas casas son todas de una sola planta con un sobrao que hace las funciones de sequero y almacén… siendo común que dentro de algunas de ellas hubiera una cuadra para guardar a la acémila. Nada más entrar a ellas se accede a una sala amplia que recibe el nombre de cocina o estanza en que no falta una buena chimenea con su gran campana y las latas en las que secar las carnes de la matanza. Completan el ajuar uno o más escaños de madera de castaño, una mesa, algunas sillas, tajos y alacenas en la que colgar los pocos cacharros para guisar y comer… algunos tenía una cómoda en la que guardar la ropa. De la cocina se accede a las alcobas que no suelen ser más de tres por casa y familia. Una de ellas la más grande era en la que dormía el matrimonio, en ella además de la cama, solia haber el aguamanil, y las arcas en donde guardar mas ropa, sabanas y mantas… estas familias solían ser numerosas, por lo que generalmente dormían varios miembros en cada una de ellas distribuyéndose en ellas según sexos y edades… Casas variaban en cuanto a tamaño, capacidad o comodidad, que como era lógico se ocupaban en función del “rango” y número de miembros de cada familia. En alguna de estas casas o pegado a sus muros externos en un lugar resguardado del viento se construía el horno para cocer el pan y demás alimentos, todo él con losas de granito, enfoscado con greda y barro “colorao”.  Hornos a los que adosaban los gallineros para que de este modo las gallinas pusieran más huevos en el invierno… A la entrada de todas estas casitas y en la de la casa principal no faltaba un trozo de acera empedrado con cantos rodados, técnica de solado que también se utilizaba para lucir los suelos de la planta baja de la viviendas, cuadras, corrales, etc. Haciendo con los colores y formas naturales de los cantos rodados, dibujos geométricos con formas florales y astrales… arrimados a la pared sobre el empedrado, junto a las puertas de las casas los tradicionales poyos en los que realizar otras tareas cotidianas como el coser, machar el lino, cribar garbanzos, escurrir la calabaza, afeitarse… otra cosa que solía haber incrustado en la pared exterior junto a la puerta de la vivienda, era un espejo en el que se acicalaban las mujeres y afeitaban los hombres, junto a la aldaba en la que se ataba la caballería. Esto de incrustar los espejos en la fachada de las casitas en las quinterías, se hacía así porque los espejos eran considerados piezas de lujo al ser generalmente caros, siendo esta la mejor forma de conservarlos sin que se rompieran al estar fijados a la pared con un mortero especial hecho con cal de la tierra.

Coratos montaneando en las dehesas de Arenas
Tanto la casa del amo, como las demás casitas de los quinteros en su conjunto solían dar una forma conventual al recinto, al estar dispuestas unas adosadas a otras formando rectángulos o cuadrados en cuya parte central se abre un gran patio con un pozo o fuente en el centro. A este patio central dan la mayoría de ventanas y casi todas las puertas de entrada de las casas viviendas, situando las ventanas exteriores a mas altura y en menor número como forma de defensa ante posibles intrusiones no deseadas… complementando el recinto principal donde están las viviendas, no faltaban otras menores como algún casillo, el lagar, o la bodega. Los cuales actuaban como despensas o almacenes en los que guardar alimentos, útiles de trabajo o las cosechas más valoradas… Junto al pozo no faltaban los fregaderos y lavaderos de grandes dimensiones labrados en piedra y con diferentes usos, ya que no solo servían para lavar la ropa, sino que en ellos también se lavaban la lana antes de hilarla, se curtían pieles o abatanaban los paños… y el o los tendederos en los que se secaban las cosas lavadas al sol… Completan este conjunto principal una con pequeña ermita cuyo amaño y ornamentación dependía del poder económico de cada amo. Conjunto arquitectónico en el que había espacio suficiente para realizar todas las labores agropecuarias propias del invierno. Como por ejemplo arreglar o preparar los aperos de la labranza, domar nuevas vacas para las yuntas, bordar los ajuares tradicionales, hacer cestos o banastos de mimbre y tiras de castaño o afinar los cencerros y esquilas de los ganados o ponerlos el badajito de encina o de hueso…

A cierta distancia de las viviendas se disponía el resto de construcciones ganaderas y agrarias. Las zajhurdas por ejemplo solían estar cerca de una corriente de agua dónde poder hocear los cerdos a su antojo y bañarse… y donde no molestase su fuerte olor. Del mismo modo pasaba con los corrales de las cabras y ovejas. Los corrales de estos animales solían estar cerca de las zahurdas, pero en lugares altos más “oreaos” o ventilados y resguardados del húmedo viento del poniente, orientándolos al benigno viento del mediodía, siempre a cierta distancia de las viviendas, pero lo suficientemente cerca como para no perderles de vista. Estos corrales de las quinterías son construcciones sólidas con muros de piedra, cal y cascajos estando generalmente cubierta y cerrada más de una tercera parte del mismo con una techumbre de teja igual que las viviendas, el resto es el corral propiamente dicho. Estos corrales suelen ser de  planta cuadrada o rectangular siendo de grandes dimensiones para albergar a todo el rebaño y protegerlo de los rigores del invierno. Además disponen de un pequeño corralito más cómodo y protegido destinado a las crías, a estos corrales se les llama parideras, chiveras, borreguiles o berengones… estos berengones tienen una puertecita de entrada o portera del tamaño justo para permitirles la entrada a los chivos o corderos, impidiéndoselo a los adultos, ya que en ella encontraban un refugio en caso de que algún adulto les quisiera dar un topetazo.

Chozo principal reconstruido en el Nogal del Barranco Guisando
En estas chiviteras se metía a los cachorros de los mastines para que se “hermanasen” con las crías de las cabras y ovejas, hasta creerse uno de ellos protegiéndolas con sus vidas en caso de aparecer los lobos. Por eso los perros no precisaban de instalación alguna para resguardarse, ya que estaban acostumbrados a dormir siempre allá donde durmieran  “sus hermanas”. Pero no todos los perros dormían en los corrales, ya que los mejores solían dormir en los portales de las casas de sus amos quienes les cuidaban personalmente con mimos y aprecio. Además del corralón y el berengón dentro de estos grandes corrales de las quinterías había otro corralito más aparte para mantener alejados del resto del rebaño a los machos, evitando de este modo que cubrieran a las hembras a “destiempo”, otros optaban por “enmandilarlos”. Los comederos de estos corrales suelen estar labrados en piedra, o bien hechos de obra con ladrillos enfoscados o también se hacían con firmes troncos de enebro, castaño, encina… ahuecados para tal fin con la azuela y que reciben diferentes nombres dependiendo de la localidad o del tamaño de los mismos. Así en Arenas de San Pedro por ejemplo se llama “tornajo” a un tronco barquiforme de gran tamaño, diferenciándolo de la “gamella” que suele ser igual pero de menor tamaño, aunque ambos sirven como comederos para los animales domésticos. A la entrada de los corrales pero en el exterior y a cierta distancia unos de otros se disponían los abrevaderos y los saleros, todos labrados en granito y de grandes dimensiones que como en los casos anteriores varían. Incluso las quinterías que están pegadas a las orillas del Tiétar o a la vera de los afluentes más importantes como pueda ser el río de Arenas, invertían mucho tiempo y esfuerzo construyendo este tipo de abrevaderos, y eso a pesar de que las reses podían beber directamente el agua de estos ríos, sin embargo los buenos pastores procuraban para sus reses las “mejores aguas” dándosela en abrevaderos hechos especialmente para tal fin. Hay un romance llamado La herencia del pastor que en cierto momento dice: “… con Dios, con Dios mis ganados, que erais lo que más quería. Sos busquen un pastor nuevo, y sos de mejor pastoría, sos lleve a las altas cumbres, a beber del agua fría…” O estas otras coplillas sacadas también del cancionero tradicional arenense y que dicen así; “Ya no bebe mi caballo, aguas de ningún venero. Selo daba mi serrana, en un calderillo nuevo” “Una palomita blanca, como la nieve, la otra tarde bajó al cauce, del agua a beber. Por no mojarse la cola, la muy señora, abrió las alas y se fue”… Y es que el agua del mismo modo que el alimento era algo muy importante, por eso en ninguna explotación ganadera o quintería de la jurisdicción de Arenas de San Pedro ha faltado jamás un lugar en el que los animales domésticos tuviesen agua de calidad o al menos limpia. Uno de los ejemplos más interesantes en el que podemos contemplar varias decenas de este tipo de abrevaderos lo encontramos en la anteriormente mencionada Majada de la Dehesa de las Monjas, situada en las faldas del Arbillas junto a uno de los arroyos más puros y cristalinos de la sierra, arroyo en el que de forma paralela aún podemos ver los pilones perfectamente tallados, junto a los restos de un impresionante conjunto de majadales, demostrando con esto que a pesar de disponer de las mejores de las aguas los pastores serranos se transformaban en buenos canteros que daban forma a las piedras para que de ellas abrevaran en vez de hacerlo directamente del arroyo invirtiendo muchas horas extra de trabajo duro.

Vista de la estanza de un chozo principal con el poyo corrido en el que se
comía y dormía a la noche...
Las vacas como decía al principio no precisaban de cuadras en las que guarecerse, ya que viven en el campo donde también saben guarecerse, ni tampoco precisaban de abrevaderos especiales en los que beber… ellas solas saben encontrar su alimento así como las mejores aguas, por eso tan solo necesitan un poco de comida extra para luchar contra el frío unos pocos días al año y sal. Por eso en ninguna quintería faltaban los  grandes “saleros” de forma ciclópea. Sin embargo para poder separarlas, curarlas, o herrarlas disponían de una aguja o de un cepo. La aguja no es más que un gran y tosco pilar de granito con un agujero en su parte superior, por el que se pasa una cuerda una vez que se le ha atado a un extremo de la misma las cuernas de la res con el fin de inmovilízala. Utilizando la aguja además como forma usual en la que sujetar y descabellar los terneros, vacas o toros, cada vez que se necesitara sacrificar alguno de ellos para su consumo o venta. El cepo por el contrario es el mismo sistema inmovilizador de los contaderos, esto es un pasillo muy estrecho en el que poder inmovilizar al animal para poder manejarlo sin que este pueda ofrecer resistencia alguna.

Estanza de un chozo principal habitada, con una
mesa - cama y el solombrajo para evitar el fuerte
sol de la sierra en el estío.
A estas construcciones tradicionales de las quinterías las complementaban con otras obras como pudiera ser la gran era en la que ventear la parva de los cereales o trillar las mieses. Estas eras están situadas todas en lugares altos en los que suele “dar el aire a todas horas”. Las hay de diferente tamaño y capacidad en función de su productividad o dependiendo del uso de las mismas… todas son circulares y están enlosadas cuidadosamente con grandes lajas de granito rematándolas con un bordillo en todo su perímetro de grandes piedras a veces labradas. En estas eras además se separaba el “cascajo” de las judías, garbanzos, algarrobas, etc. dándolas con la “arniella”.  Instrumento agrícola que dio nombre a uno de nuestros más queridos y emblemáticos ríos y monte, el Arniellas o Arbillas de Arenas… tampoco faltaba en una quintería arenense que se preciase el colmenar. Para ello construían un corral circular con un muro de piedra suficiente alto como alejar hocicos golosos lejos de las viviendas y de las cuadras, a poder ser en medio de un prado de siega por el que no pastasen los ganados. Dentro de ese recinto se clavaban tantas estacas como colmenas fuesen a ponerse, y se colocaban una serie de piedras a modo de base o cimiento sobre la que se asentaban las colmenas atándolas a las estacas se para que no las tumbase el viento o un goloso inesperado… colmenas que estaban hechas generalmente con troncos de castaños huecos, o con la corcha de los alcornoques haciendo de ellas piezas fáciles de manejar y sobre todo de transportar en la trasterminancia. En algunas quinterías se instalaban los gallineros cerca de las cuadras o de las zajhurdas, en los que era común criar además de gallinas y pollos, parros, pavos, pichones y conejos. Cuidándose muy bien de no dejar rendijas en las paredes y puerta por las que pudiera entrar la gineta o la garduña… a veces algunas de estas aves de corral como los pavos o algunos gallos, no dormían en los gallineros sino que lo hacían en las ramas altas de los árboles cercanos… mientras que otros como los parros si podían les gustaba más dormir cerca de una laguna o corriente de agua, cosa que se les permitía siempre y cuando no hubiera algún depredador natural merodeando por los alrededores.

El interior de los chozos la única luz que entraba era que
pasaba a través de la puerta y las rendijas de los muros.
Volviendo a las cuadras de las quinterías decir que generalmente suelen disponer de dos plantas, la baja para uso ganadero y la superior usada como almacén, ya que servía para ir almacenando todos los productos y cosechas como el heno o la paja para alimentar a los ganados en el invierno cuando falta la hierva fresca. Habiendo en algunas de estas construcciones una característica propia, ya que en ocasiones los suelos de estas segundas plantas están realizados con varas de mimbre trenzadas del mismo modo que las cestas, permitiendo pasar el aire libremente entre una planta y la otra, actuando como “sequeros” en los que secar los pimientos, las cerezas, higos, melocotones… en vez de ser pisos hechos de recia madera como el resto de los suelos de las segundas plantas. También en ocasiones a estas segundas plantas no se accede desde la primera por el interior. Sino que se hace por el exterior y gracias a una escalera de mano hecha a medida para dar al acceso a dicha segunda planta a través de una pequeña puertecita o ventana grande. En ocasiones estos almacenes eran insuficientes por lo que construían en medio de los prados de siega casillos para este fin. Estos casillos son rectangulares de unos cinco metros de frente por más de diez de lado como mínimo.  Todos están hechos en pendiente, teniendo la única entrada por la parte más elevada del terreno. Algunos tienen dos alturas, sin embargo la mayoría presenta una sola planta, pero al estar sus cimientos muy escavados y además en pendiente su capacidad interior es mucho mayor de lo que pueda parecer a simple vista. En estos casillos además se solían dejar los aperos como pudieran ser arados, rejas, etc. además de tener una parte acondicionada como corral para guardar la caballería sin que pisara o comiera la hierba almacenada… e incluso con un fogueril –lugar en el que hacer una lumbre para guisar o calentarse sin riesgos-  en una esquina para dormir e ellos en caso de ser necesario. Como lo era cuando se estaba segando, arando o te pillaba una tormenta o nevada a destiempo… Cerca de los corrales , zajhurdas, era, horno y lavadero, protegido por un muro de piedra con su entrada o “portón” estaba el huerto con los árboles frutales, regados con el agua conducida gracias a los canales labrados en la tierra o en la dura piedra madre sobre el terreno, desde los arroyos o corrientes cercanas… canales que antes de dejar sus aguas regar el surco de los sembrados, se solía remansar en las albercas y pilones labrados en granito capaces de almacenar grandes cantidades de agua para usar cuando se fuera preciso. A veces en estos pilones y albercas se llevaban peces del río como las truchas, barbos o cachuelos donde se criaban para recrearse en su contemplación hasta que una vez bien cebados les sirvieran de almuerzo. Algunos pastores iban más allá en este intento, ya que cuando subían a los altos puestos y majadas de la sierra pescaban en las gargantas algunas truchas, truchas que soltarían en alguno de los charcos aislados que quedan en la alta sierra, y que del mismo modo que las albercas actuarían como piscifactorías naturales en los que engordarlos para después comérselos o venderlos a buen precio en los pueblos del partido. Construcciones todas hechas a conciencia y pensadas para perdurar en el tiempo como han venido durando hasta nuestros decadentes días. Incluso los chozos tan simples como funcionales construidos en las dehesas de las quinterías y usados como refugios en caso de necesidad se enfoscaban por fuera y por dentro concienzudamente, cubriendo todas las rendijas de los muros del chozo, con una mezcla de barro y cal que impedía el paso del aire. A diferencia de los chozos serranos del estío, a los que no se enfoscan los muros, dejando rendijas por todas partes por las que circular el  aire… y de este modo mantenerse frescos en plena torridez estival o cálidos en las frías noches del invierno.

Detalle del entramado en espiral de los "rollos" de enebro que sujetan la
cubierta vegetal de los chozos, de tal modo que impiden el paso del agua de
lluvia, al tiempo que permite la salida del humo...
Los chozos y cobachos son sin lugar a dudas la construcción más característica de estas tierras. Sus formas de construcción, materiales, usos o emplazamientos en muchos casos han perdurado durante miles de años, siendo utilizados y reutilizados por todas y cada una de las diferentes culturas llegadas e instaladas en estas tierras desde hace más de tres mil años. Continuidad que se debió a la funcionalidad práctica de estos elementos constructivos tradicionales. Aportando como es lógico cada una de las sucesivas culturas humanas su impronta en estas construcciones que forman parte de nuestra cultura tradicional… Siendo en los pueblos de la vertiente norte de la Sierra de Gredos la construcción urbana característica hasta bien entrado el siglo XX. Sirvan como ejemplo los magníficos ejemplos de los chozos de Navalosa… Sin embargo estas viviendas en la vertiente sur de Gredos siempre están asociadas al ámbito agropecuario forestal, en ningún caso son representativas de las construcciones usuales en los cascos urbanos, ya que para los serranos son solo hábitat temporales donde pasar el verano, frente a la estabilidad de las casas de los cascos urbanos y las grandes quinterías hechas con piedra, ladrillo y tejas para resistir los inviernos.

Detalle de los muros de los chozos principales en los que
podemos ver la utilización de grandes piedras naturales  
Por eso es el momento de hablar de las construcciones pastoriles de verano, las tradicionales majadas o puestos. La construcción principal de las majadas es el chozo que presenta diferentes formas dependiendo de las funciones para las que se construían. El uso de los mismos se remonta a tiempos prehistóricos, ya que son construcciones circulares carentes de ángulos o esquinas, lo indica su primitivismo, con cubiertas vegetales en cuyo interior era normal la convivencia entre hombres y animales. Siendo su construcción y detalles arquitectónicos sencillos, prácticos y sobre todo funcionales como viviendas temporales que eran. Tras elegir el lugar apropiado se empezaba por acotar una amplia zona protegiendo con muros de piedra de más de un metro de altos, a veces reforzados por una empalizada de ramas. Dentro de este perímetro se establece el lugar que ha de ocupar el huerto, los árboles frutales, el colmenar, la enramada, el horno, etc. En el centro de dicho área se cavaba los cimientos para el chozo principal de forma ovalada con sólidos muros de piedra de más de un metro y medio de alto desde los cimientos y techado por un entramado de “rollos” de enebro entrelazados de forma cónica dando altura más que suficiente para estar de pié dentro de ellos. A estos rollos los dejan una serie de ramas con forma de ganchos, que en realidad hacen las veces de perchas en la que colgar todo tipo de enseres, herramientas, etc. Cubren los rollos de enebro exteriormente con capas de piornos que van “tejiendo” desde la base y muros del chozo hasta la parte superior o cúspide dejándola sin cubrir del todo pero protegida con una, o varias losas de piedra para impedir que el viento se lleve la cubierta vegetal y por otro lado permitir la salida de parte del humo. Ya que en el interior pegada en los muros solía haber un lugar adaptado para hacer la lumbre, aislando las chispas y llamas de la cubierta vegetal con lajas de piedra dispuestas para tal fin… en el interior del chozo solía haber un gran pollo de piedra que hacía las veces de mesa, silla, cama, taller… y en el extremo opuesto a la lumbre el o los catres o lechos, cuyos cabeceros y patas estaban  hechos con sólidos y toscos troncos de pino, somier de piorno y cochón relleno de la hoja del maíz… sobre el que dormían directamente cubriéndose con una o varias mantas de buena lana. Algunos chozos eran lo suficientemente espaciosos por dentro que eran divididos en dos partes, una mitad dedicada a cocina, almacén y sala de estar. Y la otra mitad con un altillo en el que se disponían las camas y bajo el que se instalaba el caballo, burro, mula, vacas o bueyes de las yuntas del mismo modo que se hacía mil años antes de Cristo, en tiempo de los vetones. Estos chozos grandes además tenían en su interior uno o dos pilares de madera o piedra para sujetar la techumbre ovalada más que circular de la mayoría de los chozos.

Otro chozo principal que utiliza parte de una gran
formación rocosa natural como parte de sus muros
Todos los chozos principales tienen una única entrada careciendo de ventanas, salvo contadas excepciones. Pero antes de acceder a ellos hay que pasar por la “estanza”. La estanza es en realidad otro chozo que hace las funciones de cocina y sala de estar pero que está sin techar, esto es solo el muro con una puerta de entrada que impedía el paso de los animales domésticos a la estanza y vivienda, siendo sus muros de piedra exactamente iguales a los muros del chozo, a veces se accedía a él por unas rudimentarias escaleras hechas con grandes lajas de granito, con el mismo fin de impedir el acceso de cabras, ovejas, perros o cerdos a la vivienda. Sin embargo y a pesar de no estar techadas o cubiertas, se las ponía un “solombrajo” con cuatro postes que cubrían con ramas de roble, aliso o castaño para dar sombra ala estanza. Ella que en ella era donde realmente se hacía la vida y el fuego para guisar los alimentos diariamente, dejando la lumbre del interior de los chozos para casos en los que no fuera posible utilizar la lumbre más segura de la estanza… situando el hogar en el ángulo opuesto al chozo. Tampoco faltaba en las estanzas una enorme losa de piedra que hacía las veces de mesa y un poyo corrido arrimado a ella pues era el lugar en el que las familias se reunían para comer o cenar. En los muros de las estanzas y también en los del interior de los chozos, solían hacer hornacinas que hacían las veces de improvisadas alacenas, en las que por ejemplo ponían los candiles y teas con las que se iluminaban en las oscuras noches sin luna del monte. Y a la noche, mientras que el tiempo lo permitiera las estanzas se convertían en las  habitaciones donde dormían los adultos desde donde era más fácil vigilar o estar atentos ante cualquier ataque de los lobos, dejando el interior de los chozos como almacén en el que guardar las cosas más valiosas y como alcoba en la que durmieran más seguros los más pequeños de la familia y las mujeres.

Detalle de una cerradura de los chozos principales, una de las muchas
herencias bereberes impresas por estas tierras, hecha íntegramente de
madera y do forma artesanal por nuestros pastores serranos .
No muy lejos del chozo principal se construían tantos chozos de las mismas características pero más pequeños, ajustando su número al número de pastores o criados contratados. Chozos que no se diferencian del principal más que por ser de menor tamaño, por lo demás son exactamente iguales, pero de uso podríamos decir individual. Y a cierta distancia de estos chozos más pequeños pero nunca lejos,  se construía la zahurda, cochiquera o porqueriza. Dependiendo de la presión de los depredadores naturales las zahurdas en las majadas o puestos serranos se construían de dos formas diferentes. Cuando el lobo andaba cerca se hacían cobachos, los cobachos como dije anteriormente son chozos semienterrados que en vez de tener la cubierta vegetal, tienen cúpulas de grandes losas perfectamente colocadas, con una puerta de madera igual que la de los chozos vivienda. Ante el cobacho de la zajhurda tampoco falta la estanza circular en la que el vez del poyo y las mesas, se labraban comederos y abrevaderos en piedra o se colocan tornajos de madera. Si el peligro de los lobos andaba lejos se construían pequeños chozos con el suelo enlosado con grandes losas del mismo modo que los chozos principales y un sistema de drenaje para alejar las aguas de lluvia y torrentes. Curiosamente si unimos las plantas de los chozos o las de las zajhurdas con sus respectivas estanzas y las mirásemos desde el aire veríamos que la planta estas construcciones tiene la forma de un gran 8, forma que también tienen causalmente los cimientos de las viviendas y los de los moradas de los muertos o túmulos vetones, algunas de cuyas mejores muestras se encuentran en las necrópolis de castros abulenses como el de la Osera entre otros… construyendo las moradas de los vivos y las de los muertos con formas similares como moradas que son al fin y al cabo. Lo que me hace plantear si dicha forma no guarda sentido con el significado simbólico e incluso cabalístico del número ocho…

Majada de la Dehesa de las Monjas en los altos del Arbillas, arriba la
vivienda y bajo ella la cuadra para la caballería o vacas de carga...
Otra construcción que básicamente era igual a los chozos vivienda y las zajhurdas eran las tradicionales queseras de las majadas. Estas se construían siempre cerca o sobre una corriente continua de agua limpia y fresca como pudiera ser el agua de una fuente o el sobrante de un pequeño arroyito. Las queseras eran básicamente habitáculos que por fuera no se diferenciaban de un chozo normal, pero por dentro si ya que como decía se construían sobre la corriente de agua haciendo para ello en el empedrado suelo, un pilón y su correspondiente canal para que el agua no cesase de correr si inundarlo o embarralo todo.  Esto se hacía con el fin de refrescar el sombrío interior de las queseras, bajo el abrasador sol de la sierra en el verano. Capaz de estropear los quesos si no fuera por estos ingenios autóctonos. En el interior sobre la corriente de agua y el piloncito, sujetas a las paredes se colocaban baldas de madera en las que se colocaban los quesos para curarse. De este modo el suero que desprenden los quesos tiernos caía sobre la corriente manteniéndose limpios y secos en todo momento. Baldas que sujetaban con palos que metían entre las rendijas del muro sin orden o precisión más que la justa para mantener el equilibrio de dichas baldas o tablas. Mientras que los quesos ya curados se dejaban en otras baldas dispuestas en los muros interiores de las queseras. Otra diferencia de las queseras respeto a los chozos vivienda y zajhurdas es que en ocasiones carecen de estanza. Ya que en las queseras solo se curaban y almacenaban los quesos que se hacían en el chozo principal cerca de la lumbre e intentando mantener las manos lo más frías posibles… y de ellas solo salían los quesos una vez curados antes de ser consumidos o vendidos en los mercados locales de la jurisdicción arenense un día a la semana. El suero que iba soltando la leche en el primer proceso del cuajado, era guardado y dado como nutritivo sobre alimento a los animales domésticos sobre todo a los cerdos o a los perros.

Chozo quesera con una fuente a la puerta además del sistema de canales
internos. Las ramas que se colocaban sobre la techumbre de la mayoría de
los chozos en general, cumplían una doble función, ya que al tiempo que
sujetaban los piornos, impedían que se subieran a ellas los animales,
hundiendo las frágiles cubiertas de estas construcciones serranas.
No muy lejos de los chozos vivienda, las zahurdas y las queseras, en un lugar bien ventilado se levantaban las cuadras o enrramás para guarecer las cabras y ovejas cada anochecer. Las enrramás suelen ser grandes corrales con altos muros de grandes piedras, con un solo y angosto acceso con su puerta de madera. En el interior y siguiendo todo el perímetro de estos a modo de pequeños soportales se disponían una serie pilares de piedras o de madera de poco más de un metro y medio de altura en los que se sujetaba la enrramá o solombrajo, con una doble intención ya que por un lado protegían de las lluvias o del sol excesivo a los animales y por el otro formaban tal empalizada que era imposible entrar en ellos y más aún salir. Con este efectivo y sencillo sistema los pastores podían estar seguros de que las cabras inquietas no se escaparían, ni que los lobos se atreverían a entrar. A estos corrales o enrramás en algunos pueblos del partido se les llama de diferente forma como por ejemplo berengones guisanderos o los puestos candeledanos entre otros. En todas las enrramás hay un lugar para guardar a los chivines, este suele ser casi una cueva que se cierra con una gran losa de piedra, de este modo los pastores podían despreocuparse de ellos todo el día hasta regresar al atardecer con las madres, momento en el que quitaban la losa que cerraba el cobacho para que mamasen y pasaran la noche calentitos hasta la mañana siguiente. En las majadas no faltaban tampoco pilones para fregar, horno para cocer el pan u otros alimentos, como la era, el colmenar… no así os casillos. En las majadas serranas la hierba segada se almacenaba en los tradicionales almiares que protegían con un sólido muro de piedra circular a veces sin puerta y colocando en su parte superior unos piornos y unas lajas de piedra para proteger la hierba segada del agua de lluvia.  

Quesera situada a las orillas de la garganta Pelayos en
el término municipal de Guisando
Cada año semanas antes de desplazarse definitivamente a los puestos o majadas de verano, los pastores subían a ellas para reparar los daños ocasionados por las nieves o el fuerte viento. Siendo normal tener que reparar los techos reponiéndolos con piornos nuevos, pero sin quitar los que queden, ya que de este modo el aislamiento térmico es más completo y eficaz… también tendrían que reparar muros y corrales, así como desbrozar, o limpiar los canales de agua sobre todo los que van a las queseras… aprovechando además para reparar y empedrar los caminos puentes o pasarelas que daban acceso a sus aisladas y elevadas majadas. Lo mismo hacían con las abundantes fuentes que jalonaban sus lugares pasos y veredas… Majadas que a pesar de su aislamiento lo cierto es que entre todas formaban una red muy bien comunicada entre sí. Pues por lo general de una a majada a otra no había ni un kilómetro de distancia… de tal modo que cuando en una majada había fiesta, el bullicio de la misma podía escucharse en las majadas vecinas, corriéndose la voz hasta reunirse varias docenas de familias en una majada para pasar una velada de fiesta cantando, bailando, comiendo, bebiendo y sobre todo contando, contando mil y una historias y experiencias vividas siempre en primera persona… Estas labores las solían realizar uniéndose varios pastores a “tornadía”. La tornadía consistía en ayudarse mutuamente en las mismas tareas para de este modo hacerlas más entretenidas y rápidas. Cosa que hacían también cuando había que hacer una trampa tradicional para cazar lobos sin correr riesgos llamada “Lobera”. La lobera consiste en un pozo de más de tres metros de profundidad con verticales paredes empedradas en cuyo interior se metía una res enferma, vieja o ambas cosas que haría de irresistible cebo para los lobos más hambrientos atrayéndolos hacía el fondo del  pozo de donde una vez dentro ya no podrían salir jamás. Algunas de estas loberas presentan un grado más elevado de sofisticación al añadir un muro de piedra con forma de embudo de varios cientos de metros, que ayudaban a conducir a los lobos a la trama mortal. Lobo que una vez muerto era expuesto en las poblaciones donde recibiría la gratitud de los convecinos por librarles de un depredador a cambio de unas pocas monedas…

Estanza del chozo zajhurda con la "gamella" comedero de madera de
castaño.
Entre los pastores corren mil y una historias de lobos tan terribles que solo dejaron los pies de sus víctimas, generalmente niñas o niños, dentro de los zapatos… lobos cuyos ojos rojos como el fuego eran capaces de paralizar y helar la sangre al más valiente de los valientes… además matan por el place de matar muchas reses sin comerse a ninguna tan solo bebiéndose su sangre... historias y exageraciones que se remontan a un pasado arcano y a un miedo ancestral a las fuerzas de la naturaleza representadas en estos depredadores muy capaces de abatirnos y devorarnos si quisieran, aunque esto no se haya documentado jamás. Otra cosa eran las reses, a estas si las atacaban ya que eran animales abundantes en estas sierras, dehesas y montes, de no protegerlas convenientemente podían correr el riesgo de perder el rebaño entero. Recuerdo a la suegra de Carmen Gil, una serrana de El Hornillo, cuando nos contaba como los lobos atacaban los rebaños de ovejas haciendo muchas muertes y males a muchas familias. Recuerdo una anécdota en la que ella a regañadientes junto a su padre subía a la sierra una mañana de niebla a primera hora. Cuando de repente por encima de lo que los arenenses llamamos Las Tomateras, se fijaron en las piedras y vieron que entre ellas corría un río de sangre, y según iban subiendo iban viendo una oveja muerta por aquí, otras por allá y todas piedras teñidas de rojo….” También me explicó “como se las apañaban los lobos para entrar y salir de las enrramás dando un brinco, para ello los lobos entraban saltando por los muros, luego de hartarse de sangre iban amontonando las reses muertas en el muro hasta hacer con ellas una escalera por donde saltar afuera sin más…” no solo abundan los cuentos en los que el lobo es el protagonista, ocupando siempre el papel de malo malísimo. Del mismo modo sucede con el cancionero a cuya cabeza puedo colocar el Romance de la Loba Parda… o coplas del cancionero tradicional como estas:

Una noche haciendo luna, lleve mi caballo al verde
Me le comieron los lobos, el que lo tiene lo pierde

Esta noche los lobos van en patrulla, a comerse la burra del señor cura
Esta noche los lobos van de partida, a comerse la guarra de la alguacila

Zajhurda semienterrada en la Dehesa de las Monjas
Pero lo cierto es que había más mito que realidad en todas estas atribuciones malignas de los pastores respecto al lobo. Ya que había otros depredadores mucho más perniciosos que gozaban de mejor reputación y fama –que no suerte- como el zorro, el milano o la gineta entre otros. Por eso cuando llegaban a las majadas de la alta sierra los pastores solían dejar libres a las gallinas para que picoteasen a su antojo, guardándolas cada noche en pequeños cobachos a los que no dejaban rendijas por la que se colasen comadrejas u otros mustélidos abundantes en estas tierras, cerrándolas con herméticas y grandes losas de piedra del mismo modo que a los chivines o corderillos. Estas gallinas serranas tenían un don especial para divisar y zafarse de los muchos depredadores naturales que viven en la sierra y las montañas. Sobre todo los aéreos, ya que de los terrestres como las zorras, tejones, garduñas, martas, etc. las protegían los perros de los pastores. Sin embargo escapar del ataque de los azores, gavilanes e incluso águilas reales e imperiales dependía tan solo de disponer en todo momento de un hueco en el que esconderse, o salir por patas hacía la seguridad de su gallinero cueva. Las gallinas y demás aves de corral además se encargaban también de mantener a raya a las culebras y lagartos que anduviesen cerca de la majada, ya que formaban parte de su alimentación. Con ello también eliminaban a las temidas víboras y escorpiones… El problema de estas gallinas es que a  veces alguna de ellas desaparecía durante un tiempo apareciendo después con un nutrido grupo de pollos, que contra todo pronóstico había incubado y sacado adelante ella sola fuera de la seguridad del gallinero… esto hacía que al principio los primeros días de instalarse en la majada algunas pastoras tuvieran que vigilar a las gallinas para ver dónde ponían los huevos y de este modo no perder ninguno y evitar tener que cuidar de la cuecla y los pollos en la sierra, cosa que hacían mejor al final del invierno o principio de la primavera en las quinterías. Seleccionando los mejores huevos que se colocaban en una cesta nido con heno, en la que “dormía la cuecla” saliendo unos minutos al día para alimentarse y beber hasta que los pollos rompen el cascaron, momento en el que recibían una sobrealimentación especial con el fin de que crecieran fuertes y sanos antes de seleccionar las pollitas de los pollos y subir a las peligrosas majadas.

Cobacho  cercano al camino a las Tomateras en el término
municipal de El Hornillo, a cuya estanza se accede por las
lanchas de piedras puestas a modo de escaleras...
Majadas que a diferencia de las quinterías he observado que aun teniendo todas ellas los mismos elementos arquitectónicos, lo cierto es que cada una de ellas es diferente al resto. Y eso a pesar como digo de estar compuestas por las mismas construcciones. Pues cada una de ellas se adaptaba a las características propias del terreno en el que se construyen, aprovechando los posibles inconvenientes naturales como pudieran ser grandes formaciones rocosas a su favor. Integrándolas en las construcciones y ahorrando con ello trabajo y esfuerzo innecesario. Otra de las características y diferencias de las majadas respecto a las quinterías consiste en que las primeras suelen construirse en suelo del común más que en el privado. Ya que era costumbre entre los pastores que lo necesitasen, siempre que estuviesen empadronados en alguno de nuestros pueblos, solo tenían que elegir un lugar apropiado y libre para levantar su majada. Cosa que se hacía con la ayuda de la familia y de amigos. La propiedad de la misma era usufructuaria, ya que dicha propiedad y el derecho a su uso duraba mientras sus constructores las ocupasen cada verano. Perdiéndola al segundo año de no acudir a ellas u ocuparlas, momento en el que otra familia de pastores podría ocuparla en provecho propio. No los pastos por los que siempre se pagaba poco o mucho… lo más común era heredarlas entre los miembros de la misma familia o clan familiar, recibiendo cada una de ellas el nombre propio de sus propietarios o hacedores así aparece mencionada en el libro de las Monterías atribuido a Alfonso X el rey Sabio, la Majada de Pascual Morante situada en lo que hoy conocemos los arenenses y arenalos simplemente como las Majadas. Este tipo de propiedad ha sido respetada hasta el final de los sistemas tradicionales de ganadería en el Partido Jurisdiccional de Arenas de San Pedro, conservándose hermosos e incluso monumentales ejemplos a ambos lados de la sierra, ya que los pastores de la vertiente sur solían ocupar toda la Sierra de Gredos en el verano, abandonándola tras la caída de las primeras nieves y fuertes heladas. Habiendo majadas incluso en alturas superiores a los dos mil metros de altura, como lo atestiguan algunos de sus restos… tan solo había un lugar al que pocos, muy pocos pastores se atrevían a entrar, ya que tradicionalmente era considerado una tierra maldita en el que habitaban las brujas más malas y poderosas, los más sangrientos vestiglos, y peligrosos nigromantes, junto a todo tipo de seres demoniacos con forma de lobo.

Enramada a media ladera construida íntegramente con materiales
vegetales... estas enramadas tienen todas forma circular con una
única entrada y salida
Ese lugar era la Laguna Negra, hoy Grande, actualmente uno de los lugares que tienen soportar más presión humana al recibir miles de visitas y estancias al año… esta tradición o tabú de los pueblos del partido arenense, hizo que hubiera un área totalmente natural y sin humanizar en la sierra en la hollada sierra de Gredos, pudiendo hallar refugio en ella especies autóctonas de nuestra fauna silvestre. Animales que han sobrevivido hasta nuestros días, como la Capra Hispánica Victoreae o la salamandra Almanzoris entre otros…  sirviendo como reserva y criadero a partir del cual repoblar el resto de los ecosistemas alpinos de esta pequeña pero hermosa y mágica sierra del extremo castellano. Además de todo lo dicho los pastores y pastoras de estas sierras en los ratos libres y aprovechando la fértil tierra de los frescos helechares que creen en la alta sierra, iban hasta ellos los desbrozaban con la ayuda de toscos picos y arados de madera, luego los abonaban y cerraban con un muro de piedra para sembrar en ellos un año patatas y al otro centeno… de este modo podían ayudar a mantener la economía familiar. El muro de estos patatares más que proteger a las patatas o al centeno de los ganados, se hacía para que no se lo comieran los jabalíes, por eso se solían poner ramas sobre el muro para hacerlo más inaccesible. No demasiado lejos de estos patatares o centenares se hacía la era para trillar o ventear la parva de los cereales o trillar las mieses. Estas eras están situadas todas en lugares altos en los que suele “dar el aire a todas horas”. Las hay de diferente tamaño y capacidad en función de su productividad del terreno… todas son circulares y están enlosadas cuidadosamente con grandes lajas de granito rematándolas con un bordillo en todo su perímetro de grandes piedras a veces labradas. En estas eras además se separaba el “cascajo” de las judías, garbanzos, algarrobas, etc. dándolas con la “arniella”.  Instrumento agrícola que dio nombre a uno de nuestros más queridos y emblemáticos ríos y monte, el Arniellas o Arbillas de Arenas… siendo estas eras serranas de las majadas más pequeñas que las eras construidas en las quinterías del fondo del valle. Del mismo modo que sucede con el resto de construcciones como los hornos, cuadras, etc. y esto se explica  porque mientras que en las quinterías el uso de los espacios comunes era utilizado por varias familias numerosas, mientras que en los espacios comunes de las majadas situadas en la alta sierra, debían responder a las necesidades de una sola familia numerosa, o dos como mucho. Por otro lado hay que tener en cuenta que en los prados de la sierra hay mucho más espacio vacío o libre por ocupar que en las codiciadas y fértiles dehesas, siempre en manos de grandes terratenientes, sus colonos y los criados.

Enramada serrana con muros de piedra y forma cilcular
enla que se puede ver el soportal que da sombra a reses
e impide la entrada de depredadores,
En las majadas tampoco faltaba del mismo modo que en las quinterías el colmenar. Para ello y en ambos casos construían un corral circular con un muro de piedra capaz de alejar hocicos golosos y con un diámetro acorde a la cantidad de colmenas a poner en él. Dentro de ese recinto se clavaban tantas estacas como colmenas fuesen a ponerse, y se colocaban una serie de piedras a modo de base o cimiento sobre la que se asentaban las colmenas atándolas a las estacas con cuerdas para que no las tumbase el viento o un predador inesperado… colmenas que estaban hechas con troncos de castaños huecos, o con la corcha de los alcornoques haciendo de ellas piezas fáciles de manejar y sobre todo de transportar en la trasterminancia. Transporte que se hacía en carros o llevándolas en los serones de las caballerías, una vez preparadas y cerradas las colmenas para tal fin. Los colmenares solían instalarse en lugares apartados del paso de los animales y por supuesto de las personas, los que podían permitírselo los situaban en medio de prados ásperos pocos productivos y con mucha vegetación silvestre,  todos estos prados serranos crecen en pendientes cuyas laderas varían dependiendo de la altura del lugar elegido… laderas a ser posible en la que crezcan tomillos y otras plantas medicinales. Sin embargo en lo alto de la sierra no hay muchos lugares que reúnan estas características, por lo que cada uno los situaba dónde podía. Algunos colmenares están situados en pendientes tan pronunciadas, que antes se ha tenido que abancalar el terreno, para de este modo poder colocar sin riesgos las preciadas colmenas. Pues hay que tener en cuenta que junto al almíbar de los higos, la miel era uno de los pocos productos con los que endulzar los alimentos. Miel cuyos excedentes servirían para cambiarlos por otros productos carentes o por dinero. Del mismo modo que la cera, otro producto apícola que en el pasado reciente tenía un valor material o económico nada desdeñable.

Enramada o Berengón con el chozo principal de la
majada a cierta distancia
Pilares de piedra para sujetar las cubiertas
de las enramadas. Podemos obserbar el
desgaste dela piedra al servir de rascaderos
a los ganados. Por ese motivo no se hacían
de madera, sino de granito toscamente
labrado
Quiero finalizar recordando algunos casos personales que ilustraran mejor que mil imágenes, las diferentes condiciones implícitas en el sistema de vida tradicional de nuestros pastores. Pues sus vidas discurrían al margen de todo, criándose en las montañas lejos del bullicio de las poblaciones, siguiendo el ritmo ancestral al estar conectados de una forma muy especial con una naturaleza a veces hostil, de la que solo ellos pueden sacar provecho incluso cuando esta muestras su peor cara como alta montaña que es. Por eso los pastores y pastoras son hombres y mujeres de pocas palabras, les basta una mirada, un gesto para decirse cualquier cosa, es como si tuvieran un propio código para comunicarse entre ellos. En las majadas de la sierra no hay mucho tiempo para hablar sin sentido, solo se dicen las cosas que han de decirse, pués su mayor valor es la capacidad de trabajo personal, no los bienes materiales, el dinero u el oro. La cantidad y calidad del trabajo realizado o capaz de realizar era el verdadero valor de estas gentes que intentaron mantenerse independientes habitando los lugares más recónditos y difíciles de acceder para de este modo “no tener que rendir cuentas a nadie”… Sin embargo eso de ser autosuficiente y más aún vivir libre haciendo lo que consideras que tienes que hacer sin nadie que te lo diga era algo que no se veía con buenos ojos. Por eso entre algunas gentes de las poblaciones a los pastores y más aún a porqueros y cabreros, se los veía como gente poco cultivada y con malos modales, cuando no retrasados mentales… Uno de más encarnizados enemigos de la libertad que gozaban estos hombres y mujeres sin duda fueron algunos párrocos, frailes intransigentes que no soportaban el hecho de que estos no pudieran acudir los domingos y demás días de guardar a oír misa, al vivir lejos a varias horas de cualquier templo. Eso fue lo que terminó por ejemplo con la aldea del Hoyo de Arriba, por encima del actual Poyales del Hoyo, aldea que dejó reflejada Madoz en su diccionario geográfico estadístico del siglo XIX, como un pobre despoblado de chozas de pastores que no disponía ni siquiera de una ermita para el culto… viéndose obligados sus habitantes a habitar en la por entonces incipiente cilla de Poyales del Hoyo, Guisando y Arenas. La aldea de El Raso es otro ejemplo de la presión y poder que tenía la iglesia también en estos campos… ya que esta población surge a finales del siglo XIX como respuesta a la prohibición de entrar los ganados en los montes públicos de Arenas de San Pedro y la Villa de Mombeltran con todas sus otras villas. Momento en el que familias enteras de ganaderos de Guisando y el Arenal se trasladan a este paraje candeledano uniéndose todas hasta formar la aldea que es hoy. Pero antes de ser reconocida como tal, tuvieron que levantar la iglesia, ya que esta era una condición fundamental para la legalización de esta nueva población de pastores y más concretamente cabreros. De hecho existe una anécdota muy de estas tierras acaecida en el Raso años antes de tener iglesia, cuando aún era un lugar en el que residían varias familias en sus majadas. Caso que quedó recogido en la prensa local arenense de aquellos años, en un artículo de La Andalucía de Ávila siglo XIX. El caso es que una familia de cabreros tiene a un varón en su majada y claro había que bautizarlo. Entonces en vez de bajar ellos a Candeleda, lo que hicieron fue darle el dinero a un arriero que era como de la familia para que lo bajase y lo volviese a subir bautizado al chozo en la misma mañana. Y así lo hicieron, le dan al niño y el dinero para el bautizo. Pero el otro en vez de ir a Candeleda, se fue a una cantina y se gastó el dinero en vino. Devolviéndo el niño a sus padres como si lo hubiera bautizado. Pasan los años y el mozo entra en quinta, y claro baja a Candeleda con los demás quintos de El Raso y cuál es su sorpresa cuando en Ayuntamiento no figuraba nadie con su nombre. Ya que hasta hace muy poco tiempo cada vez que nacía una persona había que bautizarla encargándose después de gestionar su empadronamiento a través de cada parroquia… así que una vez aclarado todo se le bautizo y confirmó el mismo día que empezó a ser legalmente quién era…

Detalle de la chivitera para cerrar a los cabritos y corderos
cerrándolos con la losa de granito
También me han contado muchas personas, que los niños y las niñas cuando bajaban a los pueblos de sus padres lo pasaban muy mal. Les asustaba ver tanta gente y que todo el mundo les intentase besar y zarandear… cosa lógica si tenemos en cuenta que estos niños hay ancianos y ancianas, estaban acostumbrados a vivir solos con sus hermanos y demás miembros siempre de la familia o de la familia de la familia… era un mundo para ellos totalmente abierto pero para nosotros totalmente hermético. Además estos encuentros o mejor dicho bajadas a las poblaciones solían coincidir con los días de más ajetreo, asistentes y ruido como eran las fiestas patronales, ferias de mercados o fiestas de tipo familiar como las bodas, quintas o entierros… es normal que un niño o una niña acostumbrada a dormir con los sonidos del bosque y despertarse con el aire fresco de la sierra, fuera incapaz de pegar ojo y solo pensara en regresar a su tranquilo chozo entre las montañas. A veces cuando algún padre bajaba por primera vez a su hijo o hija, lo hacía asiéndolos fuertemente de la mano. Ya que los niños se soltaban de estos y salían corriendo solos hacía sus chozos al menor descuido, hasta que poco a poco con el tiempo y la ayuda de sus mayores y familia aldeana, iban encontrando el equilibrio suficiente para mantenerse entre aquellos dos mundos tan opuestos en los que tenían que vivir y desarrollarse. Uno silencioso y despreocupado en las montañas y otro en el que había que estar muy alerta cada vez que se bajaba al pueblo… Espero que a partir de ahora las personas que lean estas palabras escritas cuando vean a un pastor o a una pastora puedan ver en su mirada las cosas que jamás debimos olvidar, pues en ella está todo el conocimiento y la fuerza de nuestra propia naturaleza. Los pastores y las pastoras eran ante todo personas sabias.

Chozos corrales para vacas de la cara norte de
Nava Losa
No en vano a ellos se les aparecen las imágenes de la Virgen -como es el caso del Vaquero al que se le aparece la Virgen del Pilar de Arenas, o el cabrerillo de Calera al que se le apareció la Virgen de Chilla patrona de Candeleda, o de Cristo. como en el caso del Cristo de la Luz Patrón de Hontanares y Lanzahíta. Pastores cuyo nivel cultural sin duda era mínimo, pero cuyo conocimiento del medio y sinergia con la tierra y naturaleza en la que desarrollaban sus funciones laborales y personales... personajes cuyo arquetipo  se corresponde milimétricamente a los símbolos más poderosos de la fe cristiana en la alta edad media abulense. Siendo uno de los símbolos y arquetipos más antiguos y poderosos de cuantos se han mantenido a través de los tiempos. Poder que está representado en el mundo cristiano con el pastor de almas, "El Buen Pastor" ... aquel que defiende con su vida si es preciso a su rebaño. Buscando a las reses extraviadas para devolverlas al corral...  y dándolas los mejores pastos y aguas... Por todo esto y más, la imagen simbólica del pastor pasó a representar iconograficamente hablando, ni más ni menos que al hijo de Dios, Cristo. Imagen que se refuerza aún más al ser representado come un cordero coronado que sujeta con su pata delantera cruz esbelta y alta cruz abanderada... El Cordero Místico, o El Cordero de Dios...  El Cordero del Sacrifico que salvará a la humanidad según esta doctrina de origen prejudáico... Durante las luchas de la alta edad media entre árabes y cristianos, los caballeros abulenses que reconquistaron estas y otras muchas otras tierras utilizaron la imagen del Cordero de Dios como emblema "protector" usándolo como tema decorativo en sus pendones, escudos, etc. quedando muestras de ellos en algunos escudos y pinturas de Ávila, y por toda la provincia, en nuestras tierras se han conservado varios ejemplos, siendo los más interesantes los escudos y pinturas del patrimonio religioso y civil en la histórica y estratégica villa de Mombeltran.

Chozo corral del ejido de Nava Losa
También me gustaría al menos recordar por encima las construcciones relacionadas con los pequeños pastores e las aldeas, villas y ciudad de Arenas de San Pedro. Pues era normal en casi todas las casas tener en la planta baja los animales domésticos necesarios para su economía y subsistencia familiar. Así bajo la escalera que daba acceso del zaguán a la primera planta se solía instalar el gallinero y en menor medida la zajhurda –otros lo utilizaban para guardar leña o piñas…-  también el zaguán daba acceso a la cuadra de las caballerías, vacas o bueyes y la chivitera en la guardar la cabra y su chivina que proporcionaba tradicionalmente la leche. De tal modo que aunque fueran pocos los ganados estabulados dentro de nuestros pueblos si los contamos todos en su conjunto formaban grandes rebaños que dependían de la cantidad de habitantes por cada población. Este hecho dio como resultado un sistema organizativo óptimo en todos los sentidos ya que cada municipio disponía de un gran espacio común llamado “El Ejido” en el que había comida y espacio suficiente para todos las caballerías, vacas y bueyes de los vecinos. Todos los Ejidos de nuestra comarca natural están situados cojo la etimología de la palabra indica en la salida - o entrada según se mire - de nuestras poblaciones. En los “Ejhioe” – así como se pronuncia esta palabra en estas tierras aspirando la j, arrastrando la e final – En algunas poblaciones los ayuntamientos cobraban pequeñas cantidades de dinero por el uso del ejido a los vecinos…  en otras evidentemente no. Todos los ejidos estaban cerrados con macizos muros de piedra, empalizadas o arboledas dispuestas de tal manera que hacían la función de cerradero. En las poblaciones más grandes como Arenas de San Pedro se solía reforzar esta prestación municipal a los animales de carga y tracción con “Las Coladas”. Las coladas realmente eran prados situados a la era de la Cañada Real Leonesa Occidental y la de las Merinas en lugares estratégicos en los que poder descansar los ganados que practicaban la trashumancia a cambio de pagar a la villa propietaria de los pastos con diferentes tipos de  contratos. Uno de los más usuales era el de “Asaura y Verde”. A través del cual los pastores que paraban en estos lugares u otros con el mismo sentido, pagaban por el “verde” que hollaban y comían sus ganados con asaduras de los mismos…

Horno para el pan en la reconstruida majada del Nogal
del Barranco en Guisando, en la foto podemos a preciar
el gran tornajo de madera para dar la cebada a las cabras
¿Y entonces que pasaba con los demás animales domésticos como los cerdos o las chivas?
Pues muy sencillo, se organizaban entre todos los vecinos por barrios y contrataban a un cabrero y porquero pagándole cada uno una pequeña cantidad de dinero para que pastoreara las chivas o montanera las piaras de cerdos durante todo el día. Permitiéndoles tan solo a gallinas y el Guarrillo de San Antón deambular libremente por plazas y calles (el Guarrillo de San Antón era una antigua costumbre generalizada en casi todos los pueblos del partido que consistía en criar a un cerdo cuyo dueño era “San Antón” entre todos los vecinos hasta que llegada la fiesta de tal patrón, entonces se sorteaba entre los vecinos y aquel afortunado que le tocase el Guarrillo de San Antón tenía la obligación de comprar un lechón para reemplazar cada año dicho cerdo y así mantener esta bonita costumbre hasta finales del siglo XIX principios de XX. Todo esto que les estoy contando estaba detallado y legislado a través de las ordenanzas municipales las cuales prohibían a dichos animales andar libres por las calles de nuestras poblaciones. En Arenas de San Pedro se dio un trágico caso con un desenlace final, al morder y casi devorar la mano a un niño un cerdo que andaba suelto por la calle a mediados del siglo XIX, lo que recrudeció mucho más el castigo a aquellos que soltaran a sus cerdos.

Parte de los abrevaderos de la Dehesa de las Monjas
Entre los grandes pastores dedicados a la ganadería intensiva, y los pequeños pastores de ganaderías para el autoconsumo, había una clase intermedia de pastores que podían tener entre diez y cincuenta reses caprinas, ovinas o de cerda. Reses que cuidaban entre todos los miembros de la familia y que no cabían en las angostas casas tradicionales por lo que construyeron corrales anexos unos a otros entre todos estos pastores justo en el ejido y corrales municipales. Estos corrales solían ser de planta rectangular, del mismo modo que las construcciones a modo de casillos grandes a veces con dos plantas, y un gran corral descubierto siguiendo el esquema de las tradicionales enramadas de las majadas. Aun quedan corrales en los ejidos o entradas de algunas de neutras villas. Para mí uno de los conjuntos de cuadras adosadas mejor conservadas y más interesantes pues sigue acogiendo ganados hoy en día, es la que se puede contemplar a la entrada de la bella Casavieja a los pies mismo de esta villa serrana de pastores. Estas construcciones suelen tener un casillo de planta rectangular en el que además de guardar los aperos de trabajo como los útiles del ordeño o los del esquileo por ejemplo. Servía para guarecerse en caso de necesidad como las noches de parideras en las que hay que vigilar y ayudar a las cabras, ovejas y cerdas cuando están de parto… tampoco es extraño hallar entre los corrales de los ejidos un palomar con varios propietarios particulares. Palomar que cuidaban entre todos sus dueños y del que obtenían ricos pichones y guano para abonar los semilleros para que las plantas crezcan pronto, y fuertes. Lo cierto es que en estas tierras son pocos los palomares de medianas dimensiones, siendo los grandes inexistentes, ya que lo más normal era que aquel que quisiera comer pichones y tener guano los criase en su propia casa y casi siempre en el sobrao. Si se disponía de un gallinero grande en los corrales del ejido o en alguna finca particular donde criaban gallinas, pavos y parros, también se solían criar palomas para gasto familiar, teniéndolas controladas en todo momento cada cual en su palomar. Enseñando a los machos las artes de “robar palomas de otros palomares” para traerlas al suyo, lo que proveía de un extra alimenticio ya que las palomas robadas eran consumidas casi en el acto, borrando con ello el delito del robo… También había palomos que eran utilizados como reclamo para la caza de las palomas torcaces y bravías que tienen por estas sierras varios pasos en sus migraciones anuales. Palomas silvestres que junto a perdices, codornices y conejillos eran cazados por los niños colocando maíz o trigo bajo una gran losa de granito sujeta verticalmente con un palo de modo que en el momento que el animal rozase el palo, este se cayese aplastándole o inmovilizándolo hasta ser cosechado a la caída de la tarde…

Aperos realizados por los pastores apoyados en el
tornajo comedero situado en la parte cubierta de las
enramadas arenenses.
De entre todas las localidades del partido arenense fue la bonita y vetusta localidad de Hontanares la que más tiempo y esmero dedicó a la cría intensiva de las aves de corral, con mucha diferencia respecto al resto de localidades, y especialmente si hablamos de la cría de los casi extinguidos parros y los hermosos pavos hontanareños. Animales que encuentran en el especial clima y flora de las dehesas bajas del Tiétar, el mejor de los hábitats naturales para su cría a gran escala. De hecho los mejores prados de su ejido eran consumidos por los picos de los parros y los pavos, habiendo una planta a la que llaman “la flor del parro”, ya que es una de las plantas más apreciadas por estas anatidas semi domésticas. Siendo los niños los encargados cuidarlas y de mantener a los milanos y demás aves rapaces lejos de sus aves y más aún cuando sacaban a delante y criaban sus pollos cada primavera. Tiempo en el que las parras con anadinos, eran cerrados y protegidos en los gallineros. Mientras que el resto del año solían dormir al aire libre uniéndose en grandes grupos alrededor de una corriente de agua. Así lo hacían los parros de los vecinos de Hontanares, los cuales cada noche se reunían en el gran pilón que hay detrás de la iglesia donde dormían protegidos por los perros de la villa y por los vecinos. Aún así no eran capaces de evitar el ataque de los peores depredadores nosotros. Y es que al menos en Arenas era costumbre cuando se entraba en quinta bajar a Hontanares a robar parros para comérselos en los festejos tradicionales de las levas o quintas. De todos modos coger un parro no era fácil, tienen picos fuertes y con unos pequeños dientecillos en forma de sierra capaces de hacer mucho daño, más aun cuando se juntan varias decenas e incluso cientos de ellos como pasada en torno a la fuente y pilón hontanareño.  Lo más habitual era con mucho sigilo y sin alertar perros que ladren, ni parros que den agudos graznidos, acercarse lo suficiente como para lanzar un palo grueso o tarugo a la bandada que duerme en la oscuridad de la noche. Luego tras el revuelo ir corriendo y pillar al desafortunado parro al que el tarugo hubiera matado para salir corriendo antes de ser descubiertos.

Chozo más pequeño para el o los criados
De todos tal era la cantidad de parros en aquellas particulares dehesas que los hontanareños no les suponía demasiadas preocupaciones la perdida de alguno de ellos cada invierno. Sobre todo aquellos que “dormían fuera de casa”. Ya que también había hontanareños con piaras más pequeñas que criaban en los gallineros anejos a los corrales y sus viviendas donde acudían cada atardecer sabiendo que les esperaba un extra de alimento en la gamella. Comida a base de sobras agrícolas que eran más que suficientes para complementar la variada alimentación de estas aves criadas en semilibertad. Ya que una vez adultas y sin pollos que cuidar, los parros cada mañana una vez que se les abría la puerta salían volando a buscar su alimento entre las orillas del río Tiétar infectadas de pequeños reptiles, ranas, pececillos, plantas acuáticas… o rebuscando las sabrosas “castañuelas” en las fértiles orillas de las lagunas… picando la mejor hierba y seleccionando las más nutritivas bellotas de robles, alcornoques, encinas y quejigos… costumbres que se cobraban un muy bajo precio, ya que en la naturaleza pocos depredadores tienen, ya que son agresivos cuando se les molesta y muy capaces de poner a una zorra la cola en polvorosa. Lástima que esta parte tan importante e inteligente de aprovechar los recursos naturales sin tener que por ello que destrozar nada se halla perdido por completo actualente.

Lobera de la Dehesa de las Monjas Arenas 
Por todo esto y hasta un pasado muy reciente, todas las paveras y paveros de Hontanares han sido muy reconocidos en todo el partido y sus animales muy demandados y valorados en la gastronomía tradicional festiva de estas tierras por la exquisitez y calidad de sus carnes. Sin embargo no todo está perdido ya que por fortuna aun quedan paveras de aquellas que ayudadas con largas varas de avellano, y luciendo como pocas sus bien prendidos pañuelos de cien colores, a juego con las faldas artesanas perfectamente tableadas, aquellas que subían andando desde Hontanares a la Feria de Arenas y mercados de las demás villa guiando varias manadas de pavos o de parros blancos como la nieve por los caminos hasta llegar a sus destinos. Para ello se ayudaban de unos pocos parros y pavos machos que no se vendían para que guiasen a los demás al conocer el camino tras años de recorrido. Esto también se solía hacer con las demás reses cuando se practicaba la trasterminancia, habiendo este tipo de machos guías en los rebaños de vacas, cabras u ovejas. Animales a los que además de no vender ni matar se les solía decorar poniendo a las vacas los más grandes cencerros llamados “zumbos”, del mismo modo que a los machos cabríos guías. Esmerándose mucho más en la decoración de los carneros, con cuya lana y unas tijeras de esquilar hacían verdaderas obras de arte… en todos los casos a estos machos se los ponían correas de cuero y cintas en la testuz y cornamentas para identificarlos y ponerlos más guapos que el resto de los ganados…

Como para el resto las cosas también la gastronomía  adquiere caracteres
propios la elaborada por ellos y ellas. Platos entre los que no falta las
patatas revolconas, viudas o "acompañás"guisadas con leña de enbro y
el sabor del hierro del caldero... y el pimentón de la tierra
Y en fin un sinfín de cosas más que quedarán por preguntar y volver a redescubrir una vez sabidas… Cosas a las que me gustaría dedicar mucho más tiempo. A pesar de haberlas dedicado y dedicarlas todo el tiempo del que dispongo…  así que de alguna forma tendré que concluir. Y la verdad no se me ocurre mejor forma de terminar por el momento este tema dedicado a la arquitectura tradicional de los pastores en el Partido Jurisdiccional de Arenas de San Pedro, que con una bella tonada pastoril cuya letra oí por primera vez a la señora Carmen García sentados los dos en el Tajón de Santa Cruz del Valle hablando de estos y otros temas hace ya algunos años, la tonada que cantaban en las bodas y sus fiestas tradicionales, dice así:

Tres días de casada, dijo mi Juan
Vende la mantellina, que no hay pa pan, Serrana
Y al pie de una sierra nevada, un cabrerillo niña te llama
Dile que no voy que se vaya, dile que no voy que estoy mala
Cabrerillo quinto, mala suerte te tocó
si te vas a la guerra, contigo me iré yo
Que no me quedo sola, que no me quedo no.
Que no me quedo sola, que me voy con mí a mor
Tres días de casada, tuvo tres penas
Hambre poco dinero, dolor de muelas, Serrana
Y al pie de una sierra nevada, un cabrerillo niña te aguarda
Dile que no voy que estoy mala, dile que no voy que se vaya
Cabrerillo quinto, mala suerte te tocó
si te vas a la guerra, contigo me iré yo
Que no me quedo sola, que no me quedo no.
Que no me quedo sola, que me voy con mi amor
Tres días de casada, puso la hoya
Con aceite y vinagre, y una cebolla, Serrana

Coplas que cuentan mil y una historias acaecidas  por los pastores y pastoras de estas tierras en las que abundan tonadas de este corte. Rondas como la del pastor soltero que no quería casarse por muchas comodidades que le ofreciesen las mejores mozas casaderas y que suele empezar con la siguiente fórmula literaria;

Pastor que estas en el campo y duermes solo al sereno
Si te casaras conmigo, si, si, no dormirías en el suelo y olé
No quiero dormir en camas, ni tampoco entre colchones
que mi cama es de romeros si, si, y las sábanas las flores y olé...
capela
Rondas cantadas generalmente sin ningún tipo de acompañamiento instrumental más que el órgano bucal de cada rondador y rondadora. sigui



Perdió la honra, un vaquerillo madre del laurel, clavel y rosas
Y un vaquerillo, madre perdió la honra.
Perdió la honra, por andar, a claveles del laurel, clavel y rosas
Por andar, a claveles para la novia.
Vuelve a las vacas, vaquerillo vaquero del laurel, clavel y rosas
Vaquerillo vaquero, vuelve a las vacas
Vuelve a las vacas,mira y no te entretengas, del laurel, clavel y rosas
Mira no te entretengas, con las muchachas...

Por este arrabelillo, perdí los guarros, 
con este arrabelillo, volví a encontrailos. 
Eres chulo en el andar, y colocarte el sombrero
Pero cochino más grande, no los guarda ni el porquero
Por este arrabelillo, perdí la guarra, con este arrabelillo volví a encontraila
Eres más feo que un guarro, más negro que una morcilla
Y el día en que tu naciste, nació la sarna y la tiña


Daniel F Peces Ayuso, desde Arenas de San Pedro, sobre el 30 de octubre de 2012




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